ojos carmesí - Capítulo 38
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- Capítulo 38 - 38 La puerta que se cierra la casa que permanece
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38: La puerta que se cierra, la casa que permanece 38: La puerta que se cierra, la casa que permanece Cuando Sofía y Carl terminaron de comer, ambos habían dejado los platos casi limpios, y eso por sí solo ya decía bastante.
No solo porque el pay de arándanos había quedado bueno, sino porque para dos niños viviendo desde hacía días a base de latas, sobres y pedazos de comida improvisada, aquello había sido casi un regalo de otro mundo.
Sofía sostenía todavía el pequeño tenedor entre los dedos con una sonrisa satisfecha, dulce, y Carl miraba el plato vacío como si estuviera evaluando si sería demasiado obvio lamer las últimas migas.
Glenn lo vio y soltó una risa baja.
Itachi, por su parte, tomó un pequeño trapo limpio, lo humedeció apenas con un poco de agua y, con la calma casi ceremonial que tenía para todo, les limpió el rostro a ambos.
Primero a Sofía.
Luego a Carl.
Sin prisas.
Sin aspavientos.
Como si aquello fuera natural.
Como si limpiarles la boca después del postre fuera una cosa sencilla y correcta, nada extraordinaria, cuando en realidad, para más de uno observando desde la cantera, sí lo era.
Sofía sonrió más al sentir el trapo suave en la mejilla y dijo un gracias pequeñito.
Carl se dejó hacer sin protestar demasiado, aunque con esa dignidad seria que tienen algunos niños cuando quieren sentirse grandes incluso mientras los cuidan.
Los platos vacíos volvieron a la canasta de mimbre.
—Gracias —dijo Sofía otra vez.
—Sí, gracias —repitió Carl.
Itachi hizo un pequeño asentimiento de cabeza y dijo: —Vayan a jugar.
Los niños obedecieron enseguida.
Se fueron corriendo, llevándose otra vez consigo la ligereza de la mañana, los juguetes de madera, la energía intacta que solo los niños parecen conservar incluso cuando el mundo se acaba.
Cuando se alejaron, Glenn e Itachi se levantaron.
No se quedaron más tiempo al fuego.
No porque estuvieran incómodos.
Porque ya habían dado al campamento la parte del día que querían compartir y ahora el resto de la tarde les pertenecía.
Volvieron a la autocaravana.
Abrieron.
Entraron.
Cerraron.
Enllavaron.
Y, una vez más, el sonido pequeño del seguro cerrándose fue casi como una exhalación.
Como si esa puerta, al quedar cerrada al mundo, reafirmara algo que ambos sabían cada vez con más fuerza: adentro estaba su espacio.
Su ritmo.
Su orden.
Su refugio.
La luz dentro del RV seguía siendo cálida, hermosa, ordenada.
El mantel a cuadros sobre la mesa.
Los libros acomodados en el estante.
Los tarros de vidrio alineados en la encimera.
La pequeña planta cerca de la ventana.
El naranjero todavía ausente, pero ya con su cajón de madera esperando junto a la refrigeradora.
El vagón, detrás, rebosando de vida.
Glenn se movió primero hacia la cocina.
Puso el café a calentar otra vez.
Itachi, mientras tanto, se ocupó de los platos usados y del trapo con que había limpiado a los niños.
Lavó los platos.
Enjuagó el trapo.
Lo dejó doblado donde correspondía.
La canasta de mimbre volvió a su lugar con la misma naturalidad con que todo en ese RV parecía tener ya un sitio específico.
Glenn cortó una porción del sobrante del pay para ella y otra para él.
Las sirvió con cuidado, casi con cariño, como si incluso ese gesto pequeño le importara demasiado.
Luego puso dos tazas de café.
Se sentaron juntos.
No frente a frente esta vez, sino cerca.
Lo bastante cerca como para que las rodillas pudieran rozarse si alguno se movía un poco más.
Glenn tomó uno de los libros de cuentos que habían encontrado el día anterior en la tienda de antigüedades y comenzó a leer en voz baja.
No como quien declama.
Como quien comparte.
De vez en cuando alzaba apenas la vista para mirar a Itachi, para ver si seguía escuchando.
Itachi también tenía un libro entre las manos, uno que hojeaba más despacio, leyendo fragmentos, observando ilustraciones antiguas, deteniéndose de vez en cuando en frases que le parecían curiosas.
Murmuraban pequeños comentarios entre página y página.
—Este es extraño —dijo Glenn, conteniendo una sonrisa al leer una parte.
Itachi alzó apenas la vista.
—¿El cuento o el personaje?
—Ambos.
Ella inclinó levemente la cabeza.
—Entonces es bueno.
Glenn soltó una risa baja.
Más tarde, Itachi le mostró una línea de su propio libro, una descripción de un bosque cubierto de niebla.
—Esto se parece un poco al tuyo —murmuró.
—¿Mi bosque?
—El que siempre inventas para los cuentos.
Glenn sonrió, más suave esta vez.
—Entonces me estás prestando inspiración.
Itachi volvió a bajar la vista a la página.
—Tal vez.
Y así pasaron el resto de la tarde.
Leyendo.
Tomando café.
Haciendo comentarios cortos.
Respirando el mismo aire tranquilo.
El tiempo, dentro del RV, tenía una textura completamente distinta a la del exterior.
No corría con prisa.
No se arrastraba.
Simplemente sucedía.
El tocadiscos sonaba bajo con alguna melodía country o jazz muy suave, cambiando el ambiente apenas sin interrumpir el ritmo de lectura.
Afuera seguía habiendo gente, ruido, vigilias, conversaciones, tensiones, relaciones mal cosidas, hambre, incomodidad y miedo.
Adentro, en cambio, había páginas, café, tela, madera, luz cálida y dos personas que empezaban a convertir la compañía del otro en una forma de descanso real.
Mientras tanto, en la cantera, Daryl había terminado de cocinar sus ardillas.
Se las había comido.
Había apartado una para su hermano Merle, más por costumbre brutal que por cariño abierto.
Luego, cuando ya no quedaba mucho más que hacer con las manos, miró el plato que Itachi le había dado.
El pedazo de pay seguía intacto.
Había estado ahí a su lado, esperándolo, mientras él limpiaba, cocinaba, comía y observaba de lejos el ir y venir del campamento.
Lo tomó.
Lo miró.
Pensó.
Y después le dio un primer bocado.
Luego otro.
Y lo comió en silencio.
No rápido.
No como alguien desesperado por el azúcar o por el hambre.
Con calma.
Procesando.
Meditando.
Porque Daryl pensaba así: con el cuerpo quieto y la cabeza trabajando detrás.
Pensó en Itachi.
En Glenn.
Desde el principio.
Desde el momento en que habían llegado con su autocaravana a la cantera, contando aquella historia que, para el resto, sonaba como una rareza casi romántica: una japonesa samurái y un esposo enamorado, un matrimonio nacido de una relación a distancia, una boda en Japón, una luna de miel improvisada dentro de una autocaravana que había coincidido con el fin del mundo.
Daryl no sabía si toda la historia era verdad.
Tampoco le importaba del todo ya.
Lo que sí comprendía mejor ahora era el tipo de personas que eran.
La fuerza de Itachi.
La disciplina.
La forma en que su mirada parecía medir todo sin necesidad de hablar demasiado.
Y Glenn.
El amor puro y devoto de Glenn, tan evidente que a ratos resultaba casi incómodo de mirar de frente.
Daryl también empezaba a notar algo más: que Itachi lo correspondía, aunque no con el mismo desborde visible, aunque no con palabras innecesarias.
Lo hacía en actos.
En silencios.
En cómo permanecía cerca.
En cómo lo dejaba tocarla.
En cómo lo miraba.
En cómo compartía con él cosas que claramente nadie más tenía derecho a ver.
Cuando terminó el pay, el plato vacío seguía en sus manos.
Se levantó.
Caminó hacia la autocaravana.
Y tocó la puerta.
Dentro, Glenn escuchó el sonido y dejó el libro sobre el sillón.
Ya estaba en pijama: camisa de algodón, pantalón de chándal, sin botas, sin armas encima.
Se acercó y abrió.
Daryl estaba allí.
Con el plato.
Glenn sonrió enseguida.
—Gracias —dijo, refiriéndose a que había devuelto el plato.
Daryl asintió apenas.
No respondió con palabras.
Se dio la vuelta y se fue.
Pero en ese instante mínimo, antes de girarse por completo, alcanzó a ver adentro.
Solo un poco.
Lo suficiente.
Lo suficiente para ver la calidez del lugar.
La mesa con el mantel.
Los libros.
La luz amarilla.
Y a Itachi.
Esta vez no vestida con su traje ANBU.
No con la katana a la espalda.
No con el recogido perfecto ni la estructura intimidante con la que solía moverse fuera del RV.
La vio con un camisón negro y una bata de seda, el cabello suelto cayéndole sobre la espalda, el cuerpo relajado, los hombros descubiertos apenas, sin dejar por eso de parecer peligrosa.
Daryl comprendió algo en ese segundo.
No que ella fuera débil allí dentro.
Todo lo contrario.
Comprendió que existía un lado de esa mujer que solo Glenn tenía derecho a ver.
Y eso no la volvía menos letal.
Solo más real.
Más completa.
Más ajena al resto.
Cuando Glenn cerró la puerta otra vez y volvió el seguro, llevó el plato a la cocina, lo lavó y lo dejó secando.
Después regresó al sillón, tomó su taza de café otra vez y volvió a sentarse a leer.
Itachi ya estaba ocupada en la cocina, preparando la cena.
Él levantaba la vista de vez en cuando para mirarla.
Ella se movía con la misma eficacia silenciosa de siempre, pero ahora envuelta en otra suavidad, en otra intimidad que Glenn ya empezaba a considerar adictiva.
La tarde terminó de ceder paso a la noche.
Cenaron entre charlas suaves y lectura.
Dejaban el libro un momento.
Comentaban algo.
Volvían al café.
Volvían a leer.
Itachi servía.
Glenn recogía.
Después limpiaron todo juntos.
Y cuando el RV volvió a estar impecable, cálido y en calma, se lavaron y fueron hacia la habitación.
Esta vez Itachi no esperó.
No esperó a que Glenn le preguntara con la mirada.
No esperó a que él dudara.
Simplemente se acercó a él.
Lo abrazó.
Y Glenn, que aún no conseguía acostumbrarse del todo a ser buscado por ella de esa manera, la rodeó con los brazos con una sonrisa que no pudo contener.
La felicidad en él era inmediata, visible, limpia.
Itachi se acomodó contra su cuerpo y Glenn sintió otra vez esa paz rara, profunda, que solo aparecía cuando la tenía así de cerca.
Durmieron.
Conscientes ambos de que al día siguiente tendrían que volver a salir por provisiones.
Pero esa certeza ya no les pesaba igual que antes.
Porque ahora no se trataba solo de salir a arriesgar la vida.
Se trataba también de volver.
Volver a lo suyo.
Volver a esa cama.
Volver a ese sillón.
Volver al mantel a cuadros, al café, a las lecturas suaves, a la cocina, al vagón lleno de vida.
Volver el uno al otro.
Y en esa conciencia, abrazados, se durmieron.
Glenn, con la felicidad de quien sabía que la mujer que amaba lo había buscado primero.
Itachi, con esa calma vigilante suya, reconociendo en silencio que cada día le resultaba más natural acercarse a él antes de que él tuviera que pedirlo.
Y eso, aunque no lo nombrara todavía de una forma simple, también era un cambio.
También era intimidad.
También era promesa.
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