ojos carmesí - Capítulo 46
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46: Mezcla para pasteles, hombres violentos 46: Mezcla para pasteles, hombres violentos —¿Qué sabor te gusta?
—preguntó Glenn, sosteniendo una de las cajas entre las manos mientras ambos seguían de pie frente al estante.
Itachi observó la imagen impresa en la parte frontal, luego el listado de instrucciones, luego a Glenn.
—No lo sé —dijo con honestidad simple—.
Nunca he comido pasteles de masa ya preparada.
Escoge tú.
La respuesta le arrancó a Glenn una sonrisa suave, íntima, de esas que ya no ocultaba cuando estaba con ella.
Había algo todavía maravilloso para él en descubrir cuántas cosas nuevas seguía habiendo para Itachi dentro de ese mundo.
Algunas eran terribles.
Otras, pequeñas.
Ridículamente pequeñas.
Pero no por eso menos valiosas.
Que Itachi no hubiera probado algo tan simple como una mezcla de pastel en caja hizo que, por un segundo, la escena absurda de ambos decidiendo sabores en mitad del apocalipsis le pareciera todavía más preciosa.
Glenn revisó las cajas con concentración real.
—Chocolate —dijo primero, apartando una.
Luego sonrió al ver otra.
—Frambuesa.
Buscó una más.
—Limón.
Y por último tomó una cuarta.
—Vainilla.
Giró apenas el rostro hacia ella.
—Cuatro para nosotros.
Itachi asintió.
No discutió.
No necesitaba hacerlo.
Se limitó a abrir el bolso personal de Glenn y meter allí las cuatro cajas, acomodándolas de forma que no se aplastaran ni se deformaran demasiado.
Después tomó otras seis para el grupo y fueron a parar dentro del bolso común, el de reparto, el que ya se había vuelto casi una extensión del acuerdo silencioso que ambos tenían con la cantera: ellos arriesgaban el cuerpo, traían provisiones, y una parte se distribuía para todos.
Siguieron buscando.
Conservas.
Enlatados.
Bolsas selladas.
Comida seca.
Todo lo que pudiera durar, todo lo que no se quebrara, todo lo que valiera el esfuerzo de cargarlo de vuelta.
Cuando ambos bolsos de carga estuvieron finalmente llenos y las mochilas personales ya habían guardado también lo propio, se detuvieron un segundo.
No por cansancio extremo, sino por necesidad de tomar aire, medir el cuerpo, recuperar un poco el ritmo antes de volver a cargar todo el peso.
Glenn tomó del estante una botella de agua que todavía estaba sellada.
La destapó.
Y como se había vuelto natural en él ponerla a ella primero incluso en las cosas más pequeñas, se la ofreció a Itachi antes de beber.
Itachi lo observó un segundo.
No por sorpresa.
Por reconocimiento.
Tomó la botella.
Bebió un poco.
Lo suficiente.
Luego se la pasó a Glenn.
Glenn terminó lo que quedaba sin quejarse, sin pensarlo siquiera, como si compartir así fuera ya simplemente parte de quienes eran.
Dejaron la botella vacía sobre el estante.
No tenía sentido cargar basura.
Itachi se acercó entonces.
Lo bastante cerca como para que Glenn dejara de pensar en el peso de los bolsos, en el pueblo, en los caminantes, en todo.
Le apartó del rostro un mechón de cabello que había caído sobre su frente por el sudor y el movimiento.
Se puso de puntillas.
Y le besó la frente.
—Vamos a casa —murmuró.
El corazón de Glenn respondió de inmediato a esa palabra.
Casa.
No cantera.
No campamento.
No autocaravana.
Casa.
Glenn sintió que esa sola palabra le recorría el cuerpo entero como una promesa ya hecha realidad.
—Vamos a casa —repitió él.
Y esta vez, por primera vez, fue Glenn quien tomó la iniciativa.
No con brusquedad.
No con hambre desordenada.
Con cuidado.
Con una reverencia casi temblorosa.
Alzó una mano y tomó el mentón de Itachi entre los dedos, guiando su rostro apenas hacia arriba.
La miró un segundo, como pidiendo permiso incluso en medio del consentimiento ya evidente que había entre ellos, y luego rozó sus labios con los de ella.
Un beso pequeño.
Suave.
Casi como una pregunta.
Luego otro.
Y otro más.
No largos.
No profundos.
Pero llenos de cariño.
Como quien no quiere invadir, pero sí quiere querer.
Como quien quiere dejar una huella leve y cálida antes de volver a ponerse el peso del mundo en los hombros.
Cuando se separaron, Glenn estaba sonriendo y su corazón se le había acelerado otra vez.
Itachi, por su parte, se veía un poco más relajada que antes, como si también para ella aquellos pequeños gestos fueran asentando algo, ordenando algo interno que todavía estaba aprendiendo a nombrar.
A lo largo de ese pueblo habían caminado lo suficiente como para que Glenn practicara más.
Había matado.
Había limpiado.
Había aprendido a moverse mejor.
Itachi había vigilado y resuelto a los sobrantes, completando lo que él todavía no podía hacer solo, pero dejándole espacio suficiente para crecer.
Y ahora, con los bolsos cargados, con los labios todavía tibios por el intercambio breve y la palabra casa latiéndole a ambos dentro del pecho, emprendieron el regreso.
Cuando se acercaron a la cantera, como ya se estaba volviendo costumbre, Dale los vio primero.
Estaba arriba, vigilando desde la autocaravana, como tantas otras tardes.
Y al reconocer sus siluetas al fondo del camino, alzó la voz sin gritar demasiado, lo justo para llamar la atención del campamento sin atraer nada del exterior.
—¡Están de vuelta!
Eso bastó.
Como en días anteriores, la cantera se reorganizó casi por reflejo.
La gente fue acercándose hacia la fogata, hacia el punto central.
Algunos dejaron a medio hacer lo que tenían en manos.
Otros simplemente levantaron la vista y se arrimaron un poco más.
Glenn e Itachi aparecieron caminando con las mochilas al hombro, las katanas visibles, los bolsos de carga en las manos y, esta vez, con la otra mano unida entre ellos.
No era una toma aparatosa.
No era una exhibición.
Era natural.
Y precisamente por eso golpeaba más.
Glenn se miraba un poco más pulcro que otras veces.
Su forma de llevar la katana había cambiado.
Seguía sin ser tan elegante ni exacta como la de Itachi, pero ya no parecía un hombre sosteniendo un arma ajena.
Se le veía más acostumbrado, más firme, más dueño de sus movimientos.
Itachi caminaba a su lado tan perfecta como siempre, hermosa, recta, letal y serena, con ese porte imposible suyo que hacía que más de una mirada del campamento se desviara hacia ella incluso antes de que hablara.
Cuando se acercaron al fuego, todos ya los estaban esperando.
Dale fue el primero en hablar.
—¿Están bien?
¿Están heridos?
—Todo bien —dijo Glenn.
Bajaron las bolsas y las dejaron al frente.
Entonces Glenn añadió, y en su voz hubo algo casi juvenil, casi ilusionado, porque sabía lo que aquello significaría para otros: —Trajimos mezcla para pasteles.
Tal vez podrían hacer uno para todos.
Tortas.
La reacción fue inmediata.
No escandalosa.
Pero sí cálida.
Sí real.
Dale sonrió de una forma tan abierta que pareció más joven un instante.
—Eso es maravilloso —dijo—.
Pueden usar mi horno si quieren.
Amy abrió los ojos con alegría genuina.
Andrea dejó escapar una pequeña risa incrédula.
Carol llevó una mano al pecho, sorprendida de que algo tan simple pudiera conmoverla tanto.
Carl, que estaba más atrás, no entendió todo al principio, pero cuando oyó la palabra pastel miró enseguida hacia los adultos con atención total.
Sofía también.
La idea de un pedacito de normalidad, de algo dulce, de algo que recordara la vida anterior sin necesidad de hablar de ella, cayó sobre el grupo como una especie de alivio breve.
Pero Itachi no dejó que la conversación se quedara solo en eso.
—Nos movimos a otro pueblo para recolectar suministros —dijo.
La alegría disminuyó apenas, no por desaparecer, sino porque el tono de Itachi hacía entender que lo que venía era importante.
Shane dio un paso adelante.
—¿Qué quieres decir con eso?
¿Comprometido?
¿Demasiados caminantes?
Itachi negó lentamente.
—No.
Glenn tomó la palabra primero.
—Cuando salimos de Atlanta, cuando todo comenzó, nos detuvimos en un pueblo para descansar un poco.
La autocaravana estaba escondida dentro de unos callejones.
Itachi asintió a su lado.
—Pudimos ver a una mujer salir con su hijo en brazos y con un bolso —continuó Glenn—.
Unos hombres se acercaron, se bajaron de una camioneta, la rodearon, le arrebataron el bolso, la golpearon y la dejaron tendida en el suelo.
Mientras hablaba, el campamento fue quedándose más quieto.
Porque una cosa era imaginar que el mundo estaba lleno de gente desesperada.
Otra, oír cómo otros humanos habían elegido ya la violencia gratuita como método.
Glenn siguió: —Luego volvieron a montarse en la camioneta.
Fueron bruscos, groseros, violentos.
Si querían el bolso, no era necesario golpearla de la forma en que lo hicieron.
Había molestia en su voz.
No teatral.
Real.
T-Dog frunció el ceño.
Morales apretó la mandíbula.
Amy sintió el cuerpo tensarse de pura indignación.
Andrea cruzó los brazos, escuchando con esa concentración fría suya que aparecía cuando algo importante requería ser almacenado para más tarde.
Glenn continuó: —Hoy, cuando íbamos de camino al pueblo que solemos usar para recolectar suministros, Itachi oyó un automóvil a lo lejos, así que nos escondimos.
Itachi tomó el relevo.
—Vimos pasar la misma camioneta.
Nos acercamos al pueblo con cuidado, sin ser vistos.
Los vimos bajar a los mismos hombres.
Estaban vaciando el pueblo con descuido.
Unos brutos.
La palabra salió exacta.
Con desdén.
No con miedo.
—Van armados con bates, machetes y cuchillos —añadió Glenn—.
Así que nos movimos a otro pueblo.
Hubo silencio.
Uno denso.
Pensante.
Cada persona empezó a llenar ese hueco con su propio temor.
Desde el punto de vista de Dale, aquello era una señal clara de que la cantera ya no tenía que preocuparse solo por los muertos.
Los vivos también comenzaban a organizarse en torno a la violencia.
Dale había viajado suficiente en su vida para saber que, cuando la necesidad y la crueldad se juntan, algunos hombres se convierten en depredadores muy rápido.
Desde el punto de vista de Andrea, la información era táctica.
Camioneta.
Cuatro hombres.
Armas cuerpo a cuerpo.
Patrón de saqueo.
Violencia gratuita.
Ruta en pueblos pequeños.
Todo eso importaba.
Todo eso significaba que el riesgo humano dejaba de ser una posibilidad abstracta para convertirse en una amenaza concreta que podía terminar cruzándose con ellos.
Amy pensó primero en la mujer y el niño.
No en los cuatro hombres.
No en la camioneta.
En la imagen de una madre golpeada con su hijo en brazos.
Y sintió rabia.
También sintió miedo, porque si esa gente era capaz de hacer eso a plena luz del día por una bolsa, entonces en un campamento pequeño como la cantera no serían menos crueles.
Carol, por su parte, pensó en Sofía.
Pensó en su hija.
Y al hacerlo, la historia se le volvió más viva, más hiriente.
No necesitó imaginar demasiado para verse a sí misma en el suelo y a Sofía llorando.
La sola idea le revolvió el estómago.
Fue entonces cuando comprendió con más claridad algo que Itachi ya llevaba días intentando enseñar sin decirlo así: que no todos merecerían compasión.
Que no todos serían víctimas.
Que algunos elegirían ser monstruos aun estando vivos.
Morales pensó en su familia.
En sus hijos.
En la imposibilidad de defender un campamento si un vehículo de hombres armados los encontraba desprevenidos.
T-Dog pensó en los límites del perímetro.
En las latas.
En si sonarían lo bastante fuerte para alertar no solo de caminantes, sino de vivos.
Daryl no reaccionó como los demás.
No cambió mucho su expresión.
Pero por dentro estuvo completamente atento.
Cuatro hombres armados.
Violentos.
Ruteando pueblos.
Eso no era miedo.
Eso era información.
Y la almacenó como almacenaba todo lo que podía servir después.
Merle, en cambio, pensó con otro tipo de violencia.
Su primera reacción no fue preocuparse por la cantera, sino reconocer el tipo de hombres del que le estaban hablando.
Los entendía demasiado bien.
Y eso lo irritó, porque sabía que si esos hombres aparecían por la cantera no serían un problema pequeño; serían el tipo de problema que se resuelve con sangre.
Shane escuchó todo con el rostro endureciéndose poco a poco.
Una parte de él, la parte funcional, comprendió el peligro enseguida.
Una camioneta de hombres violentos.
Cuatro.
Organizados lo suficiente para moverse en grupo y saquear pueblos en ruta.
Eso ya era un riesgo para la cantera.
Pero otra parte de él no dejaba de mirar a Itachi mientras hablaba, mientras describía los hechos con aquella calma suya tan malditamente controlada.
Y en esa mezcla de respeto, deseo, irritación y atracción, Shane se dio cuenta de algo que no le gustó nada: Glenn e Itachi estaban trayendo no solo provisiones, sino también liderazgo silencioso al grupo.
Y eso hacía que todos los miraran.
Lori también lo comprendió.
Y lo odió un poco.
No porque la historia no le pareciera grave.
Porque otra vez eran ellos quienes llegaban con soluciones, con recursos, con inteligencia, con información útil, mientras ella quedaba reducida a observar.
Fue Andrea quien hizo la primera pregunta después del silencio.
—¿Los vieron a ustedes?
—No —dijo Itachi.
—¿Estás segura?
—preguntó Shane.
Itachi lo miró directamente.
—Sí.
No añadió nada más.
No necesitaba defender su capacidad.
La forma en que lo dijo bastó.
T-Dog preguntó: —¿En qué dirección se movían?
¿Solo ese pueblo o parecían seguir una ruta?
Glenn se agachó un poco y trazó con el dedo una línea imaginaria en la tierra cerca del fuego.
—Venían de este lado —dijo—.
Entraron directo al pueblo que nosotros usábamos.
Si siguen vaciando pueblos así, probablemente avanzarán pueblo por pueblo mientras encuentren algo.
Daryl habló entonces: —Carroñeros.
La palabra cayó seca y exacta.
Itachi asintió.
—Sí.
Morales preguntó: —¿Creen que puedan acercarse a la cantera?
Itachi no respondió enseguida.
Pensó primero.
—No pronto —dijo al fin—.
Pero eventualmente, si agotan lo cercano y siguen una ruta, sí.
Por eso importa recordar la camioneta.
Cuatro hombres.
Bates.
Machetes.
Cuchillos.
Si la ven, no se acercan.
Observan.
Se ocultan.
Vuelven y avisan.
Dale asintió.
—Eso tiene sentido.
Amy preguntó, casi sin querer: —¿Se veían… hambrientos?
¿Desesperados?
Glenn negó.
—No.
Itachi fue más precisa.
—Se veían acostumbrados.
Y esa respuesta le puso otro peso a la conversación.
Porque el hambre desesperada todavía podía entenderse.
La costumbre de la violencia era otra cosa.
Carol bajó la vista.
Jaqui, que ya se estaba acercando a revisar las bolsas, murmuró: —Entonces ahora no solo tenemos muertos.
También tenemos vivos peores.
—Sí —dijo Itachi.
Hubo un silencio más.
No largo.
Solo lo suficiente para que todos entendieran que el mundo seguía cerrándose un poco más.
Entonces Dale, en un intento de devolverle al grupo algo de aire, señaló las bolsas.
—Bueno.
Al menos trajeron mezcla para pastel.
Amy soltó una risa pequeña.
Carl, que había estado callado hasta entonces, habló al fin: —¿De verdad pastel?
Glenn sonrió.
—Sí.
—¿De chocolate?
—preguntó Sofía.
Glenn giró la cabeza hacia ella, divertido.
—De chocolate, de frambuesa, de limón y de vainilla.
La emoción de los niños fue inmediata.
Y esa reacción, tan simple y tan limpia, hizo que la tensión general bajara un poco.
No del todo.
Pero sí lo suficiente para que el grupo recordara que seguían vivos, que seguían siendo personas, que aún podían ilusionarse por algo pequeño.
Mientras Jaqui, Andrea, Amy y Carol comenzaban a revisar y separar lo traído, el campamento siguió preguntando.
¿El otro pueblo tenía más medicina?
Sí.
¿Más comida?
Sí, por ahora.
¿Más caminantes?
No demasiados.
¿Más distancia?
Sí, un poco.
¿Valía la pena?
Sí.
¿Seguirían yendo allí?
Probablemente.
¿Mañana?
No, mañana no.
Mañana descansarían.
Y así, entre preguntas, respuestas, miedo, alivio, planes y la promesa absurda de pasteles en caja en mitad del fin del mundo, la noche fue asentándose otra vez alrededor de la cantera.
Y en medio de todos ellos, Glenn e Itachi seguían siendo lo mismo que ya se estaban volviendo para el grupo sin quererlo: el punto al que todos miraban cuando necesitaban saber cuánto peligro había afuera… y cuánta esperanza todavía podía traerse de vuelta.
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