ojos carmesí - Capítulo 31
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31: En la quietud de la noche.
31: En la quietud de la noche.
Cuando la noche se hizo un poco más profunda y la fogata comenzó a reducirse a un núcleo rojo, estable y cansado, Glenn e Itachi se levantaron del tronco.
El termo de café, ya casi vacío, quedó entre las manos de Glenn mientras ambos se despedían con una inclinación leve de la cabeza o un simple gesto de la mano de quienes seguían cerca del fuego.
No hubo gran ceremonia.
No hacía falta.
Ellos dos ya se habían instalado dentro del ritmo del campamento de una forma extraña: presentes, pero aparte; integrados, pero no absorbidos; amables, pero con fronteras claras.
Y así, caminando juntos, volvieron hacia la autocaravana.
Entraron.
Enllavaron.
Encendieron las luces.
El interior del RV volvió a abrazarlos con su orden cálido, con la madera limpia, con la quietud de la cocina ya recogida, con el tocadiscos apagado, con el pequeño zumbido eléctrico de las cosas que seguían funcionando gracias a los paneles que habían instalado.
Glenn dejó el termo vacío sobre la mesa.
Itachi lo observó un segundo y luego volvió la mirada hacia él.
El silencio entre ambos no era incómodo.
Era de esa clase rara de silencio que solo se consigue cuando dos personas ya no necesitan llenar el aire para sentir compañía.
—¿Tienes hambre?
—preguntó Glenn.
Itachi negó con la cabeza.
—No.
Glenn sonrió apenas.
—Yo tampoco.
Itachi sirvió entonces dos vasos de agua.
Uno para él.
Uno para ella.
Bebieron despacio, como si incluso la hidratación nocturna formara parte de un pequeño ritual propio.
Después se asearon.
Glenn volvió a ponerse la pijama limpia de camisa de algodón y pantalón de chándal.
Itachi regresó al camisón negro de seda y a la bata ligera que cubría su cuerpo con esa elegancia suya que ni la intimidad ni la noche conseguían borrar.
El silencio siguió siendo tranquilo.
Ordenaron lo último que quedaba fuera de lugar.
Apagaron las luces del área principal.
Y cuando todo estuvo limpio, correcto y en paz, entraron en la habitación.
Glenn se acostó primero.
Itachi junto a él.
Y entonces el corazón de Glenn comenzó a latir con una fuerza muy concreta, muy reconocible, porque la noche anterior seguía viva dentro de él.
Recordaba el abrazo.
Recordaba la manera en que Itachi lo había dejado acercarse.
Recordaba el calor de su cuerpo encajado contra el suyo, la forma en que había dormido aferrado a ella, la extraña felicidad simple de haber despertado con ella todavía entre sus brazos.
Una parte de él esperaba, con una intensidad casi infantil, que Itachi no se hubiera arrepentido.
Que le permitiera hacer lo mismo otra vez.
Que aquel gesto no hubiera sido una excepción irrepetible.
Itachi volteó su cuerpo hacia él, acostada de lado.
Glenn hizo lo mismo.
Se quedaron mirándose de frente.
La habitación estaba en penumbra.
La luz de luna entraba apenas lo suficiente para delinear los contornos de sus rostros.
Y allí, tan cerca, tan silenciosos, comenzaron a hablar.
—Lori va a seguir haciéndolo —dijo Glenn en voz baja—.
No creo que se detenga solo porque hoy la enfrentamos.
—No —respondió Itachi—.
No va a detenerse.
Solo cambiará de forma.
—¿Qué quieres decir?
—Que ahora será más cuidadosa.
Menos directa delante de todos.
Más sutil.
Buscará momentos en que parezca preocupación o comentario casual.
Glenn soltó un pequeño suspiro.
—No la soporto cuando hace eso.
—Lo sé.
—Y no me gusta que te ataque a ti.
Itachi lo observó sin parpadear apenas.
—No puede atacarme realmente.
—Sí puede intentarlo —dijo Glenn—.
Y eso me basta para que me moleste.
Hubo un segundo breve de silencio.
—Shane la detuvo —murmuró Glenn después.
—Sí.
—Eso va a empeorar las cosas con Lori.
—Sí.
Glenn frunció apenas el ceño.
—No me gusta cómo te mira Shane.
Itachi no respondió enseguida.
—Lo sé.
—No, no solo te observa porque seas fuerte o útil —dijo Glenn—.
Hay algo más.
—Sí —repitió Itachi con la misma calma.
Glenn bajó apenas la mirada un instante y luego volvió a alzarla.
—Y Merle… Merle me da asco.
—A mí también me resulta desagradable.
—Ed también —dijo Glenn—.
Pero en él es distinto.
Más cobarde.
Más pequeño.
Itachi asintió.
—Merle es vulgar.
Ed es amargado.
Shane es más peligroso.
Glenn sostuvo esa frase.
—¿Más peligroso?
—Sí.
Porque Merle es obvio.
Ed también.
Shane intenta controlarse.
Las personas que intentan controlar lo que desean suelen ser más difíciles de leer para otros.
Glenn se quedó callado un segundo.
—Yo sí lo leo.
—Lo sé.
—Y no me gusta.
—Lo sé —repitió Itachi.
Glenn observó el rostro de ella, la quietud, la serenidad, la precisión con que parecía poder ver el campamento entero sin moverse de la cama.
—¿Te preocupa?
—No por mí —dijo Itachi—.
Me preocupa por la dinámica del grupo.
Lori lo nota.
Él lo niega.
Eso genera tensión.
—¿Y nosotros?
—Nosotros seguiremos igual.
—¿Seguro?
—Sí.
Glenn tragó saliva.
—No quiero que el grupo nos convierta en un problema.
—No lo hará si mantenemos control, distancia y utilidad.
Glenn sonrió muy levemente.
—Hablas como si fueras a dirigir una aldea ninja.
Itachi sostuvo su mirada.
—El principio es el mismo.
Personas juntas.
Recursos limitados.
Tensiones emocionales.
Riesgos externos.
Liderazgo imperfecto.
A Glenn se le escapó una risa baja.
—Cuando lo dices así, da miedo lo lógico que suena.
—Lo es.
Volvieron a quedarse en silencio unos segundos.
Luego Glenn habló otra vez.
—¿Y Daryl?
Itachi respondió sin vacilar.
—Observa.
Aprende.
No habla de más.
No me preocupa.
—A mí tampoco —dijo Glenn—.
Creo que… no sé.
Creo que de todos, él es el que mejor entiende sin necesitar meterse.
—Sí.
—¿Y Carol?
—Ella comprende mejor de lo que muestra.
Glenn asintió.
—Sí.
Yo también lo creo.
—Amy siente rápido.
Andrea analiza.
Dale ve más de lo que dice.
T-Dog es estable.
Morales piensa en familia.
Jaqui es práctica.
Glenn sonrió un poco.
—Te los aprendiste a todos.
—Es mi trabajo.
—Ya sé —murmuró Glenn, más suave—.
Solo que a veces olvido lo exacta que eres.
Itachi lo observó.
—No lo olvides.
La conversación quedó suspendida un momento después de eso, y el silencio entre ambos tomó otra forma.
Más íntima.
Menos táctica.
Glenn seguía mirándola y sabía, con una certeza cada vez más grande, que esa mujer, que hablaba del grupo como si moviera piezas sobre un tablero, era la misma que había tallado juguetes para Carl y Sofía esa tarde.
La misma que le besaba la frente.
La misma que se quedaba dentro de sus brazos por la mañana.
La misma que le había dicho, allí afuera, sobre su regazo, en un futuro.
Itachi, por su parte, recordaba exactamente eso también.
Recordaba el momento.
La forma en que Glenn había dicho en otra vida con esa mezcla suya de tristeza y ternura.
Recordaba la expresión de sus ojos cuando ella había respondido en un futuro.
Recordaba la pequeña lágrima.
Recordaba el peso de haber pronunciado esas palabras y comprender, mientras lo hacía, que no eran un consuelo vacío.
Que significaban algo.
Que implicaban un pensamiento de continuidad, de cercanía, de permanencia real con Glenn más allá de la misión, más allá del campamento, más allá de la cantera.
Los ojos de ambos seguían fijos el uno en el otro.
La mano de Glenn buscó entonces la de Itachi.
Sus dedos encontraron los de ella sobre el colchón.
Las alianzas rozaron primero.
Después la piel.
Glenn entrelazó sus dedos con los de ella y levantó la mano un poco, lo suficiente para acercarla a sus labios.
La besó suave.
No con desesperación.
No con pasión ciega.
Con una devoción tranquila, reverente, como si besarle la mano fuera otra forma de decirle gracias, otra forma de decirle sigo aquí, sigo contigo, sigo eligiéndote.
Itachi lo observó.
Y por primera vez fue ella quien tomó la mano entrelazada de Glenn y la acercó a sus propios labios.
La besó.
Suave.
Glenn sintió que el corazón se le iba a salir del pecho.
No supo ocultarlo.
Ni quiso.
Ella lo siguió mirando a los ojos y entonces preguntó, en un tono bajo, completamente natural y, precisamente por eso, devastador: —¿No vas a venir?
Glenn abrió un poco más los ojos.
El aire se le quedó un segundo atrapado en la garganta.
—¿Puedo?
—preguntó, con una mezcla de esperanza y cautela que la volvió todavía más evidente la intensidad de lo que sentía.
Itachi respondió con un pequeño sonido.
—Mhm.
Y Glenn sonrió.
Sonrió de verdad, con algo tan luminoso que incluso en la oscuridad de la habitación parecía visible.
Se acercó hacia ella.
Esta vez Itachi no le dio la espalda.
No hizo falta.
Simplemente dejó que se aproximara y, al mismo tiempo, ella misma se movió un poco hacia él.
No de forma abrupta.
No con torpeza.
Con una voluntad silenciosa pero real.
Itachi escondió el rostro en el cuello de Glenn.
Y Glenn la abrazó hacia sí.
Sus piernas se entrelazaron.
Sus cuerpos se acoplaron con una facilidad que habría parecido increíble una semana atrás y que ahora comenzaba a sentirse como una costumbre naciente.
Glenn la abrazó.
Itachi también lo abrazó a él.
El rostro de Glenn encontró su lugar en el cabello de Itachi.
Aspiró su aroma.
Suave.
Elegante.
Profundo.
El tipo de perfume natural que para él ya se había convertido en sinónimo de calma, deseo, hogar y algo mucho más grande que todavía le costaba pronunciar de frente.
—Gracias —dijo Glenn.
Itachi supo la profundidad exacta de ese gracias.
Gracias por no arrepentirte.
Gracias por dejarme volver.
Gracias por permitirlo otra vez.
Gracias por esas palabras de la tarde.
Gracias por el futuro.
Gracias por ti.
Y quizá por eso, en vez de responder con algo largo, murmuró únicamente: —Duerme.
Glenn apretó un poco más el abrazo.
—Sí, mi amor.
Y así, poco a poco, se dejaron guiar por el sueño.
Pero no del mismo modo.
Desde el punto de vista de Glenn, la noche era un lugar emocional.
Su corazón seguía latiendo rápido, aunque el cuerpo ya empezaba a rendirse al cansancio.
Repasaba el día como alguien que recorre con los dedos algo precioso para asegurarse de que no lo ha imaginado.
El desayuno.
La música suave en la mañana.
Lavar la ropa.
El beso en el hombro.
La forma en que ella lo había dejado acercarse otra vez.
La sopa.
Carl y Sofía.
Los juguetes de madera.
El momento en que ella dijo en un futuro.
El fuego.
Lori.
El café compartido.
Ahora esto.
Sus cuerpos unidos otra vez, no por accidente, no por necesidad externa, sino porque Itachi lo había querido cerca.
Porque lo había permitido.
Porque lo había invitado.
Y Glenn, ya sin pelearse con la verdad, la dejó instalarse dentro de sí con toda su magnitud: amaba a esa mujer.
La amaba con una pureza que lo avergonzaría frente a otros hombres y que, sin embargo, frente a ella se sentía correcta.
La amaba con una intensidad ridícula para el poco tiempo que llevaban juntos.
La amaba con el tipo de certeza que no nace de años, sino de reconocimiento.
De encontrar a alguien y sentir que, aunque el mundo entero se quiebre, una parte de ti quiere caminar hacia ese alguien para quedarse.
Desde el punto de vista de Itachi, en cambio, el sueño nunca era completo.
Su cuerpo descansaba.
Sí.
Sus ojos podían cerrarse.
Sí.
Pero una parte de ella permanecía siempre despierta, vigilante, entrenada desde hacía demasiado tiempo para apagar del todo la conciencia.
Y en esa vigilia silenciosa, con Glenn abrazándola con una ternura que ya no necesitaba ser explicada, Itachi analizó.
Analizó sus propios sentimientos.
Sus propios comportamientos.
El comportamiento de Glenn.
Los sentimientos de Glenn.
Comprendía ya, sin lugar a dudas, que Glenn la amaba.
No solo la deseaba.
No solo se había encariñado.
La amaba.
Estaba en la forma en que la miraba cuando creía que ella no lo notaba.
En cómo hablaba de ella al grupo.
En cómo defendía sus límites como si fueran sagrados.
En la reverencia con que besaba su frente, su hombro, su mano.
En la manera en que su cuerpo se relajaba cuando la tenía cerca.
En la alegría casi infantil que le nacía con cada pequeño gesto de intimidad que ella permitía.
Y más importante aún: Glenn no la amaba a pesar de saber lo que ella era.
La amaba sabiendo.
Sabiendo del clan.
De la guerra.
De la sangre.
De la niñez robada.
De lo que había hecho.
Eso importaba.
Itachi analizó también sus propias acciones.
Lo había buscado esa mañana.
Lo había abrazado por la espalda.
Le había besado la frente más de una vez.
Le había dicho mi amor sin esfuerzo.
Le había dicho en un futuro.
Había dejado que la abrazara de nuevo esa noche.
No lo hacía solo por misión.
No lo hacía solo para mantenerlo estable.
No lo hacía solo porque su apego emocional facilitara protegerlo.
Había algo más.
Algo que aún no nombraba con palabras simples, porque no estaba hecha para eso, porque su historia no le había dado el lenguaje fácil de los afectos, porque había sido arma antes que mujer, deber antes que deseo, estrategia antes que ternura.
Pero lo veía.
En pequeños puntos de verdad.
Le importaba qué sentía Glenn.
Le importaba su paz.
Le importaba su alegría.
Le importaba que durmiera mejor.
Le importaba que no se sintiera solo.
Le importaba, incluso, el modo en que sus ojos se iluminaban cuando ella le daba algo mínimo.
Y eso era ya demasiado para negarlo.
No todavía amor con el mismo desborde que en Glenn.
Pero sí el inicio de algo que caminaba en esa dirección.
Más silencioso.
Más profundo.
Más cuidadoso.
Más Itachi.
Permaneció así un largo rato, quieta dentro del abrazo de Glenn, sintiendo el calor de él, el peso de su brazo, el latido de su corazón que poco a poco fue calmándose hasta entrar en el ritmo del sueño.
Afuera, la cantera seguía existiendo en sombras, en guardias, en fuegos bajos, en respiraciones duras dentro de carpas.
Adentro, dentro de la habitación del RV, había otra clase de paz.
Una paz pequeña.
Íntima.
Construida a mano.
Y en ella, Glenn dormía abrazándola como si no existiera lugar más seguro en el mundo.
Por primera vez en mucho tiempo, Itachi no encontró razones para apartarse de esa idea.
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