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ojos carmesí - Capítulo 49

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49: La fotografia.

49: La fotografia.

Cuando terminaron de reorganizar las jaulas, de revisar a las conejas preñadas, de mover a las cuyas a sus espacios de parto y de dejar por escrito cada observación en aquel cuaderno viejo de hojas gruesas, Glenn cerró la tapa con cuidado, apoyando la palma sobre la portada como si no estuviera cerrando solo un registro, sino algo mucho más íntimo.

El sonido suave del cartón gastado al cerrarse resonó bajito dentro del vagón, entre el olor a heno limpio, tierra fértil, hojas verdes y animales tibios.

La luz amarilla de las pequeñas lámparas alimentadas por sus paneles dejaba todo envuelto en una calidez doméstica, casi imposible de asociar con el fin del mundo que existía afuera.

Glenn se quedó observando el cuaderno unos segundos.

Luego levantó la vista hacia Itachi, que estaba de pie cerca de una de las jaulas nuevas, repasando por última vez que cada cierre estuviera bien asegurado.

La bata negra caía suave sobre su cuerpo, el camisón de tirantes se insinuaba debajo y su cabello suelto, oscuro y largo, descendía por la espalda como una cascada de tinta.

La escena era tan íntima, tan profundamente hermosa, que a Glenn se le apretó el pecho con esa emoción ya habitual y siempre nueva que ella le provocaba.

Entonces murmuró, casi como si el pensamiento se le hubiera escapado del corazón antes que de la cabeza: —Deberíamos tomarnos una foto.

Itachi volvió el rostro hacia él.

—¿Una foto?

—Sí —dijo Glenn, y ahora que lo había dicho en voz alta, la idea le pareció aún mejor—.

Tenemos la Polaroid.

Y aún nos quedan cartuchos de los que encontramos en la tienda de antigüedades.

La foto sale bastante grande, suficiente para ponerla en un marco.

¿Diez por quince, más o menos?

Aquí.

Itachi lo observó en silencio.

Miró el vagón.

Miró el cuaderno.

Miró las plantas, las jaulas, el pequeño banco de madera, la escalerita de dos niveles que usaban para alcanzar las partes altas, el espacio entero que entre los dos habían convertido en un sitio de vida.

Luego volvió a mirarlo a él.

—¿Aquí?

—preguntó.

—Sí —dijo Glenn, sonriendo apenas, con una ternura que no intentó ocultar—.

Aquí.

En el vagón.

Tú y yo.

La respuesta de Itachi llegó tras una breve pausa.

—¿Por qué no?

Fue suficiente para que la sonrisa de Glenn se abriera más.

Se movió con rapidez contenida, casi juvenil, salió al área principal del RV y regresó con la cámara Polaroid en las manos.

Itachi, por su parte, hizo un sello rápido con los dedos y creó un clon.

El pequeño sonido seco del jutsu rompió apenas el silencio, y la copia de ella apareció con la misma calma perfecta que la original.

Itachi le tendió la cámara sin necesidad de dar demasiadas instrucciones.

El clon comprendió.

Entonces Glenn e Itachi comenzaron a acomodarse.

Glenn se sentó en el pequeño banco de madera que tenían dentro del vagón, justo al centro del pasillo, donde detrás de él se veían las jaulas de los conejos y de los cuyos, y al otro lado las repisas de cultivo llenas de lechugas, tomates, hierbas y brotes tiernos.

Itachi se sentó en su regazo, de lado, usando la escalerita pequeña como apoyo para uno de sus pies.

En las manos sostuvo el libro de registros de partos.

Glenn la rodeó por la cintura, acercándola más hacia él, como si fuera lo más natural del mundo, como si el lugar de Itachi hubiera sido siempre ese: encima suyo, dentro de sus brazos, en el centro de todo lo que estaba construyendo.

Itachi se acomodó con elegancia, con esa serenidad impecable que nunca perdía.

Pero en su rostro había algo distinto esta vez.

No una expresión estudiada, no una máscara, no la quietud del soldado.

Había una suavidad real.

Una sombra de sonrisa.

Apenas un gesto, pequeño, raro en ella, pero completamente verdadero.

Glenn, en cambio, no intentó esconder nada.

Sonreía abiertamente.

Su mano descansaba en la cintura de Itachi con firmeza protectora, casi posesiva pero nunca invasiva, y sus ojos… sus ojos decían todo lo que él ya no sabía ni quería ocultar.

Amor.

Orgullo.

Devoción.

Gratitud.

Futuro.

—¿Así?

—preguntó Glenn, mirando al clon de Itachi.

El clon inclinó apenas la cámara.

Itachi ajustó un poco el cuaderno en su regazo.

—Así está bien —dijo.

Glenn apretó apenas más su cintura.

—Te ves hermosa.

Itachi no volvió el rostro por completo hacia él, pero la pequeña sonrisa se hizo un poco más visible.

—Tú siempre dices eso.

—Porque siempre es verdad.

El clon no comentó nada.

Solo alzó la cámara.

—Listos —dijo.

Y entonces el flash sonó.

La luz blanca estalló un instante en el vagón y la fotografía fue expulsada por la parte inferior de la cámara con su pequeño ruido mecánico.

Glenn e Itachi se movieron enseguida.

El clon le entregó la foto a Glenn, que la sostuvo con cuidado reverente, como si fuera algo frágil y valioso.

Los dos se inclinaron sobre ella, hombro con hombro, observando cómo la imagen iba apareciendo poco a poco.

Y era hermosa.

Más de lo que Glenn había esperado, incluso.

Allí estaba él, sentado, sosteniéndola con esos brazos que parecían haber encontrado propósito en rodearla.

Allí estaba Itachi, en su regazo, con el cuaderno en las manos, el cabello suelto cayendo como seda oscura, el camisón y la bata dándole un aire íntimo, doméstico, elegantemente cálido.

Glenn sonreía con esa luz suya, esa felicidad transparente que solo le salía con ella.

Itachi también sonreía, apenas, pero estaba ahí.

Una sonrisa suave, poco común, privada, la clase de gesto que solo existía cuando nadie más del mundo importaba.

A su alrededor, el vagón los enmarcaba por completo: las jaulas de madera con los animales, las plantas creciendo en niveles, los carteles pequeños que Glenn había ido añadiendo a cada cultivo, la luz dorada de las lámparas, la vida que habían organizado entre ambos.

No era solo una foto.

Era evidencia.

De que habían construido algo.

De que eran felices.

De que eran reales.

Glenn soltó una risa baja, casi incrédula de pura emoción.

—Se ve hermosa.

Itachi observó la imagen varios segundos más.

—Sí —dijo al fin.

Glenn giró la foto un poco para verla mejor bajo la luz.

—Deberíamos enmarcarla.

Itachi asintió.

—Mañana, cuando vayamos al pueblo, podemos buscar un marco.

Glenn levantó la vista hacia ella y asintió con una sonrisa tan satisfecha que a Itachi le fue imposible no verlo como algo más que simple alegría.

Era pertenencia.

Era raíz.

Era hogar.

—Me parece bien —dijo él.

La fotografía fue llevada con cuidado hacia el interior del RV.

Glenn la dejó por el momento sobre una repisa alta, lejos de humedad o accidentes.

Luego el cuaderno de registros fue guardado nuevamente dentro del vagón, en uno de los compartimientos pequeños que habían designado para todo lo relacionado con la gestión de los animales.

Itachi apagó algunas luces.

Glenn revisó los pestillos.

El clon desapareció en un pequeño sonido suave.

Después cerraron el vagón.

Y se fueron a dormir.

En la cama, dentro de la habitación de la autocaravana, el mundo volvió a reducirse otra vez a ellos dos.

Las cobijas los envolvieron con calor.

Itachi se acomodó primero, y Glenn fue hacia ella como siempre, sin pedir permiso ya, sin miedo a ser rechazado, porque hacía tiempo que ese espacio entre ambos había dejado de ser incierto.

Se acurrucó alrededor de ella, compartiendo el calor, compartiendo el peso del cuerpo, compartiendo el silencio.

Y mientras la oscuridad se asentaba dentro del cuarto, Glenn pensó que ya no tenía sentido llamar mentira a nada de lo que eran.

No después de los besos.

No después del cuaderno.

No después de las provisiones guardadas “para un futuro”.

No después de una fotografía en la que ambos se veían como lo que realmente eran.

Marido y mujer.

No solo de apariencia.

No solo para el campamento.

No solo por coartada.

Reales.

Y no solo eso.

Dos esposos que ya pensaban en futuro.

No únicamente con plantas, animales o provisiones.

También con una familia.

Con un mañana que, por primera vez en mucho tiempo, ambos se permitían imaginar.

Mientras tanto, afuera, la cantera seguía reuniéndose alrededor de la fogata.

La noche había avanzado y el cansancio del día se notaba en los cuerpos.

Amy y Andrea habían terminado de organizar las cajas.

Jackie ayudaba a cerrar y apartar las que correspondían a la mañana siguiente.

Carol se acercaba y se alejaba entre el fuego y las provisiones, manteniendo ese aire callado de mujer ocupada que ya se había vuelto parte de ella.

Andrea, al mirar hacia el lugar donde siempre veía aparecer a Glenn e Itachi cuando la noche caía, murmuró: —Parece que hoy no van a venir.

Jaqui levantó la vista apenas.

—Al parecer no.

Pero podemos guardar sus provisiones y que mañana las recojan.

Su caja ya está lista de todos modos.

Las mujeres asintieron.

No había molestia en eso ya.

Solo aceptación.

Comprensión incluso.

Carol y Amy llegaron entonces con las primeras porciones de pastel horneado.

Habían usado la mezcla que Glenn e Itachi trajeron: algunas de chocolate, otras de limón, otras de vainilla.

El olor dulce comenzó a extenderse alrededor del fuego como un recuerdo colectivo de algo que no pertenecía al apocalipsis sino a otra vida: cumpleaños, cocinas limpias, tardes de domingo, cafeteras encendidas, niños esperando postre.

Y por unos minutos, la cantera dejó de oler a lata, humo y tierra húmeda.

Olía a pastel.

Los niños fueron los primeros en sonreír de verdad.

Carl recibió su porción con una emoción mal contenida, Sofía con una alegría más abierta, más luminosa.

Amy los vio comer y sonrió sin poder evitarlo.

Andrea tomó un trozo y, al probarlo, cerró un instante los ojos como si el simple sabor dulce la hubiera llevado demasiado lejos, demasiado atrás, a una cocina antes del horror.

Desde el punto de vista de Amy, aquella noche era extrañamente importante.

No por la mezcla en caja en sí, sino por lo que representaba.

Glenn e Itachi habían traído algo innecesario para sobrevivir y, precisamente por eso, valioso para vivir.

Habían pensado más allá del hambre.

Habían pensado en alegría.

En niños felices.

En algo tonto y dulce que hiciera a todos recordar que seguían siendo personas y no solo sobrevivientes.

Andrea también lo entendió así.

Cada vez le resultaba más evidente que aquellos dos no solo salían a buscar recursos; traían con ellos un tipo distinto de pensamiento.

Glenn aportaba humanidad, bondad, esa capacidad suya de seguir viendo detalles pequeños, y Itachi aportaba precisión, análisis, la habilidad de transformar esa bondad en estrategia útil.

Juntos eran… demasiado funcionales.

Casi perfectos.

Y eso la impresionaba.

Carol, mientras repartía porciones, observaba a los niños lamerse los labios y pensaba en el contraste.

Todo aquello salía de las manos de una mujer que parecía dura como piedra frente al peligro y, sin embargo, pensaba en juguetes, en cuentos, en postres, en protector solar para un anciano.

Carol entendía mejor cada día por qué Itachi protegía tanto su hogar.

Porque dentro de esa autocaravana ella y Glenn no solo vivían.

Construían algo sagrado.

Jaqui pensaba parecido.

Ya no veía arrogancia en la forma en que se apartaban del grupo al final del día.

Veía intimidad.

Veía límites sanos.

Veía a dos personas que habían encontrado en el otro no solo compañía, sino refugio.

Morales, sentado con su familia, comía despacio su porción de pastel y pensaba en el modo en que Glenn e Itachi caminaban siempre juntos, como si ya supieran que, si el mundo se derrumbaba otra vez mañana, lo atravesarían del mismo modo: unidos.

Como hombre de familia, aquello le resultaba profundamente comprensible.

T-Dog comía en silencio, observando las latas convertidas ahora en sistema de alarma, las cajas ordenadas, el fuego, la comida, el grupo, y entendía que buena parte de la estabilidad reciente del campamento tenía un nombre doble: Glenn e Itachi.

No porque lideraran a gritos.

Porque hacían.

Daryl, apartado como solía estar, comía su porción con calma y sin alardes.

No necesitaba decir en voz alta lo que pensaba.

Pero lo pensaba.

Aquella mujer y su marido eran extraños.

No por peligrosos, aunque ella lo era, sino por raros en un sentido distinto.

No quitaban sin dar.

No hablaban demasiado.

No presumían.

No debían nada.

Y aun así seguían dejando cosas atrás para otros.

Juguetes.

Ideas.

Café.

Pastel.

Protector solar.

Un carcaj de flechas.

El hombre pensó que, si alguna vez se iba todo a la mierda en la cantera, probablemente ellos dos serían de los pocos que saldrían caminando igual de enteros.

Merle, por el contrario, comía con pensamientos mucho menos nobles.

El pastel le importaba poco.

El grupo le importaba aún menos.

Su atención, como siempre que Itachi estaba involucrada, volvía hacia ella aunque no estuviera presente.

La imaginaba dentro del RV con Glenn, imaginaba la intimidad que no tenía derecho a ver, y esa mezcla de deseo vulgar y frustración se le volvía más ácida cada día.

No podía tenerla.

No podía acercarse.

No podía siquiera probar suerte porque sabía, con el instinto bruto que aún lo mantenía vivo, que esa mujer lo partiría antes de dejarse tocar si él cruzaba la línea equivocada.

Lori, mientras tanto, tenía una experiencia mucho más amarga de aquella noche.

El pastel en su boca sabía dulce, sí, pero no lo suficiente como para suavizar lo que llevaba días fermentándole dentro.

Escuchaba a Carl hablar emocionado de los cuentos, de los juguetes, de la sopa, de Glenn, de Itachi, y sentía otra vez esa mezcla fea de inferioridad y resentimiento.

No porque no amara a su hijo.

Porque lo amaba.

Precisamente por eso le dolía más ver cómo Carl miraba a Itachi con admiración, con interés, con afecto.

Lori sentía, sin quererlo, que aquella mujer la opacaba.

Que todo lo que Itachi hacía salía bien.

Que incluso siendo silenciosa, distante y a veces casi fría, despertaba en la gente una respuesta mejor que la que ella obtenía aun cuando hablaba, pedía o intentaba imponer algo.

Pero si Lori sentía inferioridad, Shane sentía otra cosa mucho peor.

Obsesión.

No la habría llamado así.

No todavía.

Se diría a sí mismo que era atracción.

Interés.

Curiosidad.

Un reconocimiento de lo mucho que valía una mujer como esa.

Pero no.

Ya había cruzado eso hacía rato.

El hecho de que esa noche Glenn e Itachi no salieran, de que se quedaran dentro del RV, de que probablemente estuvieran allí solos, juntos, comiendo, hablando, viviendo como marido y mujer, le daba a Shane una punzada casi física.

No era solo deseo de cuerpo.

Era algo más retorcido, más posesivo, más profundo y más absurdo: deseaba el lugar de Glenn.

Deseaba lo que Glenn tenía.

No solo a Itachi de pie con una katana, ni a Itachi contando cuentos a niños, ni a Itachi sobre el tronco junto al fuego.

Deseaba a la Itachi privada, la de bata y camisón, la de cabello suelto, la que sonreía apenas para Glenn, la que lo dejaba abrazarla, la que compartía hogar con él, futuro con él.

Y eso lo corroía.

Mientras el campamento comía pastel y hablaba en voz baja, Shane observaba la oscuridad donde estaba la autocaravana de ellos dos y sentía crecer dentro de sí algo que ya no se parecía a un simple gusto.

La cantera, sin embargo, no sabía lo que se cocinaba en la cabeza de Shane.

La cantera comía.

Sonreía.

Suspiraba.

Los niños se manchaban apenas los dedos de migas.

Amy hablaba con Carol sobre repetir la receta si quedaba mezcla.

Andrea comentaba con Jaqui que mañana tendrían que apartar bien las cajas de Glenn e Itachi.

Dale, desde arriba de su autocaravana, bebía algo caliente y miraba al grupo con ese cansancio tranquilo de hombre mayor que, aun en el fin del mundo, agradecía una noche con pastel y sin gritos.

Y dentro del RV de Glenn e Itachi, la noche seguía cerrándose suave alrededor de dos personas que, sin que el campamento lo supiera del todo, ya no estaban fingiendo nada.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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