ojos carmesí - Capítulo 50
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50: Dia de descanso.
50: Dia de descanso.
La mañana llegó despacio sobre la cantera, con esa luz pálida y húmeda que todavía pertenecía a las primeras horas del día, cuando el rocío seguía aferrado a la hierba y el frío se colaba suave entre las rendijas de las carpas, de las mantas y de los viejos vehículos donde algunos dormían.
Pero dentro de la autocaravana de Glenn e Itachi, la mañana tuvo otro ritmo.
Uno más lento.
Más tibio.
Más íntimo.
Glenn despertó primero a medias, todavía atrapado entre el sueño y la realidad, con la mente nublada y el cuerpo aferrado por completo al calor de Itachi.
No abrió los ojos enseguida.
No lo necesitó.
Sabía perfectamente dónde estaba.
Sabía, por el perfume suave de su cabello, por la calidez de su piel, por la forma en que su propio brazo seguía rodeando la cintura de ella, que había pasado la noche exactamente donde quería estar.
Se apretó más contra ella, todavía medio dormido, buscando por puro instinto enterrarse en su calor como si ahí estuviera la única certeza absoluta del mundo.
Itachi ya estaba despierta.
Como tantas otras mañanas.
Pero no se había movido.
Había permanecido allí, dentro de sus brazos, dejando que Glenn siguiera abrazándola mientras ella, en silencio, deslizaba sus dedos por el cabello de él, sobándolo con lentitud, con esa paciencia nueva que se estaba descubriendo capaz de tener solo con Glenn.
El contacto era leve, pero constante.
Sus dedos se movían entre los mechones oscuros de él, apartándolos, acomodándolos, rascando apenas el cuero cabelludo de una forma que hizo que Glenn exhalara, profundamente relajado.
Fue en ese estado, mitad dormido y mitad desarmado por la paz, que las palabras se le escaparon solas, suaves, sinceras, sin estrategia ni defensa.
—Te amo.
Itachi no detuvo la caricia.
No se tensó.
No se apartó.
Sus dedos siguieron perdiéndose en el cabello de Glenn mientras observaba el techo apenas, sintiendo el peso de la frase asentarse entre ambos con una naturalidad que días atrás le habría parecido imposible.
Luego, con la voz baja, tan baja que casi parecía pertenecer todavía al sueño, respondió: —A mi manera… estoy aprendiendo.
Yo también.
Eso fue suficiente para que el corazón de Glenn latiera con una fuerza tan limpia, tan inmensa, que tuvo que esconder el rostro un poco más en el cuello de Itachi.
No porque quisiera ocultarse.
Porque la emoción le apretó el pecho de una forma casi dolorosa de tan feliz.
Aquello, viniendo de ella, tenía un peso enorme.
Itachi no regalaba palabras.
No hablaba por llenar el aire.
No decía nada que no sintiera verdadero.
Y que ella le dijera aquello, que a su modo también estaba yendo hacia él, que también estaba aprendiendo a quererlo más allá de la estrategia, más allá de la promesa, más allá incluso de la misión, significaba demasiado.
Glenn sonrió contra su piel.
Itachi sintió esa sonrisa.
Y siguió sobándole el cabello un rato más.
La luz del sol comenzó a alzarse un poco más, filtrándose por las cortinas y los bordes de la habitación, dorando apenas las superficies.
Fue entonces cuando ambos se levantaron finalmente.
No con prisa.
No con torpeza.
Simplemente como quien ya comparte una rutina.
Glenn se incorporó primero, pero antes de alejarse besó suave el hombro de Itachi.
Ella lo dejó.
Luego también se sentó al borde de la cama y, después de unos segundos, ambos se pusieron de pie.
Abrieron las ventanas de la autocaravana.
El aire fresco de la mañana entró enseguida, llevando consigo olor a tierra húmeda, agua de laguna y bosque.
El rocío ayudó a aclimatar el interior del RV, donde el calor de la noche todavía se había quedado entre la ropa de cama y los muebles.
Itachi, después de asegurarse de que las corrientes fueran suaves y agradables, encendió el tocadiscos.
El chasquido de la aguja fue pequeño, casi íntimo, y poco después una canción country comenzó a sonar a volumen bajo, suficiente para llenar el espacio sin dominarlo.
Aquella música ya se había convertido, sin que ninguno lo hubiera decidido abiertamente, en parte de sus mañanas.
Glenn sonrió al escucharla.
Itachi lo vio, pero no comentó nada.
Luego ambos se dirigieron al vagón.
Y, como ocurría casi todos los días, lo que para otros podría haber sido trabajo, para ellos se había convertido en una forma de compartir la mañana.
Un cuidado conjunto.
Un rito.
Un pequeño hogar vivo que ambos sostenían con sus manos.
Glenn empezó por las jaulas de los animales.
Se agachó, abrió las compuertas una por una y fue revisando primero a los cuyos, luego a los conejos, luego a las gallinas y los gallos.
Cambió el heno donde hacía falta, retiró restos, limpió con cuidado, comprobó que todo estuviera seco y cómodo.
Después revisó los collares de los gallos y gallinas, aquellos que habían conseguido precisamente para amortiguar el canto sin lastimarlos.
Los tocaba con cuidado, aflojando apenas uno, ajustando otro, asegurándose de que estuvieran bien colocados, lo suficientemente firmes para servir y lo suficientemente suaves para no dañar.
Itachi, mientras tanto, regaba las plantas.
Sus movimientos eran medidos, tranquilos, precisos.
El agua caía sobre la tierra en hilos suaves.
Tomates, lechugas, zanahorias, papas, hierbas medicinales, aromáticas, todo iba recibiendo el rocío adicional de sus manos.
Luego cosechó una lechuga y varias zanahorias ya maduras.
Se agachó con un pequeño cuchillo y cortó el tallo de ambas con exactitud.
Las raíces y bases fueron replantadas enseguida.
Itachi formó sellos discretos con los dedos, y el mokuton respondió a su llamado como siempre, silencioso, obediente, lleno de vida.
Las plantas recién cortadas volvieron a afirmarse en la tierra, y en pocos segundos comenzaron a mostrar nuevos brotes, sanos, fuertes, listos para seguir creciendo.
Con las zanahorias cortadas y la lechuga en brazos, Itachi las colocó en una cesta de mimbre.
Luego comenzó a rodajear las zanahorias con ese mismo cuchillo pequeño y a deshojar la lechuga.
Glenn, que ya había terminado de limpiar las jaulas, se acercó hacia ella y tomó de sus manos la comida ya preparada.
—Yo me encargo —dijo.
Itachi asintió.
Glenn fue entonces alimentando a los animales.
Primero los conejos, luego los cuyos, luego las gallinas, repartiendo las zanahorias rodajeadas y las hojas con una paciencia casi alegre.
Había algo profundamente satisfactorio para él en cuidar aquel vagón, en sentir que cada mañana estaba haciendo crecer algo que era de los dos.
Después les dio agua a todos.
Revisó recipientes, llenó donde hacía falta, cambió algunos por agua más fresca.
Y cuando terminaron con eso, recolectaron los huevos que habían dejado las gallinas.
Glenn los fue poniendo con cuidado en otra cesta.
Luego tomaron también algunos tomates y pepinos, y las hojas de lechuga que habían sobrado.
Fue entonces cuando Itachi, mirando un espacio todavía libre en una de las zonas de cultivo, comentó: —Debería plantar algunos cebollines y cebolla.
Lo mismo con el ajo.
Glenn alzó la vista hacia ella.
—¿Crees que tu clon pueda conseguirlos?
Itachi asintió.
—Sí.
Formó sellos con una naturalidad ya cotidiana, y un clon apareció con un pequeño sonido seco.
No hubo necesidad de palabras.
El clon entendió.
Asintió una vez y desapareció para ir en busca de brotes de cebolla, cebollines, ajo y sus respectivas macetas o recipientes adecuados.
Glenn, que ya se había acostumbrado lo suficiente como para no quedarse pasmado cada vez, aun así no pudo evitar sonreír.
—Eso sigue pareciéndome injustamente útil.
Itachi lo miró apenas.
—Lo es.
Cuando el trabajo del vagón estuvo terminado, ambos se movieron hacia la cocina del RV con las cestas de vegetales y huevos.
Pero antes de que Itachi tomara la iniciativa habitual, Glenn habló: —Hoy cocino yo, amor.
Itachi lo observó.
Hubo una pequeña pausa, una evaluación breve, y luego simplemente le tendió la cesta de mimbre con todo lo recolectado.
Glenn la recibió con satisfacción.
—Bien —dijo ella.
Glenn comenzó a cocinar con entusiasmo sereno.
Sacó una sartén, acomodó los huevos, los tomates, los pepinos, la lechuga, pensó qué mezclar primero y qué dejar fresco.
La música country seguía de fondo, cálida, suave, y el aire fresco de la mañana seguía entrando por las ventanas abiertas.
Itachi, por un momento, se quedó sentada en el sillón del comedor observándolo.
Lo observó de verdad.
La forma en que Glenn se movía en su cocina.
En su cocina, pensó primero.
Y luego corrigió dentro de sí: en la cocina de ambos.
La facilidad con la que él había hecho suyo ese espacio.
La naturalidad con la que cocinaba, organizaba, abría gavetas, sacaba cuchillos, acomodaba verduras, limpiaba sobre la marcha.
Había algo inmensamente doméstico en aquella imagen.
Algo que seguía resultándole nuevo a Itachi.
Algo que, para otra persona, tal vez habría sido insignificante.
Para ella no.
Para ella era una escena que nunca había tenido.
Una vida que nunca había visto desde dentro.
Y entonces, sin pensarlo demasiado, dejó que su cuerpo siguiera ese impulso recién descubierto que cada vez le resultaba menos ajeno.
Se levantó.
Se acercó a Glenn por detrás.
Y se abrazó a él.
Rodeó su cintura con ambos brazos y apoyó el rostro en su espalda, entre los omóplatos primero, y luego un poco más arriba.
Se apretó suave contra él.
Glenn sonrió de inmediato, sin dejar de cocinar.
Su cuerpo se relajó entero bajo aquel abrazo, como si todo él hubiera estado esperando justamente eso.
—Hola —murmuró él.
Itachi no respondió enseguida.
Solo se apretó un poco más contra él.
Glenn siguió con una mano moviendo la sartén y con la otra apoyándose apenas en la encimera.
Su corazón latía feliz.
Lo sabía.
Ella también lo sabía.
Después Itachi inclinó un poco el rostro y besó suave la parte de atrás del cuello de Glenn.
Uno.
Y luego otro más pequeño.
Después volvió a abrazarlo, esta vez con un cariño más claro, más consciente.
Glenn cerró los ojos un instante.
—Si sigues haciendo eso, cocinaré todos los días —dijo.
Itachi, todavía pegada a él, respondió con una seriedad casi perfecta: —Anotado.
Y eso lo hizo reír bajito.
Mientras tanto, afuera, la mañana en la cantera había comenzado de una forma mucho menos íntima.
La gente se sentaba alrededor del fuego a desayunar sus latas recalentadas, a tomar café si habían logrado guardar algo, a intentar sostener una rutina.
El humo subía en hilos delgados.
El frío seguía aferrado a los huesos de los que habían dormido en carpa.
Las conversaciones eran pocas al inicio, todavía blandas por el sueño, pero poco a poco fueron creciendo.
Andrea fue quien mencionó lo evidente después de un rato, mirando hacia el área donde estaban las autocaravanas.
—Hoy Glenn e Itachi no irán a buscar provisiones.
Será mejor que les llevemos su caja.
Amy asintió enseguida.
—Sí.
Cuando es su día libre siempre prefieren pasarlo juntos.
Son tan lindos.
Carol, que estaba terminando de doblar una prenda antes de guardarla en la cesta de ropa para lavar, alzó apenas la vista y dejó ver una pequeña sonrisa cansada.
—Sí, lo son.
Jaqui también lo entendía ya.
No lo decía con romanticismo, sino con pura observación: Glenn e Itachi protegían su tiempo juntos igual que protegían su autocaravana.
Nadie podía culparlos por eso.
Cuando terminaron de desayunar, Andrea, Amy, Carol y Jaqui se levantaron con los cestos de ropa y las cajas.
Iban hacia la laguna a lavar.
Daryl, como en otras ocasiones, se movió detrás de ellas, lo bastante cerca para cuidarlas y lo bastante lejos para no invadir la conversación femenina que por lo general se daba en esos trayectos.
Antes de bajar completamente hacia el agua, las mujeres decidieron pasar por la autocaravana de Glenn e Itachi.
Desde el punto de vista de Amy, la idea era simple: dejarles su caja sin interrumpir demasiado.
Desde el de Carol, también había algo más: comprobar, aunque fuera de lejos, que estaban bien.
Desde el de Andrea, era organización pura.
Desde el de Jaqui, eficiencia.
Daryl no opinó.
Solo las siguió en silencio, con la ballesta al hombro.
Y mientras caminaban en esa dirección, el sonido suave de la música country comenzó a llegarles desde el interior del RV.
Una melodía baja.
Calma.
Hogar.
Y ahí, justo antes de llegar del todo a la autocaravana de Glenn e Itachi, terminaba aquella parte de la mañana: con el campamento acercándose al borde del pequeño mundo privado que ambos habían construido… y con Glenn todavía cocinando mientras Itachi lo abrazaba por la espalda dentro de su casa.
FIN DE CAPÍTULO Capítulo 53 — La mañana interrumpida —Entra un aire sereno por las ventanas abiertas —murmuró Glenn mientras terminaba de acomodar los platos y echaba el café humeante en las tazas—.
Me gusta.
Itachi, todavía abrazada a su espalda, apoyando el mentón apenas entre sus omóplatos, asintió de forma casi invisible.
—Sí —dijo—.
Es agradable.
El aire de la mañana cruzaba suave el interior del RV.
Entraba por las ventanas abiertas con olor a rocío, bosque húmedo y laguna cercana.
La música country seguía sonando a volumen bajo desde el tocadiscos, envolviendo todo con una calma doméstica que ya se había vuelto parte de ellos.
El vapor del café subía despacio.
Los vegetales recién cortados brillaban todavía con humedad.
Y Glenn, con Itachi colgada a su espalda como si fuera lo más natural del mundo, sonreía sin poder evitarlo.
Ella no se movía.
No parecía tener intención de hacerlo.
Seguía allí, pegada a él, silenciosa, cálida, envuelta en su pijama, con el cabello suelto cayéndole por la espalda y parte del hombro.
Glenn inclinó apenas el rostro, todavía con una sonrisa.
—¿Te vas a quedar ahí?
Itachi asintió otra vez, apenas.
Eso bastó para que la sonrisa de Glenn se volviera más amplia.
Porque eran pocos, muy pocos, los momentos en que Itachi se permitía ponerse así.
Mimosa no era una palabra que nadie usaría para describirla afuera del RV.
Nadie del campamento la imaginaría abrazándose a él por la espalda, buscando calor, buscando contacto, simplemente porque sí.
Pero Glenn sí la conocía así.
Y cada vez que pasaba, cada vez que ella se permitía bajar la guardia de esa manera solo con él, sentía que el corazón se le rendía un poco más.
Entonces Glenn dejó lo que estaba haciendo, se giró entre sus brazos y la envolvió de frente.
La abrazó por la cintura.
La observó.
Aún en pijamas, sin maquillaje de guerra, sin el traje, sin la rigidez calculada de la shinobi perfecta, Itachi seguía viéndose hermosa de una forma que lo desarmaba.
No menos imponente.
No menos ella.
Solo más íntima.
Más cercana.
Más suya, pensó Glenn con una posesividad suave que ya no intentaba negar dentro de sí.
Le sonrió.
Primero besó una de sus mejillas.
Luego la otra.
Después la punta de su nariz.
La frente.
Y luego los labios.
Uno.
Dos.
Tres besos suaves, cortos, cariñosos, como si quisiera llenarla de ellos solo porque sí.
Cuando iba a darle el cuarto, Itachi movió el rostro a un lado, alzando apenas una ceja.
Glenn se detuvo una fracción de segundo.
La miró.
Y vio el brillo en sus ojos.
Humor.
Un juego apenas naciendo.
—¿Ah, sí?
—murmuró él, divertido.
Intentó darle otro beso.
Itachi volvió a mover el rostro, esta vez con más intención.
Glenn sonrió aún más.
—¿Estamos jugando de esa manera ahora?
—No sé de qué hablas —dijo Itachi.
Pero el pequeño humor en su mirada la traicionaba por completo.
Glenn lo intentó de nuevo.
Y otra vez.
Y otra.
Tres besos más que Itachi esquivó con movimientos mínimos, elegantes incluso en algo tan simple como eso.
Ahora sí sonreía, suave, apenas, esa sonrisa rara y preciosa que solo aparecía para él y que lo volvía un idiota feliz cada vez que la veía.
—No es justo, amor —se quejó Glenn en un murmullo juguetón.
Itachi lo observó, a punto de responder.
Y entonces se detuvo.
Su atención giró hacia la ventana.
El cambio fue inmediato.
No brusco.
No violento.
Pero sí claro.
Glenn siguió la dirección de su mirada y entonces los vio.
Amy.
Andrea.
Jaqui.
Y Daryl, un poco más atrás.
Se habían acercado lo suficiente como para ver la escena.
Y la habían visto toda.
Glenn con Itachi entre los brazos, ambos en pijamas, compartiendo aquella pequeña lucha de besos y evasiones.
Itachi sonriendo.
Itachi dejándose abrazar.
Itachi jugando.
Itachi siendo suave de una forma que ninguno de ellos había visto jamás.
El rostro de Itachi volvió entonces a su serenidad habitual.
No fue un gesto grosero.
No fue frialdad.
Fue simplemente ese regreso instantáneo a la compostura exterior que ella siempre usaba frente al resto del mundo.
Amy fue la primera en reaccionar.
El rubor subió de inmediato a sus mejillas al comprender que habían interrumpido algo íntimo.
—Lo siento —dijo enseguida—.
No queríamos molestar.
Es solo que trajimos la caja con provisiones.
—No molestan —respondió Itachi.
Se movió entonces hacia la puerta con esa calma perfecta suya y la abrió para recibir la caja.
—Buenos días —saludó Glenn, todavía un poco rojo, pero incapaz de borrar la sonrisa de su rostro por completo.
—Buenos días —respondieron las mujeres casi al mismo tiempo.
Daryl no dijo nada, pero hizo un leve gesto con la cabeza a modo de saludo.
Itachi tomó la caja.
La sostuvo con facilidad.
Y luego cerró la puerta tras de sí con suavidad.
Desde dentro, Glenn, que todavía se había quedado un segundo cerca de la ventana, habló un poco más alto para que lo oyeran: —¿Van a lavar?
Carol, que llevaba la cesta más pesada, asintió.
—Sí.
Itachi volvió apenas la cabeza hacia Glenn.
—Nosotros también deberíamos.
—Sí —dijo Glenn—.
Lo haremos más tarde.
Las mujeres asintieron.
Hubo una pequeña despedida de gestos suaves.
Y luego siguieron su camino hacia la laguna, con Daryl detrás, en silencio como siempre.
Mientras caminaban, ninguna habló durante los primeros segundos.
No porque no tuvieran nada que decir.
Precisamente porque tenían demasiado.
Amy fue la primera en soltar el aire con una risa pequeña, todavía sonrojada.
—Dios mío.
Andrea la miró de reojo.
—Sí.
Jaqui cargó mejor la cesta y negó con una sonrisa breve.
—Bueno… ahora sí ya entiendo por qué no quieren que nadie entre a su autocaravana.
Carol no dijo nada al principio.
Solo caminó, con Sofía ya lejos de su lado esa vez, y pensó en lo que acababan de ver.
No la fuerza de Itachi.
No su elegancia.
No su katana.
No la mujer que analizaba todo desde el campamento con el rostro sereno.
No.
Habían visto otra cosa.
Una esposa.
Una mujer feliz por la mañana.
Una mujer siendo cuidada y queriendo de vuelta.
Amy volvió a hablar, más bajito esta vez, como si todavía sintiera que estaba contando algo casi privado.
—Nunca la había visto sonreír así.
—Yo tampoco —dijo Andrea—.
No de esa forma.
—Y en pijama —añadió Jaqui—.
Dios, se veía tan… normal.
Daryl, que venía un poco detrás, escuchaba.
No aportó de inmediato.
Carol finalmente habló: —No normal.
Íntima.
Las otras tres la miraron.
Carol siguió caminando mientras acomodaba mejor la cesta de ropa.
—Normal no es la palabra.
Porque incluso así… seguía viéndose como ella.
Seguía siendo Itachi.
Solo que… —buscó la forma adecuada— dejó ver una parte que no le muestra a nadie.
Amy asintió rápido.
—Sí.
Eso mismo.
Como si adentro del RV fuera otra versión suya.
Andrea negó suavemente con la cabeza.
—No creo que sea otra versión.
Creo que es la misma.
Solo que afuera siempre está alerta.
Jaqui soltó un pequeño “hm”.
—Y con razón.
Carol pensó un instante antes de responder.
—Glenn la hace sentirse segura.
Eso dejó un pequeño silencio entre ellas.
Amy fue la primera en sonreír.
—Y ella a él también.
—Sí —dijo Andrea—.
Se nota demasiado.
—La forma en que él la miraba… —murmuró Amy—.
Dios.
Ese hombre está completamente enamorado.
—Y ella lo sabe —dijo Jaqui.
Carol alzó apenas la vista hacia el camino.
—No solo lo sabe.
Lo cuida.
—¿Tú crees que lo quiera así de fuerte también?
—preguntó Amy, curiosa, genuinamente interesada.
Carol se tomó unos segundos antes de responder.
—No sé si de la misma manera —dijo con honestidad—.
Pero sí sé que lo elige.
A cada rato.
En cada gesto.
Andrea asintió.
—Eso es cierto.
Ella no hace nada porque sí.
Si lo abraza, si lo besa, si se le pega así por la espalda… es porque quiere hacerlo.
Amy se sonrojó otra vez al recordar la escena.
—Cuando él intentó besarla y ella se movía para que no le diera el beso… Jaqui soltó una risa baja.
—Estaba jugando con él.
—Y ella sonriendo —dijo Amy—.
Dios, casi me sentí mal por haberlo visto.
—Yo sí me sentí mal —admitió Carol—.
Era un momento muy de ellos.
Daryl habló entonces, seco, corto, pero con suficiente peso para hacerlas volver la vista hacia él.
—No parecían molestos.
Amy lo miró.
—¿No?
—No —dijo Daryl—.
Incómodos, sí.
Molestos, no.
Andrea pensó en eso y asintió lentamente.
—Tienes razón.
Jaqui añadió: —Glenn hasta siguió hablándonos normal.
—Porque él es así —dijo Amy—.
Todo lo vuelve… menos tenso.
Carol sonrió apenas.
—Y ella no fue grosera.
Solo volvió a su forma de siempre.
Daryl acomodó mejor la ballesta en su hombro.
—Protege lo suyo.
Esa frase, viniendo de él, sonó casi como una conclusión.
Y las cuatro la entendieron.
Itachi protegía su hogar.
Protegía a Glenn.
Protegía la intimidad que habían construido.
Y lo hacía no desde capricho, sino desde valor.
Desde la conciencia de que lo que existía dentro de esa autocaravana era raro, hermoso y frágil en un mundo como el suyo.
Amy suspiró.
—Son lindos.
Andrea resopló por la nariz, pero sin negarlo.
—Sí.
Carol pensó en Glenn, en la suavidad con que la había abrazado, en cómo ella se había quedado allí colgada de su espalda sin un gramo de incomodidad, como si ese fuera su lugar más natural.
—Más que lindos —dijo finalmente—.
Son hogar el uno para el otro.
Y esa frase se quedó flotando entre ellas mientras llegaban al borde de la laguna.
Mientras tanto, dentro de la autocaravana, Glenn había esperado a que se alejaran lo suficiente.
Escuchó el sonido de sus voces perdiéndose hacia el agua.
Esperó unos segundos más.
Y entonces Itachi, que también había permanecido quieta escuchando hasta confirmar que ya estaban lejos, volvió hacia él.
Sin una sola palabra.
Tomó sus mejillas entre ambas manos.
Y lo besó.
Suave.
Directo.
Breve, pero no demasiado.
Un beso que llegó como compensación y como elección.
Como si dijera: ahora que nadie mira.
Ahora que el momento vuelve a ser nuestro.
Glenn sonrió apenas contra sus labios cuando se separaron.
—Valió la pena la espera —murmuró.
Itachi lo observó.
Una mínima curva apareció en la comisura de su boca.
—Sí.
Luego volvieron al desayuno.
Se sentaron juntos.
El café ya estaba servido.
Los platos también.
Glenn se sentó cerca de ella, más cerca de lo estrictamente necesario, y comenzaron a comer entre el aire fresco de la mañana, la música country de fondo y la calma suave de un día que, por primera vez en varios, les pertenecía entero.
Hablaron del plan del día.
Primero, lavar ropa.
Luego quizá pescar algo.
Tal vez limpiar otra vez el interior del RV, revisar los cajones, ordenar mejor lo nuevo.
Itachi quería también revisar el cuaderno de partos otra vez después, por si debían añadir algo.
Glenn propuso quizá ir luego por la foto Polaroid y buscarle un lugar temporal mientras encontraban un marco adecuado.
Hablaron también de lo que el clon traería de cebollines, cebollas y ajo.
De dónde plantarían cada cosa.
De si los tomates ya estaban entrando en mejor producción.
De si las gallinas seguirían poniendo con ese ritmo.
Y entre tema y tema, también se quedó latiendo lo otro: la suavidad de la mañana, el “yo también” de Itachi, la forma en que había vuelto a besarlo apenas se cerró la puerta.
Comieron así.
Con calma.
Con ternura.
Con la tranquilidad de dos personas que ya no solo compartían techo, cama o misión.
Sino vida.
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