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ojos carmesí - Capítulo 42

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  3. Capítulo 42 - 42 El primer beso pequeño
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42: El primer beso pequeño 42: El primer beso pequeño La mañana arribó a la cantera con una claridad suave, limpia, todavía envuelta en el último resto del frío que deja la noche cuando se retira del todo.

En las carpas, en las mantas y en las autocaravanas ajenas, el despertar venía acompañado de rigidez, de huesos resentidos, de músculos dormidos a medias y de ese cansancio que ya se estaba volviendo rutina dentro del campamento.

Pero dentro del RV de Glenn e Itachi, la mañana tenía otro ritmo.

Itachi estaba despierta desde hacía rato.

Y, sin embargo, no se movía.

Seguía enterrada entre los brazos de Glenn, sostenida por el calor de su cuerpo, por la firmeza tranquila con que él la abrazaba incluso dormido, como si su cuerpo se negara a soltarla aunque la conciencia todavía no hubiera regresado del todo.

El rostro de Itachi descansaba cerca del pecho de Glenn, una de sus manos atrapada entre ambos, la otra libre sobre la sábana.

Permanecía quieta, no por indecisión, sino porque estaba pensando.

Analizaba.

Como siempre.

Pero esta vez no era una ruta, ni un perímetro, ni un recurso, ni una amenaza.

Era él.

Era Glenn.

Era la forma en que sus sentimientos habían ido cambiando sin que ella los hubiera nombrado del todo.

Antes no había tenido la oportunidad real de querer.

Antes no había tenido tiempo para amar ni espacio para reconocer el afecto como algo legítimo dentro de su propia vida.

Había sido hija, soldado, prodigio, arma, espía, hermano mayor, verdugo, sombra, mártir.

Todo eso.

Pero no esto.

No esto que le nacía ahora con una suavidad extraña, a veces desconcertante, a veces inevitable, hacia el hombre que dormía abrazándola con una devoción silenciosa y total.

Itachi comprendía ya la profundidad de los sentimientos de Glenn.

No porque él los hubiera dicho con palabras claras.

No lo había hecho todavía.

Pero no hacía falta.

Ella lo veía en la forma en que la miraba, en cómo la tocaba, en cómo se relajaba cuando la tenía cerca, en cómo respiraba distinto cuando ella se acercaba primero, en cómo le besaba la frente, el hombro, la mano, como si esas pequeñas reverencias fueran su manera más pura de decirle lo que todavía no sabía cómo pronunciar en voz alta.

Glenn la amaba.

Itachi lo sabía.

Y Glenn, aunque no lo dijera todavía, también lo sabía.

Se había quedado claro para ambos.

Itachi veía a Glenn y lo encontraba tan transparente que a veces le parecía casi imposible que un hombre pudiera amar de esa forma sin ocultarse detrás de capas, estrategias, orgullo o miedo.

Glenn tenía miedo, sí.

Celos también.

Dudas a veces.

Pero cuando se trataba de ella, todo acababa viéndose en su rostro, en el cuerpo, en los ojos.

Y a Itachi, cada día más, eso dejaba de parecerle una debilidad para volverse algo precioso.

Cuando Glenn despertó, no lo hizo de golpe.

Primero el cuerpo entendió que seguía abrazándola.

Luego la conciencia subió poco a poco.

Después abrió los ojos.

Y allí estaba ella.

Aún en sus brazos.

Observándolo.

El rostro de Glenn se suavizó enseguida con esa expresión suya que Itachi ya podía reconocer antes de que naciera del todo.

—Buenos días —murmuró.

—Buenos días —respondió ella.

No se apartaron enseguida.

Se quedaron así un momento más.

Solo en compañía del otro.

Dejando que el calor compartido se impusiera un poco más al mundo exterior.

Finalmente se levantaron.

Y como ya empezaba a ser costumbre, trabajaron juntos en el vagón.

Allí dentro, el pequeño mundo que habían creado seguía creciendo, respondiendo, volviéndose más fértil a cada día.

Glenn atendió primero a los cuyos, a los conejos, a los gallos y a las gallinas.

Cambió agua, revisó alimento, limpió donde hacía falta.

Itachi se movía entre los cultivos, observando hojas, humedad, estado de la tierra, crecimiento, firmeza.

El vagón olía a tierra viva, a verduras frescas, a madera, a animales, a trabajo bien hecho.

Fue entonces cuando Itachi se detuvo delante de una de las conejeras.

Observó a una de las conejas.

Después metió la mano dentro, la tomó en brazos con suavidad y colocó una mano sobre su vientre.

Cerró los ojos.

Sintió.

La energía.

El cuerpo.

El cambio.

Abrió los ojos otra vez y miró a Glenn.

—Está encinta —dijo.

Glenn sonrió de inmediato.

La noticia, pequeña para cualquier otro mundo, ahí dentro era una victoria real.

—Ya está empezando a proliferar todo esto.

Itachi asintió.

—Sí.

Porque ese era el punto del vagón.

Los animales para reproducirse.

Las verduras y las frutas para nutrir.

La autosuficiencia creciendo de forma orgánica, casi hermosa, detrás de una autocaravana escondida dentro del fin del mundo.

Mientras seguían con el cuidado de las aves, encontraron tres huevos.

Glenn los tomó con muchísimo cuidado y los puso en la cesta de mimbre junto con algunos tomates, un pepino y una zanahoria que habían cosechado esa mañana.

El gesto, simple y doméstico, hizo que por un segundo el vagón pareciera no un escondite de supervivencia, sino el pequeño granero de una casa perdida en el campo.

Cuando terminaron dentro del vagón, Itachi llevó la cesta a la cocina.

Glenn la siguió.

Ella cortó los vegetales y preparó los huevos.

Glenn hizo el café.

Luego se sentaron a desayunar con la música de fondo sonando suave dentro de la autocaravana.

Fue Glenn quien habló primero, con una calidez serena en la voz.

—Hoy es un buen día.

Itachi alzó la vista hacia él.

Y Glenn añadió: —Un día para que pasemos juntos.

Itachi lo observó.

Y sonrió.

Solo para él.

Suave.

Pequeño.

Pero suficiente para que el pecho de Glenn se llenara de una felicidad casi absurda.

Desayunaron tranquilos.

Después limpiaron los trastos.

Lavaron lo usado.

Ordenaron la cocina.

Y la mañana siguió desplegándose dentro del RV con una paz casi sagrada.

Glenn sacudía los muebles con un trapo, quitando el polvo fino que se acumulaba sin querer sobre las superficies, sobre los estantes, sobre los pequeños marcos y sobre la mesa.

Itachi, por su parte, barría el piso de la autocaravana con una pequeña escoba de mimbre, recogiendo las partículas mínimas de tierra que siempre se filtraban al entrar y salir.

Luego pasó un trapo húmedo por el piso.

Todo lo hacía con esa eficiencia limpia que ya le era natural.

Afuera, en cambio, la cantera trabajaba en otra cosa.

Desde el punto de vista del campamento, la mañana estaba ocupada por la nueva preocupación: el sistema de alarmas con latas.

Las conversaciones de la noche anterior habían dado paso al trabajo real.

Morales, T-Dog, Andrea y algunos más recogían latas vacías del montón designado.

Daryl había señalado qué cuerdas servirían mejor, cuáles no.

Amy y Jaqui separaban las que todavía conservaban buena forma.

Algunos hacían agujeros.

Otros medían distancias.

Carol observaba desde cerca, ayudando con las cosas pequeñas mientras Sofía se mantenía relativamente cerca de ella.

La idea de Itachi se había vuelto tarea común en cuestión de horas.

Y eso, aunque nadie lo dijera en voz alta todo el tiempo, seguía pesando en la percepción del grupo: otra vez, una solución útil había nacido de ella.

Mientras tanto, adentro del RV, Glenn e Itachi compartían una mañana completamente distinta.

No solo sobrevivían.

Cuidaban lo que ahora ambos consideraban su hogar.

Cuando Glenn terminó el interior, salió con un trapo y una pana de madera con agua.

Se puso a limpiar la carrocería por fuera, primero de la autocaravana, luego del vagón.

Quitó polvo, marcas secas de barro, pequeños restos de hojas, tierra acumulada en bordes.

Lo hacía con una dedicación casi tierna, como si lavar la parte exterior del vehículo fuera otra forma de decir que aquello merecía seguir viéndose bien, merecía seguir sintiéndose suyo.

Itachi, mientras tanto, volvió a la cocina.

Había cortado y secado ya las primeras naranjas del pequeño naranjo.

Lavó seis, las cortó en rodajas finas y las puso al horno a secar lentamente.

Cuando estuvieron listas, las metió en uno de los tarros de vidrio que antes habían alineado sobre la encimera.

El color anaranjado, translúcido y cálido de las rodajas secas hizo que el tarro se viera casi decorativo, bonito de una manera simple y perfecta.

Lo colocó junto a la ventana de la cocina.

Tomó una rodaja entre los dedos.

Y salió.

Glenn estaba terminando de limpiar la carrocería.

Tenía el trapo en una mano.

La pana en el suelo.

Las mangas un poco arremangadas.

El cuello apenas húmedo por el esfuerzo sencillo de la mañana.

Itachi se acercó.

Sin decir nada, levantó la rodaja de naranja y la acercó a su boca.

Glenn la miró primero a ella.

Luego a la naranja.

Sonrió.

Y la aceptó.

Mordió.

El sabor dulce y ácido se abrió en la lengua.

Masticó con gusto.

Tragó.

Itachi seguía sosteniendo la rodaja con los dedos.

Glenn, casi por costumbre, se pasó la lengua por los labios para recoger el jugo que había quedado.

Y algo dentro de Itachi se movió.

Rápido.

Silencioso.

Instintivo.

No lo pensó como pensaba todo lo demás.

No lo llevó por un filtro táctico ni lógico.

Simplemente vio a Glenn lamer sus labios después de comer la naranja que ella le había dado, y su cuerpo actuó siguiendo algo que todavía no comprendía del todo, pero que ya no podía negar.

Se acercó.

Se puso de puntillas.

Y besó sus labios.

Un beso pequeño.

Suave.

Corto.

Apenas un roce.

Pero fue en los labios.

Por primera vez.

Después se apartó de inmediato y volvió a entrar en la autocaravana como si el movimiento no hubiera tenido la capacidad de cambiar el eje entero del día.

Glenn se quedó en shock.

Literalmente inmóvil.

El corazón le golpeó el pecho con una fuerza brutal, tan rápida y tan desordenada que por un momento sintió que el aire se le había ido del cuerpo.

El trapo seguía en una mano.

La pana seguía en el suelo.

El mundo seguía siendo el mismo, pero no lo era.

Porque Itachi lo había besado en los labios.

Había sido pequeño.

Había sido corto.

Había sido un roce.

Pero había sido real.

Y eso bastaba para incendiarle la sangre entera.

Se puso rojo.

Pensó.

No.

No pensó realmente.

Intentó pensar, pero el corazón le latía tan fuerte que todo pensamiento se le rompía al centro.

Dentro del RV, Itachi se había quedado quieta un segundo después de entrar.

La mano con la que había sostenido la naranja seguía ligeramente elevada.

Su respiración se había alterado apenas, no mucho, pero lo suficiente para que ella misma lo notara.

Y entonces analizó.

¿Por qué había hecho eso?

¿Por qué había actuado así?

¿Por qué, en vez de limitarse a observar, a guardar la imagen o a apartarse, se había acercado y lo había besado?

La respuesta no llegó de inmediato con forma limpia, pero sí con sensación.

Porque había querido.

Porque había sentido el impulso.

Porque el cariño, el afecto, la cercanía, la ternura y algo más hondo estaban empezando a empujar sus acciones antes de que la mente pudiera ordenarlas.

Porque Glenn le gustaba.

No solo su presencia.

No solo su compañía.

No solo su lealtad.

Él.

Glenn.

Y ese pequeño beso había sido la evidencia más clara hasta ahora de que sus sentimientos ya estaban cambiando de terreno.

No fue miedo lo que sintió.

Fue conciencia.

Conciencia del peso del gesto.

Conciencia del efecto que eso tendría en él.

Y conciencia, también, de que no se arrepentía.

Afuera, Glenn todavía seguía quieto, intentando recomponerse mientras su corazón insistía en golpearle el pecho con una alegría casi dolorosa.

Cuando por fin consiguió moverse otra vez, terminó de limpiar la autocaravana con la sonrisa escondida torpemente y las manos todavía algo torpes por la emoción.

Sabía que aquello no había sido casual.

Había sido pequeño, sí.

Pero no casual.

Y eso lo cambió todo.

Dentro, Itachi siguió con la limpieza como si nada exterior pudiera verla alterada.

Pero su mente volvía una y otra vez al momento.

A la naranja.

A los labios de Glenn.

A la manera en que se había acercado sin pensarlo.

Al calor inmediato que le quedó en el pecho después.

No lo entendía del todo todavía.

Pero ya no podía fingir que no estaba ocurriendo.

Y mientras el campamento seguía tensando cuerdas, colgando latas y organizando la defensa del perímetro, dentro de la autocaravana de Glenn e Itachi había ocurrido algo mucho más pequeño y mucho más enorme: el primer beso en los labios.

Y ambos, a su manera, sabían que ya no había vuelta atrás.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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