ojos carmesí - Capítulo 6
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6: El mapa del colapso.
6: El mapa del colapso.
La mañana del tercer día llegó con una claridad engañosa.
El sol subió con la misma paciencia de siempre sobre Atlanta.
La luz se deslizó entre los edificios, tocó ventanas, automóviles, anuncios, techos, árboles dispersos junto a las aceras.
Desde afuera, la ciudad todavía intentaba parecer una ciudad normal.
El tráfico no había desaparecido.
Los pájaros seguían cruzando el aire.
Había gente saliendo con café en la mano, con maletines, con prisa, con conversaciones a medio empezar.
La superficie del mundo seguía defendiendo la ilusión de continuidad.
Pero algo ya estaba mal.
No era solo una noticia aislada.
No era solo la inquietud sembrada por la radio del día anterior.
No era solo la forma torcida en que los presentadores pronunciaban palabras como “incidente”, “protocolo”, “violencia”, “cuarentena”, “control” y “disturbios”.
Era el ambiente.
Una tensión nueva en el tono de los conductores.
Un nerviosismo contenido en la mirada de algunos peatones.
El modo en que las pantallas de ciertos comercios ya mostraban barras rojas de “última hora”.
La forma en que las personas empezaban a mirar el teléfono un segundo más de lo normal.
Glenn había dormido mal.
Eso era evidente antes incluso de que tocara la puerta del apartamento de Itachi.
Ella lo sintió acercarse por el pasillo y percibió, con la misma exactitud con la que registraba cambios en la respiración de un enemigo antes de atacar, que su paso era distinto esa mañana.
Más lento.
Menos suelto.
No físicamente agotado, todavía no, pero sí tirante.
Como si hubiera pasado demasiadas horas pensando, mirando pantallas, tratando de convencerse de que todo seguía siendo explicable dentro de una lógica común.
Cuando Glenn tocó la puerta, Itachi ya estaba de pie al otro lado.
Abrió.
Y lo primero que vio fue exactamente lo que había esperado.
Los ojos de Glenn seguían siendo los mismos, vivos, atentos, cálidos incluso en la preocupación, pero tenían un cansancio nuevo.
No el cansancio del trabajo físico.
No el de una jornada larga.
Era un cansancio intermitente, el de alguien que se despierta varias veces durante la noche y cada vez, antes incluso de orientarse por completo, recuerda algo que no quería recordar.
No había descansado bien.
La televisión había dejado huella.
Las noticias también.
Él intentó sonreír al verla.
Lo logró solo a medias.
—Buenos días —dijo.
—Buenos días —respondió Itachi.
Glenn entró y ella cerró la puerta.
La calma del apartamento contrastó con él de inmediato.
Todo estaba más ordenado que el día anterior.
La sala, ya pintada, retenía esa luz cálida y limpia que habían construido juntos.
El pasillo parecía más amplio.
El baño ya no tenía aspecto viejo.
Los muebles estaban casi todos en su sitio.
El lugar dejaba de parecer una mudanza y empezaba a parecer un hogar real, sobrio, silencioso, contenido.
Y en medio de ese orden estaba Itachi, impecable como siempre, serena, pulcra, con la misma presencia controlada de quien no permite que el desorden del mundo se le pegue a la piel.
Glenn la observó más de un segundo.
Eso también era parte de lo que lo inquietaba.
Que ella se viera así de tranquila.
No solo tranquila por fuera.
Tranquila de verdad.
—Traje el televisor —dijo, levantando un poco la barbilla hacia el pasillo, donde había dejado el aparato y algunos cables—.
Pensé que… no sé.
Ya que hoy íbamos a terminar de ordenar, quizá podíamos instalarlo de una vez.
Itachi asintió.
—Está bien.
Trabajaron juntos desde temprano.
Primero entraron el televisor.
Después el soporte.
Luego los cables.
Glenn fue el que más habló mientras lo acomodaban en la sala.
No porque estuviera relajado, sino precisamente porque no lo estaba.
La conversación se le escapaba en frases cortas, pequeñas observaciones prácticas, comentarios sobre tornillos, sobre distancias, sobre el mejor ángulo desde el sofá.
Itachi respondió lo necesario.
Lo vio moverse por el apartamento y notó algo más: su atención estaba partida.
Una parte de Glenn estaba allí.
La otra seguía en la noche anterior.
En las imágenes.
En la tensión de los presentadores.
En los videos borrosos.
En los hospitales.
En las carreteras cortadas.
En la sensación persistente de que el país empezaba a sonar distinto.
Instalaron el televisor.
Lo conectaron.
Glenn acomodó el mueble bajo la pantalla y revisó la señal con movimientos rápidos, precisos, casi automáticos.
Era eficiente incluso nervioso, notó Itachi.
Eso decía mucho de él.
No se paralizaba.
Se tensaba, sí.
Pensaba demasiado, sí.
Pero seguía haciendo.
Seguía moviéndose.
Seguía tratando de resolver.
Después terminaron de ordenar lo que quedaba pendiente.
La sala fue completándose con la lógica sobria que Itachi había previsto desde el principio.
El sofá quedó de frente al televisor, con suficiente espacio para moverse alrededor sin torpeza.
La mesa baja centrada, sin exceso.
Dos lámparas, una más alta junto a una esquina y otra menor cerca del brazo del sofá.
Los estantes quedaron dispuestos con algunos libros visibles, pocos, escogidos con intención, no por cantidad sino por efecto.
La cocina fue ajustada con los últimos detalles: vajilla, paños, dos recipientes de vidrio, utensilios mínimos, café, frutas.
Luego pasaron a la habitación de Itachi.
Glenn entró y, sin querer, se volvió más consciente de sí mismo.
No porque hubiera nada impropio en la habitación.
No lo había.
La cama.
Una cómoda.
Una lámpara.
Algunas cajas ya vacías.
Pocas cosas visibles.
Todo limpio.
Todo medido.
Y, sin embargo, era su habitación.
Eso bastaba para que la percepción de Glenn cambiara.
De pronto, cada pequeño objeto parecía decir algo de ella, aunque no dijera casi nada.
La severa simplicidad del espacio.
La falta de exceso.
La ausencia casi total de adornos innecesarios.
La precisión con la que estaba colocada la cama con respecto a la ventana.
El orden de la cómoda.
Todo hablaba del mismo núcleo que él ya intuía: Itachi no improvisaba su vida.
La diseñaba.
La estructuraba.
La contenía.
—No tienes muchas cosas visibles —dijo él, mientras ajustaba un borde del mueble.
Itachi alineó un objeto pequeño sobre la superficie antes de responder.
—No necesito muchas.
Glenn la miró.
—Sí.
Eso también encaja contigo.
Ella lo observó de reojo.
—¿Y qué más encaja conmigo?
La pregunta lo tomó ligeramente desprevenido.
No por el contenido, sino por el hecho de que ella la hiciera.
Como si, por primera vez, quisiera saber cómo la veía.
Glenn se apoyó apenas en el borde de la cómoda, pensando la respuesta.
—Que todo en ti parece deliberado —dijo al final—.
Como si no hicieras nada porque sí.
Ni tu ropa.
Ni cómo hablas.
Ni cómo acomodas una silla.
Ni cómo cocinas.
Ni cómo pintas una pared.
Todo parece… elegido.
Itachi sostuvo su mirada unos segundos.
La descripción era exacta.
También era reveladora.
Glenn no la observaba solo con atracción.
La estaba leyendo.
Todavía de forma incompleta, todavía desde una lógica humana ordinaria, pero con una atención real.
No era superficial.
Había empezado a construir una comprensión de ella a partir de detalles.
Eso lo volvía más valioso aún como objetivo… y, al mismo tiempo, más peligroso para el tipo de distancia interior que ella estaba acostumbrada a mantener.
—Tiene sentido elegir bien —dijo.
Glenn sonrió, cansado pero genuino.
—Ves.
Justo eso.
Nadie responde así normalmente.
No dijo me gustas por eso.
Pero la frase quedó muy cerca de decirlo.
Cuando terminaron de arreglar la habitación, volvieron a la sala.
Entonces encendieron el televisor.
La pantalla se llenó de inmediato de un noticiero nacional.
No música.
No entretenimiento.
No distracción.
Noticias.
Las primeras imágenes bastaron para alterar la atmósfera del apartamento.
Ahora ya no se trataba de sucesos lejanos envueltos en un lenguaje ambiguo.
Ahora había violencia visible.
Automóviles abandonados en tramos de carretera.
Hospitales cerrando accesos.
Policías disparando contra personas que seguían moviéndose después de caer.
Cuerpos cubiertos con mantas.
Gente gritando frente a edificios acordonados.
Un helicóptero sobrevolando una zona urbana.
La voz de un presentador que intentaba mantener el tono profesional mientras detrás de sus ojos ya empezaba a verse el miedo real.
Glenn se sentó más despacio de lo habitual.
No apartó la vista de la pantalla.
La noche anterior no había dormido bien, y ahora eso se notaba todavía más porque la luz del día no conseguía borrar el agotamiento que se le había quedado pegado al rostro.
Debajo de su atención seguía habiendo tensión.
Los dedos de una mano se movieron apenas sobre su rodilla.
La mandíbula se endureció un instante.
La mirada iba de las imágenes a los textos en pantalla y de vuelta a las imágenes, como si tratara de encontrar la parte racional, la explicación, la frase exacta que devolviera todo a una escala comprensible.
Pero el problema era que ya no la había.
Itachi se sentó también.
Serena.
Limpia.
Pulcra.
Tan quieta como si no estuviera viendo el inicio del fin del mundo, sino un informe esperado que simplemente confirmaba lo que ya sabía.
Glenn la miró de reojo.
Otra vez sintió la misma disonancia.
Ella no estaba fingiendo calma.
Ella realmente estaba tranquila.
No indiferente.
No hueca.
No ciega.
Tranquila.
Eso, en cualquier otra persona, quizá lo habría irritado.
Le habría parecido desconexión o frivolidad.
En Itachi, sin embargo, le parecía otra cosa.
Una forma de control tan profunda que casi daba miedo.
Y, aun así, el miedo no se dirigía hacia ella, sino hacia la magnitud de lo que esa serenidad parecía implicar.
Como si Itachi viera más de lo que decía.
Como si ya hubiera pasado mentalmente por escenarios donde él apenas estaba empezando a entrar.
Pasaron varios minutos mirando.
Los canales hablaban de ataques.
De evacuaciones parciales.
De servicios saturados.
De violencia inexplicable.
De personas agresivas.
De “infectados” sin diagnóstico claro.
De contención.
De seguridad nacional.
De calma.
Siempre de calma, cada vez con menos convicción.
Glenn acabó rompiendo el silencio.
—¿Qué se supone que debemos hacer?
Itachi volvió la vista hacia él.
No respondió enseguida.
Glenn sostuvo su mirada.
Había cansancio en él, sí, pero también algo más íntimo: una necesidad creciente de tomarla como referencia.
No solo porque fuera inteligente.
No solo porque se viera compuesta.
Sino porque, desde el primer día, cada vez que algo se volvía ambiguo o demasiado grande, parte de él terminaba buscando la reacción de Itachi antes de decidir qué sentir.
Y eso lo descubrió ahora, sentado frente a las noticias, con una claridad que no esperaba.
Ella ya empezaba a ser su punto de orientación.
—Los eventos aislados ya no parecen solo en otro estado —dijo Glenn, la voz más baja—.
Ahora también están ocurriendo en Atlanta.
Itachi asintió apenas.
—Sí.
—Entonces, ¿por qué te ves tan tranquila?
La pregunta salió exactamente como había tenido que salir tarde o temprano.
No acusadora.
No dura.
Solo honesta.
Itachi sostuvo su mirada un segundo más.
Luego extendió la mano, tomó el control remoto y cambió de canal.
Después otro.
Y otro más.
Nacional.
Local.
Canal por cable.
Internacional.
Imágenes de Asia.
De Europa.
De América Latina.
De distintos idiomas.
De los mismos patrones.
Hospitales.
Policía.
Violencia.
Calles tensas.
Urgencia.
Negaciones oficiales que variaban en acento, no en contenido.
Glenn observó la pantalla como si su mente tardara un instante en reorganizar lo que estaba viendo.
No era solo Estados Unidos.
No era solo Atlanta.
No era solo una región.
Itachi dejó el control sobre la mesa.
—Tienes una computadora —dijo.
No era una pregunta.
Glenn asintió casi por reflejo.
—Sí.
—Tráela.
Fue a su apartamento rápido y volvió con ella a los pocos minutos.
Entró casi sin darse cuenta de la velocidad con la que se había movido, como si la necesidad de saber algo concreto se hubiera vuelto urgente de pronto.
Abrió la laptop en la mesa frente al sofá.
Itachi, sentada todavía con esa calma insoportable y exacta, habló sin elevar la voz.
—Busca situaciones similares en otros países.
Glenn obedeció.
Tecleó rápido.
Noticias internacionales.
Foros.
Videos.
Redes.
Portales extranjeros.
Traducciones automáticas.
Imágenes compartidas miles de veces.
Desmentidos oficiales.
Testimonios.
Pánico contenido bajo capas de negación.
A medida que abrió ventanas, el patrón se volvió imposible de ignorar.
Una ciudad en Francia.
Otra en Japón.
Disturbios en Brasil.
Hospitales saturados en Corea del Sur.
Videos en Reino Unido.
Reportes en Sudáfrica.
Ataques en zonas rurales y urbanas.
Los mismos movimientos.
La misma violencia.
Los mismos cuerpos que volvían a levantarse.
Glenn sintió que el estómago se le contraía poco a poco.
—Había… —murmuró, más para sí que para ella, mientras miraba la pantalla y otra pestaña y otra más—.
Había en todos lados.
Itachi no apartó la vista de él cuando dijo, con la misma serenidad con la que otros hablarían del clima: —Es una amenaza mundial.
Está ocurriendo en todas partes.
Glenn la miró.
Durante un segundo, las palabras no parecieron entrar completas.
Amenaza mundial.
Todas partes.
Eso significaba que no había zona segura obvia.
Que no era un brote local.
Que no era un incidente controlable dentro de una lógica sanitaria común.
Que el lenguaje de crisis empezaba a quedarse corto.
Que, si Itachi tenía razón —y Glenn ya estaba llegando a la aterradora conclusión de que la tenía—, entonces el mundo entero estaba entrando simultáneamente en algo que todavía nadie sabía nombrar bien.
—¿Qué hacemos?
—preguntó.
La pregunta salió más grave esta vez.
Más real.
Itachi respondió sin vacilar.
—Abastecernos.
Glenn quedó inmóvil un instante.
Ella continuó.
—El pánico colectivo pronto va a azotar el mundo.
Cuando la gente comprenda que esto no es local, van a correr a las tiendas.
Habrá compras masivas, peleas por productos, desorden, bloqueos, decisiones ineficientes.
Necesitamos adelantarnos.
No dijo tú necesitas adelantarte.
Dijo necesitamos.
Y Glenn registró eso de inmediato.
—¿Qué se supone que compre?
—preguntó.
—Recursos básicos de supervivencia —dijo Itachi—.
Agua.
Comida que dure.
Botiquín.
Linterna.
Baterías.
Cargadores.
Ropa útil.
Zapatos.
Documentos.
Un cuchillo.
Cualquier cosa que puedas cargar sin volverte lento.
Una maleta preparada tú.
Una maleta preparada yo.
Glenn miró la hora.
Su primer impulso fue inmediato.
—Entonces salgamos ahora.
Pero Itachi negó con la cabeza.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque ya es demasiado noche para eso.
A esta hora la gente ya empezó a notar cosas.
Habrá más movimiento, más nerviosismo, más errores.
Mañana a primera hora.
Antes de que el impulso se convierta en estampida.
Glenn volvió a mirar la pantalla.
Otra imagen.
Otra carretera.
Otro presentador.
Otra mentira suavizada.
Sabía, en alguna parte de sí, que ella tenía razón.
Ir esa misma noche sería moverse bajo ansiedad, improvisar, actuar desde la emoción.
Mañana temprano, en cambio, todavía podían ganar horas valiosas antes del pánico abierto.
Y aun así, obedecer esa lógica le resultó más fácil de lo que debería haber sido por una sola razón: venía de Itachi.
De nuevo, estaba tomándola como punto de referencia.
De nuevo, confiaba.
—Bien —dijo al fin.
La conversación siguió.
Más extensa.
Más lenta.
Ya no solo sobre compras o noticias, sino sobre posibilidades.
—Si esto empeora… —empezó Glenn.
—Va a empeorar —dijo Itachi.
Él la miró.
—No dejas mucho espacio para el optimismo.
—No confundo optimismo con negación.
La frase quedó entre ambos como una línea clara.
Glenn apoyó los antebrazos sobre las piernas, inclinándose un poco hacia delante.
El televisor seguía encendido.
La computadora también.
El apartamento, tan cálido por la pintura nueva, parecía ahora contener algo muy distinto: una claridad dura.
La sensación de estar viendo, desde un espacio casi doméstico, el momento exacto en que la normalidad empieza a romperse sin remedio.
—¿No tienes miedo?
—preguntó él, más bajo.
Itachi observó la pantalla unos segundos antes de responder.
—El miedo no mejora una situación.
—No, pero igual aparece.
—Sí.
—Entonces, ¿por qué no se te nota?
Ella giró ligeramente hacia él.
—Porque ya estoy pensando en lo siguiente.
La respuesta hizo algo extraño dentro de Glenn.
Una parte de él la admiró todavía más.
Otra parte, más humana, sintió el peso completo de lo distinta que era.
No solo fuerte.
No solo hermosa.
Distinta a un nivel estructural.
Como si viviera un paso por delante de emociones que para el resto de personas llegaban primero y mandaban después.
Y, sin embargo, no la percibió fría.
Eso era lo más desconcertante.
Itachi no parecía una máquina.
No parecía vacía.
Simplemente estaba hecha de otra clase de firmeza.
Glenn bajó la vista un instante hacia sus propias manos.
—Yo no dejo de pensar en esto —admitió—.
Desde anoche.
Intenté dormir, pero cada vez que cerraba los ojos me acordaba de las noticias.
Y luego pensaba… no sé.
En el edificio.
En la ciudad.
En ti.
La última palabra salió apenas más despacio.
Más verdadera.
Itachi la recibió en silencio.
Glenn se dio cuenta de lo que había dicho y, aun así, no quiso retirarlo.
—Pensaba si estabas viendo lo mismo.
Si estabas preocupada.
Si… —se rió una sola vez, breve, sin humor real— supongo que me preocupa que estés sola.
Itachi lo observó.
Había muchas formas de interpretar esa frase.
Como simple amabilidad.
Como reflejo protector.
Como preocupación vecinal.
Como algo más.
Ella percibió de inmediato que no era solo una de esas capas.
Eran todas juntas.
Glenn no estaba intentando impresionarla.
Estaba diciendo una verdad tal como la sentía: parte de su ansiedad por el mundo ya se organizaba alrededor de si Itachi estaría bien o no.
Eso tenía peso.
Más del que él quizá comprendía todavía.
—No estaré sola mañana —dijo ella.
La respuesta fue simple.
Pero Glenn la sintió con una profundidad inesperada.
No supo si había sido una invitación, una constatación o una manera sobria de tranquilizarlo.
Tal vez las tres.
Sea como fuera, funcionó.
Algo en la tensión de su pecho aflojó apenas.
Se despidieron más tarde de lo que habría sido razonable en cualquier otra circunstancia.
No porque ninguno quisiera alargar artificialmente la noche.
Más bien porque ambos entendían que al día siguiente ya no saldrían solo a comprar pintura, comida o cosas de apartamento.
Saldrían a prepararse.
A adelantarse al miedo de todos los demás.
Y ese cambio, aunque todavía no fuera una declaración total del fin, ya alteraba todo.
Cuando Glenn se levantó para volver a su apartamento, volvió a mirar alrededor de la sala de Itachi.
El sofá.
La televisión.
La mesa.
Las paredes cálidas.
La luz tenue.
Y pensó, con una claridad dolorosamente fuerte, que ese lugar se estaba volviendo importante para él demasiado rápido.
Se volvió hacia ella.
—Entonces… mañana temprano.
—Sí.
—Voy a estar listo.
—Lo sé —dijo Itachi.
No fue una frase dicha al azar.
No fue una cortesía.
Fue una constatación tranquila, como si de verdad supiera que él lo estaría.
Y Glenn, al escucharla, sintió otra vez esa mezcla casi adictiva de desconcierto y calidez que solo ella parecía producirle.
Cruzó el pasillo.
Entró en su apartamento.
Esa noche tampoco durmió bien.
Dormitó a fragmentos.
Se despertó varias veces con la televisión todavía encendida, con la luz azul parpadeando sobre la sala y los noticieros repitiendo el mismo ciclo de palabras cada vez más tensas.
Vio imágenes que parecían peores con cada hora.
Presentadores más serios.
Menos música.
Más barras rojas.
Más urgencia contenida.
Más silencios incómodos cuando las autoridades eran cuestionadas.
Se quedó medio dormido y medio despierto sobre el sofá en algún momento, con el cuerpo pesado y la mente incapaz de alejarse del todo.
Y cada vez que el miedo se volvía demasiado claro, aparecía el pensamiento de la mañana siguiente.
Itachi.
La compra.
El plan.
La sensación de que, si estaba con ella, el caos tendría forma.
Al otro lado del pasillo, Itachi no durmió así.
Descansó lo justo y necesario.
Lo demás fue análisis.
La televisión confirmó lo que ya sabía.
La red digital también.
Los gobiernos del mundo estaban entrando en la misma secuencia: negación, contención parcial, violencia creciente, pérdida de control narrativo, falla logística inminente.
El tiempo entre el ocultamiento y el pánico sería menor de lo que la mayoría imaginaba.
Atlanta todavía se sostenía, pero ya había empezado a inclinarse.
Y entonces ocurrió otra cosa.
En algún momento profundo de la noche, el tatuaje en su deltoide derecho dejó de vibrar.
No de forma abrupta, sino como un pulso que finalmente encuentra reposo.
Durante días, bajo la piel, el sello había respondido con una actividad constante: recepción de pergaminos, integración de recursos, eco de clones activos, flujos de almacenamiento, trabajo en paralelo expandiéndose sobre Georgia y los estados colindantes.
Pero ahora, por primera vez desde que había comenzado la operación, hubo silencio.
No vacío.
Silencio cumplido.
Itachi cerró los ojos un segundo y comprendió de inmediato.
Había terminado.
La recolección de los siete estados estaba completa.
Todos los recursos previstos ya habían sido tomados.
Clasificados.
Sellados.
Integrados.
La red de clones, extendida durante días como una operación silenciosa a escala regional, había concluido.
Uno a uno, en distintos puntos del país, los clones restantes se disiparon.
No con dramatismo.
No con ruido.
Solo regresando a ella lo último que habían visto: depósitos vacíos, estanterías barridas, graneros extraídos, hospitales drenados de suministros esenciales, bibliotecas reducidas a ausencia, estaciones de combustible despojadas de futuro.
Todo estaba ahora con ella.
Todo lo que había decidido tomar.
Todo lo que Glenn necesitaría.
Todo lo que los sobrevivientes necesitarían.
Todo lo que el mundo iba a extrañar cuando ya fuera demasiado tarde.
Itachi abrió los ojos en la oscuridad silenciosa de su apartamento.
La fachada seguía siendo necesaria.
Mañana iría con Glenn a comprar como si también necesitara abastecerse.
Como si aún dependiera de una tienda de barrio, de un supermercado, de una ferretería.
Era útil.
Natural.
Coherente con la máscara que construía ante él.
Y no había razón para desechar una fachada útil antes de tiempo.
Pero detrás de esa apariencia, la verdad era otra.
Ya estaba preparada.
Y ahora, por primera vez desde su llegada, toda la energía de la operación externa podía concentrarse por completo en Glenn.
En Glenn y en lo que vendría.
La noche siguió avanzando.
Glenn entre sueño intermitente, noticias y preocupación creciente.
Itachi entre quietud, cálculo y certeza.
Cuando el amanecer comenzó a dibujarse otra vez sobre la ciudad, ambos estaban listos, aunque de formas muy distintas.
Glenn con ojeras ligeras, tensión en el pecho y una voluntad creciente de moverse, hacer algo, adelantarse, proteger.
Itachi con descanso suficiente, rostro sereno, mente clara y un mundo entero de recursos oculto bajo la piel.
Pronto saldrían juntos.
Pronto verían el cambio con sus propios ojos.
Y Glenn, que ya no podía negar lo que Itachi se había convertido para él en apenas unos días, seguía sin comprender del todo que su necesidad de estar cerca de ella ya había dejado de ser simple comodidad.
Se estaba transformando en confianza.
En apego.
En una forma naciente de certeza emocional.
Itachi, por su parte, lo sabía.
Y en el silencio del último tramo de la noche, mientras la ciudad fingía todavía ser la misma de siempre, aceptó internamente una conclusión que no habría formulado días atrás: Glenn ya no era solo la misión.
Se estaba volviendo el centro real de ella.
Sin fallar.
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