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ojos carmesí - Capítulo 37

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  3. Capítulo 37 - 37 Arándanos a media mañana
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37: Arándanos a media mañana 37: Arándanos a media mañana La mañana ya había avanzado bastante cuando todo aquello ocurrió.

No era de noche.

No era al borde del sueño ni bajo el rojo de una fogata agotada.

Era todavía el corazón claro del día, tal vez entre las diez y las once de la mañana, cuando el sol ya había subido lo suficiente para calentar la grava de la cantera, para secar la humedad del amanecer y para volver más visibles, más concretas, las rutinas de cada quien.

El fuego del campamento seguía encendido, sí, pero no como centro de cena ni de recogimiento nocturno, sino como un punto práctico alrededor del cual algunos calentaban agua, otros mantenían algo de café tibio y otros simplemente se sentaban a conversar mientras el día transcurría.

Itachi y Glenn estaban allí.

No porque necesitaran estar.

Porque Glenn, con esa parte suya tan social y tan naturalmente amable, seguía buscando mantener un vínculo mínimo con el grupo.

Itachi lo comprendía.

Comprendía que para él sentarse un rato cerca del resto, escuchar voces, dejar que el tiempo de descanso transcurriera entre otras personas, era también una forma de sentirse humano dentro del apocalipsis.

Por eso había accedido a acompañarlo.

Se habían sentado en uno de los troncos cercanos al fuego.

Glenn con la espalda recta, relajada.

Itachi a su lado, apoyada apenas contra él, lo suficiente para sentir el calor de su cuerpo sin llegar a montarse en su regazo esta vez.

Y cerca de ellos estaban Dale, Andrea, Amy, Jaqui, Carol, Sofía, Carl, algunos más del campamento y, un poco más aparte como siempre, Daryl.

La luz de la mañana caía sobre todos con una claridad honesta, sin sombras largas todavía, sin el dramatismo de la tarde o de la noche.

Todo parecía más visible bajo ese sol.

Las telas colgadas a secar.

Las carpas.

Las latas vacías.

Las botas.

La ropa ordenada en cestas.

El humo subiendo en líneas suaves.

Y también la forma en que Glenn e Itachi se estaban convirtiendo, poco a poco, en una presencia constante dentro de la cantera.

Carl y Sofía se habían acercado otra vez con los juguetes de madera entre las manos.

Carl llevaba el pequeño dinosaurio.

Sofía abrazaba los conejitos.

Ambos sonreían, todavía orgullosos, todavía maravillados de que alguien les hubiera hecho algo solo para ellos.

Carol, que organizaba ropa ya seca en una cesta cerca del fuego, los observaba con una sonrisa suave, cansada pero verdadera.

Lori, al otro lado, fruncía apenas el ceño.

No dijo nada.

No esta vez.

Pero lo observaba todo con esa tensión callada que ya se había ido volviendo parte de ella cada vez que su hijo gravitaba hacia Glenn e Itachi con tanta naturalidad.

Sofía fue la primera en acercarse más.

—¿Tienen otra historia?

Carl la siguió enseguida.

—Sí.

Otra más.

Glenn sonrió.

Iba a responder, probablemente con uno de esos cuentos que improvisaba con facilidad cuando quería hacer reír a los niños, pero Itachi habló primero.

—Puedo contar una.

El cambio fue inmediato.

Carl se quedó quieto.

Sofía abrió un poco más los ojos.

Glenn volvió el rostro hacia ella con una sorpresa suave, curiosa y algo enternecida.

A él le gustaba oírla hablar casi siempre, pero en momentos así aún más, porque sabía que cada cosa que Itachi elegía decir tenía un peso.

Y verla ofrecer voluntariamente un cuento a los niños significaba algo.

Ella guardó un momento de silencio.

No porque dudara.

Porque elegía.

Y entonces comenzó.

Contó cuentos japoneses cortos para niños, cuentos breves, antiguos, que parecían hechos para ser susurrados durante una mañana tranquila o antes de una siesta.

Les habló de una grulla blanca que devolvía la bondad a quien la salvaba.

De un conejo en la luna que compartía lo poco que tenía con un viajero hambriento.

De un pequeño zorro que se perdía entre los árboles y encontraba el camino de vuelta siguiendo las luces de los insectos del atardecer.

Eran historias sencillas, pero tenían una belleza suave, un ritmo sereno, una especie de paz que calzaba perfectamente con su voz.

Carl y Sofía escuchaban con una atención completa.

Preguntaban.

Interrumpían.

Volvían a quedarse quietos.

—¿Y entonces volvió la grulla?

—¿El conejo de verdad vivía en la luna?

—¿El zorro estaba solo?

Itachi respondía solo lo necesario, guiándolos por la historia sin adornarla demasiado.

Glenn escuchaba y sonreía.

Amy y Andrea también terminaron prestando atención.

Incluso Jaqui, que fingía seguir ocupada con unas cajas, se quedó oyendo por el rabillo del oído.

El tono de Itachi, bajo, sereno, sin buscar exagerar nada, calmaba el aire.

Mientras ese pequeño círculo de cuentos se formaba alrededor de ella y de Glenn, Daryl estaba en el bosque.

Había salido temprano, como solía hacer cuando quería alejarse del campamento y buscar algo útil de verdad.

Esta vez había cazado tres ardillas, suficientes para él y su hermano y aun con algo de sobra si decidían repartir un poco o guardar una parte.

Llevaba la ballesta al hombro y las piezas colgadas, el cuerpo funcionando en esa lógica suya de movimiento, monte y silencio.

Y entonces vio el arbusto.

No uno cualquiera.

Un pequeño arbusto de arándanos, ya florecido y con fruto.

Se quedó mirándolo.

No porque la planta en sí le importara demasiado.

Porque recordó.

Recordó la noche anterior, o más bien la conversación junto al fuego del día anterior, cuando Glenn había hablado de poner un pequeño naranjero dentro del RV, y cuando Itachi, con esa calma suya, había dicho que también le gustaría un arbusto de arándanos.

Daryl recordó también la forma en que Glenn había asentido para ella.

Lo recordaba bien porque observaba más de lo que hablaba, y porque una vez que algo entraba en su cabeza rara vez se perdía.

Exhaló despacio.

No arrancó la planta de inmediato.

Primero comprobó el terreno, la humedad, el tamaño, el estado de las raíces, la facilidad con que podría sacarse sin dañarla demasiado.

Luego miró las ardillas.

Miró el arbusto otra vez.

Y al final decidió regresar al campamento con la información antes que con la planta.

Cuando llegó a la cantera, el sol seguía alto y claro.

La historia de Itachi todavía no había terminado del todo cuando Daryl apareció en el borde del círculo que se había formado alrededor del fuego.

Glenn e Itachi alzaron la vista.

Itachi lo analizó.

Glenn hizo lo mismo.

Daryl fue directo, como siempre.

—Hey.

Los niños callaron un momento.

Daryl sostuvo la mirada de Itachi y habló: —Encontré tu árbol.

Itachi alzó una ceja.

Glenn preguntó enseguida: —¿El de naranjas?

Daryl negó.

—No.

El de arándanos.

Estaba cazando ardillas en el bosque y lo vi.

Tiene frutos.

Itachi asintió una sola vez.

No sonrió grande.

No hizo una escena.

Pero algo se acomodó en su mirada.

—¿Me guías, por favor?

Daryl hizo un gesto con la cabeza.

—Muévanse.

Glenn ya estaba de pie.

—Traeré una cesta de mimbre del RV.

Itachi asintió.

Y mientras Glenn trotaba suavemente hacia la autocaravana, abría, sacaba una cesta y una pala pequeña, y volvía a cerrar con llave, Itachi, con su discreción perfecta, creó un clon a cierta distancia, lo suficiente lejos para que nadie del campamento lo viera aparecer con claridad.

Lo mandó a custodiar el RV mientras ellos no estuvieran.

Cuando Glenn regresó, los tres partieron hacia el bosque.

No hablaron mucho en el camino.

Daryl no era hombre de palabras.

Itachi tampoco necesitaba hablar por hablar.

Y Glenn estaba contento con eso.

Cada vez disfrutaba más esos silencios compartidos entre ambos, esos momentos donde solo caminar a su lado le bastaba.

Llegaron finalmente al lugar.

El arbusto estaba allí.

Pequeño.

Fuerte.

Cargado de arándanos oscuros.

Itachi lo observó y enseguida dijo: —Primero hay que quitar las frutas.

Glenn asintió.

Tomó la cesta y los dos comenzaron a trabajar.

Arrancaban los arándanos con cuidado, uno a uno, depositándolos en la canasta de mimbre.

Itachi revisaba cada rama antes de tocarla.

Glenn la seguía.

El ritmo entre ellos volvió a ser esa clase de armonía que parecía ya natural: uno sostenía, el otro desprendía, luego cambiaban, luego avanzaban juntos.

Daryl los observaba.

No dijo nada.

Pero veía.

Veía cómo se movían.

Cómo Glenn ya no parecía un estorbo a su lado, sino alguien que empezaba a complementar su ritmo.

Veía también cómo Itachi no necesitaba explicarle cada cosa tres veces.

Glenn aprendía rápido.

Miraba.

Entendía.

Hacía.

Cuando la cesta estuvo ya bastante llena de arándanos, Glenn habló con una sonrisa pequeña: —Fue bueno preparar los cajones de antemano.

Itachi asintió.

—Sí.

Después Glenn tomó la pala y comenzó a escarbar en torno al arbusto.

Lo hizo con cuidado para no dañar demasiado las raíces.

Itachi lo ayudó con las manos, apartando tierra húmeda, guiando el ángulo de la pala, evaluando la profundidad.

Cuando al fin las raíces estuvieron lo bastante libres, Glenn cargó el arbusto con cuidado, sosteniendo el cepellón de tierra sin romperlo.

Itachi tomó la cesta de arándanos.

Daryl los miró un segundo más.

Observó cómo Glenn sonreía hacia ella, cómo ella lo seguía con la vista, cómo parecían funcionar mejor cuanto más trabajo compartían.

Y esa imagen, en la cabeza de Daryl, quedó archivada junto a todas las demás.

Volvieron hacia el campamento.

La gente los miraba a lo lejos, sí, pero no intervenía.

Un hombre cargando un arbusto.

Una mujer llevando una cesta llena de arándanos.

Los tres regresando del bosque.

Todo eso despertó curiosidad, pero no lo bastante como para frenarles el paso.

Al llegar a la cantera, Glenn e Itachi se dirigieron directamente a su autocaravana.

Daryl se quedó junto a la fogata, donde se sentó a limpiar bien las ardillas antes de ponerlas a asar.

Mientras tanto, dentro del RV, Glenn e Itachi cerraron, enllavaron y cruzaron hacia el vagón de cultivos y animales.

La cesta con arándanos quedó sobre la mesa por un momento.

Luego se movieron hacia el cajón destinado al arbusto.

El vagón era un mundo en sí mismo.

A media mañana, con la luz pasando filtrada y abundante, se veía todavía más vivo.

El lado de los cultivos rebosaba de verde: lechugas firmes, zanahorias asomando, hierbas medicinales, tomates fuertes, papas, flores pequeñas.

El lado de los animales mostraba orden, estructura, abundancia: conejos, cuyos, gallinas ya acomodadas en sus jaulas, comida limpia, agua, madera bien trabajada.

Todo parecía crecer, prosperar y responder al cuidado constante que ambos le daban.

Glenn escarbó la tierra del cajón.

Colocó el arbusto.

Cubrió las raíces con cuidado.

Apretó la tierra suavemente alrededor.

Cuando estuvo listo, Itachi extendió sus manos y usó el Mokuton otra vez.

El chakra fluyó hacia el arbusto.

Las raíces se afianzaron.

La planta pareció despertar del todo.

Las hojas cobraron más vida.

Las ramas se afirmaron.

Y las pequeñas flores volvieron a aparecer, frescas, hermosas, como si ya anunciaran una nueva ronda de fruto.

Glenn observó el proceso con la misma mezcla de reverencia y asombro de siempre.

Aunque ya había visto ese poder varias veces, seguía pareciéndole divino.

Cuando terminaron, ambos se limpiaron.

Itachi volvió hacia la cesta de arándanos y alzó apenas la vista hacia Glenn.

—¿Un pie?

Glenn sonrió enseguida.

—Suena magnífico.

Y así trabajaron.

La mitad de los arándanos fue para el pay.

La otra mitad para una mermelada espesa, oscura y brillante que fue a dar a uno de los tarros de vidrio alineados sobre la encimera del RV, uno de los que habían traído con tanto cuidado días antes.

Mientras Itachi preparaba la masa con esa precisión limpia suya, Glenn trabajaba la compota, removiendo la fruta con paciencia, dejándola cocer, volverse espesa, dulce, útil.

La música country sonaba de fondo desde el tocadiscos, envolviendo la cocina y el comedor con una domesticidad tan completa que por un momento habría sido fácil olvidar el mundo exterior.

Hablaron de Daryl.

De lo que pensaban de él.

Del gesto de haberlos guiado.

De su forma seca de agradecer.

—Creo que esa fue su forma de devolver el carcaj —dijo Glenn.

Itachi asintió.

—Sí.

No con palabras.

Con acción.

—Me agrada —admitió Glenn.

—A mí también —dijo Itachi—.

Es útil.

Observa mucho.

Habla poco.

Glenn sonrió.

—Eso te gusta de la gente.

—Sí.

Cuando el pay estuvo ya en el horno, el olor comenzó a extenderse por el RV.

Itachi tomó una canasta de mimbre y puso dentro tres platos pequeños, suficientes para tres raciones.

Glenn la observó y entendió enseguida.

Esperaron.

Hablaron un poco más.

Y cuando el pay estuvo listo, lo sacaron, lo dejaron enfriar y luego lo cortaron.

—Una ración para Daryl —dijo Glenn.

—Otra para Sofía y otra para Carl —dijo Itachi.

Y el resto, todavía suficiente para ambos, quedó para ellos.

Taparon la canasta con un trapo limpio.

Y salieron.

Esta vez seguía siendo pleno día.

La luz clara seguía cayendo sobre la cantera.

La fogata ya no era centro de cena, sino de reunión.

Daryl estaba sentado cerca de su carpa, afilando una flecha, mientras las ardillas ya limpias esperaban ser cocinadas un poco después.

Glenn e Itachi se acercaron a él.

Daryl alzó la vista.

Glenn abrió la canasta.

Itachi tomó uno de los platos y se lo acercó.

—Devuelves el plato después —dijo.

Nada más.

Simplemente se dieron la vuelta.

Daryl comprendió.

Esa era su forma de agradecerle por el arbusto.

No hizo comentario.

No dijo gracias.

Pero lo entendió.

Luego Glenn llamó a los niños.

—Carl.

Sofía.

Ambos corrieron enseguida.

Glenn e Itachi se habían sentado ya en uno de los troncos junto al fuego.

La canasta volvió a abrirse.

Un plato con un tenedor pequeño para Carl.

Otro igual para Sofía.

—Tomen —dijo Glenn.

Los niños sonrieron con felicidad abierta.

Sofía sostuvo el plato como si fuera un tesoro.

Carl se sentó cerca, ya listo para comer.

Mientras probaban el pay, hablaban con emoción.

De lo rico que estaba.

De lo que habían entendido de los cuentos japoneses que Itachi había contado antes.

De los juguetes.

De cómo habían seguido jugando.

El campamento observaba.

Analizaba.

Y veía, cada vez con más claridad, el patrón que Glenn e Itachi repetían una y otra vez: no daban a todos indiscriminadamente.

No abrían su hogar a cualquiera.

No convertían sus recursos en una obligación pública.

Pero cuando compartían, lo hacían con sentido, con intención y con cariño.

A los niños, porque eran niños.

A Daryl, porque había ayudado.

Al grupo, cuando traían provisiones.

No daban por culpa.

Daban por elección.

Desde el punto de vista de Carol, aquello volvió a tocarle algo muy hondo.

Ver a Sofía feliz con un plato en las manos, ver a Itachi calmada junto a Glenn, ver esa forma tan extraña pero tan sincera de ternura práctica, le confirmó una vez más que Itachi no era fría.

Solo no desperdiciaba afecto en palabras vacías.

Lo hacía en actos.

Amy observaba con ternura.

Andrea con análisis.

Dale con una mezcla de respeto y cariño.

T-Dog con aprobación sencilla.

Morales con la lógica del hombre que entiende lo valioso que es conservar algo de humanidad.

Merle con deseos sucios.

Ed con incomodidad amarga.

Shane con un deseo creciente y frustrado.

Lori con el ceño apretado y el resentimiento encerrado detrás de los dientes.

Y Carl y Sofía, ajenos a todo eso, simplemente disfrutaban.

Alrededor del fuego, a plena mañana, la cantera comprendió otra cosa más sobre Glenn e Itachi: no solo eran buenos sobreviviendo.

Sabían transformar incluso una mañana cualquiera en algo que se sintiera un poco más como vida.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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