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ojos carmesí - Capítulo 39

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39: Líneas trazadas.

39: Líneas trazadas.

La mañana llegó a la cantera envuelta en ese frío temprano que se quedaba prendido a la piel aun cuando el sol ya empezaba a subir.

Dentro de las carpas, muchos se removían con el cuerpo tenso, con los músculos adoloridos, con la espalda quejándose por otra noche en el suelo.

Dentro de las autocaravanas, el despertar era distinto.

Y dentro del RV de Glenn e Itachi, más aún.

Ambos ya estaban despiertos.

Pero no se movían todavía.

Seguían abrazados.

La cercanía entre ellos permanecía incluso después del sueño, como si durante la noche el cuerpo hubiera aprendido a reconocer el lugar exacto donde quería quedarse al despertar.

Glenn tenía el rostro medio escondido en el cuello de Itachi y una mano firme en su cintura.

Itachi seguía encajada contra él, quieta, con la respiración calma, sin apartarse, sin romper el momento antes de tiempo.

Permanecieron así un rato más, aunque ya no dormían.

No hablaban.

No hacía falta.

Afuera podía estar el fin del mundo; dentro de esa cama había una tregua.

Fue Glenn quien finalmente besó el hombro de Itachi, como ya se estaba volviendo costumbre, y murmuró: —Buenos días.

Itachi respondió con un sonido bajo, suave.

—Buenos días.

Y aun después de eso, siguieron allí unos segundos más.

Luego se levantaron.

La rutina volvió a tomar forma de inmediato.

Glenn fue hacia el vagón.

Itachi, hacia la cocina.

Dentro del vagón, Glenn se ocupó de las plantas y de los animales.

Ya no hacía aquellas tareas con torpeza ni con el cuidado rígido de quien teme arruinar algo ajeno.

Ahora las hacía con la familiaridad de alguien que consideraba aquel lugar suyo también.

Revisó los cultivos, miró la humedad de la tierra, retiró una hoja marchita aquí, acomodó un tallo allá.

Luego pasó a los cuyos y a los conejos, cambiando agua, revisando el alimento, observando si la base de aserrín seguía bien.

Después subió apenas a revisar la jaula de las gallinas y los gallos, comprobando que los collares siguieran bien colocados y que el agua y la comida estuvieran en orden.

Mientras tanto, en la cocina, Itachi preparaba el desayuno.

Esa mañana no puso el tocadiscos.

No quiso música.

Encendió la radio.

El aparato respondió con un sonido de interferencia, estática, trozos muertos de señal.

Itachi movió la perilla un poco, buscando alguna frecuencia todavía viva.

Encontró una emisora débil, apenas sostenida, donde una voz cortada, agotada y lejana estaba dando un reporte incompleto que se perdía cada tanto entre ruido blanco.

No había casi nada ya.

Habían pasado cuatro días desde que habían salido de Atlanta.

No.

Habían pasado cinco.

Hoy era el sexto día.

Demasiado tiempo para que siguiera en pie una red sólida de comunicación.

Las emisoras estaban cayendo.

El gobierno estaba cayendo.

Las ciudades se estaban apagando una por una.

Era lógico.

Cuando Glenn salió del vagón y se sentó a la mesa, el desayuno ya estaba servido y la radio seguía sonando al fondo, intermitente, quebrada, como una voz que se negara a morir del todo.

Comieron mientras escuchaban.

Y mientras comían, comentaban.

No una conversación rápida.

No superficial.

Una de esas pláticas en las que Itachi iba desgranando el mundo con lógica fría y Glenn intentaba comprender la escala completa de lo que ella veía con tanta claridad.

—Casi no queda nada —murmuró Glenn, al oír cómo una señal se cortaba en mitad de una frase.

—No —dijo Itachi—.

Ya es demasiado tarde.

Glenn la miró.

—¿Crees que… de verdad cayó todo?

Itachi tomó un sorbo de café antes de responder.

—No todo al mismo tiempo.

No de una sola vez.

Pero sí.

Lo esencial, sí.

Las estructuras centrales ya se rompieron.

El gobierno, los sistemas de respuesta, la comunicación interestatal.

Cuando la información deja de moverse, el control muere primero.

Glenn escuchó con el ceño apenas fruncido.

—Supongo que… supongo que siempre pensé que iba a quedar algo.

Un centro.

Una autoridad.

Un lugar seguro donde la gente se estuviera reorganizando.

Itachi lo observó.

—Podría haberlo habido si hubieran reaccionado antes.

Si hubieran dicho la verdad desde el principio.

Si hubieran aislado, informado y organizado con rapidez.

Pero ocultaron.

Retrasaron.

Mintieron.

El pánico llegó tarde y mal.

El contagio ya estaba demasiado extendido cuando quisieron intervenir.

Glenn bajó la vista a su plato.

—Y la gente… —La gente hace lo que siempre hace cuando el orden desaparece —dijo Itachi—.

Algunos ayudan.

Algunos obedecen.

Algunos se rompen.

Y otros aprovechan.

Glenn pensó en los hombres del pueblo.

En la mujer con el niño.

En Lori.

En Merle.

En Shane.

En la forma en que todo parecía ir descomponiéndose también dentro de las personas.

—Es demasiado grande —admitió al fin—.

A veces siento que entiendo… y luego vuelvo a darme cuenta de que no entiendo casi nada.

Itachi no corrigió eso.

Solo dijo: —No necesitas comprenderlo todo hoy.

Solo necesitas aprender lo suficiente para seguir vivo mañana.

La frase quedó entre ellos mientras la radio volvía a escupir un trozo de reporte imposible de completar.

Glenn asintió despacio.

Había dejado de intentar ganar discusiones internas contra la claridad de Itachi.

Ahora simplemente aprendía.

Cuando terminaron de comer, lavaron los trastos, secaron todo y organizaron la cocina con el orden ya habitual.

La radio siguió sonando hasta que Itachi la apagó.

No quedaba nada útil por oír.

Después se vistieron.

Ropa oscura en Glenn.

El traje impecable en Itachi.

Las katanas.

Las mochilas personales.

Y entonces Itachi volvió a crear un clon.

Luego otro.

Esta vez la orden era distinta.

La segunda fue sencilla y precisa: —Busca un pequeño naranjo.

Lo traes a la autocaravana sin que nadie te vea.

Lo plantas.

Usas Mokuton para hacerlo florecer y para que dé fruto.

El clon asintió sin hacer preguntas.

Y desapareció.

Glenn observó la escena con ese mismo asombro resignado y enternecido que le despertaba cada vez que Itachi resolvía cosas imposibles como si fueran asuntos domésticos.

Ya no se sorprendía del poder.

Se sorprendía de que ella lo usara también para cosas tan pequeñas, tan íntimas, tan de casa.

Salieron de la autocaravana.

Enllavaron.

Glenn llevaba consigo la caja vacía donde Jaqui les había dejado la parte de sus suministros el día anterior.

Se acercaron al grupo.

Varias personas ya desayunaban cerca del fuego.

Otros organizaban cosas.

Algunos seguían apenas despertando.

Y como se había vuelto costumbre, Shane fue quien se adelantó para interceptarlos con los bolsos vacíos de carga.

Se acercó con las bolsas en la mano.

Se las entregó primero a Glenn.

Luego a Itachi.

Y, sin poder evitarlo, sostuvo un segundo más la vista en ella.

—Ten cuidado —dijo.

No dijo tengan cuidado.

No dijo vuelvan bien.

No miró a ambos.

Miró a Itachi.

Solo a Itachi.

La frase cayó con una claridad incómoda.

Glenn lo notó de inmediato.

Itachi también.

Y no fueron los únicos.

Carol, que estaba un poco más atrás, lo notó.

Amy, Andrea, Daryl, Dale, T-Dog, incluso Lori.

Shane había hablado como un hombre preocupado por una mujer específica, no como alguien despidiendo a dos miembros útiles de un grupo que salían a arriesgarse.

Itachi lo observó.

No respondió.

No le regaló ni una palabra.

Solo tomó el bolso, se giró junto con Glenn y siguió caminando.

Glenn, en cambio, frunció el ceño.

No dijo nada allí.

Pero el malestar le quedó en el cuerpo de inmediato.

Desde el punto de vista de Lori, aquella escena fue un golpe seco y silencioso.

Otra confirmación.

Otra prueba de lo que ya intuía y no quería ver.

Shane no había dicho “cuídense”.

Había dicho “ten cuidado”.

Y lo había dicho mirando a Itachi.

Lori sintió la humillación como una aguja detrás del esternón, una punzada de rabia y vergüenza que no podía soltar en público porque ya bastante había quedado expuesta en días anteriores.

Desde el punto de vista de Amy, aquello fue más triste que otra cosa.

No porque apoyara nada.

Porque veía la torpeza emocional del asunto y lo peligroso que era dentro de un grupo tan pequeño.

Andrea, en cambio, lo procesó con claridad inmediata: una línea había sido cruzada, aunque fuera solo en forma de tono y de mirada.

Daryl vio la tensión en Glenn al instante.

Dale también.

Y Shane, apenas un segundo después de haber hablado, supo que había cometido un error.

Lo supo por el silencio de Itachi.

Por la forma en que Glenn no dijo nada, porque eso era peor.

Por la sensación repentina de haber dejado demasiado al descubierto algo que todavía pretendía controlar.

Glenn e Itachi partieron.

Caminaron en silencio primero.

Hasta que el campamento quedó lo bastante lejos.

Entonces Glenn habló, el disgusto todavía muy vivo en la voz.

—No me gusta.

Itachi lo miró de reojo.

—Lo sé.

Glenn ajustó mejor el bolso al hombro.

—Él claramente tiene algo con Lori.

Lo sabemos.

Y sabe que estás casada.

Aunque nadie sepa que es una mentira, ante todos los demás nosotros estamos casados.

No debería mirarte así.

No debería hablarte así.

Itachi lo escuchó sin interrumpir.

—No debería buscarte así —repitió Glenn, más bajo esta vez.

Itachi tardó unos segundos en responder.

—No me importa lo que quiera.

Glenn exhaló por la nariz.

—A mí sí.

Porque lo hace igual.

—Lo sé.

Hubo unos pasos de silencio más.

Luego Itachi habló con esa lógica suya que nunca perdía forma.

—Shane es un hombre acostumbrado a pensar que puede moverse en zonas grises sin que nadie lo detenga.

Tiene impulso, liderazgo, una posición útil en el campamento y la costumbre de que sus emociones no sean corregidas a tiempo.

Eso no significa que pueda hacer algo.

Solo significa que ya no oculta del todo lo que piensa.

Glenn apretó un poco más la mandíbula.

—Y eso no me gusta.

Itachi volvió a mirarlo apenas.

—Lo sé.

—¿Y a ti?

—Me resulta incómodo —dijo ella—.

Pero no peligroso todavía.

Glenn insistió: —Todavía.

—Sí.

La palabra no lo calmó del todo.

Pero sí le recordó algo fundamental: Itachi no era ingenua.

Lo veía todo.

Lo medía todo.

No estaba en peligro por falta de percepción.

Eso ayudó un poco.

Cuando llegaron al pueblo, Itachi retomó enseguida el otro eje del día.

—Lo mismo que antes —dijo—.

Tú matas.

Si necesitas ayuda, interfiero.

Glenn asintió.

—Sí.

Entraron primero a la tienda de conveniencia.

Cada vez quedaba menos.

Se notaba.

Los estantes estaban más vacíos.

Algunas zonas ya no tenían casi nada útil.

Aun así, todavía pudieron llenar las bolsas con latas, envasados, alimentos secos y algunas cosas prácticas.

Glenn lo notó mientras trabajaban.

—Cada vez queda menos.

Itachi no dejó de moverse mientras respondía.

—Sí.

—Pronto tendremos que movernos a otro lugar.

—Sí —dijo ella otra vez—.

Este pueblo no va a sostener mucho más.

Ni para nosotros ni para la cantera.

Después fueron a la farmacia.

Tomaron más medicinas.

Analgesia.

Antibióticos.

Gasas.

Alcohol.

Todo lo útil, todo lo portable.

Y por último pasaron por la pequeña ferretería y el área de coches, porque Glenn recordó de pronto algo que Dale había mencionado: cierta pieza que necesitaba para componer el RV.

Glenn se agachó, revisó, buscó entre cajones, piezas, herramientas y estantes.

Itachi lo ayudó, más por precisión visual que por conocimiento concreto de ese sistema.

Al final encontraron lo que Dale necesitaba.

También consiguieron una botella pequeña de aceite refrigerante y algunos elementos útiles para su propia autocaravana.

Todo fue a parar a las mochilas personales.

Cuando estuvieron listos, emprendieron el regreso.

Pero esta vez no fue limpio hasta el final.

A medio camino se encontraron con seis caminantes.

Itachi tomó la delantera apenas un paso.

—Cuatro yo.

Dos tú.

Glenn asintió antes de que el miedo pudiera asentarse del todo.

Itachi se encargó de los suyos con la eficiencia brutal de siempre.

No había desperdicio de movimiento.

No había lucha, realmente.

Solo decisiones correctas ejecutadas a la velocidad exacta.

Cuatro cuerpos cayeron uno tras otro.

Glenn encaró a los otros dos.

El primero le costó menos que otras veces.

El segundo casi lo hace perder el ángulo.

Itachi estaba pendiente.

Siempre.

No intervino porque no fue necesario.

Glenn corrigió, golpeó y terminó.

Respiró más fuerte después.

Itachi lo miró.

—Bien.

Esa palabra volvió a sostener algo dentro de él.

Y siguieron.

Cuando regresaron hacia la cantera, Dale fue otra vez quien los notó primero.

Los vio desde arriba.

Los bolsos cargados.

Las siluetas enteras.

La katana de Glenn manchada un poco más que la de otras veces.

La compostura intacta de Itachi.

Y volvió a alzar la voz hacia el campamento: —¡Están de vuelta!

Como ya era rutina, todos volvieron a reunirse alrededor del fuego.

Y así terminó el día afuera.

Con el grupo girando una vez más hacia ellos.

Con Glenn e Itachi regresando otra vez cargados, vivos y juntos.

Con la cantera aprendiendo, aunque fuera a la fuerza, que esas dos figuras ya no eran una novedad.

Eran una constante.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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