ojos carmesí - Capítulo 4
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4: Cinco dias antes del fin.
4: Cinco dias antes del fin.
Cuando terminaron de raspar la mayor parte de las paredes del apartamento, el aire se había llenado de un polvo fino y pálido que parecía haberse adherido a todo.
A las mangas.
A las manos.
A los bordes del suelo cubierto.
A los zapatos.
A la mesa desplazada hacia el centro de la sala.
A las pestañas, apenas.
A la tarde misma.
La luz que entraba por las ventanas, ya inclinada hacia el final del día, convertía las partículas suspendidas en pequeñas motas flotantes, visibles solo cuando atravesaban un rayo dorado.
El apartamento, que por la mañana había parecido una vivienda en proceso de instalarse, ahora sí tenía el aspecto de un lugar intervenido, trabajado, abierto a una transformación.
Había restos de pintura vieja acumulados en pequeños montones, pedazos descascarados junto a las paredes, plásticos movidos, herramientas repartidas en orden razonable.
Nada se veía caótico, no del todo, pero sí usado.
Humano.
Temporalmente imperfecto.
Glenn se llevó el dorso de la mano a la frente y se limpió un poco de polvo con un gesto automático.
—Bueno —dijo, exhalando—.
Ahora sí parece un proyecto de verdad.
Itachi dejó la espátula a un lado y recorrió con la mirada el resultado.
No respondió enseguida.
Estaba evaluando.
El trabajo había avanzado lo suficiente para permitir la siguiente fase a la mañana siguiente.
Quedaban detalles, bordes, correcciones menores, pero el grueso de la tarea estaba hecho.
Glenn había sido útil.
Más que útil.
Había trabajado sin quejarse, sin forzar conversación cuando no hacía falta, sin invadir el espacio, con una constancia tranquila que Itachi encontraba cada vez más interesante.
Su presencia no alteraba la eficiencia del entorno; la mejoraba.
—Sí —dijo al fin—.
Mañana puede pintarse.
Glenn volvió la vista hacia ella.
Había polvo de pintura en una de las mangas negras de Itachi, una línea pálida sobre la tela oscura que, de forma absurda, no arruinaba en lo más mínimo su imagen.
Seguía viéndose demasiado compuesta.
Demasiado hermosa.
Demasiado precisa.
Incluso con el apartamento a medio hacer y el aire saturado de residuos, Itachi parecía conservar alrededor suyo una especie de orden privado que nada terminaba de perturbar del todo.
—Entonces valió la pena —dijo Glenn.
Itachi lo miró.
—Sí.
Hubo una breve pausa.
Luego ella se inclinó ligeramente hacia la mesa donde había dejado el teléfono y preguntó, como si se tratara de una extensión natural del acuerdo anterior: —¿Qué quieres cenar?
Glenn parpadeó.
La pregunta lo tomó por sorpresa de una forma ridícula.
Ya sabía que ella había dicho que invitaría la cena, sí.
Pero oírlo convertido en algo inmediato, concreto, le provocó una sensación extrañamente doméstica, como si en vez de ser la misteriosa vecina del traje negro y rojo, Itachi fuera de pronto alguien con quien podía hablar de comida después de trabajar juntos toda una tarde.
—Oh —dijo, reaccionando—.
No sé… en realidad lo que tú quieras está bien.
Itachi negó apenas con la cabeza.
—No pregunté eso.
Glenn soltó una risa breve, cansada pero genuina.
—Está bien.
Entonces… ¿qué opciones hay?
Ella tomó el teléfono, abrió con rapidez una aplicación de entregas y se la extendió sin acercarse demasiado.
Glenn se inclinó a mirar.
El gesto fue mínimo, pero suficiente para que él notara otra vez el perfume suave de Itachi, la cercanía breve de su presencia, el modo en que incluso un movimiento tan pequeño volvía el espacio más consciente.
—Aquí —dijo ella—.
Escoge.
Glenn revisó las opciones.
Pizza.
Comida china.
Hamburguesas.
Pollo.
Comida tailandesa.
Un lugar de ramen.
Un restaurante coreano no demasiado lejos.
Dudó un momento, quizá más de la cuenta, hasta que eligió algo sencillo.
—Podría ser comida coreana —dijo—.
Hay un lugar aquí que no está mal.
Bibimbap… y quizá dumplings.
Itachi registró la elección con atención.
—Bien.
—¿Te gusta?
—Puedo comerlo.
Aquella forma de contestar hizo que Glenn sonriera otra vez.
—Eso no suena precisamente entusiasta.
—No suena negativo tampoco.
—Supongo que eso es verdad.
Ella hizo el pedido sin más comentario, con la misma eficacia sobria que parecía aplicar a todo.
Después guardó el teléfono y miró el suelo, las bolsas con restos de pintura vieja, el polvo, los plásticos.
—Antes tenemos que bajar esto.
Glenn asintió de inmediato.
—Sí, mejor.
Se pusieron a reunir los restos con rapidez.
Itachi separó lo que podía reutilizarse de lo que no.
Glenn dobló plásticos, juntó pedazos mayores en bolsas resistentes y cargó dos de ellas con cierta facilidad, aunque al ver cómo Itachi levantaba otras dos como si apenas pesaran volvió a sentir esa impresión recurrente: ella no se movía como la mayoría de las personas.
Ni siquiera como la mayoría de la gente fuerte.
Había algo demasiado exacto en su fuerza.
Demasiado silencioso.
Bajaron juntos por el edificio.
La tarde había entrado ya en ese punto en que todo se vuelve un poco más suave en apariencia.
El sol descendía.
Las sombras crecían entre los edificios.
El aire empezaba a enfriarse apenas.
Frente a la fachada, los contenedores de basura esperaban abiertos, comunes, antiheroicos.
Glenn dejó sus bolsas primero.
Itachi hizo lo mismo con las suyas y se quedó mirando, por un segundo, cómo los fragmentos de pintura vieja desaparecían entre residuos cotidianos de una ciudad que aún ignoraba por completo el fin que se acercaba.
Cinco días.
Solo cinco.
La normalidad humana le resultaba curiosa cuando se la observaba sabiendo exactamente cuánto iba a durar.
A unos metros, alguien sacó a pasear un perro.
Un coche pasó con música demasiado alta.
Una pareja discutía por algo menor al otro lado de la calle.
Dos adolescentes reían junto a una parada.
La vida seguía acumulando gestos irrelevantes con la convicción arrogante de lo permanente.
Itachi los registró todos sin parecer hacerlo.
Glenn, mientras tanto, la miró cuando ella alzó las manos y se limpió con suavidad las mangas negras.
Un gesto simple.
Casi elegante.
Bastaron un par de movimientos firmes, una sacudida precisa, y el polvo perdió la batalla frente a la tela oscura.
Luego pasó los dedos por una pequeña marca cerca del antebrazo y, de algún modo, volvió a quedar impecable.
No solo limpia.
Impecable.
Como si el trabajo físico no hubiese hecho más que rozarla sin desordenarla del todo.
Glenn sintió un pensamiento absurdo cruzarle la cabeza.
¿Cómo hace eso?
No lo preguntó.
Ya tenía suficientes preguntas acumuladas sobre Itachi como para añadir otra más sin sonar completamente fascinado.
Subieron otra vez.
En el rellano, Glenn se detuvo frente a su puerta.
—Entonces… —dijo, levantando una mano hacia su camiseta con una mueca breve— voy a cambiarme antes de volver.
Itachi asintió.
—Está bien.
—No tardaré.
—No hay prisa.
Pero Glenn sintió que sí la había, solo no en el sentido real del tiempo.
Más bien en el sentido del deseo.
Quería volver.
Quería ducharse rápido, ponerse algo limpio y regresar antes de que la comida llegara.
Quería seguir allí.
La idea lo golpeó con una claridad casi embarazosa en cuanto cerró la puerta de su apartamento detrás de sí.
Se quedó un segundo quieto.
Luego se rió para sí, breve, incrédulo.
De verdad quieres volver de inmediato.
Sí.
Quería.
No era solo porque Itachi fuera hermosa, aunque lo fuera tanto que su cerebro parecía incapaz de dejar de registrar detalles de ella.
No era solo por la novedad.
No era solo por la curiosidad.
Había algo más.
Algo más tranquilo, pero precisamente por eso más peligroso.
Estar con ella no había sido incómodo.
No había sido forzado.
Había sido… fácil, y eso pesaba más de lo que debería.
Se duchó rápido.
Eligió ropa limpia, sencilla.
Revisó una vez el reloj.
Luego otra.
Intentó no parecer ridículamente ansioso ni siquiera estando solo.
Y aun así, cuando se vio en el espejo ajustándose la camiseta, reconoció en su propia expresión la energía contenida de quien espera volver a ver a alguien en quien ha pensado demasiado.
Al otro lado del pasillo, Itachi ya había reorganizado la sala.
Había limpiado el polvo visible con velocidad impecable, apartado herramientas, dejado el espacio lo bastante habitable para cenar sin que el trabajo de las paredes dominara la escena.
Dos vasos.
Cubiertos.
Servilletas.
La mesa colocada mejor.
Todo con la naturalidad exacta de quien no parecía esforzarse por preparar nada especial y, sin embargo, lo dejaba todo listo.
También estaba atenta a otras cosas.
A los clones.
A cientos de kilómetros, otra operación mayor se acercaba a su cierre.
Un clon acababa de terminar de vaciar un gran depósito farmacéutico en otro estado del corredor operativo.
Otro había concluido la recolección total de herramientas de construcción y repuestos eléctricos en varias superficies comerciales.
Otro más cerraba el saqueo silencioso de una cadena de librerías técnicas y un archivo universitario.
El flujo de información hacia ella era constante, limpio, organizado en capas.
Uno de los estados asignados estaba prácticamente completado.
Sus recursos ya se estaban integrando, clasificados, dentro del sistema mayor de sellos y almacenamiento.
A ojos del mundo, no había cambiado nada.
En realidad, toneladas de futuro ya habían desaparecido de sus lugares originales para pasar a existir bajo la custodia de Itachi Uchiha.
No había orgullo en eso.
Solo una evaluación sobria: el plan avanzaba.
Cuando Glenn tocó la puerta, ella ya lo había sentido acercarse por el corredor.
Abrió.
Y por un segundo, solo uno, Glenn se quedó quieto.
Porque verla en el marco de la puerta, de nuevo impecable, con el apartamento ya más ordenado detrás de ella y la luz de dentro delineando la caída oscura de su ropa y la serenidad de su rostro, le produjo una de esas impresiones que el cerebro tarda un instante en procesar.
Como si, mientras él se había duchado y cambiado, Itachi hubiese devuelto el caos de la tarde a una forma elegante sin el menor esfuerzo visible.
—Hola —dijo él.
—Pasa —respondió ella.
La cena llegó poco después.
El olor de la comida llenó el apartamento de una calidez inesperada.
Glenn ayudó a sacar los recipientes de las bolsas.
Bibimbap.
Dumplings.
Una sopa caliente.
Guarniciones.
Itachi observó cómo él reorganizaba los envases sobre la mesa y notó, de nuevo, la facilidad con la que Glenn convertía algo funcional en algo compartido.
No había ceremonia, pero tampoco descuido.
Se sentaron.
Y por primera vez, la interacción dejó de apoyarse en el trabajo manual o en excusas prácticas.
Ya no estaban rascando paredes.
Ya no estaban caminando hacia una tienda.
Ya no estaban ocupados en cajas o plásticos o herramientas.
Solo estaban cenando juntos.
Eso, Glenn lo sintió con claridad.
Y de pronto se volvió dolorosamente consciente de sí mismo otra vez.
De lo que decía.
De cómo se veía.
De la forma en que tomaba los cubiertos.
Del hecho de estar sentado frente a Itachi, una mujer que seguía pareciéndole tan extraña y hermosa que a ratos no sabía cómo mirarla sin quedarse demasiado tiempo detenido.
Fue ella quien rompió primero el silencio.
—¿Siempre eliges comida coreana cuando puedes?
Glenn sonrió, agradecido por la sencillez de la pregunta.
—No siempre, pero bastante seguido.
Supongo que me sale solo.
A veces ni lo pienso.
—Porque te recuerda a algo.
Él levantó la vista hacia ella.
No era exactamente una pregunta.
—Sí —dijo después de un segundo—.
Supongo que sí.
A casa, a mi familia, a cosas pequeñas.
Incluso si no es igual… sigue sintiéndose cercano.
Itachi registró la respuesta con atención tranquila.
La memoria afectiva de la comida, pensó.
No algo que ella hubiera ignorado antes, pero sí algo que rara vez había tenido tiempo de observar en sí misma.
Glenn hablaba de ello con una naturalidad que revelaba una parte importante de su estructura emocional: lo cotidiano para él nunca era del todo pequeño.
Lo cargaba de significado sin dramatizarlo.
—¿Y tú?
—preguntó Glenn—.
¿Qué comida prefieres?
Itachi sostuvo los palillos un instante antes de responder.
—No tengo preferencias fuertes.
Él la miró con una mezcla de incredulidad y diversión.
—¿En serio?
¿Nada?
—Hay alimentos útiles.
Glenn soltó una risa, incapaz de evitarlo.
—Eso suena tan… Itachi.
Ella lo observó.
—¿Y cómo suena Itachi?
—Como si pensaras en términos de utilidad incluso con la comida.
Eso, notó ella, no era incorrecto.
—Es práctico.
—Sí, pero también un poco triste.
No hubo ofensa en la frase.
Solo honestidad leve.
Itachi la recibió como dato.
—¿Te parece triste?
—Un poco —admitió Glenn—.
No sé.
Me gusta pensar que algunas cosas pueden gustarte simplemente porque sí.
No porque sirvan.
Solo porque… te hacen bien.
Itachi guardó silencio unos segundos.
Desde afuera, quizá habría parecido que solo estaba comiendo y pensando.
Pero en realidad procesaba la afirmación con más profundidad de la que Glenn imaginaba.
Ella había vivido orientada por función, deber, misión, cálculo.
Incluso las cosas que otros llamarían placer o belleza solían entrar en su mundo primero como herramientas, símbolos, utilidades.
Y allí estaba Glenn, reduciendo el asunto a una verdad pequeña, sencilla, desarmante: Hay cosas que pueden gustarte simplemente porque te hacen bien.
No respondió enseguida.
—Lo consideraré —dijo al final.
La respuesta hizo que Glenn sonriera.
—Eso cuenta como progreso.
Otra vez, esa alteración mínima en la mirada de ella.
Esa casi sonrisa tan leve que parecía reservada para momentos exactos.
Hablaron más durante la cena.
De Atlanta.
Del edificio.
De lo difícil que era encontrar un apartamento decente.
De vecinos ruidosos.
De cosas pequeñas.
Y luego, poco a poco, la conversación se volvió un poco más personal, no porque alguno forzara nada, sino porque así funcionan las noches que se alargan entre dos personas que han dejado de sentirse completamente extrañas.
Glenn le contó algunas anécdotas sueltas de repartos, de rutas raras, de clientes extraños, de días en que la ciudad parecía jugar a complicarle todo.
Itachi escuchó con atención, y en su silencio había algo que no era solo análisis.
Era una forma particular de presencia.
Glenn empezó a darse cuenta de que ella lo oía de verdad.
No esperaba su turno para hablar.
No fingía interés.
Simplemente recibía lo que él decía con una intensidad calma que le hacía querer seguir hablando.
—Tú escuchas mucho —dijo en un momento.
—Hablar demasiado suele desperdiciar información.
Glenn sonrió.
—Y aun así, no se siente como si me estuvieras interrogando.
Itachi inclinó apenas la cabeza.
—Eso sería ineficiente.
—Claro.
Todo vuelve a la eficiencia contigo.
—Frecuentemente.
Él negó, divertido.
—Definitivamente necesito descubrir qué clase de vida hace que una persona responda así.
Esa vez Itachi no contestó enseguida.
Porque la pregunta, incluso hecha en tono ligero, rozó algo real.
Una vida de guerra.
Una vida de disciplina total.
Una vida donde cada error costaba sangre.
Una vida donde la infancia fue reemplazada por función.
Nada de eso podía decirse.
Nada de eso debía decirse.
—Una vida distinta —respondió, finalmente.
Glenn la miró.
Había algo en esa frase que cerraba puertas y al mismo tiempo dejaba entrever profundidad suficiente como para querer seguir preguntando.
Pero no lo hizo.
Aún no.
Entendía, de alguna manera intuitiva, que si presionaba donde Itachi no quería abrir, solo lograría que volviera a cerrarse más.
En cambio, se inclinó hacia algo más simple.
—¿Qué piensas hacer mañana?
Itachi alzó la vista.
—Pensaba poner la pintura.
—¿Quieres que venga?
—preguntó Glenn, con una naturalidad que ocultaba mal el deseo real detrás de la oferta.
Ella lo observó.
Lo cierto era que no necesitaba ayuda.
Podía pintar el apartamento sola en una fracción del tiempo.
Podía hacerlo con clones si quisiera.
Podía terminar esa tarea y varias más antes de medianoche.
Pero esa no era la cuestión.
La cuestión era Glenn.
La convivencia.
La proximidad.
La naturalidad creciente de su presencia dentro de este espacio.
—Has ayudado demasiado —dijo ella, más por estructura que por rechazo.
Glenn se apresuró a negar con la cabeza.
—No me molesta.
Y no estaba mintiendo.
Ni un poco.
De hecho, la idea de pasar otro día allí, con ella, trabajando, hablando, viéndola moverse por el apartamento como si poco a poco ese lugar se organizara alrededor suyo, le provocó un impulso de entusiasmo tan claro que tuvo que mantenerlo contenido para no parecer demasiado evidente.
Itachi lo sabía.
Vio el interés en el modo en que sostuvo la mirada, en la rapidez de la respuesta, en la expectativa silenciosa que dejó después de hablar.
Lo sabía, y a la vez encontró algo extrañamente limpio en ello.
Glenn no quería ayudar solo por obligación.
Quería estar ahí.
Eso tenía valor.
—Bien —dijo ella al fin—.
Puedes venir.
La reacción de Glenn fue pequeña, pero imposible de ocultar del todo.
Una ligera expansión en la expresión.
Un brillo inmediato en los ojos.
La satisfacción rápida de quien acaba de recibir algo que esperaba, aunque no se hubiera permitido anticiparlo demasiado.
—Perfecto —respondió, intentando sonar casual—.
Entonces vengo mañana.
—Mañana —repitió Itachi.
Más tarde, cuando Glenn regresó a su apartamento, lo hizo con una ligereza que no había traído consigo al entrar.
Se despidió en la puerta con una calma razonable, cruzó el pasillo, abrió, cerró.
Y solo entonces, ya solo, dejó salir la sonrisa entera.
Era absurdo.
Absolutamente absurdo.
Pero no podía evitarlo.
Mañana volvería.
Mañana pasaría más tiempo con ella.
Mañana ayudaría a pintar el apartamento de Itachi.
La idea debería haberle parecido una cosa mínima, una actividad sencilla, casi doméstica.
En cambio, dentro de él se había vuelto algo más.
No grande todavía.
No definitivo.
Pero sí lo bastante importante como para alterar la calidad de su noche.
Se dejó caer en la cama un rato después, ya cambiado, con el apartamento en silencio.
Intentó dormir.
No pudo enseguida.
Cada vez que cerraba los ojos, alguna imagen de Itachi regresaba.
Su voz.
La caída oscura del cabello.
La forma en que había dicho su nombre.
La precisión de sus manos.
La serenidad extraña con que observaba todo.
La casi sonrisa leve que él empezaba a reconocer como algo raro, algo que sentía casi como un privilegio cuando aparecía.
Solo es tu vecina, se dijo.
No sirvió de nada.
Solo la conoces desde ayer.
Tampoco.
Porque no era solo eso.
Había algo en Itachi que no cabía bien dentro de la lógica común del tiempo.
Como si uno no pudiera medir el efecto que tenía por la cantidad de horas compartidas.
Era otra cosa.
Otra densidad.
Otra presencia.
Al final durmió, pero incluso dormido el pensamiento de ella siguió ahí, suavizado, persistente, alojado en una parte de su mente que ya la estaba esperando para el día siguiente.
Itachi, en cambio, no durmió del mismo modo.
Descansó lo necesario.
Procesó información.
Organizó flujos de recursos.
Uno de los clones acabó de cerrar la operación sobre otro estado importante justo antes del amanecer.
El vaciado había sido casi total.
Combustible.
Materiales de construcción.
Armamento ligero.
Herramientas.
Suministros de higiene.
Alimentos no perecederos.
Equipos médicos básicos y avanzados.
Literatura técnica.
Todo clasificado, sellado, remitido.
A través de esa red de yoes paralelos, Itachi sentía el país como una estructura desplegada ante ella: inventarios, rutas, densidades, vacíos, futuros puntos de aprovisionamiento.
También sintió otra cosa.
La memoria reciente de Glenn.
No porque pensara en ella como él lo hacía.
No igual.
Pero la cena había dejado rastros.
El modo en que él hablaba.
Lo fácil que resultaba sostener silencio a su lado.
La calidez particular de sus respuestas.
La ausencia de cálculo agresivo.
La oferta de volver al día siguiente no por necesidad, sino por deseo de compañía.
Hagoromo había tenido razón en algo esencial: acercarse a Glenn no equivalía solo a acercarse a un objetivo.
Equivalía a entrar en un espacio humano que no estaba construido enteramente por la lógica del sacrificio.
Esa diferencia, aunque Itachi todavía no quisiera nombrarla, ya empezaba a tocarla.
Por la mañana preparó desayuno.
No porque fuera necesario.
Porque sería funcional.
Y porque Glenn llegaría temprano.
Sabía con precisión casi exacta a qué hora se despertaría, cuánto tardaría en arreglarse, cuánto tiempo pasaría mirando el reloj, debatiéndose entre no llegar demasiado pronto y no retrasarse.
Por eso, cuando puso café, huevos, tostadas y algo de fruta sobre la mesa sencilla del apartamento, no lo hizo improvisando.
Lo hizo como se prepara una escena que debe parecer casual.
La luz de la mañana entró en tonos cálidos por las ventanas.
Dorados suaves.
Sombras limpias.
El apartamento todavía con las paredes listas para ser pintadas, pero ya con ese ambiente extraño entre obra y hogar.
Glenn, al otro lado del pasillo, estaba despierto desde antes de lo habitual.
Se había levantado demasiado pronto.
Se duchó.
Se vistió.
Miró el reloj.
Todavía era temprano.
Esperó un poco más.
Volvió a mirar.
Caminó por su sala sin objetivo claro.
Se dijo que no quería parecer ansioso.
Que tenía que darle un margen razonable.
Que lo normal era no presentarse a primera hora como si llevara toda la noche contando minutos.
Y, sin embargo, estaba exactamente haciendo eso.
Cuando por fin decidió que la hora era aceptable, salió con una energía contenida que intentaba disfrazar bajo una apariencia normal.
Llegó a la puerta de Itachi.
Tocó.
Ella abrió casi de inmediato.
Y Glenn, otra vez, se quedó mirando un segundo de más.
La luz cálida de la mañana se deslizaba detrás de ella.
El apartamento olía a café y a comida recién hecha.
Itachi estaba impecable, como siempre, pero la escena entera tenía algo distinto a la del día anterior.
Menos misterioso y más… doméstico.
Casi imposible, en realidad.
La mujer que parecía salida de una imagen ceremonial en negro y rojo estaba frente a él con una taza de café ya servida, un desayuno sencillo preparado y la misma serenidad de siempre.
—Buenos días —dijo ella.
—Buenos días —respondió él, y luego el olor llegó por completo—.
¿Preparaste desayuno?
—Sí.
Glenn entró, todavía procesándolo.
—No tenías que hacerlo.
—Lo hice de todos modos.
Y esa respuesta, dicha con la sencillez absoluta de alguien que no iba a dramatizar un gesto así, produjo en él un efecto desproporcionado.
Se sentaron.
La mesa era simple.
El desayuno también.
Huevos, tostadas, café, fruta.
Nada extravagante.
Nada innecesario.
Pero para Glenn tuvo el peso inesperado de las cosas que se sienten íntimas precisamente por ser pequeñas.
Tomó la taza caliente entre las manos y por un instante se permitió no ocultar del todo lo bien que le hacía sentir aquella escena.
Itachi lo observó en silencio.
Él hablaba más por la mañana, lo notó enseguida.
No de forma atropellada, pero sí con una soltura distinta.
Comentó algo sobre el café, sobre el hecho de que no esperaba encontrar desayuno al venir, sobre que eso definitivamente contaba como ventaja de ayudar a pintar apartamentos ajenos.
Itachi respondió poco, aunque lo suficiente.
Y mientras Glenn hablaba, la luz cálida recortaba sus gestos, el vapor del café subía entre ambos y la habitación entera parecía suspenderse en una tranquilidad engañosa.
Porque fuera de ese apartamento el mundo seguía acercándose al borde.
Cinco días.
Solo cinco.
Y, aun así, allí estaban.
Una mujer enviada desde otro universo con la misión de salvarlo.
Un joven que no sabía nada y que sonreía sobre una taza de café porque su vecina le había preparado desayuno.
Itachi registró la escena con una lucidez casi extraña.
Esto también es parte de la misión, pensó.
No solo protegerlo cuando sangrara.
No solo matarlo todo antes de que llegara a él.
No solo asegurar recursos, rutas, refugio.
También esto.
La mesa compartida.
La conversación pequeña.
La confianza naciente.
La costumbre empezando a construirse antes incluso del desastre.
—Entonces —dijo Glenn, dejando la taza a un lado—, ¿cuál es el plan de hoy?
—Pintar primero la sala —respondió Itachi—.
Después el pasillo interior.
Si queda tiempo, la habitación.
—Eso suena casi militar.
Ella lo miró.
—Es un orden lógico.
Él sonrió.
—Claro.
Un orden lógico.
Y por dentro sintió otra vez esa mezcla rara de ternura, admiración y curiosidad que Itachi le provocaba casi sin proponérselo.
Quería seguir viéndola así.
Sentada frente a él.
Con la taza entre las manos.
Escuchándolo.
Respondiendo con esa economía precisa de palabras.
Quería quedarse suficiente tiempo como para descubrir qué cosas podía hacerla sonreír más claramente, qué preguntas no debía hacer todavía, qué silencios compartidos con ella terminarían volviéndose naturales.
Tomó otro sorbo de café.
El apartamento estaba lleno de tonos cálidos.
La mañana también.
Y mientras se preparaban para pintar paredes como si el mundo fuera a seguir siendo mundo por mucho tiempo más, Glenn Rhee pensó, con una claridad luminosa que le sorprendió a sí mismo, que quizá aquel sería el mejor día libre que había tenido en mucho tiempo.
Itachi, al otro lado de la mesa, lo vio pensar eso sin que él lo dijera.
Y aunque no sonrió, guardó la conclusión con cuidado.
Porque el objetivo seguía siendo el mismo.
Salvarlo.
Protegerlo.
Hacerlo prosperar.
Hacerlo feliz.
Y cinco días antes del fin, sentados frente a un desayuno sencillo y una taza de café compartida, el camino hacia esa última parte empezaba a revelarse no como una abstracción… sino como una suma de momentos así.
Pequeños.
Cálidos.
Habitables.
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