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ojos carmesí - Capítulo 45

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45: Otro pueblo, otro futuro.

45: Otro pueblo, otro futuro.

En el campamento, cuando la noche cayó por completo y la oscuridad terminó de asentarse entre los árboles, entre las lonas de las carpas y entre las piedras de la cantera, las alarmas de latas finalmente quedaron terminadas.

Habían pasado buena parte de la tarde y del inicio de la noche tensando cuerdas entre troncos, perforando latas con clavos improvisados, midiéndolas a distintas alturas, probando cuál sonaba mejor, cuál debía quedar más cerca, cuál más lejos, cuál serviría para alertar si el peligro venía arrastrándose, caminando o empujando entre ramas.

Fue un trabajo rudimentario, sí, pero también ingenioso; un trabajo nacido no de conocimiento técnico militar, sino de la necesidad pura, del instinto de supervivencia y de la idea de Itachi, que había caído con la simpleza brutal de las mejores soluciones.

Daryl fingía ser un caminante.

T-Dog también.

Se movían torpes, arrastrando los pies, empujando hombros y brazos contra los límites invisibles del nuevo perímetro.

Y entonces sonaban.

Tan.

Tan-tan.

Tan, tan, tan, tan.

El sonido metálico vibraba en la quietud de la cantera con una claridad que a más de uno le erizó la piel.

No porque fuera desagradable, sino porque era útil.

Porque por primera vez desde que se habían asentado allí sentían que el peligro, al menos el peligro que caminaba muerto y hambriento entre los árboles, tendría que anunciarse antes de caerles encima.

Amy fue la primera en sonreír.

—Funciona —dijo, como si necesitara oírlo en voz alta para creerlo.

Morales soltó el aire despacio, como si una piedra que llevaba días apretándole el pecho hubiera rodado al fin.

—Sí —murmuró—.

Funciona.

T-Dog también asintió, observando el perímetro con una mezcla de cansancio y satisfacción.

—Eso nos quita tanto peso… —dijo—.

Ahora significa buscar puntos fijos para patrullar, no andar de arriba abajo por el bosque como idiotas esperando tropezarnos con una de esas cosas en mitad de la maleza.

Daryl no respondió.

No hacía falta.

La expresión de su rostro bastaba.

Lo aprobaba.

Carol, un poco más atrás, apretaba una manta contra sí mientras Sofía se mantenía cerca de sus piernas.

Andrea observaba los árboles, ya imaginando rutas, puntos ciegos, tiempos de reacción.

Jaqui hablaba con Morales sobre cuántas latas todavía podían agregar del lado norte.

Dale, apoyado en un tronco con su taza entre las manos, veía el sistema terminado con la calma de quien reconocía el valor de una idea sencilla.

Y, sin embargo, Itachi y Glenn esa noche no salieron.

No fueron hacia el fuego.

No observaron las pruebas en persona.

No se quedaron a escuchar cómo el campamento, una vez más, convertía una de las soluciones de Itachi en estructura común.

Se quedaron dentro de su autocaravana.

Y esa decisión, que en otro grupo habría parecido aislamiento, dentro de ellos dos se había convertido ya en algo muy distinto: elección mutua.

Cenaron juntos.

No con grandes palabras, no con declaraciones.

Solo juntos.

En la luz cálida del RV, con el pequeño orden hermoso que ambos habían ido construyendo poco a poco, con las telas suaves, la madera limpia, la música baja, los tarros de vidrio alineados, la cocina ordenada, el pequeño árbol naranjero ya instalado como promesa viva de futuro.

Cenaron y limpiaron después, como siempre lo hacían, coordinados, exactos, tranquilos.

Y más tarde, cuando ya no quedaba nada por ordenar, se fueron a la habitación.

La cama los recibió con ese calor compartido que ya empezaba a sentirse natural.

Glenn permaneció unos segundos inmóvil, acostado a su lado, con el corazón todavía absurdamente sensible por todo lo ocurrido durante el día.

Por el primer beso pequeño.

Por el segundo.

Por el tercero, el real, el largo, el que había dejado sus labios rojos y la respiración rota.

Y también, más allá del beso, por la simple intimidad de haber pasado un día entero con ella dentro de la autocaravana, sin necesidad de salir, sin necesidad de fingir nada, sin necesidad de ser otra cosa que dos personas queriendo compartir tiempo.

Itachi, que lo comprendía más de lo que él imaginaba, no dejó que dudara.

Se giró apenas.

Le dio la espalda, sí, pero no en rechazo, sino en invitación.

Y murmuró: —Ven aquí.

Glenn sonrió en la oscuridad como un hombre que ha recibido un regalo y todavía no se acostumbra a que le sigan dando más.

Se acercó.

La abrazó por detrás con cuidado, con un cuidado que en él nunca era fingido.

Su brazo rodeó la cintura de Itachi.

Su pecho se acomodó contra su espalda.

Su rostro se hundió cerca de su cuello.

—Duerme bien —murmuró él.

Itachi asintió apenas, ya medio envuelta por el calor de Glenn.

—Tú también.

Y así se durmieron.

Con Glenn acurrucándose un poco más sobre ella cuando el sueño empezó a arrastrarlo, como si el cuerpo buscara solo el punto exacto donde ella estaba.

Para Glenn, estar ahí con Itachi, incluso en el fin del mundo, incluso con caminantes fuera, incluso con un grupo inestable a pocos metros, era suficiente.

Más que suficiente.

Era lo único que, en esos momentos, hacía que todo lo demás pareciera soportable.

La mañana llegó como rutina.

Como rito.

Como una repetición que, lejos de cansarlos, les había dado una estructura íntima.

Despertaron juntos.

Se levantaron juntos.

Cuidaron del vagón juntos.

Dentro del remolque, la vida seguía creciendo de una forma que casi parecía una burla hermosa contra el apocalipsis.

Allí estaban las plantas en sus niveles: lechugas, tomates, zanahorias, papas, hierbas medicinales, aromáticas, hojas de té, brotes jóvenes.

Allí estaban también los animales: cuyos, conejos, gallinas, gallos.

Todo limpio.

Todo organizado.

Todo productivo.

Todo suyo.

Recolectaron un par de huevos más.

Prepararon juntos el desayuno.

Comieron en paz.

Luego se vistieron.

Después de ordenar todo, Itachi volvió a crear el clon de guardia.

Y luego otro para una tarea aparte.

Glenn ya no se sobresaltaba tanto al verlos, aunque una parte de él seguía sintiendo que tres Itachis en el mismo espacio eran demasiado para el corazón de cualquier hombre.

Con las katanas al hombro, las mochilas personales y la caja vacía de provisiones, salieron del RV.

Cuando se acercaron al grupo, la cantera ya estaba despierta, la gente tratando de reconstruir una especie de normalidad dentro de la precariedad.

Amy fue la primera en verlos y saludó con un buenos días que recibió respuesta suave de ambos.

Luego fue Morales quien habló del sistema de latas, satisfecho.

Daryl asintió sin palabras.

Itachi aceptó el agradecimiento con la sobriedad de siempre.

Entonces Shane se acercó con los dos bolsos vacíos.

Y aunque esta vez no dijo nada, su mirada dijo demasiado.

Todavía ardía en él la imagen de Itachi de la tarde anterior.

El cabello suelto.

La bata.

El camisón.

Los pies descalzos.

La puerta entreabierta.

El tono con que había dicho mi esposo y yo decidimos pasar el día solos.

Todo eso lo había perseguido durante la noche, y ahora la veía otra vez en su traje, perfecta, letal, elegante, y el contraste lo afectaba todavía más.

Porque ahora sabía que existía otro lado de ella.

Uno doméstico.

Uno íntimo.

Uno suave.

Uno que solo Glenn tenía.

Y lo deseaba.

No solo su cuerpo.

No solo su belleza.

Deseaba la totalidad de lo que ella era.

La fortaleza.

La inteligencia.

La disciplina.

La capacidad de construir hogar.

La capacidad de matar y de cuidar.

Y ver a Glenn sosteniendo todo eso sin siquiera darse cuenta de su suerte le molestaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Itachi notó la mirada.

Glenn también.

No dijeron nada.

Tomaron los bolsos y se alejaron del campamento.

No hablaron hasta dejar suficiente distancia entre ellos y la cantera.

Entonces Glenn soltó lo que llevaba guardando.

—No me gusta cómo te mira.

Itachi caminó un par de pasos antes de responder.

—Lo sé.

—Ni él, ni Merle, ni Ed.

Ninguno me gusta.

—A mí tampoco me agradan.

—Shane es peor —dijo Glenn—.

Porque él sí piensa.

Itachi giró apenas el rostro hacia él.

—Sí.

Glenn suspiró.

—Y eso me molesta más.

—A mí también —admitió ella—.

Merle es vulgar.

Ed es débil.

Shane es el único que tiene iniciativa real.

Eso lo vuelve más riesgoso.

Glenn apretó la mandíbula.

—Si se acerca demasiado… —No lo hará —dijo Itachi.

—¿Porque tú lo detendrás?

—Porque no le conviene.

La respuesta era tan fría y tan Itachi que Glenn tuvo que respirar mejor para que el enojo no se le convirtiera en algo más grande.

Luego ambos pasaron a hablar del día, de qué buscarían, de cómo trabajarían, de si aquel pueblo todavía serviría.

La rutina los ayudó a ordenar la emoción.

Y siguieron.

Pero no llegaron demasiado lejos antes de que Itachi lo detuviera.

No fue una advertencia verbal.

Fue acción.

Le tomó el brazo.

Lo jaló hacia los arbustos detrás de un árbol.

Y puso una mano sobre sus labios.

Silencio.

Glenn asintió de inmediato.

Esperó.

Y al cabo de unos segundos oyó lo que ella ya había oído antes: el motor.

La camioneta pasó por la carretera y se dirigió al pueblo que ellos pensaban saquear.

No tuvieron que acercarse mucho más para confirmar lo que Itachi ya intuía.

Se ocultaron y observaron desde un punto seguro.

Cuatro hombres.

Bates.

Machetes.

Cuchillos.

Saqueban rápido, sin cuidado, metiendo comida y medicamentos en cajas, en desorden, con práctica.

Glenn los reconoció enseguida.

Eran los mismos hombres del día en que salieron de Atlanta.

Los mismos que habían golpeado a la mujer y arrebatado el bolso del niño.

El ceño de Glenn se endureció.

Itachi observó esa reacción.

Le hizo una seña corta.

Retirada.

Y cuando estuvieron lo bastante lejos, dijo: —Otro pueblo.

Glenn entendió sin discutir.

No valía la pena pelear por restos.

Ni por ese pueblo.

Ni por recursos escasos.

Ni por cuatro hombres acostumbrados ya a la violencia.

Revisó el mapa.

Encontró otro pueblo un poco más al oeste.

Y emprendieron camino de nuevo.

Hablaron mientras caminaban.

Sobre los hombres.

Sobre cómo se veían peor que antes, más duros, más sucios, menos humanos.

Sobre el modo en que el colapso iba empujando a algunos a quitarse de encima la última capa de civilización que aún fingían conservar.

Y cuando al fin llegaron al segundo pueblo, el procedimiento se repitió.

Atraer caminantes afuera.

Eliminar.

Entrar.

Buscar.

Sacar.

Esta vez entraron primero a una farmacia.

Recolectaron medicamentos con eficiencia, pero Itachi se detuvo también en la sección femenina.

Sabía lo que venía.

Había amanecido con ese dolor bajo, distinto, que le anunciaba que pronto llegaría su primera menstruación en aquel cuerpo.

No le tenía miedo.

Era un dato.

Una nueva variable.

Otra cosa que aprender y administrar.

Tomó tampones.

Toallas sanitarias.

Luego, sin que Glenn la viera demasiado, observó otros estantes.

Preservativos.

Anticonceptivos.

Vitaminas prenatales.

Ácido fólico.

Y allí, por primera vez, Itachi actuó desde un lugar que no tenía lógica militar, ni lógica shinobi, ni lógica de misión.

Actuó desde un lugar más íntimo.

Más humano.

Más futuro.

Guardó discretamente algunas cosas en su mochila.

No ahora, se dijo.

Pero en un futuro.

Porque recordaba la frase de Glenn.

En otra vida.

Y recordaba la propia.

No.

En un futuro.

Esa promesa pesaba.

No como carga.

Como posibilidad.

Y también, cuando vio fórmula para bebé, guardó algunos tarros.

No porque fuera algo inminente.

No porque estuviera planeando nada inmediato.

Sino porque en el fondo, en un lugar que ni siquiera ella misma habría creído tener, Itachi también soñaba con algo que se pareciera a una familia.

A una vida no arrebatada.

A una oportunidad distinta de la que ella había tenido.

Luego siguieron.

En la tienda de conveniencia encontraron más variedad.

Más comida.

Más latas.

Más cosas útiles.

Y fue allí donde Glenn se detuvo frente a un estante y alzó una caja.

—Mira esto, amor.

Itachi se acercó por detrás, abrazándolo por la espalda mientras leía sobre su hombro.

Mezcla preparada para pastel de chocolate.

Solo necesitaba agua.

Y horno.

Glenn volvió el rostro apenas hacia ella, todavía sostenido por sus brazos.

—Podemos llevar varios para el campamento.

Algunos para nosotros, otros para ellos.

Los niños estarían felices.

Dale puede prestarles el horno.

Itachi lo observó.

Y asintió.

—Entonces lleva algunos.

Porque al final, incluso entre saqueo, caminantes y pueblos vacíos, Glenn seguía siendo Glenn.

Seguía pensando en niños felices.

Seguía imaginando postres en el fin del mundo.

Seguía encontrando formas de suavizar la vida de otros.

Y para Itachi, que lo miraba cada vez con más cuidado, eso seguía explicando por qué había empezado a sentir.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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