ojos carmesí - Capítulo 48
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48: Registros de Vida.
48: Registros de Vida.
Comieron con calma después de aquella conversación, después de ordenar juntos el cajón donde habían guardado no solo objetos, sino promesas.
El pescado a la naranja había quedado suave, fragante, con ese ligero toque cítrico que parecía limpiar el paladar y también el ánimo.
Glenn lo comió en silencio, mirándola de vez en cuando por encima del plato, todavía con el corazón extraño, cálido, casi incrédulo de pura felicidad.
Itachi comía con la serenidad de siempre, pero dentro de ella las cosas también seguían moviéndose.
No se le notaba en el rostro.
Nunca se le notaba del todo.
Sin embargo, cada vez que alzaba la mirada y se encontraba con los ojos de Glenn, comprendía más y más que algo estaba echando raíces en ella.
Cuando terminaron, lavaron los trastes juntos.
Glenn enjabonaba y enjuagaba mientras Itachi secaba y devolvía cada cosa a su lugar.
Después se asearon, se lavaron los dientes, se enjuagaron la boca y dejaron la cocina impecable.
La noche aún no era demasiado profunda, pero ambos decidieron quedarse dentro de la autocaravana.
No tenían deseos de salir hacia la fogata.
No esta vez.
No cuando el día ya se había vuelto tan suyo.
Se cambiaron entonces a sus pijamas.
Glenn a su ropa de dormir de algodón, cómoda y sencilla.
Itachi al camisón negro de seda y la bata ligera sobre los hombros.
Después de quitarse el tocado, soltó el cabello.
La cascada negra cayó sobre su espalda y parte de sus hombros con una belleza que seguía afectando a Glenn de la misma forma brutal y dulce de siempre.
Itachi tomó el peine de madera.
Iba a cepillarse.
Pero Glenn, que la observaba desde el borde del comedor con el corazón todavía demasiado lleno para guardar silencio, habló antes.
—Déjame a mí hacerlo.
Itachi volvió el rostro hacia él.
Lo observó un segundo.
No hubo burla, ni pregunta.
Solo esa pausa suya, evaluándolo, midiéndolo, sintiendo también el peso íntimo de la petición.
Luego asintió.
Y le tendió el peine.
Glenn lo tomó con una devoción casi reverente.
Itachi se sentó de espaldas a él, sobre uno de los sillones, y Glenn se acomodó detrás.
Pasó los dedos primero, con cuidado, separando algunos mechones antes de usar el peine.
Comenzó desde las puntas, lento, paciente, evitando tirones, deshaciendo pequeños enredos con una ternura que parecía más una caricia prolongada que un simple acto de aseo.
El cabello de Itachi era pesado, sedoso, oscuro como tinta húmeda.
Glenn lo cepillaba como si estuviera tocando algo precioso y frágil.
Itachi lo sentía.
Sentía la suavidad con que él trabajaba.
Sentía el silencio cómodo entre ambos.
Sentía que, incluso en eso, Glenn era incapaz de tratarla con otra cosa que no fuera cuidado.
Cuando terminó, el cabello caía completamente liso, brillante, sobre la espalda de Itachi.
Glenn dejó el peine sobre la mesa.
—Listo —murmuró.
Itachi giró un poco el rostro hacia él.
—Gracias.
Glenn sonrió.
—Siempre.
Fue entonces cuando la mirada de Itachi se movió hacia el vagón, hacia el espacio detrás del RV donde crecían y respiraban las pequeñas pruebas vivas de todo lo que habían estado construyendo.
—Tenemos que revisar a las conejas y a las cuyas —dijo.
Glenn entendió enseguida el cambio de tono.
No era frialdad.
Era enfoque.
Asintió y se sentó a su lado en el comedor.
—¿Hay algo mal?
—No.
Pero dos de las conejas ya están en cinta.
Y también dos de las cuyas.
Necesitamos separarlas de los machos antes del parto y controlar los tiempos.
Glenn frunció ligeramente el ceño, no por desacuerdo, sino por concentración.
—¿Controlar los tiempos?
—Sí.
Si no registramos los partos, la recuperación y las rotaciones de machos, podemos agotar a las hembras demasiado rápido.
Eso volvería ineficiente todo el sistema.
Glenn asintió y observó el área del comedor.
—Entonces necesitamos un registro.
Itachi lo miró.
—Exactamente.
Sacaron un cuaderno viejo, grande, de hojas gruesas, con la cubierta gastada y firme.
También una pluma de tinta.
Glenn lo puso sobre la mesa.
Itachi se sentó frente a él.
La luz cálida del RV cayó sobre ambos, sobre el papel, sobre sus manos, sobre el pequeño espacio donde ya no solo planeaban supervivencia, sino organización de vida.
Glenn pasó la mano por la portada.
—¿Cómo lo llamamos?
Itachi respondió enseguida.
—Registro de partos.
Glenn sonrió apenas.
—Directo.
—Útil.
Abrió el cuaderno.
En la primera página, con letra clara, Glenn escribió: Registro de Partos.
Luego trazó líneas.
Una sección para cuyes.
Otra para conejos.
Y debajo columnas para fecha, camada, número de crías, sexo si podían identificarlo, estado de la madre, fecha de siguiente monta.
A partir de ahí la conversación fue haciéndose larga, precisa, casi técnica, pero envuelta en la misma calidez extraña que ya empezaba a pertenecerles incluso cuando hablaban de animales y reproducción.
Itachi iba explicando y Glenn preguntaba.
Glenn anotaba y luego volvía a preguntar.
Itachi corregía.
Glenn proponía maneras más fáciles de organizar.
Y entre ambos construyeron un sistema.
—Entonces —dijo Glenn, pluma en mano—, empezamos por las conejas.
—Sí.
—¿Cuántas están preñadas ahora mismo?
—Dos confirmadas.
—¿Y cómo lo sabes con tanta seguridad?
Itachi levantó una mano y la miró apenas.
—Palma mística.
Además de la palpación básica.
Pero con chakra es más exacto.
—Eso sigue pareciéndome increíble.
—Lo sé.
—No me voy a acostumbrar nunca.
—Sí lo harás.
—No.
Solo voy a enamorarme más cada vez que lo uses.
Itachi alzó apenas la vista.
Glenn, muy serio, escribió una línea más en el cuaderno.
—No me distraigas —dijo ella.
—Tú empezaste siendo divina.
—Glenn.
—Bien, bien.
Dos conejas.
¿Cuánto dura el embarazo?
—Entre veintiocho y treinta y un días.
—Eso es rápido.
—Demasiado.
Por eso hay que vigilar.
—¿Y las cuyas?
—Más largo.
Entre sesenta y cinco y setenta y dos días.
Glenn dejó salir un pequeño silbido.
—Entonces las cuyas son más lentas.
—Sí.
Pero las crías nacen más desarrolladas.
—¿Y las conejas?
—Más rápidas.
Más frecuentes.
Más delicadas con la gestión.
—Explícame eso.
Itachi señaló la columna del cuaderno.
—Cuando la coneja da a luz, el macho debe mantenerse lejos.
—¿Por cuánto tiempo?
—Al menos durante las primeras setenta y dos horas inmediatas, porque la fecundación puede ocurrir casi enseguida del parto.
Glenn alzó la vista.
—¿Tan rápido?
—Sí.
—Eso es una locura.
—Es biología.
—Sigue siendo una locura.
—Si el macho la monta demasiado pronto, no solo estresaría a la madre.
También afectaría el periodo de lactancia y el cuidado de las crías.
—Entonces… después del parto, se separa.
—Sí.
—¿Y cuánto tiempo antes de volver a permitir otra monta?
—Cuarenta y dos días después.
Glenn escribió.
—Cuarenta y dos… bien.
—Eso les da tiempo a recuperarse, alimentar a las crías y recuperar condición corporal.
—¿Y en las cuyas?
—También hay que vigilar, pero la gestión es un poco distinta.
Menos inmediata en ese aspecto.
Aun así, no debemos dejarlas con el macho todo el tiempo si queremos controlar líneas y desgaste.
—Rotación de machos —murmuró Glenn, escribiendo el subtítulo.
—Exactamente.
—¿Cuántos machos dejamos por grupo?
—Uno por grupo reproductivo, el resto separados.
—¿Y cómo decidimos cuándo rotarlos?
—Por fecha.
Por camada.
Por recuperación de las hembras.
Si un macho cubre demasiado seguido al mismo grupo, agotamos el sistema.
—Entonces no solo estamos criando animales.
—Estamos administrando una población pequeña.
Glenn sonrió.
—Eso sonó muy científico.
—Lo es.
—Me gusta cuando hablas así.
Itachi lo observó un segundo.
—Lo sé.
—¿Y cuántas crías crees que pueden venir?
—En conejas, depende.
Cuatro, seis, ocho.
A veces más.
En cuyas también varía, pero suelen ser menos.
—¿Puedes saberlo?
—Con chakra, más o menos.
No exacto al número todavía, pero sí el estado general.
—¿Y cómo están?
Itachi bajó la vista al cuaderno y luego volvió a Glenn.
—Sanas.
Ambas conejas están estables.
Las dos cuyas también.
Una de las conejas va un poco más adelantada que la otra.
—Entonces también anotamos eso.
—Sí.
—¿Qué más necesitamos?
—Jaulas separadas.
Heno fresco.
Un espacio más cálido, más tranquilo y con menos tránsito.
—Entonces usamos las jaulas vacías del lateral derecho del vagón.
—Correcto.
—Y los machos… —Se redistribuyen.
—¿No se pelearán?
—Si lo hacemos bien, no.
—Ese “si lo hacemos bien” me da presión.
—Tendrás que hacerlo bien entonces.
Glenn se rió por lo bajo.
—Siempre tan alentadora.
—Siempre tan eficiente.
—¿Sabes qué me gusta?
—¿Qué?
—Que esto… —dijo, tocando el cuaderno— se siente tan… nuestro.
Itachi lo miró en silencio.
Glenn continuó: —Como si estuviéramos construyendo algo de verdad.
No solo sobreviviendo.
Construyendo.
Itachi observó la página.
La tinta.
Sus manos.
Las de él.
El título escrito.
Las columnas.
Los nombres.
Las fechas.
Y asintió.
—Sí.
Eso fue suficiente.
Cuando terminaron el esquema básico, Glenn sopló suavemente sobre la tinta todavía fresca para secarla más rápido.
Itachi tomó el cuaderno en una mano.
Con la otra alzó una de las pequeñas lámparas portátiles.
Y ambos se dirigieron al vagón.
Dentro, la vida seguía respirando.
El olor a heno, tierra húmeda, animales y plantas los recibió enseguida.
La luz tenue cálida del panel solar iluminaba las jaulas, los niveles de cultivo y los pequeños rincones organizados con exactitud casi amorosa.
Glenn entró primero esta vez, dejando el cuaderno sobre una repisa lateral antes de abrir una de las compuertas pequeñas.
Itachi lo siguió.
Comenzaron por las conejas.
Itachi metió las manos con firmeza segura.
Tomó a la primera coneja y la sostuvo contra su pecho mientras apoyaba la otra mano sobre el vientre.
Sus dedos brillaron apenas en verde, una luz leve, contenida, el uso preciso de la palma mística para revisar sin dañar.
Glenn la observaba con atención completa.
—¿Cómo está?
—Bien.
Latido estable.
Feto viable.
Buen tono muscular.
No hay estrés.
—¿Cuánto le falta?
—Poco menos de dos semanas.
Glenn abrió la puerta de una de las jaulas separadas.
Ya tenía heno fresco puesto en una esquina.
Itachi dejó allí a la coneja con cuidado.
El animal olfateó el nuevo espacio, dio una vuelta corta y se acomodó.
—Una menos —dijo Glenn, tomando el cuaderno para anotar.
—Escribe: coneja uno, gestación avanzada, traslado hecho hoy.
Glenn lo hizo.
Pasaron a la segunda.
La revisión se repitió.
—¿Y esta?
—Más temprana.
Sana también.
—¿Crías bien?
—Sí.
—¿Cuántas crees?
—No te lo diré exacto todavía.
—¿Porque no lo sabes o porque quieres que me sorprenda?
—Porque quiero comprobar luego si mis cálculos fueron correctos.
—Eso sonó más a ninja médico que a futura madre de conejos.
Itachi movió apenas la vista hacia él.
—No vuelvas a usar esa frase si quieres que te ayude a mover las jaulas.
Glenn sonrió de inmediato.
—Lo siento.
Futura administradora suprema de partos de conejos.
—Mejor.
La segunda coneja fue también trasladada.
Luego pasaron a las cuyas.
Con ellas el trabajo fue un poco distinto, un poco más pausado.
Itachi revisó el vientre de cada una mientras Glenn sostenía la lámpara mejor para verla.
La luz verde de la palma mística se extendía suave, como un velo mínimo.
—¿Y ellas?
—Más estables aún.
Pero una de estas está más cargada.
—¿Eso es malo?
—No.
Solo significa que debemos vigilarla mejor cuando se acerque la fecha.
—Entonces anotamos observación extra.
—Sí.
Glenn escribió.
Luego levantó la vista hacia ella mientras acomodaban a la primera cuya preñada en una jaula aparte, con más heno, más espacio y menos estímulo externo.
—Recuérdame otra vez cuánto dura el embarazo de las cuyas.
—Alrededor de sesenta y cinco a setenta y dos días.
—¿Y el de los conejos?
—Entre veintiocho y treinta y un días.
—Cada vez que lo repites siento que los conejos viven en modo acelerado.
—Lo hacen.
—¿Y las cuyas no pueden quedar preñadas tan rápido otra vez como las conejas?
—No de la misma forma inmediata, no.
El problema crítico y urgente es más con las conejas.
Pero igual debemos controlar los machos para no desgastar a ninguna hembra.
—Entonces este cuaderno puede salvarnos de cometer errores.
—Sí.
—Y también ayudar a producir mejor.
—Ese es el objetivo.
—¿Te das cuenta de que esto es como dirigir una granja?
Itachi acomodó otro montón de heno en la jaula nueva.
—Sí.
—Y yo era repartidor.
—Y ahora eres encargado de logística, limpieza, rotación de machos y apoyo obstétrico.
Glenn soltó una risa baja.
—Apoyo obstétrico suena mejor de lo que merezco.
—Te estoy ascendiendo.
—Gracias, jefa.
—No soy tu jefa.
Glenn la miró de lado.
—No.
Eres mi esposa.
Itachi no contestó enseguida.
Pero la luz verde sobre sus dedos tembló apenas un segundo antes de volver a estabilizarse.
—Sí —dijo finalmente.
Glenn sonrió y escribió una línea más.
Después vino la redistribución del resto.
Separaron machos.
Ajustaron parejas futuras.
Movieron a uno de los conejos más tranquilos con los juveniles.
Sacaron a un cuyo macho de una jaula compartida y lo pusieron en otra donde no pudiera estresar a las hembras en recuperación.
Glenn cargaba, abría, cerraba, aseguraba.
Itachi revisaba, decidía, reorganizaba.
El trabajo se volvió casi una coreografía.
Mientras movían un pequeño divisor de madera, Glenn volvió a preguntar: —Cuando nazcan, ¿cómo sabremos cuándo destetar?
—Por tiempo y por desarrollo.
Observación de peso, movilidad, respuesta.
—¿Eso también lo anotamos?
—Sí.
—Este cuaderno se va a llenar rápido.
—Entonces será útil.
—¿Y si hacemos símbolos?
—¿Símbolos?
—Para saber rápido quién ya parió, quién está en lactancia, quién puede volver a monta, quién no.
Itachi lo observó con atención.
—Eso es una buena idea.
—Puedo dibujar círculos de colores o letras.
—Letras.
Más discreto.
Menos tinta.
—Siempre ahorrando recursos.
—Siempre.
—Entonces… P de preñada.
—L de lactancia.
—R de recuperación.
—M de monta permitida.
—Y X de no mezclar con machos.
Itachi asintió.
—Bien.
Glenn anotó la clave en la primera página.
Siguieron trabajando.
El heno fue reemplazado.
Los pequeños nidos quedaron preparados.
Más cálidos.
Más recogidos.
Itachi incluso hizo un pequeño hueco protector en una esquina de una de las jaulas de las conejas con las manos, acomodando el material de forma que después fuera más sencillo para la madre organizarlo a su manera.
La palma mística volvió a brillar una vez más sobre una de las cuyas.
—¿Cómo está esta?
—Bien.
Un poco más sensible.
Pero bien.
—¿Se estresa con el movimiento?
—Menos ahora que está sola.
—Entonces hicimos bien.
—Sí, Glenn.
Hicimos bien.
Él alzó la vista hacia ella.
Hubo algo en la forma en que ella dijo hicimos que le tocó el pecho.
No yo.
No tú.
Nosotros.
Cuando por fin terminaron, el vagón se veía aún más organizado que antes.
Las hembras preñadas estaban separadas.
Los machos redistribuidos.
El heno fresco dispuesto.
El cuaderno de partos reposaba abierto sobre la repisa, con las primeras páginas llenas de fechas, observaciones y planes.
Glenn se apoyó un segundo en una de las estructuras de madera y soltó el aire.
—Esto sí que fue trabajo.
Itachi cerró el cuaderno con cuidado.
—Sí.
—Pero me gusta.
—Lo sé.
—Se siente bien.
—Porque es vida.
Glenn la observó.
Ella seguía mirando el vagón.
Las plantas.
Los animales.
Los pequeños espacios cálidos que habían construido con sus manos.
Y Glenn comprendió algo en ese instante.
Que todo aquello no era solo recurso para ella.
No solo estrategia.
No solo alimento futuro.
Era también reparación.
Era crear con sus manos algo que la guerra nunca le había permitido sostener.
Vida.
Orden.
Cuidado.
Continuidad.
Se acercó entonces a ella.
Puso una mano suave sobre su cintura.
—Ven —murmuró.
Itachi volvió el rostro hacia él.
—¿Qué?
—Solo ven.
Ella se dejó guiar un paso más cerca.
Glenn inclinó la cabeza y besó su frente.
—Estoy orgulloso de nosotros.
Itachi lo observó en silencio.
Luego, con el cuaderno todavía en la mano, dijo apenas: —Yo también.
Y eso, en Itachi, era casi tan grande como una declaración.
Se quedaron unos segundos más dentro del vagón, repasando con la vista su trabajo.
Luego Glenn tomó nuevamente el cuaderno y lo abrió por la última anotación.
—¿Qué ponemos aquí?
—preguntó.
Itachi leyó la línea en blanco.
Pensó apenas.
Y dictó: —“Reorganización completada.
Madres estables.
Nidos preparados.
Sistema en observación.” Glenn escribió cada palabra con cuidado.
Cerró el cuaderno.
Y ambos, al mismo tiempo, entendieron que aquella noche no solo habían organizado jaulas.
Habían empezado a registrar futuro.
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