ojos carmesí - Capítulo 51
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51: A la orilla de agua.
51: A la orilla de agua.
La mañana había seguido avanzando con lentitud, tibia y serena, dentro de la autocaravana de Glenn e Itachi.
Después del desayuno compartido, del café, de la música country sonando suave desde el tocadiscos y de ese instante ligero e íntimo que habían tenido antes de que Amy, Andrea, Jaqui y Daryl aparecieran en la ventana con la caja de provisiones, la calma no se había roto.
Solo había cambiado de forma.
Se había vuelto rutina.
Se había vuelto tarea compartida.
Se había vuelto hogar.
Lavaron los platos.
Acomodaron las porras, la sartén, los cuchillos y las tazas.
Secaron la encimera.
Guardaron todo en su lugar.
Luego, como ya era costumbre, siguieron con la otra parte de la mañana: cuidar el espacio que ahora ambos consideraban suyo.
Glenn salió con una pana, agua y un trapo a limpiar la parte exterior de la autocaravana y del vagón.
Lo hacía con paciencia, con una especie de orgullo tranquilo, pasando el trapo sobre la carrocería para quitar el polvo fino, la tierra y las marcas secas del camino, como si no limpiara solo metal y pintura, sino algo mucho más valioso.
Itachi, por dentro, barría con la escoba de mimbre, sacudía muebles, acomodaba cestas, limpiaba superficies.
Los dos trabajaban separados por las paredes del RV y, aun así, extrañamente juntos.
Como si el mismo impulso los guiara.
Cuando terminaron, dejaron la ropa de dormir en la cesta con la ropa sucia, se lavaron un poco las manos y se cambiaron.
Glenn volvió a su ropa oscura de siempre.
Itachi regresó a su uniforme, a su tocado, a su katana al hombro y a sus tacones negros altos con suela roja.
Perfecta otra vez.
Regia.
Divina.
La misma mujer que, apenas un rato antes, había estado en pijama, con el cabello suelto, abrazada a él en la cocina.
Tomaron lo necesario para ir a la laguna.
Glenn cargó la cesta de mimbre con la ropa sucia.
Itachi llevó la tina de madera, la pana y la tabla de lavar.
Cerraron las ventanas.
Enllavaron la autocaravana.
Y fueron hacia el agua.
Lo que siguió, para cualquiera que lo mirara desde fuera, pudo haber parecido una escena sencilla.
Dos esposos lavando ropa en un mundo roto.
Pero no era sencillo.
No para ellos.
No para los que los observaban.
No para el campamento, que ya empezaba a entender que lo que existía entre Glenn e Itachi no era solo un matrimonio real a sus ojos, sino un vínculo tan sólido y armonioso que resultaba imposible no verlo y compararlo con todo lo demás.
Punto de vista de Glenn A Glenn le gustaban esas mañanas más de lo que se atrevía a admitir incluso ante sí mismo.
Le gustaba caminar con Itachi hacia la laguna llevando la ropa sucia como si aquello fuera la cosa más normal del mundo.
Le gustaba ver cómo el sol se reflejaba en la espada al hombro de ella.
Le gustaba el sonido de sus tacones sobre la tierra y la grava.
Le gustaba cargar una cesta de ropa como si de verdad fuera un marido en una vida normal, en un lugar normal, con una esposa que lo esperaba de vuelta a casa.
Y, aunque supiera muy bien que el mundo estaba acabado y que nada de aquello era normal, también sabía otra cosa: que para él aquello sí era vida.
La vida más real que había tenido desde que todo empezó.
Cuando llegaron a la laguna, Amy, Andrea, Carol y Jaqui ya estaban allí.
Daryl se mantenía un poco más atrás, en esa distancia precisa en la que podía vigilar sin entrometerse.
Los saludaron con un gesto a la distancia y luego Glenn se puso a trabajar.
Extendió la tabla de lavar sobre una roca plana.
Acomodó la tina.
Sacó las prendas una a una.
Primero las más grandes.
Luego las camisas.
Después pantalones.
Luego las piezas más delicadas.
Lo hacía con método.
Con orden.
Mojaba, enjabonaba, restregaba, enjuagaba un poco lo más grueso y se lo pasaba a Itachi.
El agua estaba fría, pero no desagradable.
La mañana seguía siendo templada.
Había olor a agua limpia, a tierra húmeda, a piedra calentándose poco a poco con el sol.
Y mientras lavaba, Glenn era consciente de muchas cosas a la vez.
Era consciente de la ropa que estaba tocando.
La suya.
La de Itachi.
Las prendas que habían llevado puestas el día anterior, las pijamas con las que se habían dormido abrazados, las camisas donde todavía parecía quedar un rastro mínimo del perfume del jabón o del calor del cuerpo.
Había algo íntimo incluso en eso.
En tomar una de las prendas de ella, enjabonarla, cuidarla, dejarla limpia y escurrida.
No lo veía como una tarea doméstica menor.
Lo veía como parte de cuidar una vida compartida.
También era consciente de las miradas.
Amy y las demás no eran discretas del todo, aunque intentaran serlo.
Y Glenn lo sabía.
Sabía que lo observaban lavar ropa.
Que observaban la forma en que se coordinaba con Itachi.
Que para algunas de ellas aquello tenía que ser extraño, quizá incluso admirable.
Él, sin embargo, no sentía vergüenza.
Ni la más mínima.
No le hería el orgullo en absoluto estar allí con jabón en las manos, restregando ropa al lado de su esposa.
Al contrario.
Le gustaba.
Lo hacía sentir útil.
Lo hacía sentir parte de algo de verdad.
Y, sobre todo, era consciente de Itachi.
De su presencia a su lado.
De cómo se inclinaba a enjuagar y escurrir la ropa que él le iba pasando.
De lo perfecta que se veía incluso allí, sobre las piedras, con su uniforme, sus tacones, el agua corriendo por los dedos y la katana descansando cerca.
Glenn levantaba la vista de tanto en tanto y cada vez se la encontraba hermosa de una forma diferente.
A veces letal.
A veces elegante.
A veces casi imposible.
Pero también había momentos, pequeños, fugaces, donde simplemente la veía como suya.
Su esposa.
La mujer con la que compartía mañanas, comida, cama, ropa, silencios y planes.
Fue en uno de esos momentos, cuando Glenn escurría una de sus camisas negras, que Itachi se levantó.
La vio acercarse por el rabillo del ojo.
Alzó la vista.
Y ella se inclinó apenas para besarle la frente.
Un roce suave.
Ligero.
Pero suficiente para que a él el pecho se le llenara de calor.
—Iré a buscar los pescados, mi amor —dijo.
Y esa forma en que lo llamó, con naturalidad, con la voz baja y calma, siguió afectándolo igual que la primera vez.
Glenn sonrió sin poder evitarlo.
—Busca camarones también.
Podríamos hacer sopa de nuevo.
Itachi lo observó apenas, como siempre hacía cuando valoraba una propuesta.
Asintió.
—Buscaré.
Y Glenn la vio alejarse.
La vio caminar hacia la orilla más profunda con el bowl hondo en la mano, con el cuerpo recto, elegante, firme.
La vio sacar la katana.
La vio, en apenas unos movimientos, pescar dos peces con la precisión brutal que parecía natural en ella.
Luego la vio limpiar el filo antes de guardarlo y empezar a buscar entre las piedras pequeñas criaturas del agua: camarones, moluscos, cangrejos, todo aquello que pudiera servir.
Iba mirando, clasificando, desechando lo que no valía y guardando lo útil.
Lo que Glenn sintió al verla no fue incomodidad.
No fue herida.
No fue un orgullo masculino lastimado, como sin duda le pasaría a otros hombres del campamento.
Fue orgullo.
Orgullo inmenso.
Ella era su esposa.
Y lo que veía le gustaba.
Le gustaba que fuera capaz.
Le gustaba que fuera inteligente.
Le gustaba esa mezcla imposible entre elegancia y brutal eficiencia.
Le gustaba que pudiera matar caminantes, que pudiera sanar con chakra, hacer crecer plantas y, al mismo tiempo, pescar para el almuerzo con la misma soltura con la que luego volvería a sentarse a su lado a comer.
A Glenn no le hacía sentirse menos que ella supiera hacer más cosas.
Le hacía sentirse afortunado.
Muy afortunado.
Y entonces ocurrió ese pequeño momento que a él se le quedaría grabado por mucho tiempo.
Itachi alzó la vista desde la orilla.
Él alzó la suya desde la ropa.
Se miraron.
No hablaron.
No hicieron falta palabras.
En esa sola mirada se dijeron que iba bien.
Que ya tenía suficiente.
Que él había entendido el plan.
Que estaban pensando lo mismo.
Que quizá podían invitar a los niños.
Que la mañana seguía siendo de ellos.
Glenn sonrió.
Y al segundo siguiente, como si la mirada hubiese sido suficiente respuesta, la vio volver hacia el agua para capturar un pez más.
Eso lo enterneció de una forma absurda.
Porque entendió enseguida por qué lo hacía.
Uno extra.
Para Carl y Sofía.
Cuando Itachi regresó hacia él con el bowl lleno, Glenn dejó de restregar un momento y la miró de arriba abajo, no con descaro, sino con esa admiración amorosa que ya no sabía esconder.
—Buen trabajo, amor —dijo.
Itachi asintió.
—Eficiente.
Glenn se rió.
Por supuesto que había respondido así.
Ya casi había terminado de lavar la mayor parte de la ropa.
Se enjuagó las manos un poco y se puso de pie.
—¿Quieres que…?
Itachi negó.
—Yo termino.
Tú ve a limpiar los pescados.
Abre las ventanas para que no huela a pescado dentro de la autocaravana.
Glenn tomó el bowl.
—Sí, mi señora.
Le salió con un tono de obediencia ligera, juguetona, y al ver a Itachi alzar una ceja, se sintió todavía más satisfecho.
Volvió al RV feliz.
Feliz de cargar los pescados que ella había conseguido.
Feliz de saber que pronto comerían sopa juntos.
Feliz de poder abrir las ventanas, preparar la cocina y recibirla luego cuando ella regresara de terminar la ropa.
Para Glenn todo aquello no era trabajo.
Era vida.
Y era suficiente.
Punto de vista de Itachi Desde el momento en que salieron del RV con la ropa sucia, Itachi ya había comenzado a observar más de una cosa al mismo tiempo.
Observaba el entorno.
Observaba la distancia entre la laguna y el campamento.
Observaba a Daryl, siempre un poco más atrás, siempre vigilando.
Observaba también a Glenn.
Su postura al cargar la cesta.
La forma en que ajustaba el peso para que ella no tuviera que cargar de más.
La forma en que su ritmo se acomodaba al suyo sin necesidad de pensarlo.
Y, más allá de eso, observaba también algo que ya no podía ignorar: lo mucho que disfrutaba de compartir esas tareas con él.
Antes no habría comprendido del todo el valor de algo así.
Lavar ropa.
Tender.
Limpiar una casa.
Preparar una sopa.
Recoger huevos.
Eran tareas simples, sí.
Pero precisamente por eso tenían peso.
Porque eran cosas de vida.
De continuidad.
De rutina.
De hogar.
Cosas que a ella le habían sido arrebatadas antes de siquiera poder entenderlas.
Mientras Glenn se sentaba a restregar la ropa, Itachi se ocupó de enjuagar y escurrir.
El agua corría fría sobre sus manos.
La tela pesada por el jabón y la humedad se escurría con fuerza entre sus dedos.
Cada prenda que Glenn le pasaba llegaba ya bien restregada, bien lavada.
Él lo hacía con una paciencia concentrada, sin quejarse, sin fingir que aquello era menos de lo que era.
Itachi lo veía.
Veía la forma en que él no huía de las tareas del hogar.
Veía que no las encontraba humillantes.
Veía algo todavía más importante: Glenn no se sentía amenazado por su capacidad.
No se hería porque ella peleara mejor, ni porque pescara, ni porque supiera más de animales o de cultivo o de defensa.
No.
Él parecía incluso más feliz cuando ella mostraba una habilidad nueva.
Más orgulloso.
Más devoto.
Eso, para Itachi, seguía siendo una rareza.
Y una rareza valiosa.
Lo besó en la frente antes de ir a por pescado no por capricho, sino porque quiso.
Porque sentía la necesidad de tocarlo.
Porque cada vez que lo veía concentrado en algo pequeño, útil, doméstico, surgía dentro de ella una clase de afecto que antes no sabía reconocer.
No era exactamente amor todavía.
No como Glenn.
No con esa intensidad transparente y completa que él ya sentía.
Pero era fuerte.
Era real.
Y estaba creciendo.
Cuando se movió hacia la laguna con el bowl, su mente se concentró en el trabajo.
Pescar.
Buscar.
Seleccionar.
Clasificar.
Era algo que su cuerpo hacía con facilidad.
Sacó la katana, atrapó dos peces rápidos, limpió el filo y luego empezó a moverse entre las piedras.
Bajo el agua había pequeños camarones, algunos cangrejos, moluscos adheridos en zonas concretas.
Itachi sabía mirar.
Sabía distinguir lo útil de lo inútil, lo comestible de lo que no valía la pena.
Y mientras llenaba el bowl, también pensaba.
Pensaba en la sopa.
En Glenn sonriendo cuando la viera entrar con el bowl lleno.
Pensaba en la expresión de él cuando la había llamado mi amor.
Pensaba en la forma en que habían compartido la mañana dentro del RV.
Y, sin querer, se dio cuenta de que una parte de ella quería que Carl y Sofía comieran también algo caliente.
Algo distinto a las latas.
Algo bueno.
No porque se sintiera obligada.
Porque quería hacerlo.
Entonces alzó la vista hacia Glenn.
Él la observaba.
Ella lo observó de vuelta.
Y en esa sola mirada comprendió que él había pensado lo mismo.
Que podía invitarse a los niños.
Que habría sopa suficiente si pescaba un poco más.
Así que volvió a la orilla y capturó un tercer pez.
Cuando regresó hacia él y él la elogió, Itachi sintió algo pequeño y cálido dentro del pecho.
Buen trabajo, amor, había dicho.
Y aunque respondió con un simple eficiente, por dentro el elogio se le quedó.
Le pidió que fuera adelantándose a abrir ventanas y limpiar pescado porque tenía razón: el olor podía quedarse pegado dentro del RV.
Además, le gustaba esa idea.
Él preparando la cocina.
Ella terminando la ropa.
Luego ambos reuniéndose otra vez.
Una división simple de tareas.
Una cosa de esposos.
La naturalidad con la que ya ocurría seguía siendo nueva para ella y, al mismo tiempo, extrañamente correcta.
Itachi se quedó atrás terminando la ropa.
Se sentó sobre una roca con la misma elegancia de siempre, incluso con la tina, las manos húmedas y los tacones clavados en piedra irregular.
Enjuagó.
Escurrió.
Clasificó qué prendas podían ir al tendedero exterior y cuáles no.
La ropa interior de Glenn y la suya no la dejaría afuera.
No por vergüenza.
Por privacidad.
Porque esa clase de cosas no pertenecían a la mirada de nadie más.
Cuando terminó, cargó las tinas, la ropa ya escurrida y volvió al RV con calma.
Dejó la pana en el suelo.
Sacó el tendedero de madera plegable.
Comenzó a extender la ropa afuera con movimientos exactos.
Primero las prendas de Glenn.
Luego las suyas.
Luego las pijamas.
Las telas se movieron suave con el viento.
Después llevó los interiores dentro del baño y los tendió allí, en los ganchos que ya habían colocado para eso.
Guardó las tinas.
Y entonces, solo entonces, volvió a la cocina.
Glenn ya estaba allí.
Había abierto las ventanas.
Había limpiado los pescados.
Tenía todo listo para que la sopa comenzara.
Itachi puso un poco más de música country en el tocadiscos, suave otra vez, lo suficiente para que llenara el silencio sin dominarlo.
Y mientras se acercaba a ayudar a Glenn, una parte de su mente seguía trabajando en otra cosa: en lo que las mujeres del campamento probablemente habrían visto.
La ropa.
El trabajo compartido.
La forma en que ella lo besó.
La forma en que él le hablaba.
La forma en que se entendían.
No le molestaba.
Lo que construían con Glenn era real.
Y si otros lo veían, no cambiaba nada.
Punto de vista de las demás personas Amy fue la primera en decirlo, aunque llevaba un rato pensándolo.
Estaban todavía junto a la laguna.
Andrea restregaba una prenda más pesada.
Carol enjuagaba.
Jaqui escurría.
Daryl se mantenía detrás, casi en silencio, pero lo bastante cerca para escuchar.
Y Amy, después de ver a Glenn restregar ropa sin una sola mueca de fastidio y a Itachi besarle la frente antes de ir a pescar, no aguantó más.
—No puedo creer que hagan todo juntos.
Andrea levantó la vista apenas.
—Sí.
—No, en serio —siguió Amy—.
Todo.
Cocinan juntos, limpian juntos, lavan juntos, cuidan las plantas juntos, los animales juntos, hasta se miran y ya se entendieron.
Carol sonrió leve.
—Sí.
—No es normal —dijo Jaqui, y luego corrigió—.
Bueno, sí debería ser normal.
Pero no lo es.
Andrea resopló por la nariz con algo parecido a una risa.
—No aquí no.
Amy observó a Glenn desde lejos.
—Mírenlo.
Está tan a gusto lavando ropa.
Carol bajó la mirada a la camisa que estaba enjuagando.
—Porque no lo ve como una carga.
—Eso es lo que quiero decir —dijo Amy—.
No se le ve molesto.
No se le ve incómodo.
No se le ve como si estuviera “ayudando”.
Se le ve… parte de eso.
—Porque lo es —dijo Andrea.
Jaqui asintió.
—Es su casa.
—Su hogar —corrigió Carol en voz baja.
Hubo un segundo de silencio.
Amy volvió a mirar hacia la orilla donde Itachi había ido a pescar.
—Y a ella tampoco le incomoda hacer nada de eso.
—No —dijo Andrea—.
Porque no siente que está sirviendo a nadie.
Solo está viviendo con su esposo.
—Eso es justo lo que se siente cuando los ves —murmuró Carol—.
Como si ya no estuvieran sobreviviendo solo.
Como si estuvieran viviendo de verdad.
Amy sonrió.
—Son muy lindos.
Jaqui miró a Glenn otra vez, luego a Itachi, que acababa de capturar un pez con la katana.
—Lo más raro de todo es que él no se siente menos porque ella haga eso.
—Al contrario —dijo Andrea—.
Está orgulloso.
Daryl habló entonces, sin mirar directamente a ninguna.
—Sí.
Las mujeres se giraron un poco hacia él.
Daryl siguió: —La mira como si eso le gustara.
Amy soltó una pequeña risa.
—Le encanta.
—Sí —dijo Andrea—.
Eso le encanta.
Carol, que conocía demasiado bien a los hombres como para no notar esas diferencias, habló con un tono más serio.
—La mayoría de hombres de aquí se sentirían heridos en el orgullo.
—Shane, por ejemplo —dijo Jaqui.
—Merle —añadió Andrea.
Amy frunció un poco la nariz.
—Ed.
Carol no respondió a ese nombre, pero la tensión de sus hombros bastó.
Amy siguió, más bajito: —En cambio Glenn no.
Él parece… feliz.
Como si que ella sea así le diera más razones para quererla.
—Porque probablemente sea así —dijo Carol.
—Sí —asintió Andrea—.
A él no le molesta que sea más fuerte o más capaz.
Eso no amenaza nada.
Solo la admira más.
—Eso me gusta de él —dijo Amy.
—A mí también —dijo Carol.
—A mí me gusta que se tratan con mucho respeto —dijo Jaqui—.
Incluso cuando juegan.
Incluso cuando se dicen cosas suaves.
Nunca se ve exagerado.
Nunca se ve torpe.
Amy recordó la escena de la mañana en la autocaravana y se sonrojó un poco.
—Dios, lo de hoy… Andrea soltó una risa baja.
—Sí.
—Nunca la había visto sonreír así —dijo Amy—.
Ni dejarse abrazar así.
Ni jugar.
—Porque esa parte de ella no es para todos —dijo Carol.
—No —dijo Andrea—.
Esa parte es solo para Glenn.
Daryl, detrás, añadió con voz seca: —Y él lo sabe.
Amy asintió rápido.
—Sí.
Se nota que lo sabe.
—Y eso lo vuelve todavía más atento —dijo Jaqui—.
Como si supiera que está viendo algo que nadie más ve.
Carol apretó una toalla entre las manos antes de escurrirla.
—Creo que él no solo lo sabe.
Creo que lo cuida.
Andrea alzó apenas las cejas.
—Eso es verdad.
Amy volvió a mirar hacia donde Itachi se movía entre las piedras.
—Se ven como un matrimonio de verdad.
Jaqui soltó un pequeño “hm”.
—Lo son.
Amy pestañeó.
—Sí, claro, quiero decir… uno muy real.
Muy enamorado.
Andrea respondió mientras escurría una prenda más: —No parecen dos personas que se juntaron por necesidad.
Parecen dos personas que se escogerían de todas formas.
Carol sonrió otra vez.
—Sí.
Amy suspiró.
—Es que se sienten tan… casados.
Eso hizo que Jaqui riera un poco más.
—Bueno, técnicamente lo están.
—Ya sé —dijo Amy, riéndose también—.
Pero me refiero a casados de verdad.
De esos que comparten todo.
Casa, comida, cama, rutina, miradas.
Daryl habló una vez más: —Planes.
Las cuatro mujeres guardaron silencio un segundo.
Porque él había dado en el centro.
Planes.
No solo se querían.
No solo se acompañaban.
Tenían planes.
El vagón.
Los animales.
Las plantas.
La foto.
Los registros.
Todo en ellos olía a futuro.
Andrea lo verbalizó al fin: —Eso es lo que los hace tan distintos del resto.
La mayoría aquí vive al día.
Ellos no.
Ellos planean.
—Juntos —añadió Carol.
—Siempre juntos —dijo Amy con una sonrisa.
Jaqui observó a Glenn ponerse de pie con el bowl en las manos.
—Mira eso.
Todos miraron.
Itachi acababa de volver y Glenn le había dicho algo que no alcanzaron a oír.
Luego él se levantó con el bowl lleno.
Itachi se quedó terminando la ropa.
Se entendieron en segundos.
Sin discutir.
Sin explicarse demasiado.
—Eso es lo que me impresiona —dijo Amy—.
Cómo se comunican.
A veces ni hablan.
—Porque ya se observan demasiado —dijo Andrea.
—Porque se conocen —corrigió Carol.
—Porque se aman —dijo Amy.
Ninguna la contradijo.
Hubo una pausa más.
Luego Amy, más tímida, murmuró: —A veces me da un poquito de envidia.
—A todas —dijo Jaqui.
Andrea sonrió apenas.
—Sí.
Carol siguió escurriendo la ropa, pero había algo más suave en su expresión ahora.
—No por lo perfecta que es ella ni por lo devoto que es él —dijo—.
Sino por eso.
Por ver a dos personas encontrarse así en medio de todo esto.
Daryl acomodó la ballesta.
—Les sirve.
Las mujeres lo miraron.
Él añadió: —Eso es lo importante.
Andrea asintió.
—Sí.
—Les sirve para seguir de pie —dijo Carol.
—Y no solo de pie —murmuró Amy—.
Vivos de verdad.
Jaqui se giró apenas hacia la laguna.
—¿Creen que dure?
Carol respondió antes que ninguna.
—Sí.
Amy alzó la vista hacia ella.
Carol siguió: —Porque ninguno de los dos está fingiendo.
Y porque aunque sean tan distintos, uno no intenta disminuir al otro.
Eso es raro.
Y fuerte.
Andrea asintió lentamente.
—Sí.
Dure lo que dure el mundo, eso va a durar.
Daryl no dijo nada más.
No hacía falta.
Su silencio, otra vez, significaba acuerdo.
Y así siguieron, lavando ropa, escurriendo telas y hablando de ellos, mientras dentro del RV la sopa comenzaba a tomar forma, la música country volvía a sonar y la autocaravana de Glenn e Itachi seguía pareciéndose cada vez más a algo que en el campamento ninguno tenía ya del todo: un hogar completo.
Dentro de la autocaravana, Glenn había abierto las ventanas, limpiado los pescados y acomodado los camarones y moluscos en recipientes aparte cuando Itachi volvió.
Dejó las tinas, tendió lo último, puso un disco de country y se movió hacia la cocina con esa elegancia suya intacta incluso después de cargar agua, ropa y recipientes.
Glenn alzó la vista hacia ella.
—¿Todo listo?
—Sí.
—¿Y ellas?
Itachi dejó el último recipiente en la encimera.
—Siguen hablando.
Glenn sonrió.
—De nosotros.
Itachi alzó apenas una ceja.
—Probablemente.
Glenn soltó una risa baja y siguió preparando la olla.
—Bueno… no las culpo.
Itachi lo observó unos segundos, luego se acercó a su lado.
No dijo nada.
Solo se quedó allí, viendo cómo él trabajaba.
Y Glenn, sintiéndola cerca, entendió una vez más que no necesitaba mucho más.
La sopa para los niños.
La música.
La ropa tendida.
El vagón lleno de vida.
Y ella a su lado.
Eso bastaba.
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