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ojos carmesí - Capítulo 5

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5: Las primeras grietas.

5: Las primeras grietas.

Antes de comenzar a pintar, Glenn regresó un momento a su apartamento y volvió con una radio eléctrica de batería bajo el brazo.

No era grande.

No era elegante.

No era moderna.

Pero tenía esa clase de presencia útil, doméstica, confiable, de los objetos que parecen hechos para acompañar horas largas sin hacerse notar demasiado.

Glenn la sostuvo con una pequeña satisfacción práctica mientras cruzaba otra vez el pasillo y tocaba la puerta de Itachi.

Ella ya lo esperaba.

Abrió con la misma serenidad de siempre, impecable incluso en la luz tibia de la mañana, y sus ojos descendieron apenas hacia la radio antes de volver a su rostro.

—Traje esto —dijo Glenn, levantándola un poco—.

Pensé que… no sé.

Podríamos escuchar música.

O las noticias.

Lo que sea.

Así no se siente tan silencioso mientras pintamos.

Itachi la observó un segundo.

La idea era útil.

Más que útil.

La radio, en realidad, le permitiría escuchar en tiempo real cómo este mundo empezaba a narrar su propia caída sin comprenderla todavía del todo.

Qué palabras usarían.

Qué mentiras escogerían.

Cuánto tiempo intentarían llamar “incidentes aislados” a la muerte cuando ya se estuviera abriendo paso entre ciudades enteras.

—Está bien —dijo.

Glenn sonrió apenas, entrando con la radio en las manos como si acabara de aportar algo importante a la jornada.

Y para él, de hecho, sí lo era.

No solo porque haría más llevadero el trabajo.

También porque ese tipo de pequeñas colaboraciones, de detalles casi absurdamente normales, le daban una sensación que empezaba a crecer dentro de él sin permiso: la de estar construyendo algo con Itachi, aunque solo fueran paredes recién pintadas y una mañana compartida.

La conectó cerca de la cocina, ajustó la antena, giró el dial entre estática y voces recortadas, y al final dejó una estación que alternaba música suave con segmentos informativos locales y nacionales.

La radio empezó a llenar el apartamento con una vida sonora discreta.

Primero una canción cualquiera.

Luego la voz de un presentador hablando de tráfico, clima, política menor.

Después un bloque corto de noticias.

Mientras Glenn abría latas de pintura y mezclaba el contenido con una varilla, Itachi escuchó.

No solo con los oídos.

Con el mismo tipo de atención con la que había aprendido a detectar emboscadas.

“…autoridades sanitarias han pedido calma ante reportes de una enfermedad agresiva en distintos puntos del país…” “…no existe por el momento evidencia concluyente de contagio masivo…” “…algunos hospitales han reportado comportamientos erráticos en pacientes con fiebre alta…” “…videos en redes sociales, cuya autenticidad no ha podido verificarse…” “…se recomienda evitar el contacto con personas violentas o desorientadas…” “…las autoridades insisten en que se trata de incidentes aislados…” Glenn levantó un poco la cabeza al escuchar aquello.

No dejó de trabajar con la pintura, pero frunció levemente el ceño.

—Eso suena raro —murmuró.

Itachi, que ya estaba cubriendo con precisión los bordes donde no debía mancharse el marco, respondió sin variar el tono.

—Sí.

Glenn siguió oyendo.

La noticia pasó.

La estación volvió a la música.

Otra canción llenó la habitación.

El mundo pareció recuperar su estabilidad de inmediato, como siempre hacen las voces oficiales cuando quieren tapar una grieta antes de que el público la vea.

Pero Glenn no soltó del todo esa impresión.

Pacientes violentos.

Fiebre alta.

Videos no verificados.

Incidentes aislados.

No sabía exactamente por qué, pero la combinación de palabras se le quedó prendida en la cabeza con una incomodidad ligera, como una astilla demasiado pequeña para doler de verdad y demasiado real para ignorarla por completo.

Aun así, ese pensamiento quedó pronto en segundo plano.

Porque su primera realidad esa mañana seguía siendo Itachi.

La cercanía de ella.

La luz dorada sobre su cabello oscuro.

El modo en que se movía por el apartamento.

La imposibilidad de no mirarla.

Empezaron a pintar la sala.

Glenn tomó uno de los rodillos y comenzó por las superficies amplias.

Itachi, con una brocha más fina, trabajó las esquinas, los bordes, las zonas delicadas.

Los tonos que habían escogido eran cálidos, suaves, más luminosos de lo que el apartamento había sido hasta entonces.

No chillones, no alegres de una manera infantil.

Habitables.

Cómodos.

Colores que permitían que la luz se extendiera mejor por las habitaciones y que hacían parecer el espacio más amplio, más limpio, más vivo.

Y mientras avanzaban, Glenn descubrió algo que ya empezaba a parecerle un patrón inevitable: Itachi no perdía nada de su perfección ni siquiera en medio del trabajo físico.

No era racional.

No debería haber sido posible.

Estaban pintando.

Había rodillos, cubetas, bandejas, gotas inevitables, movimiento constante entre muebles corridos, cintas adhesivas, trapos, escalera.

Era el tipo de actividad que vuelve desordenadas incluso a las personas cuidadosas.

Que deja marcas en los dedos, en la ropa, en el cabello.

Glenn mismo, antes de la primera hora, ya tenía una línea de pintura cerca del nudillo, otra minúscula en el antebrazo y una salpicadura casi imperceptible junto a la muñeca.

Itachi, no.

O si llegaba a mancharse, la mancha parecía no durar.

Su precisión era absurda.

No rozaba donde no debía.

No desperdiciaba pintura.

No se inclinaba de forma torpe.

No retrocedía para corregir movimientos mal hechos.

Parecía haber calculado el espacio de cada brazo, la distancia de cada paso, el ángulo exacto de cada pasada del pincel antes incluso de hacerla.

Glenn la observó varias veces en silencio, y cada vez sentía lo mismo: no era solo hermosa.

Era hermosa de una forma que parecía organizada alrededor de una disciplina feroz.

Como si hasta la belleza en ella obedeciera un orden interno.

Itachi notó sus miradas.

No dijo nada.

Parte de su mente estaba en la pared.

Parte en la radio.

Parte en los clones.

Uno de ellos, a varias horas de distancia, acababa de vaciar otra tienda mayorista de productos médicos.

Otro cerraba la extracción total de combustible y repuestos automotrices en un corredor industrial.

Otro más, bajo el cielo gris de otro estado, sellaba bibliotecas escolares enteras y manuales de formación técnica en pergaminos numerados.

El flujo de información era constante, pero no invadía.

Ella lo sostenía con naturalidad perfecta, como si el peso de siete operaciones paralelas no fuera nada más que una vibración leve detrás de la conciencia.

Y, aun así, al mismo tiempo, respondía cuando Glenn hablaba.

—Creo que esto se va a ver mucho mejor de lo que pensé —dijo él, mirando una sección ya cubierta.

—Sí.

—Tú ya lo sabías.

—Lo suponía.

Glenn sonrió sin apartar la vista de la pared.

—Te gusta tener razón, ¿no?

—Me gusta prever resultados.

—Eso es una forma muy elegante de decir que sí.

Itachi deslizó la brocha a lo largo de una esquina con una línea perfecta.

—No es elegante.

Es exacto.

Glenn soltó una risa baja.

Y otra vez sintió ese pequeño calor interno que ya empezaba a asociar con ella.

No porque coqueteara.

No porque fuera abiertamente dulce.

Sino porque su forma de responder era tan singular, tan consistentemente ella misma, que terminaba creando una intimidad rara.

Glenn empezaba a anticipar sus contestaciones, y aun así seguía disfrutándolas cuando llegaban.

La radio cambió de canción.

Más tarde, volvió a las noticias.

Esta vez hablaban de un accidente múltiple en carretera provocado por “conductores desorientados”.

Después mencionaron “disturbios localizados” cerca de un hospital.

Una periodista, con voz tensa pero todavía medida, habló de una familia que afirmaba que un pariente fallecido había atacado a dos personas en una morgue, aunque las autoridades pedían “cautela ante versiones no confirmadas”.

Glenn detuvo el rodillo un segundo.

—Eso sí está raro —dijo, mirando hacia la radio como si pudiera obligarla a explicar mejor.

Itachi levantó apenas la vista.

—Sí.

—Quiero decir… la forma en que lo dicen.

Todo suena como si hubiera algo más y nadie quisiera decirlo.

Itachi guardó silencio un instante antes de responder.

—Las personas suelen esconder aquello que no comprenden.

Glenn la miró.

La frase quedó suspendida entre ambos un momento más de lo normal.

No sabía por qué, pero en boca de Itachi sonó menos como una opinión improvisada y más como una verdad ya probada muchas veces.

—Supongo que sí —dijo él al final.

Y aunque volvió a pintar, la noticia no se le fue del todo de la mente.

A lo largo del día regresaría varias veces, como un eco.

Pero nunca tanto como para desplazar el centro verdadero de su atención.

Porque el centro seguía siendo Itachi.

El sonido de su voz.

La visión de su perfil bajo la luz cálida.

La manera en que el negro de su ropa parecía absorber el brillo y devolverlo transformado.

El cabello oscuro recogido alto, impecable incluso con las horas avanzando.

La calma.

La eficiencia.

La sensación, cada vez más fuerte, de que estaba ante alguien extraordinario incluso aunque no supiera exactamente en qué sentido.

Pintaron la sala entera antes del mediodía.

Luego siguieron con el pasillo.

Los colores cambiaban el apartamento por completo.

Lo ensanchaban.

Le daban una claridad suave, una calidez silenciosa.

Donde antes había un espacio útil y neutro, ahora empezaba a aparecer algo más parecido a un hogar.

Glenn lo notaba incluso sin querer.

Cada pared terminada hacía que el apartamento de Itachi pareciera menos una mudanza reciente y más un sitio donde alguien realmente iba a vivir.

Y ese alguien era ella.

La idea tenía un peso extraño.

Porque cuanto más ese apartamento adquiría forma, más Glenn sentía que Itachi se volvía real de una manera distinta.

Ya no solo la mujer hermosa y misteriosa del pasillo.

Ya no solo la vecina nueva.

Era Itachi en un espacio propio.

Itachi eligiendo tonos.

Itachi ordenando una sala.

Itachi preparando café.

Itachi escuchando noticias.

Itachi en cosas pequeñas, repetidas, humanas.

Y esa versión le llegaba más hondo de lo que esperaba.

Almorzaron rápido, tal como ella había decidido.

Itachi cocinó algo sencillo y eficiente, pero bien hecho.

Sándwiches calientes, huevos, fruta cortada, café de nuevo.

Nada elaborado.

Nada aparatoso.

Lo suficiente para reponer energía sin romper el ritmo del trabajo.

Glenn se sentó frente a la pequeña mesa sintiendo otra vez aquella extraña sensación de privilegio íntimo, como si aceptar comida preparada por Itachi fuera mucho más importante de lo que racionalmente debería ser.

Hablaron mientras comían.

Más él que ella.

Glenn empezó a contarle anécdotas más largas, ya no solo útiles o casuales, sino personales en el sentido pequeño de la palabra.

Cosas de su familia.

De cómo había sido crecer entre expectativas distintas, entre culturas que se tocaban y a veces no se entendían del todo.

Habló de comida, de acentos, de ciertas bromas familiares, de la manera en que uno podía sentirse dentro y fuera de un sitio al mismo tiempo.

Itachi escuchó.

Y cuanto más escuchaba, más comprendía que Glenn no era solo amable.

Era permeable.

Todavía tenía una parte interior que el mundo no le había arrancado.

Una capacidad de hablar del pasado sin cinismo, de recordar sin endurecer cada recuerdo, de reconocer cariño sin disfrazarlo de ironía.

Eso lo volvía, pensó ella, valioso de una manera poco común.

Glenn, mientras tanto, sentía que hablarle a Itachi era extrañamente fácil.

No porque ella facilitara la conversación con entusiasmo visible.

No.

Seguía siendo reservada.

Analítica.

Económica con las palabras.

Pero cuando preguntaba algo, o cuando simplemente lo miraba mientras hablaba, él tenía la impresión de que cada una de sus respuestas era recibida de verdad.

No caían al vacío.

No rebotaban en distracción.

Llegaban a un lugar en ella que las tomaba en serio.

Eso lo hizo querer mostrarle más.

No todo.

Todavía no.

Pero más.

—A veces siento que la gente me ve como alguien útil, rápido, confiable, pero… no necesariamente como alguien importante —dijo en un momento, sorprendiéndose a sí mismo por haberlo formulado en voz alta.

Itachi alzó la vista hacia él.

No respondió enseguida.

Glenn, al notar lo que había dicho, se rió un poco, como queriendo corregirse.

—Suena más dramático de lo que quería.

—No —dijo Itachi—.

Suena preciso.

Él la miró.

Ella dejó la taza sobre la mesa.

—Hay personas de las que otros dependen sin comprender completamente su valor hasta que faltan.

Glenn permaneció quieto.

La frase le tocó algo por dentro con una suavidad casi incómoda.

Porque no había consuelo excesivo en ella.

No había exageración.

Solo reconocimiento.

Y, extrañamente, eso hizo más efecto.

—Eres rara —dijo con una sonrisa baja, más cálida que burlona.

—Sí.

—Pero en el buen sentido.

Itachi no respondió, pero su mirada se suavizó apenas.

Glenn sintió el cambio y algo dentro de él se tensó de forma dulce y peligrosa al mismo tiempo.

Lo que sentía por Itachi estaba creciendo.

Ya no podía fingir que era solo curiosidad.

Había empezado así, sí.

Como curiosidad.

Como fascinación.

Como deseo de entender a alguien que parecía salir de otra lógica.

Pero ya no era solo eso.

Había una atracción evidente, imposible de negar, por su belleza y por la fuerza silenciosa que desprendía.

Había admiración.

Había interés constante.

Había ganas de volver a verla incluso cuando acababa de verla.

Había una inclinación casi involuntaria a registrar dónde estaba dentro del cuarto, qué estaba haciendo, si estaba cómoda, qué pensaba.

Y, por debajo de todo eso, empezaba a aparecer algo más delicado, más hondo y más inquietante: la sensación de que su día mejoraba radicalmente solo porque ella estaba dentro de él.

Eso, Glenn lo entendió mientras la veía levantarse después del almuerzo, recoger platos y dejarlos limpios con movimientos serenos, precisos, hermosos en una forma que a él ya le parecía insoportablemente injusta.

Creo que me estoy metiendo en problemas, pensó.

Pero no había verdadero miedo en la idea.

Solo la conciencia creciente de que ya estaba demasiado dentro como para fingir indiferencia.

La tarde avanzó.

Terminaron el pasillo.

Luego el baño.

Mientras Glenn seguía pintando, Itachi armó muebles.

No era necesario que lo hiciera ella.

Habría podido dejarlo para después.

Pero el ritmo más eficiente era claro: él cubriría superficies amplias mientras ella organizaba el apartamento de forma simultánea.

Así, mientras las paredes cambiaban, también cambiaba el espacio mismo.

La sala empezó a adquirir una estética ordenada, sobria, cálida.

El sofá quedó en el ángulo correcto.

La mesa baja fue centrada con precisión.

Una lámpara en un punto donde la luz sería útil por la noche.

La cocina empezó a verse menos temporal y más estable.

Utensilios guardados.

Tazas en su sitio.

Paños.

Frutero.

Dos detalles discretos que no parecían decorativos porque sí, sino porque completaban la armonía del lugar.

Glenn la veía ir y venir mientras pintaba, y esa visión se le quedó dentro con una fuerza rara.

Itachi montando muebles.

Itachi ajustando distancias.

Itachi haciendo de ese apartamento un lugar habitable.

Había algo casi insoportablemente íntimo en observar a una persona construirse un espacio propio.

Y había algo todavía más intenso en que esa persona fuera ella.

La radio siguió sonando durante toda la tarde.

Entre canciones, los segmentos informativos se volvieron levemente más tensos.

Más evasivos también.

Hablaron de “cuadros infecciosos inusuales”.

De “incremento de violencia en ciertas salas de emergencia”.

De cierres parciales en algunos condados “por razones de seguridad”.

De presencia policial reforzada.

De disturbios.

De rumores en redes que estaban siendo desmentidos sin demasiado detalle.

Glenn comentó un par de veces.

—Eso no me gusta nada.

Más tarde: —Ya son demasiadas coincidencias para que sigan llamándolo casos aislados.

Y luego, en un silencio más largo: —Siento que algo está raro de verdad.

Itachi lo escuchó.

Sabía que estaba comenzando.

No el colapso completo.

Todavía no.

Pero sí la enfermedad del lenguaje.

La fase en que el mundo se miente a sí mismo porque aceptar la verdad implicaría aceptar que todo lo demás dejará de funcionar.

Las autoridades todavía intentaban contener no solo la infección, sino el significado.

Porque una cosa era decir “hay violencia”.

Otra muy distinta era decir “los muertos se levantan”.

El segundo enunciado no podía convivir con la normalidad.

Lo destruía en el acto.

Por eso mentían.

Por eso suavizaban.

Por eso retrasaban el pánico con frases huecas.

Cuando la noche llegó, el apartamento estaba transformado.

No terminado por completo, pero sí muy cambiado.

La sala respiraba orden.

El pasillo tenía luz nueva.

El baño ya no parecía viejo.

La cocina estaba puesta en su sitio.

El espacio entero empezaba a parecerse a algo sólido, cálido, real.

Glenn se apartó un poco, observó el resultado y dejó escapar aire.

—Se ve… muy bien.

Itachi también miró alrededor.

—Sí.

—No, de verdad.

Mucho mejor de lo que esperaba.

Ella lo miró de reojo.

—Lo dijiste antes.

—Sí, pero ahora tengo razón completa.

Esa vez, sí, Itachi dejó que una sombra brevísima de sonrisa rozara su boca.

Glenn la vio.

Y sintió esa pequeña descarga interna otra vez, como si ya se estuviera volviendo dependiente de instantes así.

Se despidieron más tarde que el día anterior.

No porque hubiera una razón práctica real, sino porque ninguno pareció apresurarse a cerrar la jornada.

Glenn recogió sus cosas.

La radio.

Una brocha que había traído.

Su camiseta tenía manchas nuevas.

Estaba cansado de un modo agradable.

Al salir al pasillo, la luz artificial del edificio le pareció de pronto más fría que el apartamento de Itachi.

—Entonces… nos vemos mañana —dijo.

—Sí —respondió ella.

Él sostuvo su mirada un segundo más.

—Buenas noches, Itachi.

—Buenas noches, Glenn.

Cruzó a su apartamento.

Esta vez no sonrió de inmediato al cerrar la puerta.

Primero se quedó quieto, procesando la noche.

Después encendió la televisión.

No lo hizo porque quisiera distraerse, exactamente.

Más bien porque la radio le había dejado una incomodidad residual que seguía allí, detrás de todo lo demás.

Como una idea esperando ser alimentada.

Se dejó caer en el sofá, tomó el control, cambió de canal.

Noticias.

Imágenes.

Presentadores con expresiones tensas.

Y ahora lo que había sonado raro en la radio empezó a verse peor en la pantalla.

Un tramo de carretera cortado.

Ambulancias.

Policía.

Un video lejano, de mala calidad, donde una figura se levantaba de un cuerpo tendido y se abalanzaba contra alguien antes de que la transmisión fuera cortada.

Un hospital evacuando parcialmente.

Reportes de “disturbios agresivos”.

Autoridades pidiendo calma.

Un gobernador hablando de protocolos.

Expertos sin respuestas claras.

Palabras elegidas con demasiado cuidado.

Demasiado control.

Glenn subió un poco el volumen.

Sintió un frío sutil en la espalda.

No era todavía terror.

Era preocupación.

Una preocupación auténtica, creciente, que por fin logró avanzar al frente de su mente por encima incluso de Itachi, aunque no la desplazó del todo.

Porque, de hecho, una de las primeras cosas que pensó al ver las noticias fue en ella.

¿Habrá visto esto?

Claro que sí.

Está justo enfrente.

Si algo de esto empeora… Y esa última idea fue la que terminó de cambiar la noche.

Si algo de eso empeoraba, Glenn no pensó primero en sí mismo.

Pensó en Itachi.

En que estaba sola.

En que era nueva en la ciudad.

En que quizá no conocía aún bien el área.

En que, si aquellas noticias escondían algo grave de verdad, él querría saber que estaba bien.

La realización fue tan inmediata que ni siquiera necesitó desarrollarla más.

Itachi ya ocupaba ese lugar dentro de sus prioridades.

Ya se había movido allí.

Ya importaba.

Al otro lado del pasillo, Itachi estaba en silencio.

Había limpiado las últimas huellas del día.

Había dejado todo dispuesto.

Había guardado mentalmente la distribución final del apartamento y revisado, a través de sus clones, el estado de las operaciones más lejanas.

El mundo comenzaba a inclinarse.

Lo sentía en la información.

En las transmisiones.

En los nervios colectivos apenas visibles.

En la mentira oficial.

En el modo en que el miedo todavía no tenía nombre correcto, pero ya estaba naciendo.

Ella ya sabía.

Sabía que estaba comenzando todo.

No el fin completo, no todavía, pero sí el primer desprendimiento de la máscara.

Pronto las noticias dejarían de poder contenerlo.

Pronto los hospitales colapsarían.

Pronto las autoridades perderían el lenguaje y después el control.

Pronto Atlanta dejaría de ser ciudad para convertirse en una trampa.

Itachi se acercó a una ventana y observó las luces nocturnas.

Cinco días.

Tal vez menos para que la verdad dejara de poder esconderse.

Y, sin embargo, dentro de esa certeza no sintió ansiedad.

Sintió preparación.

Porque esta vez no llegaría tarde.

Esta vez no observaría el desastre desde afuera.

Esta vez Glenn Rhee no sería arrastrado solo por el mundo hasta donde el destino original lo llevaba.

Ahora ella estaba allí.

Y mientras en el apartamento vecino Glenn seguía viendo las noticias con el ceño fruncido, cada vez más inquieto, pensando en lo extraño que se sentía el país, la ciudad, el tono de las voces, la sensación de algo inminente, Itachi cerró los ojos un instante y dejó que una sola conclusión ordenara todo lo demás: El tiempo se estaba acabando.

La misión, en cambio, avanzaba exactamente como debía.

Sin fallar

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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