ojos carmesí - Capítulo 30
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30: Veneno frente al fuego.
30: Veneno frente al fuego.
La escena de la tarde pasó poco a poco a ser recuerdo reciente.
La ropa lavada fue distribuida entre sus dueños para que cada quien la colgara en percheros improvisados, sobre cuerdas tensadas entre árboles, sobre ramas bajas, sobre esquinas de las autocaravanas o bordes de las carpas.
El sol terminó de bajar.
La luz dorada se volvió tenue, luego cobriza, luego gris.
Y con la llegada de la noche, la cantera volvió a reunirse en torno al fuego como si la fogata fuera lo único capaz de sostener una forma mínima de comunidad en un mundo que se había roto demasiado rápido.
Glenn e Itachi salieron de la autocaravana después de asegurarla y enllavarla.
Caminaban de la mano.
Cada vez más en armonía.
Cada vez más cerca.
Glenn llevaba un termo con café.
Querían sentarse un rato junto al fuego, acompañar al resto del campamento, mantener también ellos esa ficción necesaria de normalidad que todos trataban de construir noche tras noche.
Itachi comprendía bien a Glenn.
Glenn era sociable.
Glenn era amable.
Glenn necesitaba a veces estar cerca de otros, escuchar voces, darle al mundo una estructura humana aunque el mundo ya no mereciera ese esfuerzo.
Y por eso ella había accedido a ir con él.
Cuando se acercaron al fuego, Glenn se sentó en uno de los troncos y, casi por costumbre ya, Itachi se acomodó sobre su regazo.
Lo hizo con calma.
Sin teatralidad.
Sin buscar provocar.
Como si ese lugar se hubiera vuelto natural para ambos.
Dale se sentó al lado de Glenn y comenzaron a hablar.
Al principio de cosas simples.
Cómo había ido la tarde.
Cómo funcionaba el panel solar que habían instalado en su autocaravana.
Dale contaba que ya había cargado una linterna, que el pequeño sistema respondía bien, que el foco había recuperado suficiente energía como para durar un buen rato.
Glenn escuchaba, sonreía, asentía, hacía preguntas.
Itachi no participaba mucho.
Escuchaba.
Observaba.
Analizaba el fuego, el humo, la posición de cada persona, las rutas de salida, los cambios de expresión, los silencios pequeños entre conversaciones.
La gente comenzó a reunirse otra vez alrededor de la fogata.
Cada quien traía lo suyo.
Latas de conserva.
Algún recipiente viejo.
Cucharas.
Algo de agua.
La intención general era la misma de cada noche: calentar un poco la comida, sentarse, fingir que seguían siendo personas y no simples piezas cansadas esperando el próximo desastre.
Carl la saludó con la mano cuando se acercó.
Itachi respondió con un movimiento lento y preciso de la suya.
Sofía hizo lo mismo.
La pequeña sonrisa que siguió en el rostro de Sofía no pasó desapercibida para Carol.
Mientras las conversaciones pequeñas comenzaban a brotar aquí y allá, Glenn abrió el termo de café.
Itachi tomó el tapón, que también servía como vaso, y lo llenó con el líquido oscuro y caliente.
Bebió un sorbo pequeño.
Después se lo pasó a Glenn.
Glenn sonrió, besó suavemente su hombro y tomó un poco también.
Ese gesto simple, íntimo, casi doméstico, quedó flotando delante del fuego.
No era un espectáculo, pero tampoco era invisible.
Todos lo vieron o lo registraron de alguna manera.
Y entonces Lori habló.
No lo hizo de inmediato.
Primero observó.
Observó que Glenn e Itachi no habían traído ninguna lata consigo.
Observó el termo.
Observó la cercanía de ambos.
Observó la calma.
Y, sobre todo, siguió arrastrando el resentimiento que Carl había sembrado sin querer al contarle sobre el interior del RV, la sopa caliente, los juguetes de madera, la música, la paz de allí adentro.
Lori había escuchado a su hijo describir aquello con un brillo en los ojos que la había herido de una manera más profunda de lo que quería admitir.
Así que cuando habló, fingió preocupación.
—¿Y ustedes dos?
—dijo—.
Glenn e Itachi… ¿no comen?
Glenn volvió la vista hacia ella.
Sabía.
Sabía perfectamente que la pregunta no era una pregunta inocente.
Pero respondió como si lo fuera.
—No.
Itachi no dijo nada al principio.
Solo la observó.
Lori inclinó un poco la cabeza y continuó, con esa suavidad venenosa que parecía nacerle cada vez que algo en ella se sentía desplazado.
—¿Y por qué será?
—preguntó—.
¿Será porque comieron una sopa caliente solo entre ustedes dos en la tarde?
¿O será porque no nos consideran lo suficientemente dignos para comer entre nosotros y que las latas no son suficientes para ustedes?
El ambiente cambió de inmediato.
No de forma ruidosa.
De forma tensa.
Las conversaciones cercanas se redujeron.
Algunas cucharas quedaron a mitad de camino.
Más de una mirada volvió hacia Glenn e Itachi.
Shane alzó la vista.
Dale giró apenas el rostro.
Andrea y Amy se quedaron quietas.
Carol apretó los labios.
Daryl, a cierta distancia, dejó de mirar el fuego para mirar directo a Lori.
Itachi iba a hablar.
Pero Glenn recordó la conversación de aquella tarde, dentro del RV, mientras almorzaban.
Comparte la carga.
Así que fue él quien respondió.
Y lo hizo con una firmeza que no le había mostrado antes al campamento.
—Basta —dijo Glenn.
El silencio alrededor del fuego se volvió completo.
Glenn no levantó la voz.
No gritó.
Pero la palabra salió con suficiente dureza como para detener la escena.
Luego siguió: —No me gusta tu veneno.
A mi esposa no le gusta tu veneno.
No entiendo cuál es tu problema.
Lori se tensó de inmediato.
No esperaba eso.
No de Glenn.
No con esa claridad.
No frente a todos.
Glenn continuó, ahora ya sin retroceder: —Sí, hicimos una sopa.
Sí, comimos comida caliente.
Pero no la comimos solos, sin embargo.
El campamento lo sabe.
Algunos ojos bajaron apenas, incómodos.
Porque era verdad.
—Sí, mi esposa cocinó una sopa —siguió Glenn—, pero fue con ingredientes que ella recolectó.
Que ella pescó.
Que ella buscó.
Que ella se esforzó por obtener.
Cosa que no te veo haciendo a ti.
La frase dolió.
No por el tono.
Por la verdad que contenía.
Glenn se inclinó apenas hacia adelante, sin soltar la cintura de Itachi.
—No te permito hablar así de ella.
Si comemos, no comemos o si decidimos esperar hasta estar dentro de nuestro RV para comer juntos como pareja casada, es nuestro problema.
No tuyo.
Entonces Itachi habló.
Su voz salió tranquila.
Más tranquila, incluso, que la de Glenn.
Y precisamente por eso pesó todavía más.
—No me siento mejor que tú —dijo, mirando a Lori—.
No intento hacerlos menos a ustedes.
Pero a mi esposo y a mí nos gusta pasar el tiempo juntos.
Comer juntos.
Él y yo somos familia.
Comemos juntos.
Hizo una pausa pequeña.
—Y sí.
Cuando volvamos al RV esta noche, también voy a calentar una lata de conserva para que él y yo comamos.
Pero eso no es asunto tuyo.
Lori abrió un poco más la boca, ofendida, humillada y furiosa.
Itachi siguió, sin darle espacio todavía.
—No entiendo cuál es tu problema.
Sigues causando problemas.
Sigues haciendo comentarios venenosos.
Tienes la autoestima tan baja que crees que todo lo que yo hago o lo que mi esposo hace es un ataque hacia ti.
La frase cayó como una piedra.
Nadie habló.
Nadie se movió.
El fuego crepitó.
Y, por un segundo, hasta el humo pareció quedarse quieto.
—Basta —dijo Itachi—.
No tengo por qué aguantar ese comportamiento tuyo.
Lori iba a continuar.
Iba a decir algo, cualquier cosa, porque el orgullo herido necesitaba defenderse aunque no tuviera razón.
Pero esta vez fue Shane quien la detuvo.
—Basta, Lori.
Lori giró hacia él con rabia abierta.
Ella, que tenía con Shane esa relación clandestina, esa complicidad sucia y silenciosa que no podía nombrarse delante del grupo, sintió la traición con más fuerza porque venía precisamente de él.
—¿Ahora no me apoyas?
—le soltó.
Shane la sostuvo con la mirada.
—Estás siendo irracional.
Lori frunció el ceño con una expresión casi de incredulidad dolida.
—Es el colmo.
La gente retomó las conversaciones después de eso.
Pero ya no eran del todo ligeras.
Se hablaba de cosas cotidianas, sí.
Del fuego.
De la comida.
Del día.
Del panel.
De la ropa.
Pero por debajo circulaba otra cosa: la tensión de haber visto a Lori atacar otra vez, la tensión de ver a Glenn responder, la certeza cada vez más compartida de que Glenn e Itachi no solo eran útiles y preparados, sino también una unidad que ya no iba a dejarse pisar en silencio.
Mientras el ambiente se recomponía de manera desigual, Glenn e Itachi continuaron como si nada.
Compartían la tapa del termo con café entre ambos.
Glenn seguía hablando con Dale.
Dale, quizá porque entendía que el aire necesitaba volver a una forma más amable, comenzó a contar historias de sus viajes.
Lugares donde había estado con su esposa cuando ella aún vivía.
Pequeños parques estatales.
Ríos tranquilos.
Campamentos en otoño.
Pueblos donde la gente les había sonreído sin pedirles nada a cambio.
Habló de cómo mantenía su autocaravana, de las pequeñas reparaciones que había aprendido a hacer él mismo, de cómo cambiar una correa, cómo cuidar los sistemas de agua, cómo evitar que la humedad se metiera por donde no debía.
Glenn escuchaba con atención genuina, hacía preguntas, sonreía cuando Dale mencionaba errores tontos de principiantes que alguna vez cometió.
Itachi también escuchaba, aunque lo hiciera en silencio, acurrucándose un poco más cerca de Glenn, dejándose sostener por él.
Ese gesto también fue visto.
Y notado.
Porque mientras el resto del campamento trataba de sostener una cena de latas y reservas sobre el fuego, Glenn abrazaba a Itachi más cerca de sí.
Itachi se acomodaba contra él con confianza total.
Había entre ambos una calma que parecía insultante y al mismo tiempo deseable.
No porque no les importara el mundo.
Porque habían encontrado una manera de existir juntos dentro del desastre sin permitir que el desastre lo ensuciara todo.
Desde el punto de vista de Dale, aquello tenía una belleza triste.
Veía la forma en que Glenn la sostenía.
La forma en que Itachi aceptaba la cercanía sin parecer forzada.
El modo en que se entendían incluso cuando ya no hablaban.
Y Dale, que había amado y perdido, reconocía algo ahí.
No estaba seguro de qué tan antigua o nueva era la raíz de todo aquello, pero sí sabía que había honestidad.
Que se cuidaban.
Que había ternura real entre ambos.
Y eso, dentro del fin del mundo, le parecía un bien demasiado raro como para no protegerlo mentalmente.
Desde el punto de vista de Amy, la escena seguía resultando casi hermosa.
Ella no tenía la crudeza suficiente todavía como para mirar todo desde el filtro del riesgo primero.
Veía una pareja joven, bonita, que se hablaba bajo, que compartía café, que se sentaba junta, que había sido amable con los niños.
Y una parte de Amy necesitaba creer que eso todavía podía existir.
Andrea veía otra cosa.
No solo la ternura.
Veía poder social.
Veía cómo el grupo empezaba a inclinarse a favor de ellos sin que ellos parecieran buscarlo.
Veía cómo la lógica, la preparación, la utilidad y la amabilidad concreta estaban construyendo alrededor de Glenn e Itachi una autoridad distinta, una que no venía de gritar más fuerte ni de repartir órdenes, sino de ser competentes.
Eso la impresionaba.
También la mantenía alerta.
Porque las personas que acumulan respeto rápido dentro de un grupo inestable siempre cambian el equilibrio.
T-Dog, por su parte, veía lo simple: salían, volvían, traían cosas, no armaban problemas por gusto, defendían lo suyo con razón.
Eso le bastaba para respetarlos.
Morales observaba como hombre de familia.
La forma en que Glenn sostenía a Itachi, la manera en que habían tratado a los niños, el modo en que su hogar parecía seguir siendo sagrado incluso en el fin del mundo… todo eso le hacía pensar en lo importante que es tener un centro.
Una estructura.
Un “nosotros” claro.
Lo entendía.
Merle seguía mirándola de la peor manera.
La combinación de su belleza, su fuerza, su control y el hecho de que estuviera tan claramente entregada en pequeños gestos a Glenn —sentada sobre él, acurrucada, compartiendo vaso, siendo llamada “esposa” delante de todos— no hacía sino volver más obsceno el deseo de Merle.
Para un hombre como él, la inaccesibilidad no purificaba nada.
Lo envilecía más.
Ed miraba con resentimiento, casi sin comprender del todo por qué.
Tal vez porque le irritaba ver a una mujer que no se sometía, que hablaba con firmeza, que no bajaba la cabeza ni ante hombres ni ante otras mujeres.
Tal vez porque la tranquilidad de Glenn al sostenerla era todo lo contrario al tipo de vínculo que él mismo construía.
Carol, en cambio, veía otra cosa.
No solo la pareja.
Veía que Itachi no había mentido cuando habló de familia.
Veía a dos personas que parecían haberse construido un pequeño hogar real, uno donde el cuidado era mutuo, uno donde las fronteras tenían sentido, uno donde la intimidad no estaba hecha de miedo.
Y eso, para Carol, era tan ajeno y tan valioso que casi dolía verlo.
Carl observaba con la curiosidad callada de los niños que aún no entienden los juegos de poder de los adultos, pero sí reconocen cuando alguien se siente seguro junto a alguien más.
Sofía pensaba menos y sentía más.
Itachi le gustaba.
Glenn también.
El fuego era cálido.
El juguete de madera seguía en sus manos.
Eso le bastaba.
Shane, sin embargo, era otra historia.
Desde su punto de vista, la escena era cada vez más difícil de tolerar sin tensión interna.
Itachi seguía pareciéndole demasiado hermosa.
Demasiado fuerte.
Demasiado completa.
Su voz calma, incluso cuando respondía a Amy o a Andrea, parecía ordenar el aire alrededor.
No hablaba mucho, pero cuando lo hacía, todos oían.
Y verla sentada en el regazo de Glenn, aceptando ese abrazo, compartiendo el café, acurrucándose más cerca como si ese fuera exactamente el lugar donde quería estar, despertaba en Shane una mezcla insoportable: deseo, frustración, reconocimiento y rabia hacia sí mismo por sentir todo eso cuando sabía perfectamente que no tenía derecho.
Estaba casada.
O, al menos, eso era lo que todos veían.
Y además, estaba claramente unida a Glenn de una forma que no dejaba grietas fáciles por donde entrar.
Y cuanto más evidente era eso, más la deseaba.
No solo por el cuerpo.
No solo por la belleza.
La deseaba como hombre, sí, pero también deseaba lo que representaba: una mujer fuerte, dueña de sí, inteligente, preparada, capaz de discutirle con lógica y de sentarse luego sobre el regazo de su marido como si el mundo entero le sobrara.
Y eso, en Shane, no era una simple atracción.
Era un conflicto.
Porque una parte de él quería acercarse, aunque solo fuera en conversación.
Otra parte sabía que hacerlo sería desordenar algo que ya estaba peligrosamente frágil.
Lori, por supuesto, notaba esa mirada.
La conocía demasiado bien.
La había conocido en otros contextos, en otros años, sobre ella misma.
Y verla desviarse, aunque fuera en pequeñas dosis, hacia otra mujer, la llenaba de una humillación muda que luego salía convertida en veneno.
Cuando Amy habló después, el aire ya se había calmado lo bastante para permitirlo.
—¿Mañana van a salir por provisiones?
—preguntó.
Itachi respondió con sencillez: —Sí.
En la mañana.
Amy asintió.
—Vayan con cuidado.
Itachi inclinó apenas la cabeza.
—Sí.
Andrea aprovechó entonces para preguntar algo que seguía dando vueltas en su mente desde la tarde.
—Lo de la laguna… ¿dónde buscarías exactamente los moluscos, los cangrejos y los camarones?
Varias personas oyeron la pregunta.
Y varias prestaron atención.
Itachi respondió sin dificultad, como si fuera una lección práctica más.
—Debajo de piedras grandes.
En zonas poco profundas al principio.
Donde el agua no corra demasiado.
Hay que meter la mano, revisar, observar.
Si no conoces lo que encuentras, no lo tomes.
Primero se mira bien.
Los cangrejos pequeños suelen moverse rápido.
Los moluscos se adhieren.
Los camarones, si hay, requieren más paciencia.
Andrea escuchaba con interés real.
Amy también.
T-Dog inclinó un poco la cabeza, atento.
Morales hizo un gesto leve de comprensión.
—¿Y el pescado?
—preguntó Amy.
—Más fácil con arma larga —dijo Itachi—.
Pero con red también se puede si son lentos y hay poca profundidad.
Glenn, que seguía con Dale pero escuchaba igual, sonrió de lado.
—Ella pescó con espada.
Eso atrajo una reacción breve en algunos.
Una mezcla de incredulidad y resignación divertida.
Porque sí, claro.
Por supuesto que Itachi había pescado con espada.
A esas alturas, lo casi absurdo de sus habilidades estaba empezando a convertirse en otra parte más de su existencia.
Andrea hizo otra pregunta.
—¿Crees que valga la pena que vayamos mañana algunas personas a revisar?
Itachi pensó apenas un segundo.
—Sí.
Pero no todos.
Dos o tres.
Y alguien vigilando.
Sin niños.
Con recipientes.
Y sin entrar al agua sin observar antes.
La forma en que hablaba calmaba.
Eso también lo notaban todos.
No solo por el contenido útil de sus palabras, sino por el tono.
Itachi hablaba con serenidad.
Sin nervios.
Sin dramatismo.
Y esa serenidad, en mitad del fin del mundo, tenía un peso casi medicinal.
La noche siguió cayendo sobre la cantera.
El fuego crepitó más bajo y más rojo.
Las latas se vaciaron.
La gente comió.
Las conversaciones fueron retomando una forma menos tensa, más práctica, más humana.
Glenn siguió hablando con Dale.
Amy y Andrea hicieron un par de preguntas más a Itachi.
Jaqui escuchó.
Carol permaneció callada, pero atenta.
Daryl siguió observando.
Shane intentó no mirar tanto.
Lori se encerró en su propio rencor.
Y, en el centro de todo eso, Glenn siguió abrazando a Itachi, e Itachi siguió descansando contra él, hermosa, seria, perfecta, casi divina a la luz del fuego.
Pero esta vez no completamente apartada.
Esta vez un poco más integrada.
Lo justo.
Lo suficiente.
Como si la cantera, pese a todos sus defectos, hubiera empezado a comprender que no podían obligarla a pertenecer… pero sí podían aprender a convivir con la forma en que ella elegía estar.
Y esa elección, mientras la noche se asentaba del todo y el café seguía pasando de una mano a la otra entre Glenn e Itachi, tenía cada vez más el peso de una promesa.
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