ojos carmesí - Capítulo 36
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36: Madera, tierra y descanso 36: Madera, tierra y descanso Cuando la noche se cernió por completo sobre la cantera y la fogata empezó a quedar atrás, convertida en un centro rojo, tibio y lejano, Itachi y Glenn se levantaron juntos.
Dieron las buenas noches a Dale, a Andrea y a Amy con esa cortesía ya tranquila que se había vuelto costumbre entre ellos y el grupo, y Glenn cargó la caja con los suministros que les correspondían.
La sostuvo contra el pecho mientras caminaban de regreso hacia la autocaravana.
A esas alturas, volver al RV ya no era solo regresar a dormir.
Era regresar a casa.
Era volver a lo suyo.
A lo que habían construido con silencios, orden, rutina, música, paneles solares, cultivos, animales, madera, manteles a cuadros y la presencia constante del otro.
En cuanto llegaron, Glenn abrió, ambos entraron, cerraron, enllavaron y encendieron las luces.
La calidez del interior los recibió de inmediato, envolviéndolos con esa quietud hermosa que siempre parecía distinta del mundo exterior.
Itachi volvió apenas el rostro y dijo con su calma habitual: —Voy a revisar a los gallos y las gallinas.
Glenn asintió.
—Bien.
Mientras ella cruzaba hacia el vagón, Glenn puso la caja de suministros sobre la mesa y comenzó a ordenarla.
Sacó latas, paquetes, conservas, calculando espacios, dejando a un lado lo que podía ir en el pequeño refrigerador y organizando lo demás por tipo y por frecuencia de uso.
Itachi, por su parte, comprobó que las aves estuvieran bien.
Revisó que los collares siguieran en su sitio, que el agua no estuviera volcada, que la comida siguiera limpia, que la jaula se mantuviera estable.
Cuando confirmó que todo estaba correcto, cerró el vagón y volvió con Glenn para ayudarlo a guardar el resto.
—¿Qué quieres cenar?
—preguntó.
Glenn tomó una lata y la alzó apenas.
—Podríamos comer carne en conserva.
Tenemos latas de zanahoria y algunas papas en pedacitos también.
Itachi asintió.
—Puedo hacer carne con verduras.
—Suena bien —dijo Glenn.
Mientras Itachi encendía la estufa y colocaba una pequeña paila para mezclar las latas, Glenn siguió guardando provisiones.
El metal de las conservas sonó apenas al acomodarse dentro de los gabinetes.
Luego dijo, pensativo: —Deberíamos conseguir una maceta, ¿no?
Itachi giró el rostro apenas hacia él.
—¿Para el naranjero?
—Sí.
Cuando lo encontremos… o para el arbusto de arándanos, para estar listos.
Itachi pensó un segundo, ya midiendo mentalmente materiales, forma, resistencia, espacio.
—Podemos construirla nosotros.
Glenn alzó un poco las cejas.
—¿Con madera?
Itachi asintió.
—Podemos talar una rama de árbol, hacer tablones y construir una pequeña caja cuadrada.
Suficientemente alta para las raíces y suficientemente ajustada para que alcance el hueco lateral de la refrigeradora.
Glenn sonrió, le gustó de inmediato la idea.
—Me parece bien.
Podemos hacer eso mañana.
—Sí —dijo Itachi.
La cena quedó lista poco después.
Sencilla, pero cálida.
Comieron en tranquilidad, sin necesidad de hablar demasiado.
Luego se pusieron sus pijamas, se acostaron y la habitación volvió a llenarse de esa penumbra íntima que a Glenn le gustaba cada vez más.
Glenn la observó como pidiendo permiso antes de moverse.
Itachi, comprendiendo perfectamente lo que él estaba preguntando sin palabras, simplemente le dio la espalda y murmuró: —Ven aquí.
Glenn se acurrucó contra ella con una gratitud tan grande que casi dolía.
—Gracias —murmuró.
Itachi respondió con un tono bajo, apenas cansado, apenas suave: —No agradezcas.
Ya te lo dije.
No me molesta.
Glenn asintió, aunque siguió sintiendo que debía decirlo.
—Lo sé.
Pero aun así… gracias.
Itachi dejó escapar un pequeño sonido.
—Mhm.
Y así se quedaron dormidos.
La mañana siguiente llegó viva con el frío que calaba los huesos, con la rigidez en el cuerpo de quienes habían dormido en carpas alrededor del campamento, con el humo de la fogata queriendo volver a ser el centro del calor humano.
Daryl fue uno de los primeros en levantarse.
Tomó la ballesta y se internó en el bosque con la intención de cazar, de ver si conseguía algunas ardillas o cualquier cosa pequeña que pudiera llevar de vuelta.
No miró hacia el RV más de la cuenta, pero sí registró que allí dentro seguía habiendo silencio, calor y vida contenida.
Mientras tanto, dentro de la autocaravana, Glenn despertó otra vez abrazando a Itachi.
Y supo, incluso antes de abrir bien los ojos, que ella llevaba tiempo despierta y aun así había permanecido en sus brazos.
Eso lo hizo sonreír con una felicidad íntima, limpia.
Besó otra vez su hombro y murmuró un: —Buenos días.
—Buenos días —respondió Itachi.
Se quedaron unos segundos así, disfrutando de la calidez y de la compañía, sin prisa, sin ruido, dejando que el despertar fuera una extensión natural del abrazo.
Después se levantaron.
Y esta vez, como no tenían prisa ni nada urgente que forzara el ritmo del día, trabajaron juntos en el vagón.
Itachi regaba mientras Glenn limpiaba las jaulas de los animales.
Cambió agua, repuso alimento, retiró restos, organizó el espacio con esa paciencia nueva que ya parecía parte de él.
Itachi, luego, tomó una lechuga, la recortó, la abrió hoja por hoja dentro de una cesta de mimbre, y Glenn fue metiendo esas hojas en las jaulas de los conejos y de los cuyos como parte de la alimentación.
Lo poco que sobró de la base de la lechuga, la raíz que habían cortado, volvió a ser plantada.
Itachi utilizó de nuevo el Mokuton para hacerla crecer otra vez, reforzando raíz, hoja y vida con esa naturalidad imposible suya.
Las hojas que quedaron aparte fueron llevadas hacia la cocina.
Itachi revisó las reservas y vio una lata más de chorizo.
Glenn trajo dos tomates, y con la lechuga y los tomates en rodajas prepararon una pequeña ensalada.
Luego abrió una lata de frijoles.
Cocinaron todo junto con café.
El desayuno olía bien, llenaba bien, calentaba bien.
Comieron en silencio.
No por distancia.
Por paz.
Cuando terminaron y los trastos estuvieron limpios, el RV organizado, las cestas en su lugar y la cocina impecable otra vez, se vistieron.
Glenn dobló su pijama y la dejó sobre la cama.
Itachi hizo lo mismo con el camisón y la bata.
Luego, ya preparados para el día, Glenn sacó un hacha de la caja de herramientas guardada en una gaveta y Itachi tomó su katana.
Enllavaron la autocaravana y salieron juntos hacia el bosque.
El aire de la mañana todavía estaba frío, cortante, pero limpio.
El suelo crujía bajo las botas de Glenn y bajo los pasos silenciosos de Itachi.
Caminaban despacio, hablando en voz baja, dejando que el bosque les ofreciera un momento que era trabajo y, al mismo tiempo, descanso.
—¿Estás cansado?
—preguntó Itachi.
Glenn negó con una sonrisa pequeña.
—No mucho.
Me gusta esto.
Itachi volvió apenas el rostro hacia él.
—¿Cortar árboles?
Glenn soltó una risa suave.
—No solo eso.
Hacer cosas contigo.
Cosas normales.
Cosas de casa.
Itachi guardó silencio unos segundos.
—¿Normales?
—Sí —dijo Glenn—.
Elegir un árbol.
Cortarlo.
Hacer una maceta.
Pensar dónde poner un naranjero… suena ridículo en el fin del mundo, pero me gusta.
Itachi lo escuchó, procesó, y después respondió: —A mí también.
Glenn sintió el calor de esa frase mucho más que el del sol de la mañana.
—Todavía quiero los arándanos —añadió ella.
Glenn sonrió.
—Lo sé.
Y vamos a conseguirlos.
—Mhm.
Encontraron un árbol con una rama lo bastante gruesa para servir y lo bastante baja para no tener que escalar.
Glenn comenzó el trabajo con el hacha.
Itachi podría haberlo hecho mucho más fácil con un solo corte preciso, pero lo dejó hacerlo.
Lo observó.
Corrigió una vez la postura de las manos.
Otra vez la dirección del golpe.
Luego solo permaneció ahí, cuidando el entorno y dejándolo aprender.
Glenn sudó.
El esfuerzo se acumuló en los brazos y en la espalda.
El golpe del hacha contra la madera fue seco, repetitivo, constante.
Cuando la rama estuvo ya lo bastante debilitada, cortaron también las hojas y prepararon el tramo limpio.
Después, cada uno tomó un extremo y la cargaron de regreso hacia el RV.
La acercaron con cuidado.
Itachi se metió al vagón y obtuvo la caja donde mantenían el aserrín.
Glenn, sentado ahora en una de las sillas plegables, comenzó a quitar la corteza con una herramienta que ella le señaló, trabajando con paciencia, dejando caer el material dentro de la pana que habían preparado.
Itachi se sentó frente a él y empezó también a descortezar del otro lado.
Trabajaron juntos, tranquilos, el sonido del raspado mezclándose con conversaciones suaves.
—Cuando tengamos el naranjero —dijo Glenn—, quiero ver cómo se ve con el mantel rojo.
—¿El mantel y el árbol juntos?
—preguntó Itachi.
—Sí.
Y un tarro con naranjas secas.
Y tal vez uno con té.
Itachi lo observó.
—Te gusta imaginarlo.
—Sí —dijo Glenn—.
Mucho.
Itachi desvió la vista hacia la madera.
—Está bien.
Cuando hubo suficiente aserrín, Glenn lo llevó de vuelta al vagón.
Lo dejó en su lugar y cerró otra vez.
Nadie debía saber lo que había dentro de ese espacio.
Ese vagón era solo de él y de Itachi.
Su mundo.
Su creación.
Su sustento.
Cuando regresó, Itachi ya estaba transformando la rama en tablones con una agilidad exacta, casi mecánica, casi imposible.
La katana se movía con una precisión limpia, separando las piezas rectas sin esfuerzo visible.
Glenn quitaba astillas, acomodaba, sostenía.
Cuando los tablones estuvieron listos, Glenn dijo: —Deberíamos crear dos cajones.
Uno para el naranjero y otro para los arándanos, si quieres los dos.
Itachi lo valoró un momento y asintió.
—Bien.
Pero el naranjero puede ir al lado de la cocina.
El de arándano es más pequeño.
Creo que alcanza en el vagón.
Glenn sonrió.
—Tienes razón.
Y comenzaron a trabajar.
Usaron clavos y martillo.
Unieron las tablas con paciencia.
Midieron.
Ajustaron.
Corrigieron ángulos.
Uno de los cajones quedó un poco más alto, pensado para el naranjero.
El otro un poco más compacto, hecho para los arándanos.
Cuando ambos estuvieron listos, fueron al bosque otra vez a buscar tierra húmeda, oscura y fértil.
La recogieron con las manos, con una pala pequeña, con cuidado, llenando ambos cajones hasta el punto correcto.
El más grande fue colocado junto a la refrigeradora, en ese pequeño espacio lateral que Glenn e Itachi ya habían identificado como suyo para el futuro árbol.
El más pequeño fue puesto dentro del vagón.
Luego limpiaron.
Guardaron herramientas.
Sacudieron la tierra de las manos y de la ropa.
Cerraron el RV con llave y, cuando todo estuvo listo, caminaron hacia la fogata.
El resto del día les pertenecía como descanso.
Y mientras avanzaban juntos de regreso al centro del campamento, con el sol ya más alto y el cuerpo agradablemente cansado por trabajo útil, había en ambos una tranquilidad que no venía del mundo exterior, sino de algo mucho más simple y mucho más fuerte: habían construido algo otra vez.
Juntos.
Una caja de madera.
Dos, en realidad.
Un espacio futuro para raíces.
Un lugar donde crecerían naranjas y arándanos.
Un pequeño proyecto más dentro del santuario que seguían levantando en medio del apocalipsis.
Y eso, aunque nadie más pudiera entenderlo del todo, también era una forma de esperanza.
Ojos carmesí
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