ojos carmesí - Capítulo 47
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
47: En un futuro.
47: En un futuro.
Amy fue la primera en romper el pequeño silencio que había quedado después de todas las preguntas, después de las respuestas de Glenn e Itachi sobre el pueblo comprometido, sobre la camioneta, sobre los hombres violentos y sobre el cambio de ruta.
La tensión aún flotaba alrededor de la fogata, sí, pero junto a ella también se había quedado otra cosa: la promesa de algo dulce, algo absurdo y sencillo en medio del apocalipsis.
Amy se irguió un poco y dijo, con un brillo ilusionado en los ojos que no se molestó en esconder: —Bueno… podemos ir haciendo el pastel.
Podemos comer eso hoy en la noche.
Carol, que ya estaba pensando en organización incluso antes de hablar, asintió enseguida.
—Yo ayudo.
Andrea cruzó los brazos, observó el suelo, luego las bolsas, luego a Jaqui, y tomó su parte del trabajo con la misma practicidad de siempre.
—Bien.
Jackie y yo repartimos el resto de las provisiones y las ponemos en cajas para cada persona.
Jaqui asintió.
—Sí.
Así no se hace desorden.
La cantera, una vez más, se dividió en tareas.
Unos al pastel.
Otros a las cajas.
Otros a la vigilancia.
Otros a seguir sosteniendo el campamento en pie con esa rutina improvisada que ya se parecía cada vez menos a la vida anterior y cada vez más a una nueva forma de existir.
Dale, por su parte, se disponía a volver a su puesto de observación arriba de su autocaravana, no sin antes pasar cerca de Glenn e Itachi una vez más.
Fue entonces cuando Itachi, sin teatralidad, sin explicaciones largas, le tendió una caja pequeña.
Dale la tomó con curiosidad.
Alzó una ceja.
—¿Qué es esto?
—preguntó.
Itachi respondió con la misma calma sobria de siempre.
—Para tu piel.
Y sin añadir nada más, sin esperar agradecimientos, dio la vuelta y caminó con Glenn hacia la autocaravana de ambos.
Dale observó la cajita un segundo más antes de abrirla.
Dentro había un bote de protector solar.
Andrea, que estaba cerca, y Jaqui, que se había movido también hacia allí con una de las cajas vacías bajo el brazo, lo vieron al mismo tiempo.
Andrea sonrió apenas.
—Bueno… parece que te has puesto muy bronceado estos últimos días arriba de la autocaravana.
Jaqui soltó un resoplido bajo, casi una risa.
—Parece que Itachi se fijó en eso.
Dale miró el frasco, luego la espalda ya alejada de Itachi, y sonrió con una ternura cansada.
—Es muy amable —murmuró—.
No habla mucho, pero es muy amable.
Desde el punto de vista de Dale, aquello volvía a confirmar lo que ya venía pensando desde hacía días.
Itachi no era una mujer afectuosa en el modo convencional.
No llenaba el silencio con palabras suaves.
No sonreía para caer bien.
No buscaba aprobación.
Pero miraba.
Observaba.
Notaba.
Y cuando consideraba que algo debía hacerse, lo hacía.
Sin ruido.
Sin esperar nada.
A Dale, que ya había vivido suficiente para valorar la diferencia entre los gestos ruidosos y los verdaderamente significativos, ese tipo de amabilidad le parecía de las más raras.
Mientras tanto, el campamento seguía ordenándose.
Carol y Amy ya hablaban sobre cómo repartir la mezcla de pastel, si hacer una sola grande o varias pequeñas, cuánto agua haría falta, si Dale prestaría uno o ambos hornos, si quizá valía la pena guardar un poco para el día siguiente.
Andrea y Jaqui empezaban a separar latas, paquetes, cajas, porciones, mientras hablaban entre ellas en voz baja de lo mucho que Glenn e Itachi seguían trayendo y de lo distinto que era ahora el ambiente del grupo cuando sabían que ellos dos iban a volver.
Entonces Morales, que venía de hablar con su esposa y había visto los dos pescados que Amy y Andrea habían capturado ese día, se quedó pensando unos segundos.
Luego tomó una decisión sencilla.
En un bote de latón estaban los dos peces frescos, aún útiles, aún buenos.
Los alzó y habló con Carol.
—Deberíamos dejar aparte lo de Glenn e Itachi.
Tal vez ellos prefieran cocinarlo dentro de su autocaravana.
Carol asintió sin cuestionarlo.
—Sí.
Tal vez es lo mejor.
Amy lo entendió enseguida también.
—Sí.
Ellos siempre comen adentro.
Morales tomó entonces el recipiente y caminó hacia las autocaravanas.
Desde su punto de vista, aquello no era favoritismo ni deferencia especial.
Era respeto.
Él era hombre de familia.
Entendía muy bien lo que significaba proteger un hogar.
Entendía muy bien el valor de tener un espacio propio, una mesa propia, una cocina propia, un rato de intimidad con la persona a la que uno amaba.
No le ofendía que Glenn e Itachi mantuvieran esa distancia.
Al contrario.
Lo encontraba lógico.
Natural.
Incluso correcto.
Ellos ya hacían demasiado por el grupo como para que además se les exigiera abrir cada rincón de lo suyo.
Cuando se acercó, Glenn e Itachi justo estaban abriendo la puerta de su autocaravana.
El llamado de Morales los hizo volverse.
Ambos esperaron.
Morales se acercó y alzó un poco el recipiente.
—Tomen —dijo—.
Esta es la cena de hoy.
Amy y Andrea lo pescaron, pero pensaron que era mejor que ustedes lo cocinaran, ya que suelen comer adentro de su autocaravana.
Glenn sonrió de inmediato.
—Muchas gracias.
Itachi hizo un leve asentimiento.
—Sí.
Yo los cocino.
Gracias.
Morales asintió, satisfecho de haber hecho lo correcto, y dio la vuelta de regreso al grupo.
Glenn e Itachi entraron entonces al RV, encendieron las luces y dejaron los pescados sobre la encimera de la cocina.
El clon de Itachi, que había permanecido dentro cuidando, murmuró un simple “todo tranquilo” antes de desvanecerse en una pequeña nube sorda.
Glenn soltó los bolsos y dijo: —Voy a vaciar ambas mochilas.
Itachi lo observó, valoró rápido la distribución del trabajo y asintió.
—Entonces haré pescado.
¿Qué te parece pescado a la naranja?
Glenn sonrió, y la sola idea le sonó no solo deliciosa, sino tan doméstica que le apretó dulcemente el pecho.
—Eso me parece maravilloso.
Itachi abrió la ventana cercana a la cocina para que el olor del pescado no se pegara demasiado a los muebles.
Luego comenzó a limpiarlo, a prepararlo, a cortarle lo necesario, a condimentarlo con una exactitud casi elegante.
Glenn, mientras tanto, se movió con las mochilas hacia el comedor.
Primero abrió la suya.
Sacó las cuatro cajas de mezcla para pastel: chocolate, frambuesa, limón, vainilla.
Las miró un instante con cierta ternura casi absurda, pensando en lo que había dicho Amy, en los niños, en una noche con pastel en el campamento, en lo ridículamente humano que seguían siendo incluso en medio de todo eso.
Después acomodó las cajas en uno de los espacios designados para cocina, junto con algunas especias nuevas que habían encontrado.
Luego abrió la mochila de Itachi.
Y se quedó quieto.
El color le subió al rostro tan rápido que parecía haberse incendiado por dentro.
Su respiración cambió.
Su mano quedó suspendida apenas sobre el contenido.
El cuerpo reaccionó primero que el pensamiento.
Itachi lo notó enseguida.
Dejó lo que hacía.
Se limpió las manos.
Se acercó.
—¿Qué pasa?
Glenn tragó saliva.
Luego alzó apenas algunos de los objetos, no del todo, solo lo suficiente para que la respuesta ya no necesitara ser formulada con adivinanzas.
Preservativos.
Pastillas anticonceptivas.
Vitaminas prenatales.
Ácido fólico.
Fórmula de bebé.
Un pequeño biberón.
Su voz salió más baja de lo normal.
—¿Por qué esto?
Itachi lo observó con cuidado.
No con vergüenza.
No con incomodidad.
Con una seriedad suave.
Se acercó más a él.
Alzó las manos y tomó el rostro de Glenn entre ambas palmas, sosteniéndole las mejillas.
—No son para ahora —dijo—.
Pero en un futuro.
Y esas palabras golpearon a Glenn con una fuerza tan grande que todo lo demás desapareció por un segundo.
En un futuro.
No tal vez.
No quién sabe.
No si llega a pasar.
En un futuro.
Recordó de inmediato aquella conversación previa, aquella vez en que él había dicho en otra vida y ella lo había corregido con una firmeza callada que ahora volvía a tomar un peso mucho más grande: No.
En un futuro.
El hecho de que Itachi no solo lo recordara, sino que actuara desde ese pensamiento, que lo estuviera tomando en cuenta de forma concreta, material, silenciosa pero real, lo desarmó completamente.
Los ojos de Glenn se llenaron de lágrimas.
No escandalosas.
No dramáticas.
Lágrimas llenas.
Lágrimas de un hombre que se sentía tan amado en ese instante que apenas podía sostenerse derecho.
Itachi lo observó.
Lo entendió.
Y sin decir nada más, lo atrajo hacia sí.
Glenn se inclinó y escondió el rostro en el cuello de Itachi.
Su cuerpo tembló apenas.
Una, dos veces.
Itachi empezó a sobarle el cabello con una mano y la espalda con la otra, dejándolo sentir, dejándolo pasar por aquello, sosteniéndolo sin apurarlo.
—Lo siento —murmuró Glenn, la voz rota.
Itachi habló con la misma calma de siempre, pero la calidez estaba ahí.
—Está bien.
Siguió acariciándole el cabello.
—Voy a asumir que es porque estás feliz.
A Glenn se le escapó una risa ahogada entre la emoción.
—No estoy… no estoy solo feliz —dijo—.
Estoy demasiado feliz.
Le tomó un momento más estabilizarse.
Respirar.
No porque quisiera dejar de sentirlo.
Porque quería poder mirarla bien cuando lo hiciera.
Cuando por fin se separaron un poco, Glenn seguía con los ojos húmedos.
Itachi lo miraba de frente, quieta, atenta, con esa expresión sobria suya que, para él, en ese instante era más tierna que cualquier sonrisa abierta del mundo.
Glenn no habló primero.
Se acercó.
Y la besó.
No fue un beso corto.
No fue un roce.
Fue una caricia prolongada, un movimiento lento de labios, un beso lleno de amor inmenso y de una devoción tan total que parecía que Glenn quisiera agradecerle no solo por ese futuro insinuado, sino por todo: por haberlo elegido, por haberlo dejado entrar, por haber pensado en él al imaginar algo tan grande, tan imposible y tan humano como una familia.
—Gracias, mi amor —murmuró entre beso y beso—.
De verdad, gracias.
Itachi sintió cada una de esas palabras.
Sintió también la forma en que Glenn la besaba: con una ternura reverente, pero ahora también con una certeza más honda, como si ese cajón futuro que todavía ni existía del todo ya hubiera echado raíces dentro de él.
Cuando se separaron, Glenn miró otra vez el contenido de la mochila y soltó, todavía con la emoción pegada en la voz: —No sé ni cómo ordenar esto.
Itachi respondió sin vacilar: —Lo haremos juntos.
Luego giró apenas el rostro hacia el horno.
—Mientras, quiero poner el pescado a la naranja.
Solo falta que se cocine.
Glenn asintió y obedeció casi por reflejo.
Puso el pescado al horno.
Ajustó el tiempo.
Cerró.
Luego volvió hacia Itachi, que ya lo esperaba junto al comedor.
Comenzaron a ordenar las cosas con una seriedad suave, casi ceremonial.
Primero apartaron preservativos y anticonceptivos.
Luego, en otro grupo, las vitaminas prenatales y el ácido fólico.
Después, en otra parte, la fórmula de bebé y el pequeño biberón.
Glenn lo hacía con un cuidado casi reverente, como si esos objetos fueran más delicados que el vidrio, más importantes que cualquier medicamento o recurso práctico que hubieran llevado hasta entonces.
—No es mucho —dijo Itachi.
Glenn negó con suavidad.
—Pero es un comienzo —murmuró—.
Un hermoso comienzo.
Luego preguntó, todavía mirando las cosas: —¿Deberíamos designar un área para esto?
Itachi pensó un momento.
—Tal vez uno de los cajones que aún siguen vacíos.
Glenn asintió.
—Bien.
Y así trabajaron ambos mientras el pescado se cocinaba en el horno.
Guardaron los tres grupos de cosas de forma ordenada dentro de uno de los cajones del baño.
No a la vista.
No expuestos.
Pero tampoco escondidos como si fueran vergonzosos.
Solo resguardados.
Cuidados.
Como una promesa que aún no era presente, pero que ya tenía un lugar.
Cuando terminó todo, Glenn puso la mesa.
Itachi sacó el pescado del horno, el aroma cítrico, tibio y limpio llenó el pequeño RV.
Sirvió ambos platos.
Se sentaron.
Y mientras comían, hablaron.
Primero poco.
Luego más.
Luego con esa profundidad que solo aparece cuando dos personas ya han cruzado cierto punto y saben que lo que digan ahí dentro va a quedar guardado para siempre.
Glenn fue quien abrió el corazón primero, como casi siempre.
—Ya no siento que esto sea una mentira —dijo, mirando un momento el plato antes de alzar los ojos hacia ella—.
Y no hablo solo del campamento.
No hablo de la coartada.
Hablo de nosotros.
De lo que somos cuando estamos aquí dentro.
De lo que siento por ti.
Ya no hay ninguna parte de mí que piense “esto es fingido”.
Itachi lo escuchó en silencio.
Glenn siguió: —Te amo.
Y lo sé.
Lo sabía ya, pero ahora lo sé todavía más.
No es solo deseo.
No es solo cariño.
No es solo que te necesito cerca.
Es amor.
Es completo.
Es… —hizo una pausa, buscando una palabra suficiente y no hallándola—.
Es todo.
Si me preguntaran hoy qué quiero de este mundo, aunque esté destruido, la respuesta seguirías siendo tú.
Itachi dejó el tenedor a un lado por un momento.
Lo miró.
Y aunque su forma de sentir no era idéntica, aunque dentro de ella las cosas siguieran organizándose de otro modo, comprendía el peso de lo que Glenn estaba poniendo sobre la mesa.
No era algo pequeño.
No era emoción del momento.
Era una verdad asentada.
Ella respondió con honestidad, como siempre.
—Yo todavía no lo llamo amor.
Glenn asintió enseguida.
No se ofendió.
No lo necesitaba.
Ya conocía esa parte de ella.
Itachi siguió: —Pero tampoco puedo llamarlo cualquier otra cosa menor.
No después de todo lo que siento cuando te veo.
Cuando te toco.
Cuando te busco.
Cuando pienso en un futuro y apareces tú.
No sé amar como tú.
No lo aprendí.
Nunca tuve ese espacio.
Fui criada como soldado.
Como arma.
Como shinobi.
Todo en mí estaba hecho para resistir, obedecer, calcular, proteger… no para sentir esto.
Glenn la observaba con absoluta atención.
Itachi continuó, y cada palabra en ella pesaba más porque no la regalaba fácilmente: —Pero te quiero en mi vida.
Fuerte.
Mucho.
Te quiero cerca de mí.
Te quiero en mi espacio.
Te quiero en mis mañanas.
Te quiero cuando cocino.
Cuando cuido el vagón.
Cuando salimos.
Cuando volvemos.
Te quiero en el futuro que imagino.
Y aunque aún no sea amor del modo en que tú lo sientes, estoy aprendiendo a quererte de una forma cada vez más profunda.
Y no quiero detener eso.
Los ojos de Glenn volvieron a humedecerse, pero esta vez la emoción no lo quebró; lo sostuvo.
—Eso ya es demasiado para mí —murmuró, sonriendo apenas.
Itachi inclinó la cabeza, observándolo con una suavidad que solo existía para él.
—¿Demasiado?
—Sí.
Porque tú no mientes cuando hablas así —dijo Glenn—.
Si dices que me quieres en tu vida, entonces lo dices de verdad.
Si dices que me estás aprendiendo… entonces lo estás haciendo de verdad.
Itachi asintió.
—Sí.
Hubo un pequeño silencio.
No vacío.
Firme.
Glenn habló otra vez, más bajo: —Entonces ya no somos dos personas sosteniendo una mentira.
Itachi respondió sin dudar: —No.
—¿Somos esposos?
Ella lo miró de frente.
Y la respuesta no le salió como broma, ni como táctica, ni como fachada.
—Sí.
El corazón de Glenn dio un vuelco entero.
Y la cena siguió después de eso, más despacio, más íntima, más llena.
Hablaron de futuro.
No como quien hace planes inmediatos.
Como quien empieza a aceptar que el mañana existe y que puede compartirse.
Hablaron de seguir construyendo el RV.
De mantener el vagón.
De seguir plantando.
De cuidar a los animales.
De moverse si era necesario.
De protegerse el uno al otro.
Y debajo de todo eso, latiendo como una segunda conversación silenciosa, quedó la verdad más importante de la noche: que Glenn amaba a Itachi sin reservas.
Y que Itachi, aunque aún no nombrara lo suyo del mismo modo, ya no concebía su vida sin él dentro.
Y que eso, en el fin del mundo, era más real que cualquier ceremonia.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com