Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

ojos carmesí - Capítulo 32

  1. Inicio
  2. ojos carmesí
  3. Capítulo 32 - 32 Mas cerca del futuro
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

32: Mas cerca del futuro.

32: Mas cerca del futuro.

La mañana llegó a la cantera con una luz limpia y fría, filtrándose apenas por las rendijas del ventanal de la habitación del RV, dibujando líneas pálidas sobre las sábanas y el borde del colchón.

Dentro de la autocaravana, sin embargo, el despertar fue distinto al del resto del campamento.

No hubo espalda entumecida por el suelo, no hubo mantas húmedas de rocío, no hubo necesidad de arrastrarse medio dormidos hacia el fuego para robarle un poco de calor a la leña.

Hubo otra cosa.

Itachi ya estaba despierta.

Seguía en los brazos de Glenn, pero despierta.

Una de sus manos se había deslizado hacia el cabello de él y lo acariciaba despacio, con una suavidad casi ausente, casi meditativa, como si sus dedos estuvieran aprendiendo la textura de algo que ya conocían y, aun así, querían seguir reconociendo.

Glenn despertó poco después, no de golpe, no sobresaltado, sino con la lenta conciencia de alguien que primero registra el calor, luego la paz, luego el cuerpo que tiene cerca.

Abrió los ojos.

La vio.

Y sonrió.

Sonrió con esa dulzura desarmada que a Itachi le resultaba cada vez más fácil identificar incluso antes de que apareciera del todo en su boca.

Glenn se abrazó un poco más a ella.

Itachi, respondiendo casi de forma instintiva, se acurrucó un poco más en el cuello de Glenn.

—Buenos días —murmuró él.

Itachi respondió con un sonido bajo, suave.

—Mhm.

Se quedaron así un momento.

Solo en compañía del otro.

Sin hablar.

Sin necesidad de hacer nada más que existir dentro de esa quietud compartida.

Para Glenn, ese instante ya se estaba volviendo adictivo.

El simple hecho de despertar y encontrarla todavía allí, en sus brazos, era suficiente para llenar su pecho con una felicidad tan grande que a ratos le daba miedo.

Para Itachi, en cambio, la escena era distinta: menos desbordada, más observada, más silenciosamente aceptada.

Pero estaba ahí.

Se quedaba.

No se apartaba.

Y eso, en ella, ya era una forma de respuesta.

Finalmente se levantaron.

Y como parte de una rutina que ya no necesitaba nombrarse, Glenn se dirigió hacia el vagón.

La puerta se abrió y el pequeño mundo verde y vivo lo recibió otra vez.

Allí dentro el aire era distinto: más tibio, más húmedo, más lleno de olor a tierra, plantas, madera y animales.

Glenn se encargó primero de los cuyos y de los conejos.

Revisó las jaulas, retiró con cuidado el aserrín usado y limpió las heces acumuladas.

Aquello tomó más tiempo que otros días, porque había que hacerlo bien, no solo rápido, y Glenn ya empezaba a tratar cada una de esas tareas con el respeto que uno le da a algo valioso.

El serrín sucio fue a dar a una pana.

Glenn salió con discreción y se internó apenas en el bosque para deshacerse de ello donde no llamara la atención.

Luego volvió.

Guardó la pana en su sitio y regresó al vagón.

Entonces pasó a las plantas.

Las revisó una a una.

Las regó.

Quitó una hoja muerta aquí, acomodó un tallo allá, limpió un poco de tierra caída, comprobó raíces visibles, nivel de humedad, firmeza de la tierra.

Ya no lo hacía como alguien que ayuda por ayudar.

Lo hacía con una conciencia casi reverente de la magia viva que Itachi había creado allí.

Cada caja de cultivo, cada brote fuerte, cada hoja ancha y fresca, cada hierba perfumada, cada raíz engordando en la tierra hablaban de ella.

De sus manos.

De su chakra.

De esa capacidad imposible de crear abundancia en medio del colapso.

Desde la cocina, Itachi habló mientras preparaba el desayuno.

—¿Me pasas unos tomates y unas papas?

Glenn asintió enseguida.

—Sí.

Se dirigió a la cesta donde solían poner la verdura fresca, escogió los tomates más firmes y las papas correctas, y se los llevó.

—Toma, mi amor —dijo, besándole el hombro al entregárselos.

Itachi murmuró un pequeño: —Gracias.

Luego siguió trabajando.

Cortó los tomates en rodajas.

Puso las papas al horno.

Abrió una lata de conservas de chorizo, los cortó y los llevó al asador de la estufa.

Se deshizo de la basura, limpió a medida que usaba cada cosa, dejó todo controlado, todo correcto.

Preparó el café y lo dejó listo en la mesa.

Después, cuando Glenn aún seguía terminando en el vagón, fue a ayudarlo.

Ese día el trabajo tomó más tiempo.

Habían cambiado el aserrín de la base.

Había más limpieza que hacer.

Más orden.

Más cuidado.

Pero cuando terminaron, todo quedó impecable.

Los animales cómodos.

Las plantas atendidas.

Las manos algo marcadas por la tierra, el agua, el trabajo real de sostener vida.

Lavaron sus manos.

Y se sentaron a comer.

El desayuno fue sencillo, pero fuerte.

Papas al horno, tomate, chorizo, café.

La música suave del tocadiscos seguía sonando, acompañando la mesa con una calidez doméstica que a Glenn cada vez le parecía más peligrosa para su corazón.

Porque ya no se trataba solo de desearla o de admirarla.

Era la escena completa.

La rutina.

El “nosotros” silencioso que parecía ir echando raíces.

Fue en medio de ese desayuno que Itachi habló: —Quisiera tener gallinas.

Glenn levantó la vista.

La idea le pareció buena de inmediato.

—Son buena idea.

Itachi sostuvo un instante la taza de café entre las manos.

—Sí.

Pero hacen ruido.

Cantan demasiado.

Glenn asintió.

—Tienes razón.

Pensó unos segundos.

Rebuscó en la memoria.

—Pero… si no mal recuerdo, una vez vi un anuncio en televisión que hablaba de collares para gallos y gallinas.

Decía que ayudaban a evitar que cantaran tan fuerte.

Itachi lo observó con atención.

—¿Sí?

—Sí —dijo Glenn—.

No sé exactamente cómo funcionan, pero creo que existen.

Itachi bajó un poco la mirada, pensativa.

—Aún no me acoplo muy bien a este mundo.

Glenn sonrió.

Tomó la mano de Itachi y la besó.

—Me tienes a mí para eso.

Itachi sonrió apenas.

Apenas.

Pero para Glenn fue más que suficiente.

—Entonces podríamos conseguir esos collares —dijo ella—.

Si los encontramos hoy en el pueblo, podemos traer gallos y gallinas.

Glenn asintió enseguida.

—Sí.

Itachi siguió, ya proyectando.

—Todavía tenemos una jaula sin armar.

Podemos ponerla arriba, sobre el nivel de los cuyos.

Un par de gallos son suficientes.

Las demás, gallinas.

Pondrán huevos.

La idea crecía en la mente de Glenn mientras ella hablaba.

Más alimento.

Más autosuficiencia.

Más vida.

—Me parece buena idea —dijo—.

Pero… ¿cómo las traeríamos?

Itachi respondió con total naturalidad: —Eso déjaselo a mi clon.

Él las traerá cuando nadie esté observando.

Nosotros solo debemos conseguir los collares.

Glenn asintió.

—Bien.

Después del desayuno armaré la jaula, la sostendré y la pondremos arriba.

—Bien —repitió Itachi.

Terminaron de desayunar.

Itachi se encargó de limpiar la cocina, los trastes usados y la mesa.

Glenn, mientras tanto, se puso a armar la jaula rectangular que había quedado pendiente.

La estructura, una vez abierta y acomodada, requería tornillos, firmeza, buena distribución del peso y asegurarse de que el nivel superior pudiera resistir bien sin desbalancearse.

Itachi lo ayudó una vez que terminó con la cocina.

Juntos la armaron, la levantaron, la probaron, ajustaron los bordes y la dejaron lista.

Cuando estuvo asegurada, se alistaron.

Glenn con su ropa oscura.

Itachi con su traje ANBU, hermosa, perfecta, con el cabello recogido, el tocado en su sitio, la katana preparada, el rostro sereno como si el mundo exterior no pudiera tocar la exactitud con la que se componía.

Tomaron sus mochilas.

Sus katanas.

Apagaron las luces del RV.

Enllavaron.

Y entonces Itachi dejó los clones.

Uno se quedó adentro, cuidando.

Otro recibió la misión de ir a buscar gallos y gallinas: dos gallos eran suficientes, el resto gallinas.

Glenn había tenido un pequeño mini ataque cardíaco cuando vio a tres Itachis rodeándola dentro del RV.

La escena había sido demasiado para su sistema nervioso de hombre joven y enamorado.

—Esto es demasiado para mí —había dicho.

Itachi había alzado apenas una ceja, sin comentar nada más.

Pero lo había notado.

Y Glenn, por supuesto, había notado que ella lo había notado, lo cual no hizo absolutamente nada por mejorar el estado de su corazón.

Salieron al campamento.

La gente ya estaba desayunando cerca del fuego.

Había humo, latas, tazas, conversaciones a medio despertar.

Itachi llevó a Jaqui la caja vacía de provisiones que les habían dado el día anterior y se la devolvió.

—Gracias —dijo Jaqui—.

Así, cuando traigan más, puedo llenarla otra vez.

Itachi asintió.

—Bien.

Shane se acercó entonces con los bolsos.

Eran otra vez las bolsas de lona negra, grandes, resistentes, de ese tipo que permitían cargar bastante sin impedir el movimiento.

Las entregó en silencio, pero sus ojos se detuvieron en Itachi un segundo más de lo necesario antes de pasar a Glenn.

Glenn lo notó.

Itachi también.

Tomaron los bolsos.

Asintieron.

Dieron la vuelta.

Y se fueron caminando hacia el pueblo.

Al salir del campamento de la cantera, cuando ya la distancia les permitía hablar sin que nadie más oyera, Itachi dijo, con la misma calma exacta de quien anuncia una decisión ya tomada: —Esta vez vas a pelear más.

Glenn volvió el rostro hacia ella.

—Sí —dijo, entendiendo antes de que ella terminara de explicarlo.

Itachi continuó: —Si encontramos caminantes, tú entrarás más.

Yo cuidaré tu espalda.

Glenn asintió.

No protestó.

No discutió.

Sabía que tenía que mejorar.

Sabía que no podía depender por completo de ella, no si quería estar a su lado de verdad, no si quería proteger algo juntos, no si quería merecerse la posibilidad de ese futuro que ella había mencionado.

—Sí, mi amor —dijo.

Siguieron caminando.

El bosque los rodeaba primero, luego el camino de grava, luego los márgenes vacíos del pueblo que ya habían saqueado parcialmente el día anterior.

Glenn llevaba el mapa, aunque ya conocía parte del recorrido.

Itachi iba apenas medio paso delante de él, sin prisa, sin tensión aparente, pero con los sentidos desplegados sobre todo.

Observaba huellas.

Cambios en el suelo.

Puertas abiertas que el día anterior habían estado cerradas.

Una ventana rota nueva.

Un vehículo desplazado unos centímetros.

La forma en que el silencio del pueblo ya no era el mismo.

—Lo primero —dijo Itachi mientras avanzaban— es observar.

Siempre observar.

Antes de entrar a cualquier sitio, antes de respirar de más, antes de asumir que sigue igual que ayer.

Glenn la escuchaba con atención total.

—Porque puede no seguir igual —añadió ella.

—Puede haber más caminantes.

—O menos.

O personas.

Y las personas suelen ser más complejas que los caminantes.

Glenn soltó una exhalación baja.

—Eso quedó bastante claro.

Itachi lo miró apenas de reojo.

—Sí.

Siguieron unos pasos más.

—Cuando pelees —dijo ella—, no busques velocidad primero.

Busca control.

Si te aceleras, dejas huecos.

Y los huecos matan.

Glenn absorbía cada palabra.

—Respira.

Mira los pies del caminante, no solo la boca.

Si miras solo la boca, el miedo te arrastra hacia donde quiere el cuerpo.

Si miras la estructura completa, entiendes el movimiento.

Glenn asintió.

—Bien.

—Y no te alejes demasiado de mí.

Él volvió a mirarla.

—Nunca planeé hacerlo.

Itachi no respondió con palabras.

Pero la esquina de su boca se suavizó apenas.

El pueblo apareció al fondo.

Más callado que el día anterior.

Más vacío.

Y, precisamente por eso, más peligroso.

Entraron despacio.

La primera calle lateral estaba desierta.

La tienda de conveniencia seguía con la puerta abierta.

Una farmacia más al fondo.

Un pequeño local de suministros agrícolas o de mascotas donde, probablemente, podrían encontrar los collares.

Glenn ajustó mejor la katana en la mano.

Itachi lo observó.

—¿Nervioso?

Glenn exhaló una vez.

—Sí.

—Bien.

Él alzó apenas una ceja.

—¿Bien?

—El miedo te mantiene atento.

El pánico te vuelve inútil.

Aprende la diferencia.

Glenn tragó saliva.

—Estoy atento.

—Lo sé.

Se acercaron primero al local de suministros.

Itachi hizo una seña con la mano.

Detenerse.

Escuchar.

Glenn obedeció de inmediato.

Silencio.

No completo.

Hubo un roce adentro.

Algo arrastrándose.

Un golpe leve contra una estantería.

Itachi se inclinó apenas hacia él.

—¿Cuántos?

Glenn tensó el oído.

Uno.

No.

Dos.

Tal vez tres.

—Tres —susurró.

Itachi asintió.

—Bien.

Tomó una piedra pequeña y la lanzó contra la puerta lateral.

El golpe resonó.

Esperaron.

Un caminante apareció primero.

Luego otro.

El tercero tardó un poco más, atascado entre algo caído dentro del local.

Itachi volvió a hablar en voz baja.

—Dos tuyos.

Uno mío.

Si fallas, entro.

Si no fallas, no me muevo.

Glenn sintió que el pulso se le aceleraba.

Pero esta vez no retrocedió.

Se adelantó.

El primer caminante avanzó hacia él con esa lentitud repugnante que ya conocía.

Glenn recordó la voz de Itachi: respira, controla, cabeza, no boca solamente.

Dio un paso lateral.

Ajustó la empuñadura.

Esperó a que el peso del cuerpo muerto se inclinara mal.

Entonces golpeó.

No fue hermoso.

No fue limpio como Itachi.

Pero fue suficiente.

El primer caminante cayó.

El segundo estuvo encima más rápido de lo que Glenn habría querido.

Tuvo que retroceder dos pasos.

Casi perdió el ángulo.

Itachi no intervino.

Glenn la sintió detrás de él, presente, firme, sosteniendo ese espacio de confianza sin rescatarlo antes de tiempo.

Corrigió postura.

Golpeó otra vez.

Esta vez mejor.

El segundo cuerpo cayó también.

Itachi acabó con el tercero en un solo movimiento casi desapercibido.

Ni siquiera pareció un esfuerzo.

—Bien —dijo.

Glenn estaba respirando más fuerte.

No de pánico.

De adrenalina.

La miró.

Ella asintió apenas otra vez.

—Mejor.

Esa sola palabra hizo más por él que cualquier discurso.

Entraron al local.

Había sacos de alimento animal.

Herramientas de jardín.

Comederos.

Correas.

Jaulas pequeñas.

Un estante más al fondo con productos para aves.

Glenn rebuscó mientras Itachi vigilaba, clasificaba y descartaba con rapidez.

—Aquí —dijo Glenn al fin.

Había encontrado los collares.

No solo uno o dos.

Varios.

Negros, rojos, algunos regulables.

Itachi se acercó, los revisó con atención.

—Servirán.

Tomaron suficientes.

También algo de alimento para aves, pequeño, no demasiado, apenas para pasar mientras organizaban mejor el sistema dentro del vagón.

Itachi añadió un recipiente para agua y otro para comida, simples, metálicos.

—¿Algo más?

—preguntó Glenn.

Ella evaluó el local.

—Sí.

Si hay vitaminas o algo para aves jóvenes, tómalo.

No sabemos en qué estado vendrán.

Glenn obedeció.

Y mientras llenaban una de las bolsas, Glenn comprendió que eso también era parte del futuro al que ella había abierto una puerta.

No solo caminar juntos.

No solo dormir abrazados.

También esto: pensar en gallinas, en huevos, en collares anti-canto, en alimentación, en cómo hacer más sostenible un pequeño vagón escondido detrás de una autocaravana en medio del apocalipsis.

Para Itachi, mientras tanto, verlo pelear más, corregir más rápido, escuchar mejor, aprender de verdad, también tenía peso.

Glenn seguía siendo emocional.

Seguía siendo social.

Seguía siendo blando en lugares donde el mundo castigaría con fuerza.

Pero estaba creciendo.

No endureciéndose hasta perderse.

Creciendo.

Y eso le gustó más de lo que admitió incluso ante sí misma.

Salieron del local con la primera parte cumplida.

El día apenas estaba empezando.

Y ambos, caminando juntos hacia la siguiente tienda, sabían que todavía quedaba trabajo.

Pero también sabían, con una certeza cada vez más firme, que lo harían juntos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo