ojos carmesí - Capítulo 43
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
43: El sonido del horno.
43: El sonido del horno.
Cuando Glenn terminó de limpiar la parte exterior de la autocaravana, vació el agua ya turbia a un costado, lejos del paso y lejos del vagón, donde no molestara ni dejara rastro cerca de la entrada.
Luego volvió con el balde vacío, lavó el trapo que había utilizado, lo enjuagó con cuidado y lo dejó extendido para que secara.
Sus manos seguían ocupadas en actos pequeños y domésticos, pero por dentro no estaba en calma.
No después del beso.
No después de aquella caricia breve en los labios que Itachi le había regalado como si hubiese seguido un impulso propio, uno que no pasara por estrategia ni necesidad, sino por algo mucho más íntimo, más suave, más peligroso para su corazón.
Cuando Glenn volvió a entrar, Itachi ya estaba en la cocina.
Había pescado uno de los peces de la laguna con esa eficiencia imposible que ya era tan propia de ella, y ahora lo preparaba al horno con unas papas del huerto, con un poco de tomillo fresco deshojado entre los dedos y dejado caer sobre la superficie del pescado para darle aroma y sabor.
El interior del RV olía a hogar, a cocina, a madera tibia, a vida compartida.
Itachi acababa de cerrar el horno cuando Glenn cruzó la puerta.
Entonces se miraron.
No hubo preguntas.
No hubo explicaciones.
No hubo reclamos ni intentos torpes de fingir que no había pasado nada.
No hacía falta.
Porque Glenn, con solo sostenerle la mirada, le dijo todo.
Le dijo: siempre que quieras.
Siempre que quieras besarme.
Siempre que quieras acercarte a mí.
Siempre que quieras tocarme, abrazarme, buscarme.
Yo estoy.
Estoy aquí.
Soy tuyo.
Y la mirada de Itachi respondió también.
No con la misma intensidad desbordada de Glenn.
No de esa manera abierta, ardiente, temblorosa.
Pero sí con verdad.
Había cariño.
Había afecto.
Había algo que ella aún seguía aprendiendo a comprender dentro de sí, algo que no había tenido antes, algo que no sabía nombrar del todo sin sentir que estaba entrando en un territorio completamente nuevo.
Pero estaba.
Y, sobre todo, esa mirada dijo algo más: Que no se arrepentía.
Que lo de afuera no había sido un error.
Que no había sido un gesto único ni casual.
Simplemente había sido.
Glenn desvió la vista primero, no por incomodidad, sino porque sentía que, si seguía mirándola un segundo más, el pecho iba a reventarle de todo lo que estaba sintiendo.
Se movió hacia la cocina y cortó una naranja del árbol pequeño que ya crecía dentro de su cajón.
La fruta todavía no era abundante, pero bastaba.
Sacó una jarra, echó agua, exprimió parte de la naranja y dejó unas rodajas dentro para que soltaran sabor.
Luego la colocó en la refrigeradora para que enfriara un poco.
Después se sentó en uno de los sillones.
Tomó un libro.
No porque realmente pensara que iba a leer.
Porque necesitaba hacer algo con las manos.
Itachi, que ya no tenía nada más que hacer salvo esperar a que el pescado y las papas estuvieran listos, cruzó la pequeña distancia entre la cocina y la sala del RV.
Lo observó sentado con el libro, la espalda apoyada, las piernas apenas abiertas, una calma exterior completamente falsa porque el latido de Glenn podía sentirse casi desde el otro lado del espacio.
Entonces, sin pedir permiso, se sentó en su regazo.
Glenn dejó escapar el aire muy despacio.
No por sorpresa.
Por lo mucho que significaba.
Pasó uno de sus brazos alrededor de la cintura de Itachi, sosteniéndola contra sí con la misma firmeza cuidadosa de siempre.
Con la otra mano seguía sosteniendo el libro, aunque ya las letras no significaban absolutamente nada para él.
Itachi escondió el rostro en el cuello de Glenn.
Y allí se quedaron unos segundos.
Solo respirándose.
Solo sintiendo.
La mano de Itachi subió luego hacia el otro lado del cuello de Glenn.
Sus dedos se posaron con una lentitud casi reflexiva sobre la piel cálida, como si estuviera reconociendo terreno, como si el tacto también pudiera enseñarle algo.
Glenn sintió el roce y todo su cuerpo respondió de inmediato.
El corazón se le aceleró, no por miedo, sino por una felicidad tan intensa que casi dolía.
Itachi pensaba.
Analizaba.
Y sentía.
Porque ya no podía negar ninguna de esas tres cosas.
Sentía el latido de Glenn debajo de su piel.
Sentía cómo él no se movía salvo para sostenerla mejor.
Sentía que la estaba dejando hacer.
Confiando.
Entregándose.
Y algo dentro de ella, algo que hasta hacía poco no habría sabido seguir, la empujó un poco más allá.
Movió los labios hacia el cuello de Glenn.
Lo besó una vez.
Luego otra.
Y otra.
Un camino lento de besos suaves que se desplazó desde el cuello hacia el mentón.
Glenn dejó de fingir cualquier intención de lectura hacía mucho.
El libro seguía en su mano, abierto, inútil.
No se movió.
No la detuvo.
No interrumpió nada.
La dejó explorar.
La dejó descubrir.
Porque entendía, con una mezcla de ternura feroz y asombro, que aquella forma de cariño en Itachi era algo rarísimo, algo que no le daba a nadie, algo a lo que solo él tenía acceso.
Y la parte posesiva de Glenn, esa parte que siempre aparecía cuando se trataba de ella, se sintió orgullosa, profundamente orgullosa, de saber que esa faceta era solo suya.
La mano de Itachi subió del cuello a la mejilla de Glenn.
Giró su rostro hacia ella.
Bajó apenas la cabeza de él, guiándolo con suavidad.
Sus narices se rozaron otra vez.
Como una caricia.
Como un ensayo.
Como un pequeño puente entre el impulso y la decisión.
Glenn la miró a los ojos.
Itachi también.
La mirada de ella bajó a los labios de Glenn y volvió a subir a sus ojos.
Y entonces lo besó de nuevo.
Esta vez no fue un roce breve.
No fue una prueba rápida.
Fue un beso más seguro.
Más largo.
Más consciente.
Los labios de Itachi se quedaron sobre los de Glenn con una intención clara, aprendiendo el movimiento, descubriendo la respuesta, sintiendo cómo él se abría hacia ella sin reservas.
Glenn respondió con todo el amor que llevaba dentro, pero sin imponerse, sin arrebatarle el ritmo.
La siguió.
La sostuvo.
Se dejó guiar y la besó de vuelta con una dulzura entregada que hizo que el momento se volviera algo mucho más grande que un simple impulso.
Fue un vals lento.
Una exploración.
Un lenguaje que ninguno de los dos había compartido así antes y que, aun así, parecía nacerles bien.
No había torpeza real, solo descubrimiento.
No había prisa, solo hambre emocional.
No había violencia, solo una intensidad contenida, sincera, casi reverente por parte de Glenn y sorprendentemente firme por parte de Itachi.
La mano de Itachi se movió hacia la nuca de Glenn y lo acercó más.
La de Glenn dejó por fin el libro, que cayó a un lado del sillón, olvidado.
Una mano se quedó en la cintura de Itachi.
La otra pasó a su pierna, sosteniéndola más cerca de él.
Porque ella estaba sentada sobre su regazo, encajada contra su cuerpo, y Glenn no quería ni podía dejar que hubiera espacio entre ambos.
El beso siguió.
No uno.
Varios.
Pequeñas separaciones.
Nuevos encuentros.
Respiraciones que se rozaban.
Labios que volvían a buscarse.
El beso se volvió más húmedo, más cálido, más vivo.
No agresivo.
No voraz.
Pero sí más pleno.
Los labios de ambos empezaron a sentirse sensibles, rojos, hinchados por el roce constante.
Glenn murmuraba cosas entre beso y beso, palabras rotas, casi sin sentido: —Dios… —Itachi… —Por favor… No estaba pidiendo que hiciera algo más allá.
Estaba pidiendo que no se detuviera.
Que siguiera.
Que no despertara de eso todavía.
E Itachi no se detenía.
Porque estaba completamente envuelta en él.
Envuelta en la reacción de Glenn.
En el modo en que temblaba apenas debajo de sus manos.
En cómo la sostenía.
En cómo la besaba sin pedir nada excepto cercanía.
En cómo su corazón golpeaba contra ella con una honestidad tan absoluta que casi resultaba imposible no rendirse a eso.
Y también estaba envuelta en sí misma.
En lo que sentía.
En lo que estaba comprendiendo.
En la magnitud de lo que ocurría.
Porque mientras sus labios seguían encontrándose, Itachi empezó a entender que aquello no era solo cariño difuso ni afecto útil ni ternura sin nombre.
Era más.
Mucho más.
No exactamente idéntico a lo que Glenn sentía, no todavía, pero caminando hacia ello con una claridad cada vez más difícil de negar.
El beso continuó.
Largo.
Tendido.
Una y otra vez.
Hasta que el temporizador del horno sonó con un pequeño ding.
El sonido fue casi absurdo en su normalidad.
Y, sin embargo, bastó para romper el hechizo sin destruirlo.
Itachi y Glenn se separaron apenas.
No porque hubieran querido detenerse.
Porque el mundo, de pronto, les recordó que también había pescado en el horno y papas que no debían quemarse.
Se miraron.
Los labios de Itachi estaban rojos, un poco hinchados.
La visión de ella así, con el pelo suelto, el camisón oscuro, sentada todavía sobre él y con la boca alterada por sus besos, le pareció a Glenn tan exquisita que tuvo que pasar una mano por su propio rostro para intentar recomponerse.
Los labios de Glenn estaban igual.
Rojos.
Marcados.
Su respiración seguía irregular.
El corazón todavía fuera de control.
No hablaron mucho.
No hizo falta.
Porque los dos estaban pensando.
Analizando.
Tratando de comprender la magnitud de lo que acababa de pasar.
Itachi fue la primera en moverse.
Se levantó del regazo de Glenn, fue al horno y sacó el pescado y las papas.
Los dejó enfriar sobre la encimera.
Glenn seguía en el sillón, una mano todavía en el pecho, como si con eso pudiera calmar el ritmo completamente desbocado de su corazón.
Desde el punto de vista de Glenn, lo que había ocurrido era casi irreal en su intensidad.
No porque el beso hubiera sido violento ni desmedido.
Porque había venido de ella.
Porque Itachi había querido.
Lo había buscado.
Lo había sostenido.
Lo había llevado hacia ese lugar y luego se había quedado allí, descubriendo con él.
Glenn sentía que si moría en ese instante, una parte de él seguiría feliz solo por haber sabido cómo se sentía ser besado así por esa mujer.
Y, al mismo tiempo, entendía algo todavía más grande: no había sido una casualidad.
No había sido una debilidad aislada.
Había sido respuesta.
Había sido entrega.
Había sido el inicio de algo.
Desde el punto de vista de Itachi, el análisis era distinto, pero no menos profundo.
Había actuado por impulso primero.
Luego por decisión.
Y después por deseo de seguir.
Eso era nuevo.
Eso era importante.
Había sentido el beso de Glenn devolviéndole todo lo que él llevaba tanto tiempo guardando en silencio.
Había sentido cómo él la trataba incluso en algo tan íntimo con cuidado, con reverencia, con una ternura intensa que no la asustó.
Al contrario.
Le hizo querer seguir.
Le hizo querer entender más.
Le hizo querer quedarse.
Y eso también tenía peso.
Porque Itachi no era una mujer que se diera a nada sin comprenderlo.
Y ahora estaba empezando a comprenderlo.
No completo.
No del todo.
Pero sí lo suficiente como para saber que aquel beso no había sido un accidente del día.
Había sido una puerta.
Y ambos la habían cruzado.
El pescado seguía enfriándose sobre la encimera.
Las papas desprendían todavía vapor.
La luz de la mañana llenaba el interior del RV.
Y en medio de todo eso, Glenn seguía sentado, rojo, feliz, descompuesto por dentro de la mejor manera posible, mientras Itachi, de pie en la cocina, con los labios todavía marcados y el corazón todavía extraño dentro del pecho, entendía que el mundo no volvería a verse igual después de aquella mañana.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com