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ojos carmesí - Capítulo 40

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40: Manadas.

40: Manadas.

Cuando Glenn e Itachi se acercaron a la fogata de la cantera y dejaron los bolsos en el suelo, el sonido de las provisiones asentándose dentro de la lona hizo que varias cabezas se alzaran al mismo tiempo.

A esas alturas, aquel gesto ya tenía algo de ritual.

Salían.

Volvían.

Traían comida.

Traían medicina.

Traían noticias.

Y, quizá más importante aún, traían análisis.

La gente del campamento había empezado a entender que, además de abastecer, Glenn e Itachi eran los ojos de la cantera sobre el mundo exterior.

Dale, que había bajado del techo de su autocaravana apenas los vio aparecer en la distancia, fue el primero en acercarse.

—¿Cómo están?

—preguntó—.

¿Todo bien?

Glenn asintió, todavía con el peso del día sobre los hombros pero entero.

—Sí.

Todo bien.

Andrea dio un paso adelante, más curiosa que ansiosa.

—¿Cómo está afuera?

Glenn dejó una de las bolsas junto al fuego.

—Bien… en cierto sentido —dijo—.

Pero el pueblo al que hemos estado yendo ya está casi vacío.

Amy frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir con eso?

Itachi respondió esta vez, con la misma serenidad precisa con la que solía medir sus palabras delante del grupo.

—Que solo queda un viaje más como máximo hacia ese pueblo.

Y eso, solo si en el almacén posterior de la tienda queda algo útil.

Si no, tendremos que mudarnos a otra ubicación para saquear.

La palabra cayó con peso.

No porque fuera nueva.

Porque la hacía real.

El campamento llevaba días viviendo de lo que Glenn e Itachi traían desde allí.

Escuchar que ese recurso se estaba agotando obligaba a todos a mirar más allá de la comodidad relativa de la cantera.

T-Dog, que escuchaba con los brazos cruzados, preguntó: —¿Y cómo están los caminantes?

Glenn respondió primero.

—No tantos como en otros viajes.

Pero vimos algo raro al volver.

Andrea alzó la vista enseguida.

—¿Raro?

Glenn intercambió una mirada breve con Itachi antes de continuar.

—Cuando veníamos de vuelta con los bolsos ya cargados, encontramos seis caminantes en la carretera.

Pero no estaban dispersos.

No estaban perdidos.

Itachi siguió por él, completando la imagen con la claridad exacta que tanto impresionaba al grupo.

—Venían caminando juntos.

Como un grupo.

Morales sintió que algo se le cerraba en el pecho.

—¿Seguían la carretera?

¿Como si supieran adónde iban?

¿Con inteligencia?

—No —dijo Glenn enseguida—.

No creo que haya sido inteligencia.

Itachi matizó: —Se movían coordinados, sí.

Pero creo que solo seguían instinto.

Solo se atraían entre sí.

Se movían como… No terminó la frase.

Daryl, que hasta entonces se había mantenido un poco apartado, habló desde el costado, con la vista fija en el fuego y la voz seca.

—Como una manada.

Itachi lo miró y asintió una sola vez.

—Sí.

Como una manada.

Pero sin inteligencia.

Solo hambre.

El campamento guardó silencio.

No un silencio vacío, sino uno tenso, lleno de personas intentando imaginar lo que significaba eso.

Seis caminantes juntos.

No por casualidad.

No completamente dispersos.

No pensando, pero tampoco errando al azar de la forma en que todos habían querido creer al principio.

Esa imagen se quedó flotando encima del fuego como humo pesado.

—Bien —dijo Itachi al fin—.

Eso es todo.

Jaqui, que ya se había arrodillado junto a las bolsas para empezar a clasificar, alzó la vista apenas.

—Pásense después para recoger su caja.

Tendrán su parte lista.

Glenn asintió.

Entonces, antes de que Dale se retirara, Glenn lo llamó.

—Dale.

El hombre se volvió.

—¿Sí?

—Te trajimos las piezas para reparar lo que estaba dañado en tu autocaravana.

Dale abrió un poco más los ojos.

No esperaba eso.

—¿En serio?

—Sí —dijo Glenn.

Y fue verdad.

Del interior de una de las mochilas personales sacaron las piezas.

Dale las recibió casi con reverencia, como quien reconoce no solo la utilidad del objeto, sino el pensamiento detrás del gesto.

Glenn se acercó con él hasta su autocaravana para ayudarle a instalar lo necesario.

Itachi fue con ellos también.

No porque supiera demasiado de motores.

No sabía.

Pero observaba.

Aprendía.

Glenn le explicaba lo que entendía.

Ella hacía preguntas cortas.

Dale respondía cuando podía.

El pequeño arreglo tomó un rato, pero quedó hecho.

Cuando terminaron, Dale sonrió con una gratitud cansada y sincera.

—Gracias.

De nuevo.

Itachi hizo apenas un asentimiento.

Glenn sonrió.

Y luego ambos, con las mochilas personales otra vez al hombro, se dirigieron de regreso a su propia autocaravana.

Adentro, como siempre, el mundo cambió.

El clon que había ido por el naranjero ya había regresado.

El árbol pequeño estaba plantado justo en el cajón de madera que habían preparado junto a la refrigeradora, con las hojas vivas y una presencia tan hermosa que por un segundo Glenn se quedó mirándolo como un niño al que le hubieran concedido un deseo doméstico ridículamente perfecto.

El otro clon, el que había custodiado el RV, murmuró un simple: —Todo igual.

Y desapareció después, dejando claro que nadie se había acercado a su santuario.

Glenn e Itachi vaciaron entonces las mochilas personales.

Guardaron los aceites, los refrigerantes, las piezas y las mangueras para el motor en uno de los cajones inferiores, en el área donde ya iban acumulando todo lo relativo al mantenimiento del vehículo.

—Cuando sea necesario, podemos usarlo —dijo Glenn.

—Así es —respondió Itachi.

Después se limpiaron.

Un trapo húmedo.

Agua.

El sudor del día.

El polvo del camino.

No se cambiaron por pijamas todavía; solo se refrescaron lo suficiente para volver al campamento presentables y cómodos.

Luego cerraron, enllavaron y regresaron hacia la fogata.

Mientras tanto, en la cantera, la vida seguía.

Pero la información que habían traído no había quedado quieta.

La frase como una manada seguía recorriendo cabezas y conversaciones.

Y no era lo único.

Porque también seguía rondando, de forma cada vez menos sutil, la manera en que Shane miraba a Itachi.

Aunque él quisiera convencerse de que se controlaba, de que lo disimulaba, de que lo mantenía dentro de límites aceptables, la atracción ya no solo era visible: empezaba a parecer una obsesión pequeña, silenciosa y vergonzosa, algo que crecía en él precisamente porque Itachi seguía inaccesible, casada a ojos de todos, fuerte, hermosa y totalmente fuera de su alcance.

Eso también lo veía el campamento.

Amy lo notaba.

Andrea lo notaba.

Carol lo notaba.

Lori, sobre todo, lo notaba.

Y ese conocimiento iba envenenando el aire de una forma sutil, igual que la nueva idea de que los caminantes podían moverse por impulso colectivo, juntarse, avanzar, concentrarse.

Jaqui, Andrea, Amy y Carol organizaron las provisiones junto al fuego.

Abrieron los bolsos, separaron latas, comida seca, conservas, medicinas, cosas de uso inmediato, cosas de reserva.

El trabajo se hacía mejor entre varias manos y, mientras lo hacían, hablaban.

Amy fue la primera en romper el silencio.

—No me gusta eso de la manada.

Andrea acomodó un paquete dentro de una caja y respondió: —A nadie debería gustarle.

—Pero ¿qué significa exactamente?

—preguntó Amy—.

¿Que si hay muchos juntos se siguen unos a otros?

¿Que si uno encuentra algo los demás también?

—Significa —dijo Andrea, práctica— que no podemos seguir pensando en ellos como piezas sueltas todo el tiempo.

Si comienzan a agruparse aunque sea por instinto, el riesgo cambia.

Carol, que doblaba con cuidado unas cajas para que todo cupiera mejor, habló en voz baja: —Y si se mueven juntos… entonces hacen más ruido, atraen más, empujan más.

Jaqui asintió.

—Una cosa es uno.

Otra seis.

Otra veinte.

Amy tragó saliva.

—No quiero imaginar veinte.

Andrea cerró una caja.

—Mejor imagínalo.

Porque así estaremos preparadas si pasa.

Carol miró el fuego unos segundos.

—La forma en que Itachi lo explicó… —murmuró— no parecía asustada.

Andrea soltó una exhalación baja.

—Porque ella casi nunca parece asustada.

—No sé cómo hace eso —dijo Amy.

Jaqui contestó mientras contaba latas.

—Entrenamiento.

O costumbre.

O ambas.

Carol pensó en Itachi un momento.

En su voz.

En su manera de estar siempre recta.

En cómo no se dejaba arrastrar ni por el pánico ni por el espectáculo.

—No creo que sea solo frialdad —dijo al fin—.

Creo que ella mira el problema antes de dejar que el problema la mire a ella.

Amy sonrió un poco ante la frase.

—Eso sonó muy de ella.

Andrea no contradijo.

—Glenn también está cambiando.

Las otras tres alzaron la vista.

Andrea siguió: —Antes él contaba lo que veía.

Ahora lo analiza también.

Se nota que la escucha.

Que aprende.

Amy asintió enseguida.

—Sí.

Hoy cuando hablaba del pueblo vacío y de los caminantes ya no sonó como alguien solo asustado.

Sonó más… no sé.

Más firme.

Carol acomodó otra fila de provisiones.

—Itachi lo está enseñando.

Y él está dejándose enseñar.

Jaqui alzó apenas una ceja.

—Y eso no es poca cosa en un hombre.

Amy soltó una risa breve.

—No, definitivamente no.

Luego hubo un silencio corto.

El tipo de silencio donde la conversación cambia sola de tema porque todas saben hacia dónde se está moviendo.

Fue Carol quien habló primero esta vez, con el tono medido de quien ya pensó antes de decirlo.

—Shane no debió decirle “ten cuidado” solo a ella.

Amy dejó quieta una lata en la mano.

Andrea no levantó la mirada, pero respondió: —No.

Jaqui añadió: —Y él sabía que todos lo escucharíamos así.

Carol bajó la vista hacia la caja que llenaba.

—O no lo pensó.

Que casi es peor.

Amy hizo una mueca pequeña.

—Lo escuché clarísimo.

No fue un “cuídense”.

Fue solo para ella.

Andrea cerró la tapa de otra caja.

—Glenn lo notó.

—Itachi también —dijo Carol.

Jaqui soltó el aire despacio.

—Todo el campamento lo notó.

Amy miró en dirección a Lori, que estaba más lejos, fingiendo ocuparse de otras cosas mientras claramente escuchaba todo.

—Lori también.

Carol guardó silencio un momento antes de responder.

—Sí.

Desde el punto de vista de Amy, la situación era triste y peligrosa.

Amy no era ingenua del todo, pero seguía siendo la más emocional de las cuatro en aquel momento.

Le gustaban Glenn e Itachi.

Le gustaba verlos juntos.

Le parecían una pareja fuerte y bonita y, por eso mismo, la mirada de Shane le resultaba incorrecta.

No solo por Lori.

También porque Glenn era bueno con todos.

Y Amy, en su corazón, todavía seguía juzgando mucho por amabilidad.

Andrea, en cambio, lo veía desde otro ángulo.

Shane era útil.

Era fuerte.

Sabía imponer orden.

Pero estaba permitiendo que algo personal contaminara una dinámica grupal ya bastante inestable.

Y eso, para Andrea, era una mala señal.

No porque creyera que Shane haría algo inmediato.

Porque la clase de hombres que creen poder controlar lo que desean suelen retrasar demasiado el momento en que aceptan que ya perdieron el control.

Carol lo sentía de una forma más íntima y más amarga.

Había vivido demasiado tiempo cerca de hombres que convertían sus deseos, sus frustraciones y su violencia en problemas para todos los demás.

Y aunque Shane no era Ed, y eso era evidente, Carol reconocía algo en la forma en que una mujer podía volverse centro de tensión solo por ser vista de cierta manera por un hombre que no sabía detenerse a tiempo.

Jaqui era más seca al pensarlo.

Más práctica.

Había un grupo.

Había recursos.

Había peligro afuera.

Lo último que necesitaban era un conflicto de celos, deseo o resentimiento cruzado en medio de todo eso.

No muy lejos de ellas, T-Dog comentaba con Morales.

—No me gusta lo de la manada.

—A mí tampoco —dijo Morales—.

Si se empiezan a juntar, esto cambia.

—Sí.

Morales miró a sus hijos, luego al perímetro del campamento.

—Y si cambian ellos, tenemos que cambiar nosotros también.

T-Dog asintió.

—Más vigilancia.

Menos descuidos.

Dale, sentado sobre uno de los troncos con una taza entre las manos, pensaba algo parecido, pero más profundo.

Lo que Glenn e Itachi estaban trayendo no era solo comida ni piezas ni medicinas.

Estaban trayendo evolución del riesgo.

Actualización constante del peligro.

Y eso, en una cantera llena de personas que dependían de rutina para no romperse, valía tanto como una caja de latas.

Desde el punto de vista de Daryl, las cosas eran más simples.

Los caminantes se movían juntos.

Bien.

Eso significaba más cuidado y más flechas.

Shane miraba demasiado a Itachi.

Bien.

Eso significaba problema.

Glenn lo sabía.

Itachi también.

Daryl no necesitaba teorizarlo mucho más para tener clara la amenaza.

Merle, por supuesto, pensaba de otra manera.

La idea de caminantes agrupándose le molestaba porque implicaba más dificultad.

La mirada de Shane sobre Itachi le molestaba por puro instinto territorial y sucio, porque aunque no tuviera derecho a nada, detestaba ver a otro hombre quedarse mirando lo mismo que él deseaba.

Y, en el fondo, le irritaba todavía más que ni Shane ni él parecieran importarle lo suficiente a la mujer como para ser algo más que molestias periféricas.

Lori, en cambio, vivía otra guerra.

Desde su punto de vista, todo era humillación acumulada.

La frase de Shane.

Las miradas de los demás notándolo.

La presencia de Itachi, siempre compuesta.

La devoción visible de Glenn.

La utilidad de ambos para el grupo.

La forma en que incluso las noticias más duras parecían llegar mejor dichas si salían de boca de ellos.

Y ahora también el miedo nuevo: manadas de caminantes.

Todo eso junto le dejaba dentro un nudo oscuro de resentimiento, uno que ya no sabía si iba dirigido solo hacia Itachi o también hacia Shane, hacia sí misma, hacia la forma en que el mundo la estaba dejando atrás.

Cuando Glenn e Itachi regresaron a la fogata después de haberse limpiado y de haber dejado el naranjo plantado dentro del RV, varias de esas conversaciones disminuyeron apenas, no porque ellos las interrumpieran directamente, sino porque su sola presencia reorganizaba la atención del campamento.

Glenn se sentó primero.

Itachi a su lado.

No demasiado cerca del fuego.

Lo suficiente para acompañar sin volverse el centro.

La gente seguía trabajando, organizando, comiendo o hablando, pero todos, de una u otra forma, seguían pensando en lo mismo.

En la carretera.

En los seis caminantes.

En la palabra manada.

Y en la certeza cada vez más incómoda de que el mundo afuera no se estaba quedando quieto para darles tiempo de adaptarse.

Y en medio de ese pensamiento colectivo, había otro, menos compartido pero igual de persistente: Itachi y Glenn seguían siendo el punto más estable de aquella cantera.

No porque controlaran el campamento.

Porque parecían controlar su propio centro.

Y eso hacía que muchos, aunque no lo admitieran, miraran hacia ellos cuando necesitaban medir cuánto miedo debían permitirse sentir.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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