ojos carmesí - Capítulo 34
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34: Regreso Cargados.
34: Regreso Cargados.
Luego de salir de la tienda donde habían encontrado los collares para gallinas y gallos, Glenn e Itachi se dirigieron nuevamente hasta la tienda de alimentos, la misma que ya habían vaciado un poco en el viaje anterior.
El lugar seguía oliendo a cartón, metal, polvo y comida en conserva.
La puerta principal estaba medio forzada desde el día anterior, y el interior conservaba esa quietud incómoda de los sitios abandonados demasiado rápido: carritos tirados, cajas abiertas, algunos anaqueles medio vacíos, otros todavía llenos de cosas que la gente, en medio del pánico, no había tenido el tiempo ni la cabeza de mirar bien.
Esta vez no iban por medicamentos.
No iban por cosas ligeras y específicas.
Esta vez iban solo por comida.
Por comida útil.
Por comida que durara.
Por comida que llenara.
Y, sobre todo, por comida que pudiera repartirse en la cantera sin despertar demasiado reclamo sobre caprichos, lujos o rarezas.
Glenn dejó una de las bolsas de lona negra sobre el suelo y abrió bien la boca de la otra.
Itachi hizo lo mismo.
Las dos bolsas que Shane les había dado eran grandes, resistentes, lo bastante amplias como para cargar bastante, pero no tan incómodas como para impedirles moverse rápido si algo salía mal.
—Nada de vidrio —dijo Itachi, repasando con la vista los estantes.
—Nada que se quiebre —confirmó Glenn.
Y comenzaron.
Latas de frijoles.
Latas de carne.
Latas de sopa.
Latas de vegetales.
Envasados sellados.
Paquetes de comida seca.
Embutidos al vacío.
Encurtidos en envases que no fueran de vidrio.
Cosas densas en calorías.
Cosas que sobrevivieran calor, tiempo, golpes.
Cosas que sirvieran de verdad.
Itachi escogía con rapidez, casi sin dudar, como si cada producto pasara por un filtro mental en menos de un segundo.
Glenn la seguía, aprendiendo también esa lógica.
Antes del apocalipsis quizá habría metido cualquier cosa que pareciera “comida”.
Ahora ya sabía mirar diferente: peso, duración, utilidad, resistencia, facilidad de transporte.
Llenaron primero una bolsa.
Luego la otra.
No hasta reventarlas.
Hasta el punto correcto entre abundancia y movilidad.
—¿Más?
—preguntó Glenn, mirando una fila de latas que aún quedaban intactas.
Itachi calculó con la mirada el volumen, el trayecto de regreso, el peso total y el estado del pueblo.
—No.
Así está bien.
Si las llenamos de más, seremos lentos.
Glenn asintió.
—Tienes razón.
Cuando ambas bolsas estuvieron llenas, las apartaron por un momento cerca de la salida para recogerlas al final.
Itachi miró hacia la tienda de antigüedades que quedaba un poco más allá.
—Quiero entrar otra vez.
Glenn ya sabía que con Itachi eso nunca significaba perder el tiempo.
—Bien.
Caminaron juntos hasta la tienda de antigüedades.
El cristal delantero estaba roto desde el día anterior, pero el lugar conservaba todavía esa atmósfera extraña de belleza vieja, polvo acumulado y objetos que alguna vez habían tenido dueño, historia, valor sentimental.
Apenas entraron, un ruido seco resonó desde la parte de atrás.
Un caminante.
Glenn lo vio antes de que terminara de girar del todo entre dos muebles bajos.
Esta vez no necesitó que Itachi le diera la orden.
Se adelantó.
Ajustó el agarre de la katana.
Respiró.
Se movió.
El caminante se lanzó mal, lento, descompuesto.
Glenn corrigió su postura apenas en el último segundo y dio el golpe a la cabeza.
No fue elegante como cuando Itachi lo hacía.
No fue casi invisible ni impecablemente limpio.
Pero fue efectivo.
El cuerpo cayó.
Itachi lo observó un segundo y asintió.
Ese simple gesto fue suficiente para que el pecho de Glenn se llenara de una satisfacción tranquila.
—Bien —dijo ella.
Y siguieron.
La tienda de antigüedades tenía de todo: marcos, cajas, telas, lámparas viejas, figuras decorativas, discos, libros, candelabros, vajillas incompletas, muebles pequeños, espejos manchados por el tiempo, herramientas antiguas, percheros, baúles, cachivaches hermosos e inútiles mezclados con piezas que todavía podían tener una segunda vida.
Itachi abrió su mochila personal, la que llevaba al hombro, y fue directo a la sección donde quedaban más discos.
—Country clásico —murmuró Glenn, reconociendo las portadas.
Itachi revisó un puñado.
—No muchos —dijo—.
Solo algunos.
Para mantener variedad.
Glenn sonrió.
—Ya te estás volviendo exigente con la música.
Itachi alzó apenas una ceja.
—No.
Solo eficiente.
Aun así, Glenn vio el pequeño brillo de humor en la respuesta y lo guardó para sí como otro detalle precioso de ella.
Metieron varios discos dentro de la mochila de Itachi.
No demasiados.
Los suficientes para ampliar un poco la música dentro del RV, para que las mañanas y las noches siguieran teniendo algo más que silencio o radio moribunda.
Fue entonces cuando, al fondo de la tienda, Glenn vio algo que lo hizo detenerse.
—Mira eso —dijo—.
Eso es genial.
Itachi volvió la vista.
Había un carcaj.
Y flechas.
No decorativas.
No solo de exhibición.
Flechas reales, bien cuidadas, guardadas en un rincón que probablemente había sido parte de alguna colección o de algún montaje de caza antigua.
—Es útil —dijo Itachi.
No dijo bonito.
No dijo interesante.
Dijo útil.
Y eso bastó.
—Lo vamos a llevar —añadió.
Glenn asintió enseguida.
Tomó el carcaj y se lo colocó al hombro con una sonrisa pequeña que le hizo parecer por un segundo más joven, casi emocionado como un muchacho antes de recordar el mundo en que vivían.
Itachi vio más flechas guardadas dentro de una vitrina cercana.
Se acercó con cuidado, la abrió, revisó la integridad de cada una y empezó a meterlas dentro del carcaj.
No todas servían.
Algunas estaban quebradas, otras mal emplumadas, otras débiles por el tiempo.
Pero metió todas las que consideró útiles.
—Creo que con eso es suficiente —dijo al final.
—Bien —respondió Glenn.
Siguieron revisando la tienda.
Esta vez no buscaban supervivencia pura únicamente.
También buscaban cosas que pudieran hacer más hogareño el RV.
Cosas pequeñas, sí, pero capaces de volver todavía más habitable ese espacio que ya sentían como suyo.
Glenn encontró unos libros en un estante bajo, medio escondidos entre papeles amarillentos y marcos vacíos.
—Mira estos —dijo—.
Son cuentos antiguos.
Itachi volvió la vista hacia él.
Los observó un segundo.
—Llévalos.
Podemos leerlos cuando estemos aburridos.
Glenn sonrió de verdad ante la idea.
Los metió en su propia mochila personal con un cuidado que hizo a Itachi observarlo un segundo más.
Glenn no solo quería sobrevivir.
Glenn quería vivir dentro de la supervivencia.
Quería música.
Quería cuentos.
Quería manteles de colores.
Quería una forma de hogar dentro del desastre.
Y a Itachi, aunque no lo verbalizara, eso le gustaba.
Siguieron buscando.
Entonces encontraron unas pequeñas jarras de vidrio.
No grandes.
No pesadas.
Hermosas en su sencillez.
Glenn las tomó y luego volvió la mirada hacia Itachi.
—Son de vidrio.
Itachi las observó.
—Sí —dijo—.
Pero esas las cargo yo.
Glenn soltó una exhalación casi divertida.
—Claro que hay una diferencia.
Itachi alzó una ceja, apenas divertida de vuelta, aunque su rostro siguiera tan compuesto como siempre.
—Sí.
Y Glenn, por supuesto, sintió otro pequeño golpe ridículo en el pecho solo por haberle arrancado ese mínimo destello de humor.
Más adelante encontraron trapos limpios, bien doblados, y luego unos manteles de cuadros.
Rojos y blancos.
Azules y blancos.
Con esa estética simple y acogedora de una pequeña cocina de campo, de una mesa puesta en una cabaña, de algo casi cottage, casi de revista doméstica, pero sin perder su sencillez.
Glenn los tomó con una sonrisa.
—Estos me gustan.
Itachi los miró.
Vio inmediatamente lo que Glenn estaba imaginando: la mesa del RV, desayuno, café, música, uno de esos manteles debajo, el espacio volviéndose todavía más suyo.
—Bien —dijo—.
Llévalos.
Glenn dobló los manteles y los metió también en su mochila.
Luego, mientras Itachi acomodaba las pequeñas jarras de vidrio con una protección cuidadosa dentro de la suya, Glenn preguntó: —¿Qué piensas meter en los tarros de vidrio?
Itachi respondió sin detenerse.
—Cosas secas.
—¿Secos?
—repitió Glenn, ajustando mejor el peso sobre el hombro.
—Mhm.
Hierbas.
Tés.
Algunas conservas pequeñas.
Tal vez cosas deshidratadas.
Guardó la última jarra y luego añadió: —Quiero ver si podemos encontrar uno de esos pequeños árboles de naranja.
Un arbusto de naranjo.
Glenn la miró enseguida.
—Oh, ya sé cuáles.
Itachi asintió.
—Mhm.
Aunque no alcance dentro del vagón, lo podemos poner al lado de la refrigeradora y hacerlo crecer.
Glenn ya podía imaginarlo: una pequeña maceta con un árbol de naranjas, verde, vivo, junto al área de cocina.
—Las naranjas que dé las podemos secar —continuó Itachi—.
Sirven para compota.
Para conservas.
Glenn asintió de inmediato.
—Tienes razón.
Y otra vez le pasó lo mismo: no solo admiraba que pensara en supervivencia.
Admiraba que pensara en sabor.
En variedad.
En futuro.
En hacer de la comida algo más que combustible.
Siguieron revisando hasta llenar sus mochilas personales casi al tope justo con lo que querían cargar.
Discos.
Libros.
Manteles.
Trapos.
Jarras.
Carcaj y flechas.
Y cuando comprobaron que no había nada más que valiera la pena, salieron de la tienda de antigüedades.
Recogieron las dos bolsas grandes de provisiones.
Volvieron a ajustar sus cargas.
Y emprendieron el regreso hacia la cantera.
El camino de vuelta fue más pesado.
No solo por las provisiones.
Por el cansancio acumulado en el cuerpo.
Por la responsabilidad de no tropezar.
Por la atención constante a cualquier sonido.
A cualquier puerta.
A cualquier movimiento.
Y, aun así, caminaban bien.
Unidos.
Compasados.
Itachi seguía viéndose casi intacta, como si ni el sudor ni el polvo se atrevieran a tocarla demasiado.
Glenn estaba un poco más cansado, sí, pero entero.
Firme.
Más seguro que en días anteriores.
Con el carcaj al hombro y la katana en mano, empezaba a parecerle a la cantera otra cosa distinta del chico amable que hacía entregas.
Empezaba a parecer un hombre que estaba aprendiendo a sobrevivir.
Desde la autocaravana de Dale, otra vez, fueron vistos primero.
Dale estaba vigilando desde arriba, con la costumbre ya instalada de buscar en el camino la silueta de quienes habían salido.
Y cuando los distinguió, sintió el alivio calmo que siempre le nacía al verlos regresar vivos.
Se enderezó un poco, observó mejor y notó lo mismo que siempre llamaba la atención: venían cargados.
Venían limpios.
Venían derechos.
Venían juntos.
Entonces volvió a llamar hacia el campamento, alzando la voz lo suficiente: —¡Están de vuelta!
La cantera reaccionó.
Poco a poco primero.
Luego más claramente.
Cabezas que se alzaban.
Conversaciones que se detenían.
Personas saliendo un poco de las carpas o de los alrededores del fuego.
Dale bajó del RV y se acercó también.
Y todos los vieron venir.
Cargados.
Limpios.
Seguros.
Unidos.
La imagen tenía algo que ya empezaba a imponerse por sí sola en la mente del grupo.
Glenn e Itachi no solo salían por provisiones.
No solo eran útiles.
Eran consistentes.
Volvían siempre como si el exterior no hubiera podido desordenarlos del todo.
Volvían con la ropa aún bastante limpia, con las armas bien sujetas, con el paso estable, con la mirada alerta, con el vínculo entre ellos intacto.
Andrea fue de las primeras en acercarse lo suficiente para ver las bolsas.
Amy también.
Carol se quedó un poco más atrás, con Sofía cerca.
T-Dog levantó la vista desde el lugar donde estaba.
Morales hizo lo mismo.
Daryl observó en silencio, medio aparte como siempre.
Merle, apoyado con desgana aparente, afinó la mirada.
Shane se adelantó con esa posición ya habitual de quien quería seguir siendo el primero en recibir el resultado de cada salida.
Lori estaba allí también, aunque más callada.
Y cuando Glenn e Itachi llegaron hasta el fuego, dejaron las dos bolsas grandes al frente.
Dale fue el primero en sonreír.
—Volvieron bien cargados.
Glenn soltó una exhalación cansada, casi divertida.
—Sí.
Hoy tocó comida.
Shane observó el volumen de las bolsas y luego a ambos.
—¿Todo bien?
—Sí —dijo Glenn.
Itachi asintió una vez.
—No tocamos medicamentos esta vez.
Solo alimentos… y algunas cosas útiles.
La forma en que lo dijo fue suficiente para que varios entendieran que, además de la comida del grupo, había otra capa en sus salidas.
Una privada.
Una para ellos.
Para su hogar.
Para su vida dentro del RV.
Jaqui ya se estaba acercando con la caja vacía que antes les había dado.
Amy observó las cargas y dijo, con un alivio sincero difícil de ocultar: —Eso ayuda mucho.
Andrea asintió.
—Sí.
Bastante.
Dale, que estaba más cerca, observó entonces el carcaj y las flechas sobre el hombro de Glenn.
—¿Y eso?
Glenn sonrió.
—Lo encontramos en la tienda de antigüedades.
Itachi añadió: —Es útil.
Y varios entendieron, otra vez, que en la mente de ella todo pasaba primero por utilidad, por posible valor futuro, por eficiencia.
El campamento los seguía mirando.
Mirando cómo se plantaban frente al fuego.
Cómo bajaban el peso sin derrumbarse.
Cómo no discutían entre ellos por cargas ni por decisiones.
Cómo incluso el cansancio parecía compartido con una especie de orden silencioso.
Lori observó esa escena con el resentimiento latente de quien ya no soportaba todo lo que ellos representaban sin siquiera proponérselo.
Shane los observó con otra cosa.
Con ese interés cada vez más peligroso y contenido.
Porque ver a Itachi regresar así, hermosa incluso después del esfuerzo, segura, compuesta, con la katana en una mano y provisiones en la otra, lo golpeaba siempre con la misma mezcla de respeto, deseo y frustración.
Daryl, en cambio, solo registró lo esencial: habían vuelto otra vez.
Y Glenn cargaba más, caminaba mejor y sostenía la mirada de forma distinta.
Estaba cambiando.
Carol vio a dos personas que volvían no solo con comida, sino con esa extraña solidez de quienes ya habían empezado a construirse un hogar dentro del fin del mundo.
Amy vio una pareja impresionante.
Andrea vio una unidad eficiente.
Dale vio algo más triste y más hermoso: juventud intentando crear normalidad donde ya casi no existía.
Y la cantera entera, por un segundo, volvió a girar alrededor de ellos.
No porque lo exigieran.
Porque lo traían.
Porque salían.
Porque regresaban.
Porque, día tras día, Glenn e Itachi se estaban volviendo una especie de promesa ambulante de que aún era posible organizar el caos.
Y eso, en un campamento al borde del hambre y de la tensión, no pasaba desapercibido para nadie.
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