ojos carmesí - Capítulo 33
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33: Regreso al fuego.
33: Regreso al fuego.
Luego de dejar atrás la tienda de antigüedades, Glenn e Itachi emprendieron el regreso hacia la cantera con el peso del día otra vez sobre los hombros, pero no como una carga amarga, sino como la prueba tangible de que la salida había valido la pena.
Las dos bolsas grandes que Shane les había dado iban llenas de provisiones: latas, envasados, embutidos, encurtidos, comida útil, comida que no se quebraba, que no se pudría rápido, que podía durar y sostener al campamento unos días más.
Las mochilas personales, en cambio, llevaban lo suyo, lo privado, lo escogido con otro criterio.
Discos para el tocadiscos.
Libros de cuentos.
Las pequeñas jarras de vidrio que Itachi había decidido cargar ella misma.
Los manteles de cuadros que Glenn había elegido con una sonrisa pequeña, casi tímida, imaginándolos ya dentro del RV.
Y también el carcaj con flechas, sujeto al hombro de Glenn, haciéndolo verse un poco más preparado, un poco más distinto del muchacho que había llegado a la cantera días atrás.
El camino de regreso fue más silencioso que el de ida.
No por tensión.
Por cansancio.
Por concentración.
Por esa forma de entendimiento cada vez más asentada entre ellos, donde no hacía falta hablar a cada minuto para saberse juntos.
Itachi caminaba con la katana en una mano y una de las bolsas en la otra, su porte recto, impecable, como si el esfuerzo físico no alterara jamás la perfección extraña de su figura.
Ni polvo visible.
Ni agitación obvia.
Su traje seguía viéndose limpio, ordenado, casi insultantemente intacto.
Glenn, en cambio, sí mostraba un poco más el esfuerzo del día, pero ya no como antes.
Había cansancio, sí.
Había sudor seco en la nuca, en la línea de la camisa oscura, en las manos.
Pero también había algo nuevo: una confianza distinta en la forma de llevar la katana, de sostener el cuerpo, de caminar al lado de Itachi como alguien que estaba aprendiendo de verdad a no ser solo protegido, sino a ser parte activa del peligro y de la respuesta.
Al acercarse a la cantera, la silueta de la autocaravana de Dale fue la primera en recortarse entre los árboles y la orilla.
Y, como en las ocasiones anteriores, fue Dale quien los vio primero.
Estaba arriba, observando desde la ventana, con la costumbre que ya había desarrollado de vigilar el perímetro y de estar pendiente del camino por el que salían y volvían quienes se arriesgaban a buscar recursos.
En cuanto distinguió las dos figuras, y luego las bolsas cargadas, y luego el paso firme y entero de ambos, sintió ese alivio callado que ya empezaba a conocer demasiado bien.
Bajó de su RV y alzó la voz justo lo necesario.
—Están de vuelta.
El campamento respondió casi de inmediato.
No con pánico.
Con atención.
Las conversaciones se cortaron a medias.
Algunas personas dejaron lo que tenían entre manos.
Otras solo levantaron la vista.
Pero, como las otras veces, todos terminaron reuniéndose alrededor del fuego o cerca de la zona central, no solo por curiosidad, sino porque el regreso de Glenn e Itachi ya se había convertido, en pocos días, en un evento importante dentro del ritmo de la cantera.
Ellos salían.
Ellos volvían.
Y cada regreso traía comida, noticias, tensión o alguna novedad que alteraba la estructura pequeña del grupo.
Dale fue de los primeros en acercarse.
Luego Andrea y Amy.
T-Dog.
Morales.
Carol con Sofía cerca.
Carl también, un poco detrás al principio, con esa curiosidad constante que se le encendía cada vez que Glenn e Itachi regresaban del exterior.
Shane se movió desde donde estaba y se adelantó lo suficiente para ocupar de nuevo esa posición ambigua de líder práctico del campamento.
Daryl no se acercó tanto como los demás, pero sí lo suficiente para observar con claridad.
Merle también estaba ahí, apoyado como si nada le importara demasiado, aunque sus ojos dijeran otra cosa.
Lori, por supuesto, permanecía presente, callada al principio, con la atención demasiado fija en ellos como para fingir indiferencia real.
Y entonces los vieron llegar.
Cargados.
Limpios.
Seguros.
Unidos.
Había algo en esa imagen que siempre terminaba imponiéndose por sí sola: Glenn e Itachi no regresaban arrastrándose, no regresaban descompuestos, no regresaban como personas que apenas habían escapado.
Volvían enteros.
Volvían con control.
Volvían como si el mundo exterior, aunque peligroso, no hubiera conseguido quebrar el centro que compartían.
Glenn llevaba una de las bolsas grandes al hombro, la otra en la mano, la mochila personal ajustada a la espalda y el carcaj de flechas colgado de forma visible.
Itachi cargaba la otra parte del peso con una facilidad que hacía parecer ridícula la idea de que el esfuerzo pudiera inclinarla o desordenarla.
Caminaban cerca.
Sin tocarse todavía, porque las manos estaban ocupadas, pero con esa sincronía suya que hacía ver incluso la marcha como una sola decisión compartida.
Dale fue el primero en sonreír cuando estuvieron más cerca.
—Volvieron cargados.
Glenn dejó escapar una exhalación breve, casi una risa cansada.
—Sí.
Hoy tocó comida.
Shane observó las bolsas.
—¿Todo bien?
—Sí —respondió Glenn.
Itachi asintió una vez, confirmando.
—No entramos a la farmacia esta vez.
Solo alimentos y algunas cosas útiles.
Jaqui, que ya se había acercado con la práctica eficiencia
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