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ojos carmesí - Capítulo 44

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44: La recompensa.

44: La recompensa.

Comieron después de que el pescado y las papas se hubieran enfriado lo suficiente como para no quemarles la lengua.

Lo hicieron sentados uno frente al otro, todavía en pijama, todavía dentro de ese estado extraño y silencioso en que los había dejado el beso.

Sobre la mesa, el almuerzo parecía sencillo: el pescado horneado con tomillo, las papas doradas, el agua de naranja servida en vasos.

Pero en realidad había algo más acompañándolos.

Había una dulzura nueva en el aire.

Una quietud distinta.

Un cuidado todavía más visible entre uno y otro.

Glenn seguía sintiendo el corazón latirle con fuerza en el pecho incluso mientras llevaba el tenedor a la boca, y a Itachi le bastaba mirarlo para entenderlo.

Entendía lo que había hecho en él.

Entendía lo que había ocurrido.

Y, al mismo tiempo, seguía intentando comprender lo que había ocurrido en ella.

No hablaban mucho.

No porque hubiera tensión.

Porque el silencio, esta vez, estaba lleno.

Lleno de miradas.

Lleno de entendimiento.

Lleno de un “yo sé” que no necesitaba ser dicho todavía.

Glenn alzó los ojos varias veces hacia ella mientras comía.

Itachi también lo hizo, solo que en ella la mirada era más quieta, más reflexiva, menos desbordada y, sin embargo, igual de profunda.

A Glenn le parecía que si seguía mirándola demasiado iba a perder otra vez el hilo de la realidad.

Itachi, por su parte, sentía que cada vez que lo veía, lo veía más claro.

Más humano.

Más transparente.

Más suyo.

Cuando terminaron de comer, todo volvió a hacerse entre ambos con esa coordinación que parecía nacerles sola.

Glenn recogió los platos mientras Itachi llevaba los vasos a la encimera.

Lavaron.

Secaron.

Guardaron.

Glenn abrió la ventana junto al comedor para dejar salir el olor del pescado.

Una brisa fresca entró, suave, moviendo apenas las cortinas y atravesando el interior del RV con esa sensación de hogar vivo que solo se consigue cuando un lugar está cuidado y habitado de verdad.

Luego volvieron a los sillones.

Aún en pijama.

Aún dentro de la mañana que ya se había vuelto tarde sin que ninguno se hubiera dado cuenta del todo.

Ambos tomaron libros.

Glenn se sentó primero y abrió el suyo, pero en realidad no estaba leyendo de verdad.

Itachi tomó el suyo también, aunque a ella le pasaba algo parecido.

Pasaban páginas, sí.

Miraban líneas, sí.

Pero la mayor parte del tiempo lo que hacían era observarse a través de esos silencios cómodos que se estaban volviendo una forma de intimidad.

Glenn la miraba y en su pecho se asentaba cada vez más esa certeza absurda, hermosa y aterradora de que estaba enamorado de ella hasta un punto que no sabía ya esconderse ni a sí mismo.

Itachi lo miraba y no podía dejar de pensar en lo mucho que había cambiado dentro de ella en tan poco tiempo.

Después de un rato, Itachi levantó los ojos del libro y miró hacia el exterior del RV, visible a través de la ventana abierta.

El cielo se extendía claro.

El bosque se movía apenas por el viento.

La cantera existía allá afuera, sí, pero dentro del RV el tiempo tenía otra textura.

Itachi se quedó observando el cielo un momento y pensó otra vez en el Sabio.

Esta también es tu recompensa.

Recordó con claridad la voz de Hagoromo, la forma en que ella había rechazado la idea casi con frialdad, casi con desinterés.

No la necesito, le había dicho.

Y el Sabio había respondido con esa certeza casi antigua, casi infinita: No lo entiendes ahora.

Pero lo harás.

Itachi siguió mirando hacia afuera.

No lo entendía completo todavía.

No enteramente.

Pero creía que estaba comenzando a entender.

No como concepto.

No como teoría.

No como algo que pudiera explicarse con palabras frías.

Lo entendía cuando Glenn la miraba.

Cuando la sostenía.

Cuando le besaba la frente como si ese gesto tuviera el peso de una promesa.

Lo entendía cuando sentía el cuerpo de él rodeándola al dormir.

Lo entendía cuando notaba lo natural que se había vuelto buscarlo con los ojos, con las manos, con el cuerpo entero.

Lo entendía, incluso, en el hecho de haberlo besado sin pensarlo antes.

Itachi bajó entonces la mirada hacia Glenn y dijo, con calma: —Ven aquí.

Glenn no preguntó.

No necesitó hacerlo.

Se dejó el libro a un lado y se movió hacia ella con la obediencia voluntaria de quien ya ha entendido que, cuando ella lo llama así, no hay nada en el mundo que quiera más que acercarse.

Itachi seguía recostada en el sillón.

Glenn se acomodó sobre ella con cuidado, sin aplastarla, escondiendo el rostro en el cuello de ella como si ese lugar fuera el único donde de verdad podía descansar.

Su cuerpo quedó entre las piernas de Itachi, y ella posicionó las piernas a ambos lados de sus caderas, atrayéndolo hacia sí con una decisión silenciosa que a Glenn le hizo cerrar un instante los ojos de pura felicidad.

Uno de los brazos de Itachi rodeó la cintura de Glenn.

Una de sus manos subió al cabello de él, empezando a acariciarlo suavemente.

La otra se quedó en su mejilla, en su sien, cuidándolo, sobándolo, dejándose guiar por el tacto.

Cuando habló, lo hizo con voz calma.

—Glenn.

Él murmuró algo contra su cuello, sin separarse todavía.

—Mhm.

Itachi siguió acariciándole el cabello.

—No creo que esa mentira de que tú y yo somos esposos sea solo una mentira ya.

Glenn se quedó quieto.

No se apartó.

Pero todo su cuerpo cambió.

La forma en que respiró.

La forma en que su mano, apoyada en el costado de ella, se tensó apenas.

La forma en que el corazón se le aceleró de golpe contra el pecho.

Itachi sintió todo eso.

Glenn levantó muy poco el rostro, lo justo para poder hablar sin dejar del todo el refugio de su cuello.

—Ya no —murmuró.

Hubo un pequeño silencio.

No incómodo.

Profundo.

Luego Glenn siguió, y mientras hablaba fue escondiéndose más en el cuello de Itachi, como si decirlo así, pegado a ella, lo hiciera menos terrible y más verdadero al mismo tiempo.

—Desde hace tiempo —dijo—.

Desde hace días siento que ya no es solo una mentira.

Lo que siento por ti… va más allá de simples personas que se acaban de conocer.

Va más allá de vecinos.

Va más allá de dos personas compartiendo un RV juntos.

Itachi no lo interrumpió.

La mano seguía en su cabello.

La otra seguía en su mejilla.

Glenn tragó saliva.

Luego murmuró, ya casi sin defensa: —Mi amor… Itachi sintió el peso de esas palabras.

No solo el apelativo.

La entrega con la que él lo dijo.

Glenn siguió: —Yo creo que, aunque parezca absurdo… aunque haya sido tan rápido… creo que me enamoré de ti.

Perdida, completamente.

La confesión salió sin florituras, sin discurso preparado, sin necesidad de adornarla.

Solo verdad.

Y en Glenn la verdad siempre sonaba así: directa, temblorosa, limpia.

Itachi lo escuchó todo.

Escuchó no solo las palabras, sino la forma en que las dijo, el modo en que la voz se le quebró apenas en una sílaba, la manera en que el cuerpo se le acercó todavía más después de haberlas pronunciado, como si una vez dicha la verdad no supiera ya hacer otra cosa que quedarse.

Itachi guardó silencio unos segundos.

Porque no quería responder mal.

Porque no iba a mentir.

Porque Glenn merecía una respuesta exacta.

Al fin habló.

—No te amo —dijo, con una honestidad tan limpia como la de él.

Luego corrigió con suavidad—.

No de la misma forma que tú.

No con la misma intensidad.

No aún.

Glenn no se apartó.

La escuchó entera.

Itachi siguió, y ahora la voz le salió más baja, más íntima, más extraña incluso para ella misma.

—No entiendo completamente lo que siento.

Pero estoy aprendiendo.

Estoy sintiendo.

Y es por ti.

El pecho de Glenn se llenó de algo casi insoportable.

No era una decepción.

No era tristeza.

Era alivio.

Era esperanza.

Era una felicidad tan grande por la simple existencia de ese “por ti” que le dolió en el cuerpo.

—Eso me basta —murmuró.

Itachi sintió la verdad absoluta de esa frase.

Que le bastaba.

Que de verdad le bastaba.

Que para Glenn incluso una verdad incompleta, si era sincera, valía más que cualquier promesa falsa.

Entonces ella dijo, con la misma claridad con que le había hablado otras veces de lo único que de verdad sostenía entre ambos: —Tú y yo.

Glenn sonrió.

Asintió.

Levantó apenas el rostro para mirarla y sus ojos estaban tan llenos de devoción que Itachi no pudo sostenerlos sin sentir otra vez esa punzada rara y nueva en el pecho.

—Sí —dijo Glenn—.

Ya no más en otra vida.

En esta vida.

Tú y yo.

En un futuro.

Itachi recordó enseguida aquella conversación.

La tarde.

El fuego.

La frase de él.

La respuesta de ella.

Tal vez en un futuro.

Ahora el significado le resultaba todavía más pesado.

Porque ya no era una frase lanzada desde la emoción del momento.

Era una posibilidad reconocida por ambos.

Un futuro.

Juntos.

Una familia, tal vez.

Una vida compartida, aunque el mundo se estuviera cayendo.

Era demasiado.

Y sin embargo no se sentía imposible.

Se sentía… naciendo.

La tarde fue avanzando sin que lo notaran demasiado.

En algún punto Glenn, todavía acomodado contra ella, todavía arrullado por la mano de Itachi en su cabello y por el ritmo de su respiración, terminó dormido.

No fue un sueño brusco.

Fue una rendición lenta.

El cuerpo se le aflojó.

La respiración se hizo más profunda.

El peso contra ella cambió.

Itachi lo sintió y lo sostuvo mejor.

Siguió acariciándole el cabello.

Siguió pensando.

Pensando en él.

En sí misma.

En la forma en que una parte suya seguía evaluando todo con disciplina y otra, cada vez más fuerte, comenzaba a sentir sin necesidad de permiso.

Entonces escuchó el pequeño toque en la puerta.

No la sobresaltó.

Supo de inmediato quién era.

Lo supo antes incluso de levantarse.

Acomodó a Glenn con cuidado sobre el sillón, asegurándose de que siguiera cómodo.

Se puso de pie sin hacer ruido.

Llevaba aún el camisón y la bata.

Iba descalza.

Se acercó a la puerta y la abrió apenas, solo lo necesario.

Del otro lado estaba Shane.

Y Shane se quedó helado.

Porque verla así no era lo mismo que verla en el campamento, ni en el bosque, ni cerca del fuego.

Allí, en la puerta del RV, con el cabello suelto, la bata cayéndole abierta lo suficiente para dejar ver el camisón negro debajo, descalza, íntima, casi doméstica, Itachi parecía todavía más bella de una forma que a Shane le resultó brutal.

No menos peligrosa.

No menos imponente.

Pero sí mucho más cercana a una imagen que no debería haber visto y que, precisamente por eso, se le clavó con más fuerza.

Itachi habló primero.

—Sí.

La voz seguía siendo seria.

Shane tardó un segundo en encontrar las palabras.

—Yo… —dijo, y luego se corrigió— quería ver cómo estabas.

Entonces rectificó de nuevo.

—Cómo estaban.

Itachi lo observó sin emoción visible.

—Estamos bien.

Mi esposo y yo.

Simplemente decidimos pasar el día dentro de nuestra caravana.

Solos.

La última palabra cayó como una puerta cerrándose en la cara.

Shane asintió rápido, tratando de recuperar terreno, tratando de esconder lo que había sentido al verla así.

—Sí.

Veo.

No quería molestar.

Itachi no respondió.

Lo miró.

Nada más.

Shane volvió a asentir.

—Bueno… ya veo que están bien.

Entonces me retiro.

Itachi asintió una sola vez.

Cerró la puerta.

Enllavó.

Y volvió al sillón.

Shane se quedó un segundo mirando la puerta ya cerrada.

Pensando en el rostro de Itachi.

En la bata.

En el camisón.

En sus pies descalzos.

En la frase: mi esposo y yo decidimos pasar el día solos.

Y la punzada de necesidad —de tenerla, de poseerla, de irrumpir en algo que claramente no le pertenecía— se mezcló con el deseo de una forma cada vez menos sana, más insistente, más cercana a la obsesión.

No era necesario.

No debía.

Pero creció de todos modos.

Cuando volvió al campamento, la gente seguía terminando de instalar las latas del sistema de alarma.

Sin embargo, en la mente de Shane solo se repetía la imagen de Itachi una y otra vez.

Dentro del RV, Itachi ya estaba otra vez acostada con Glenn.

Cuando él despertó, lo primero que hizo fue buscarla con el cuerpo y con la mirada.

Itachi no tardó en contarle lo que había pasado.

Lo hizo con calma.

Sin dramatismo.

Sin ocultarlo.

Glenn escuchó y la molestia apareció de inmediato en su rostro.

No una rabia explosiva, sino esa incomodidad tensa y posesiva que a Itachi ya le resultaba completamente legible.

Él pensaba en la audacia de Shane, en lo mucho que se estaba metiendo donde no debía, en la osadía de ir a tocar la puerta del RV cuando sabía perfectamente que estaba interrumpiendo algo entre su esposa y él.

Itachi lo observó.

Y en lugar de discutir o permitirle que se enredara más en ese enojo, le dijo simplemente: —Ignóralo.

Luego se inclinó y besó suavemente, cortamente, los labios de Glenn.

El enojo de Glenn no desapareció del todo.

Pero se transformó.

Porque el beso, aunque breve, lo dejó otra vez consciente de lo único que importaba realmente: Itachi estaba allí.

Con él.

Volviendo a él.

Eligiéndolo a él.

Y así se quedaron.

Acurrucados en los sillones.

Uno contra el otro.

Sin necesidad de hacer nada más.

Solo acompañándose.

Y eso, para ambos, bastaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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