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ojos carmesí - Capítulo 35

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  3. Capítulo 35 - 35 Hogar gallinas y miradas alrededor del fuego
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35: Hogar, gallinas y miradas alrededor del fuego 35: Hogar, gallinas y miradas alrededor del fuego Itachi y Glenn pusieron los bolsos de carga en el suelo, cerca de la fogata, con el sonido pesado y satisfactorio de las provisiones acomodándose dentro de la lona.

El campamento, que ya se había ido reuniendo alrededor del fuego por simple costumbre, volvió a orbitar alrededor de ellos casi sin querer.

Jaqui fue la primera en moverse con intención práctica.

Se acercó con Andrea, Amy y Carol, listas para revisar y repartir como ya se estaba volviendo costumbre.

Glenn e Itachi se miraron a los ojos apenas un segundo, ese segundo suyo que contenía decisión, acuerdo y entendimiento sin palabras.

Luego Glenn se quitó el carcaj del hombro y se volvió hacia Daryl.

Daryl alzó una ceja cuando lo vio acercarse.

—¿Qué pasa con eso?

—preguntó.

Glenn le tendió el carcaj con las flechas dentro.

—Bueno, yo no sé usar un arco.

Estoy aprendiendo con la katana.

Veo que tienes una ballesta.

Úsalo.

Daryl lo observó un momento largo, no solo a Glenn, también a Itachi detrás de él.

Los dos tenían el rostro pasivo, tranquilo, sin buscar nada a cambio.

No había gesto de superioridad.

No había expectativa de deuda.

Simplemente lo habían visto, lo habían pensado y se lo estaban dando.

Eso ya era raro antes del colapso.

Ahora, en un mundo donde casi todo intercambio llevaba una trampa escondida, era todavía más extraño.

Daryl entendió eso.

Lo aceptó también.

Asintió apenas, sin decir gracias, porque ese tipo de palabra se le quedaba siempre trabada en la garganta, y tomó el carcaj.

La acción, sin embargo, no pasó desapercibida para nadie.

Amy lo vio y sintió otra vez esa impresión cálida de que Glenn e Itachi seguían pensando en el grupo incluso cuando nadie se los exigía.

Andrea lo notó como un movimiento inteligente: darle a Daryl un recurso útil era fortalecer indirectamente al campamento.

Carol lo entendió desde el punto de vista de la generosidad silenciosa.

T-Dog solo pensó que tenía sentido.

Morales observó la naturalidad del gesto.

Merle frunció apenas el ceño, no porque le interesaran las flechas, sino porque le molestaba ver otra muestra más de lo fácil que parecía ser para ellos sumar respeto sin pedirlo.

Lori frunció el ceño también, pero esta vez no dijo nada.

Ya había aprendido, por las malas, que hablar demasiado rápido delante del grupo solo la dejaba peor.

Shane, en cambio, dejó que su mirada se posara una vez más en Itachi.

Glenn lo notó.

Itachi también.

Ninguno dijo nada.

No era el lugar.

No era el momento.

Se dieron la vuelta.

Antes de que pudieran irse, Jaqui habló desde donde ya empezaba a revisar el contenido de los bolsos.

—Vuelvan más tarde.

Tendré lista la caja con la parte de sus provisiones.

Glenn asintió con una sonrisa breve.

Itachi hizo lo mismo con una inclinación pequeña de cabeza.

Luego siguieron su camino hacia la autocaravana.

Abrieron la puerta.

Entraron.

Cerraron.

Enllavaron.

Y adentro, como siempre, el aire cambió.

El clon los esperaba.

Observó a la original y dijo solamente: —Todo bien.

Itachi asintió.

Y el clon desapareció con un pequeño puff de humo y chakra, dejando tras de sí solo la certeza silenciosa de que todo había permanecido seguro mientras ellos no estaban.

Glenn y Itachi pusieron sus mochilas sobre el comedor, encima de la mesa.

Las dejaron con cuidado, no tiradas.

Luego fueron a asearse con un trapo húmedo y un poco de agua, limpiando el polvo y el sudor del día con movimientos ya conocidos.

Glenn se pasó el paño por el cuello, los brazos, el rostro.

Itachi hizo lo mismo con la eficiencia limpia que tenía para todo.

Cuando terminaron, Glenn le sonrió.

—Hora de arreglar.

Itachi lo observó.

Parecía un niño.

No por inmadurez.

Por emoción.

Y ella lo entendía.

La autocaravana ya no era solo un lugar donde dormir o esconderse.

Era lo que ambos consideraban ahora su hogar, su espacio compartido, su santuario.

Así que asintió.

Entonces empezó la pequeña ceremonia de embellecerlo.

Mientras Glenn abría con entusiasmo contenido su mochila y sacaba las cosas que había escogido, Itachi se ocupó primero de los tarros de vidrio.

Los sacó uno por uno, los lavó con cuidado, los enjuagó y los fue dejando sobre un paño limpio para secarlos.

Glenn, mientras tanto, tomó los libros de cuentos antiguos y los colocó en uno de los estantes bajos, acomodándolos por tamaño.

Luego extendió el mantel a cuadros sobre la mesa del comedor.

Lo alisó con ambas manos, se apartó un paso para mirar el efecto y sonrió apenas.

Después colocó los trapos sobre la encimera dentro de una cesta pequeña de mimbre, doblados, limpios, listos para usarse.

Había quedado bastante claro, aunque ninguno lo hubiera dicho nunca en voz alta, que el gusto de Glenn era cottage.

Algo de cabaña.

Algo de cocina de pueblo.

Algo sencillo, cálido, doméstico, con telas a cuadros, cestas de mimbre, libros usados, pequeñas jarras, flores, plantas y cosas que volvieran humano el espacio.

A Itachi ese estilo no le molestaba.

Al contrario.

Le gustaba.

Le parecía un tipo de belleza serena, sin artificio, que encajaba muy bien con la vida pequeña y ordenada que estaban construyendo dentro del RV.

Así que dejaba a Glenn ser.

Lo observaba arreglar y, en silencio, aprobaba.

Cuando terminó con los tarros, Itachi los secó uno a uno y los colocó sobre la encimera, perfectamente alineados.

Después lo ayudó a ordenar el resto.

Un pequeño marco circular con una foto de un bosque fue colgado en una pared lateral.

La cesta de mimbre quedó sobre la mesa, vacía por ahora, lista para contener más adelante pan, fruta o cualquier cosa que volviera más viva esa superficie.

Los manteles doblados restantes fueron guardados en un cajón.

Las pequeñas jarras de vidrio quedaron junto a los tarros, esperando llenarse con cosas secas.

Los discos nuevos fueron puestos al lado del tocadiscos, listos para ampliar la música de las mañanas y las noches.

Se movían por el espacio como dos personas que ya conocían el ritmo del otro.

Glenn acomodaba.

Itachi corregía un ángulo apenas.

Glenn levantaba un objeto para preguntar si ahí estaba bien.

Itachi lo miraba, pensaba dos segundos y asentía.

Glenn volvía a sonreír.

Itachi secaba, colocaba, medía visualmente.

Los dos iban dejando el interior del RV todavía más suyo, más acogedor, más verdadero.

Cuando terminaron, Itachi observó el resultado y dijo: —Bien.

Ahora solo falta esperar al clon.

—Sí —dijo Glenn—.

Estoy emocionado.

Esta vez la sonrisa de Itachi fue un poco más visible.

Se acercó a él.

Se abrazó a Glenn.

Y Glenn, casi con alivio, la rodeó con sus brazos y murmuró un gracias que llevaba demasiado peso para ser explicado con una sola palabra.

Itachi respondió con un pequeño sonido bajo.

Y se quedaron así.

Abrazados.

Pudieron ser minutos.

Pudieron ser horas.

Ninguno habría sabido decirlo.

Solo querían estar ahí, sosteniendo el momento, dejando que el silencio, la música country suave en el tocadiscos y el calor pequeño del interior del RV hicieran el resto.

Glenn le besó la frente.

Itachi alzó la vista hacia él, tomó entre sus manos las mejillas de Glenn y le besó la frente de vuelta.

Luego rozó su nariz con la de él, suavemente, como si fuera una caricia más íntima que cualquier palabra.

Sus labios quedaron cerca.

Muy cerca.

Glenn sintió cómo el pulso se le aceleraba de inmediato.

Itachi también sintió el cambio en él.

Pero pensó, con la claridad serena con la que evaluaba todo, que no era el tiempo todavía.

No para eso.

No aún.

En lugar de dar ese paso, volvió a abrazarse a Glenn.

Y esta vez se recostaron juntos en uno de los sillones del RV, abrazados, esperando que el clon volviera con los gallos y las gallinas.

La música seguía sonando suave.

El tiempo pasó.

Y cuando el clon regresó, lo hizo de forma discreta, entrando al RV sin que nadie del campamento pudiera notarlo.

Glenn e Itachi se levantaron entre la comodidad, el silencio y el sonido bajo del tocadiscos.

El clon dejó los animales en el suelo, amarrados dentro de una pequeña jaula improvisada de transporte, y desapareció con otro pequeño puff.

Itachi observó los gallos y las gallinas.

Glenn abrió una de las mochilas, sacó los collares y guardó luego la mochila vacía dentro de uno de los gabinetes.

Cuando todo estuvo listo, comenzaron a trabajar juntos.

Colocaron primero los collares a los gallos, luego a las gallinas, ajustándolos lo suficiente para que redujeran el canto sin dañarlos.

Después, uno por uno, les dieron unas pequeñas vitaminas a través del pico, con cuidado, asegurándose de que tragaran.

Luego los llevaron a la jaula que habían montado arriba, les pusieron agua, comida y revisaron que el espacio quedara estable, seguro, funcional.

Cuando todo estuvo hecho, ambos se quedaron observando el resultado.

La jaula nueva.

Las aves acomodándose.

El área del vagón todavía más viva.

Todavía más abundante.

Todavía más hogar.

Sonrieron entre ellos.

Itachi rozó apenas a Glenn con el hombro.

—Se ve bien.

Buen trabajo.

Glenn sintió que el corazón le dio un salto ridículamente feliz.

Salieron después del RV.

Enllavaron.

Y fueron a sentarse otra vez junto a la fogata, donde todos ya estaban reunidos esperando el reparto de provisiones.

Glenn se sentó en uno de los troncos.

Esta vez Itachi no se sentó en su regazo.

Se sentó a su lado, pero apoyándose en su pecho, lo bastante cerca como para que Glenn pasara un brazo por sus hombros y la envolviera sin esfuerzo.

Ella lo permitió.

Se acomodó un poco más.

Y juntos quedaron allí, una imagen distinta a la de otras noches, menos abiertamente íntima que en el regazo, pero igualmente cercana.

Dale se les unió casi enseguida.

—¿Cómo les fue hoy?

—preguntó—.

¿Encontraron muchos caminantes?

Glenn respondió primero.

—Sí, algunos.

Menos que la vez pasada, pero había varios.

Itachi añadió: —Y seguían entrando a lugares donde antes no estaban.

Se mueven.

Hay que asumir siempre que el pueblo cambia.

Dale asintió con atención, guardando cada dato como alguien que sabía que la información del exterior era casi tan valiosa como la comida.

La gente reunida alrededor del fuego también escuchaba.

Incluso quienes fingían ocuparse solo de sus latas o de sus ollas improvisadas mantenían un oído atento.

Cualquier noticia sobre el estado del mundo afuera importaba.

La conversación con Dale pasó poco a poco del exterior a las pequeñas mejoras del RV.

Dale mencionó que quería poner algo como telas o cortinas mejor ajustadas en las ventanas de su autocaravana para filtrar la luz y evitar que entrara tanto calor durante el día.

Glenn lo escuchaba con interés real.

—Tiene sentido —dijo—.

Ayudaría bastante.

Después Glenn habló, mirando un momento a Itachi antes de seguir.

—Nosotros también queremos poner algo más dentro del RV.

Un pequeño naranjero.

Dale alzó las cejas.

—¿Qué?

¿Como una planta?

—Sí —dijo Glenn—.

Tenemos suficiente espacio al lado del refrigerador.

Queremos poner una maceta con un pequeño árbol de naranja.

Hay suficiente luz solar que pasa por la ventana para que pueda crecer bien.

Itachi quiere sus naranjas.

Lo dijo de una forma tan devota, tan sencilla y tan claramente enamorada, que la frase golpeó duro en varios corazones alrededor del fuego.

No porque fuera cursi.

Porque era verdad.

Porque Glenn hablaba de los deseos de Itachi como si fueran proyectos que merecían construirse.

Como si el simple hecho de que ella quisiera algo fuera razón suficiente para pensarlo, planearlo y hacerlo real.

Itachi hizo un pequeño sonido bajo.

—Bueno… un naranjero o un pequeño arbusto de arándanos.

Los dos me gustaría.

Dale sonrió.

—Una vez tuve un pequeño huerto dentro de la autocaravana —dijo—.

Hace años.

Con macetas cerca de la ventana.

Sería buena idea reiniciarlo.

Glenn asintió.

—Sí.

Es buena idea.

Amy y Andrea, que ya se habían acercado también, escuchaban con interés.

—Tal vez tomates —dijo Amy.

—La papa también crece rápido —añadió Dale.

Andrea observó a Itachi y a Glenn mientras hablaban de plantas, de frutas, de mejoras, de macetas y de cortinas como si todavía existiera un mañana suficientemente largo como para importar.

Y justamente por eso comprendió que sí: esa era la diferencia entre sobrevivir solo por instinto y sobrevivir pensando en futuro.

Mientras tanto, Jaqui había terminado de repartir equitativamente las reservas y se acercó con la caja correspondiente a Glenn e Itachi.

Itachi la recibió, la revisó con una mirada rápida y asintió.

—Bien.

La gente empezó a usar algunas de las conservas de inmediato para la cena.

Otros reservaron lo suyo y calentaron lo que ya tenían guardado.

El fuego se convirtió otra vez en centro de calor, de comida, de intercambio, de observación mutua.

Y mientras tanto, Glenn e Itachi simplemente acompañaban al grupo.

En silencio.

No aislados del todo.

No integrados del todo.

Justo en el punto que a ellos les servía.

Desde el punto de vista de Dale, aquella pareja se volvía cada vez más fascinante.

No por misterio.

Por consistencia.

Volvían con provisiones.

Mejoraban su RV.

Pensaban en frutas, en macetas, en música, en cuentos, en animales, en paneles, en manteles.

Habían logrado hacer del apocalipsis algo todavía habitable, aunque fuera a pequeña escala.

Dale, que había conocido la vida nómada, que había dormido en carreteras y cuidado un hogar rodante durante años, veía en ellos a dos personas que entendían algo fundamental: la supervivencia no solo necesita comida.

Necesita belleza pequeña.

Rutina.

Propósito.

Orden.

Desde el punto de vista de Amy, la conversación sobre el naranjero le pareció preciosa.

Sonaba casi absurdo hablar de arándanos y naranjas en mitad del fin del mundo, pero precisamente por eso le gustó.

Porque la hacía sentir que todavía quedaba algo por lo cual seguir imaginando mañanas.

Amy miraba a Itachi y Glenn y veía una pareja joven, bonita, un poco imposible, pero real.

Y le gustaba, aunque no supiera bien por qué, que su presencia le devolviera un poco de suavidad a todo.

Andrea pensaba más en estructura.

Veía lo mismo, pero lo procesaba distinto.

Glenn e Itachi estaban construyendo un núcleo independiente.

Más recursos.

Más sostenibilidad.

Más autosuficiencia.

Gallinas, cultivos, frutas, música, libros, paneles, hogar.

No eran solo dos sobrevivientes sentimentales.

Eran una pequeña unidad funcional dentro del grupo, y eso los hacía poderosos de una forma silenciosa.

Carol, mientras observaba a Sofía entretenida con su juguete de madera a un lado del fuego, miraba a Itachi con una mezcla rara de respeto y algo parecido a añoranza.

Veía a una mujer que podía hablar poco, mirar con una dureza afilada y, sin embargo, hacer espacio para la ternura en actos concretos.

Y Glenn… Glenn la miraba como si cuidarla fuera una forma de respiración.

Carol no pudo evitar pensar que eso también era un hogar.

No solo una autocaravana arreglada, sino la forma en que dos personas se trataban dentro de ella.

Daryl, por su parte, seguía observando más que participando.

El gesto del carcaj seguía pesándole en la mente, no porque se sintiera en deuda, sino porque no estaba acostumbrado a que alguien viera una necesidad suya y la resolviera sin pedir nada a cambio.

Veía a Glenn e Itachi ahí, cerca del fuego, hablando poco, dejándose ver solo lo suficiente, y confirmaba algo que ya venía pensando: esos dos no eran blandos.

Tampoco ostentosos.

Eran prácticos.

Y, más importante, cuidaban lo suyo con una seriedad que él respetaba.

T-Dog veía utilidad y calma.

El tipo de personas que conviene tener cerca cuando el mundo se está acabando, precisamente porque no se deshacen por dentro a la primera presión.

Morales veía familia.

Incluso antes de tener hijos, de verdad, ya se comportaban como una familia.

Merle veía belleza y se pudría de deseo y frustración.

Shane veía todo eso y, peor aún, veía a Itachi no solo hermosa, sino instalada en una vida que él, aunque no quisiera admitirlo, empezaba a imaginar demasiado.

Porque Shane escuchó la conversación del naranjero.

Escuchó cómo Glenn dijo Itachi quiere sus naranjas con esa devoción casi reverente.

Escuchó a Itachi decir que también le gustaría un arbusto de arándanos.

Y algo dentro de él respondió con una incomodidad punzante.

No por la planta.

Por lo que significaba.

Una mujer que podía querer cosas pequeñas.

Fruta.

Una maceta.

Un rincón junto a la refrigeradora.

Una vida construida de a poco con otro hombre.

Shane la deseaba cada vez más, sí, pero ese deseo ya no era solo físico.

Era también el deseo oscuro de acercarse a algo que veía entero, bonito, sólido y ajeno.

Lori notaba eso.

Cada mirada.

Cada desvío de atención.

Cada silencio.

Y escuchaba a Glenn hablar de Itachi con ternura y se sentía otra vez inferior, otra vez opacada, otra vez como si la presencia de esa mujer le hubiese robado algo más que atención: la posibilidad de ser el centro de la escena, la posibilidad de sentirse elegida, la posibilidad de ser admirada.

Carl y Sofía, por su parte, miraban a Glenn e Itachi con la inocencia simple de quienes ya los habían colocado dentro de la categoría de adultos seguros.

No perfectos.

No como padres todavía.

Pero seguros.

Sofía seguía sintiendo calidez cada vez que veía a Itachi.

Carl encontraba a Glenn cada vez más interesante, especialmente desde que lo veía regresar del pueblo con espada, flechas, bolsas de provisiones y esa cercanía tan natural con una mujer tan imposible como Itachi.

La noche siguió avanzando alrededor del fuego.

Las latas se calentaron.

Las cucharas sonaron.

La conversación sobre plantas, macetas, ventanas y mejoras pequeñas siguió fluyendo entre Dale, Amy, Andrea y Glenn.

Itachi intervenía a veces, breve, precisa, serena.

Su voz, cuando aparecía, parecía acomodar el aire.

No era dulce en el sentido común de la palabra, pero sí calmaba.

Porque nunca temblaba.

Porque nunca se apresuraba.

Porque nunca sonaba histérica, ni siquiera cuando hablaba de algo tan pequeño como un arbusto de arándanos.

Y mientras la cantera escuchaba, observaba y comía, muchos comprendieron algo más sobre Glenn e Itachi: no estaban esperando que el mundo se arreglara para empezar a vivir.

Estaban construyendo vida dentro de la ruina.

Y eso, noche tras noche, los volvía todavía más imposibles de ignorar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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