ojos carmesí - Capítulo 41
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41: Tú y yo 41: Tú y yo La noche se hizo más densa dentro de la cantera de una forma lenta, casi inevitable, como si la oscuridad no descendiera de golpe, sino que se filtrara entre los árboles, entre las carpas, entre los silencios que iba dejando el cansancio en cada cuerpo.
El fuego de la fogata, que durante el día había sido solo un punto útil alrededor del cual se cocinaba, se calentaba agua o se dejaban caer comentarios, volvía ahora a ser el centro del campamento.
La gente se acercaba a él por necesidad.
Por costumbre.
Por miedo.
Por simple deseo de no sentirse sola cuando el mundo desaparecía más allá del borde de las llamas.
Jaqui se acercó con la caja de provisiones que les correspondía a Glenn e Itachi.
La había llenado con la misma precisión práctica de siempre, repartiendo lo traído durante el día de la forma más equitativa posible.
Itachi la recibió primero.
La abrió.
Observó el contenido.
Calculó rápido.
Asintió.
Glenn la tomó entonces y la dejó a un lado, sobre el tronco donde estaban sentados.
Itachi se recostó suave sobre Glenn.
No en su regazo esta vez, sino apoyándose contra su pecho, encajando el cuerpo en esa zona donde ya parecía pertenecer.
Glenn la abrazó hacia sí de inmediato, con una naturalidad tan asentada que ya ni siquiera necesitaba pensarlo.
La caja quedó a un lado.
El fuego delante.
La gente alrededor.
El mundo roto más allá de la cantera.
Y ellos dos, otra vez, juntos en medio de todo.
A su alrededor el campamento hablaba.
No de cosas pequeñas esa noche.
No solo del cansancio, de la cena o del frío.
Hablaban de riesgo.
De organización.
De lo que habían dicho Glenn e Itachi sobre los caminantes moviéndose juntos.
De lo que eso significaba.
De la posibilidad de más turnos de vigilancia.
De adentrarse más en el bosque.
De ampliar el radio de observación.
De desgastar más cuerpos.
De perder más sueño.
De vivir todavía más tensos.
Morales fue uno de los que más hablaba, no porque quisiera imponerse, sino porque en él la preocupación tenía forma de responsabilidad.
Pensaba en su familia, en los niños, en la posibilidad de que una noche cualquiera los encontrara desprevenidos.
—Si se mueven en grupos —decía—, entonces necesitamos más vigilancia.
Más alcance.
No basta con quedarnos viendo solo la entrada de la cantera.
T-Dog asintió desde el otro lado del fuego.
—Sí.
Más profundidad.
Más ojos puestos afuera.
Amy fruncía el ceño.
Andrea escuchaba con los brazos cruzados, pensando más en consecuencias que en palabras.
Carol apretaba apenas una manta contra sí, sintiendo el peso de la idea.
Daryl permanecía un poco aparte, pero atento.
Y Glenn e Itachi, aunque estaban en susurros el uno con el otro, escuchaban todo.
Cuando Morales dijo que tendrían que hacer más turnos, internarse más en el bosque y abarcar más perímetro, Itachi habló apenas, sin levantar la voz, casi como si el pensamiento se le hubiera escapado por pura lógica: —Es ineficiente.
La palabra bastó para hacer que varias cabezas se giraran.
Morales volvió el rostro hacia ella.
—Pero necesitamos más vigilancia.
Necesitamos más alcance.
Itachi lo miró un segundo.
No respondió con una explicación larga.
No todavía.
Se inclinó apenas hacia el suelo, tomó una pequeña piedra, del tamaño de una uña, que estaba cerca del tronco.
Luego vio una lata vacía junto a Morales, una de las que había estado usando para comer.
Sin moverse de donde estaba, lanzó la piedra con los dedos.
El sonido estalló en la quietud de la noche.
¡Tang!
La lata vibró y rodó un poco, el metal repiqueteando con un ruido claro, seco, imposible de ignorar.
Itachi volvió a apoyar la cabeza contra Glenn y dijo: —Ahí tienes tu alcance.
Glenn parpadeó.
Luego entendió.
La comprensión le iluminó el rostro de inmediato.
—¿Alarmas?
—dijo, ya mirando a Itachi con esa mezcla suya de fascinación y cariño absoluto—.
Mi amor, eres un genio.
Itachi volvió apenas los ojos hacia él.
Alzó una ceja.
Una sonrisa mínima, casi invisible para cualquiera que no fuera Glenn, apareció apenas en la comisura de su boca.
Glenn la vio.
Y solo por eso sonrió más.
Andrea frunció el ceño con interés real.
—No lo entiendo.
Fue Glenn quien lo explicó.
—Llevamos días consumiendo alimentos en latas.
Tenemos latas acumuladas en aquel montón —dijo, señalando la zona donde habían designado poner basura y donde el metal vacío se iba amontonando—.
Podemos usarlas como sistema de alarma.
Amy alzó la vista.
—¿Cómo funciona eso?
Itachi habló esta vez.
Su voz salió serena, simple, didáctica.
—Las cuelgas de una soga, de un hilo grueso o de una cuerda y formas un perímetro.
No tan cerca.
Lo suficientemente lejos para escucharlas y tener tiempo de reaccionar.
Las cuelgas de árbol en árbol, rodeando, a diferentes niveles: alto, medio y bajo.
Si suenan, es porque hay movimiento.
Caminantes o personas.
Hubo un silencio corto.
Ella siguió.
—Así no necesitas internarte en el bosque.
Las patrullas pueden ser en punto fijo.
Menos desgaste.
Menos riesgo de encontrarte con un caminante en la espesura.
La reacción alrededor del fuego fue inmediata, pero no explosiva.
Fue contemplativa.
Analítica.
Las personas pensaban.
Imaginaban las latas colgando.
El perímetro.
Los niveles.
El sonido.
La distancia correcta.
Lo práctico de la idea.
La razón que tenía.
T-Dog fue el primero en asentir con fuerza.
—Eso sí tiene sentido.
Morales dejó salir el aire, visiblemente aliviado de encontrar una alternativa menos agotadora.
—Podríamos rodear todo el borde exterior de la cantera.
Andrea ya estaba pensando en distribución.
—No solo la entrada principal.
También el lado del bosque.
Y la subida.
Amy murmuró: —Y donde las ramas están más bajas.
Carol dijo en voz baja, casi para sí: —Así sabríamos antes si algo se acerca.
Daryl habló entonces, con la vista todavía puesta en el fuego.
—Las cuerdas tienen que quedar tensas.
Si no, no suenan bien.
Todos lo escucharon.
Porque cuando Daryl hablaba, no desperdiciaba palabras.
Morales asintió.
—Sí.
Y no demasiado separadas.
—Ni demasiado juntas —añadió Andrea.
Amy ya se imaginaba el trabajo del día siguiente.
—Podríamos hacerlo mañana por la tarde.
—Mañana no —dijo T-Dog—.
Primero hay que recoger todas las latas.
Separar las que sirvan.
Hacer agujeros.
Buscar buena cuerda.
La conversación siguió así, creciendo sobre la idea que Itachi había dejado caer como una piedra contra metal.
Mientras el campamento se concentraba en eso, Itachi dejó de prestar atención.
O al menos eso parecía.
Volvió a su pequeño mundo con Glenn.
La mano de ella fue a posarse apenas sobre la pierna de Glenn.
Apretó un poco.
Nada brusco.
Nada teatral.
Solo lo suficiente para llamar su atención completamente hacia ella.
—Mañana es nuestro día libre —murmuró Glenn.
Itachi asintió, todavía recostada en él.
—Sí.
—No tenemos que salir por provisiones.
La mano de Itachi volvió a apretar apenas.
—Duerme hasta tarde —dijo—.
Mañana tú y yo.
Glenn sonrió con una ternura que le aflojó el pecho.
Bajó el rostro y le besó la frente con cariño.
—Me gusta esa idea.
Y mientras el grupo seguía hablando de cuerdas, latas, árboles, perímetros y turnos, ellos dos planearon su mañana en susurros.
Lavar ropa.
Limpiar la autocaravana.
Sacudir los muebles.
Quitar el polvo.
Revisar el vagón.
Darles de comer a los animales.
Ver cómo estaba el naranjo.
Tal vez cocinar algo sencillo.
Tal vez leer.
Tal vez, simplemente, no hacer nada que implicara salir a matar.
Más de una persona los observó por el rabillo del ojo.
Porque a pesar del tema práctico que ahora dominaba al campamento, era imposible no registrar la intimidad que se formaba entre ellos incluso en medio de un grupo.
Glenn inclinándose apenas hacia Itachi para hablarle al oído.
Itachi respondiendo sin alzar la voz.
Sus cuerpos acomodados el uno al otro como si aquello ya no requiriera esfuerzo ni conciencia.
Fue entonces cuando Itachi, sin romper del todo su recostarse en Glenn, alzó apenas el rostro y besó suavemente la mandíbula de él.
El gesto fue pequeño.
Breve.
Pero visible.
Lo bastante visible como para que más de uno lo notara.
Luego murmuró: —Vamos a dormir, mi amor.
Glenn asintió, sonriendo con esa alegría completamente incapaz de esconderse cuando venía de ella.
Se levantaron.
Glenn tomó la caja de suministros.
Itachi se puso de pie a su lado.
Dieron las buenas noches con mínimos gestos a quienes estaban cerca.
Dale los vio irse con una sonrisa tenue.
Amy también.
Andrea siguió pensando mientras los veía alejarse.
Carol sintió una punzada rara y dulce, mezcla de paz ajena y anhelo.
Shane los observó marcharse con la mandíbula un poco más tensa.
Lori también, con una amargura encerrada detrás de los labios.
Daryl apenas los siguió con la vista y volvió luego a la fogata.
Glenn e Itachi se dirigieron a la autocaravana.
Abrieron.
Entraron.
Cerraron la puerta.
Enllavaron.
Encendieron las luces.
Y otra vez, apenas cruzado el umbral, el mundo exterior quedó lejos.
Entre ambos ordenaron los suministros con la eficiencia tranquila de siempre.
Glenn abría la caja, Itachi separaba, él guardaba, ella reorganizaba, y al final la caja quedó vacía de nuevo junto a la puerta.
Ninguno tenía hambre.
Ya habían comido suficiente antes.
No calentaron nada.
No cenaron.
El cansancio de la jornada, sumado al calor del RV y a la promesa de una mañana libre, parecía haberlos vuelto más deseo de descanso que de comida.
Se pusieron sus pijamas.
La camisa de algodón y el pantalón de chándal volvieron a Glenn.
El camisón de seda negra y la bata ligera volvieron a Itachi.
Apagaron las luces principales.
Entraron a la habitación.
Y allí, en la penumbra suave del cuarto, Itachi no esperó.
No esperó a que Glenn la mirara pidiendo permiso.
No esperó a que él dudara.
No esperó a que el silencio se estirara.
Simplemente se acercó.
Lo abrazó.
Y Glenn, que aún seguía sorprendiendo de felicidad cada vez que ella tomaba la iniciativa, la rodeó con los brazos inmediatamente, sonriendo con una dicha tan abierta que por un instante parecía más joven aún.
Itachi se separó apenas lo suficiente para tomar el rostro de Glenn entre sus manos.
Lo sostuvo.
Lo miró a los ojos.
Y lo besó.
No en los labios.
No todavía.
Besó su frente.
Luego su nariz.
Luego el mentón.
Luego una mejilla.
Luego la otra.
Besos pequeños.
Suaves.
Íntimos.
Con una lentitud que a Glenn le hacía latir el corazón como loco, al punto de sentirlo casi ridículo dentro del pecho.
La euforia lo atravesó entera.
Cada gesto de ella le parecía una revelación nueva.
Después Itachi volvió a acomodarse contra él.
Y dijo, con una claridad baja, firme, imposible de malinterpretar: —Tú y yo, Glenn.
Él entendió de inmediato.
Entendió a qué se refería.
A sus reacciones del día.
A la molestia que había sentido con Shane.
A la rabia silenciosa ante las miradas de Merle.
A la repulsión frente a Ed.
A sus celos, que no eran racionales del todo, pero sí verdaderos.
Glenn la abrazó más fuerte.
Porque comprendía también algo más: para Itachi no había nadie más.
No en el sentido en que el campamento lo imaginaba.
No en el sentido en que Shane deseaba, Merle miraba o Ed resentía.
Solo él.
Aunque el matrimonio hubiera empezado siendo mentira.
Aunque muchas cosas se hubieran construido bajo una misión.
Esa mentira, poco a poco, se estaba volviendo más real que cualquier verdad que ambos hubieran dicho antes.
Glenn besó la frente de Itachi.
—Lo sé, mi amor.
Y así se durmieron.
Abrazados.
Afuera, en el campamento, seguían hablando sobre el sistema de alarma de latas.
Desde el punto de vista de Morales, la idea había sido como un alivio duro y práctico.
No eliminaba el miedo.
No resolvía el peligro.
Pero le daba forma.
Le daba método.
Le permitía pensar en proteger mejor a su familia sin enviar a la gente a perderse entre los árboles cada noche.
T-Dog ya estaba calculando mentalmente el trabajo.
Necesitarían cuerdas.
Muchas latas.
Agujeros limpios.
Niveles distintos.
Rutas de revisión.
Puntos ciegos.
Lo veía como algo posible.
Como algo que exigiría trabajo, sí, pero un trabajo inteligente, no suicida.
Andrea pensaba en el valor estratégico de la idea.
Le impresionaba cada vez más que Itachi fuera capaz de escuchar una conversación durante apenas unos segundos, detectar el fallo central de una propuesta y resolverlo con algo tan simple y tan eficaz.
Y esa capacidad, Andrea lo sabía, era poder.
No el poder ruidoso de quien manda.
El poder quieto de quien ve primero.
Amy sentía alivio.
No porque el miedo se fuera, sino porque el miedo ahora tenía una respuesta concreta.
También pensaba en Glenn e Itachi, en cómo se habían ido, en cómo parecían encontrar calor el uno en el otro incluso después de un día duro.
Y una parte de ella seguía aferrándose a esa imagen porque la ayudaba a no sentir que todo estaba completamente podrido.
Carol pensaba en la fogata, en las latas colgando de los árboles, en Sofía dormida más segura si el sistema funcionaba.
Y también pensaba en Itachi, en esa manera extraña y reservada de cuidar.
En que no todas las personas amables eran cálidas de la misma forma.
Algunas eran simplemente exactas.
Dale, por su parte, veía la noche con una mezcla de cansancio y gratitud.
Había personas en el mundo anterior que no valían ni la mitad de lo que Glenn e Itachi parecían valer ahora, cuando todo lo superficial había sido arrancado de golpe.
Pensó, mientras removía el café frío que aún le quedaba en la taza, que ambos eran jóvenes para cargar tanto.
Y, aun así, ahí estaban: construyendo, trayendo, pensando, cuidando.
Daryl veía eficiencia.
Nada más y nada menos.
Las latas servirían.
El perímetro cambiaría.
Menos idiotas metiéndose al bosque a oscuras.
Eso ya era una ganancia.
Merle, en cambio, seguía irritado.
La idea de las latas le parecía útil, sí, pero lo irritaba que hubiera salido de ella.
Todo lo que Itachi hacía parecía reforzar su lugar dentro del grupo, incluso sin quererlo.
Eso lo molestaba.
Lo excitaba.
Lo enfurecía.
Shane permanecía en una lucha interna más silenciosa y más peligrosa.
Por un lado, no podía negar que la idea de las latas era brillante y que la cantera estaría más segura con algo así.
Por otro, le costaba todavía digerir que la voz que había organizado el problema y la solución fuera la de ella, y que luego ella se hubiera ido con Glenn, recostándose en él, besándole la mandíbula, llamándolo mi amor como si el resto del mundo no existiera.
Shane quería convencerse de que podía contener lo que sentía.
Pero cada noche era más evidente que no estaba haciendo un buen trabajo.
Y Lori… Lori escuchaba todo.
La utilidad de Itachi.
La admiración de la gente.
La forma en que Shane no lograba apartar del todo la atención de esa mujer.
La forma en que Glenn la defendía y la sostenía como si fuera lo único fijo en el mundo.
Y se sentía, otra vez, empequeñecida.
No porque nadie la atacara directamente esa noche.
Porque cada gesto de ellos parecía dejarla más al margen.
La cantera siguió hablando un rato más.
De latas.
De cuerdas.
De niveles.
De quién ayudaría.
De qué hacer por la mañana.
Hasta que la noche se volvió demasiado espesa y el cansancio demasiado concreto.
Y uno a uno fueron retirándose.
Pero la idea quedó.
La imagen de las latas sonando en la oscuridad quedó.
Y también quedó, para casi todos, otra certeza silenciosa: que mientras el grupo aún intentaba descubrir cómo sobrevivir, Glenn e Itachi ya estaban aprendiendo a vivir dentro de la supervivencia.
Y eso los hacía distintos.
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