ojos carmesí - Capítulo 7
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
7: La ruta antes del derrumbe.
7: La ruta antes del derrumbe.
La mañana siguiente no amaneció como una mañana normal.
El sol salió.
La ciudad se encendió.
Los autos comenzaron a moverse.
Las primeras cafeterías abrieron.
Las luces de algunos semáforos siguieron cambiando con la obediencia mecánica de siempre.
Y aun así, Atlanta ya no respiraba igual.
Había una tensión suspendida en el aire.
No visible para quien no supiera mirar, pero real.
Más pantallas encendidas en bares que todavía no solían abrir tan temprano.
Más personas caminando deprisa con el teléfono en la mano.
Más miradas elevándose hacia televisores colgados en esquinas de tiendas.
Más coches pasando con la radio demasiado alta, siempre en estaciones de noticias.
Más policías.
Más sirenas a lo lejos.
Más prisa.
El mundo todavía no había admitido que estaba colapsando.
Pero ya se estaba comportando como si lo supiera en secreto.
Glenn tocó la puerta del apartamento de Itachi apenas pasadas las primeras horas de la mañana.
No llevaba el mismo paso de los días anteriores.
No había en él la ligereza nerviosa de quien va a ver a alguien que espera ver.
Esa mañana llevaba prisa real, preocupación visible y una urgencia que no provenía de sus sentimientos, aunque estos siguieran estando ahí, imposibles de separar del resto.
Cuando Itachi abrió, Glenn ya estaba hablando.
—¿Viste las noticias?
Su voz salió más rápida de lo normal.
Más baja de lo que debería para no parecer alarmista.
Más tensa de lo que podía disimular.
Ella lo observó un segundo.
Sí, claro que las había visto.
No solo las noticias.
Había visto los patrones, las omisiones, las fracturas de lenguaje, los puntos ciegos, las rutas de expansión, la forma en que el miedo se abría paso detrás de las decisiones oficiales.
Había visto más de lo que la pantalla mostraba.
Mucho más.
—Empeoraron —dijo Glenn.
Itachi asintió.
—Sí.
Lo dejó entrar.
Glenn cruzó el umbral y la miró de inmediato, como buscando en ella algo que había venido a confirmar desde que despertó: una dirección.
Una línea de acción.
Una forma de moverse que no fuera quedarse mirando cómo el mundo empezaba a romperse en los televisores.
—¿Qué necesitamos?
—preguntó.
Itachi no vaciló.
—Un poco de alimentos.
Tiendas de campaña.
Una maleta de emergencia.
Glenn asintió enseguida, casi aliviado de tener una lista, aunque fuera parcial.
—Está bien.
Conozco tiendas cerca.
Ella sostuvo su mirada.
—Un medio de transporte.
Glenn frunció el ceño.
—¿Qué?
—Un medio de transporte —repitió Itachi con la misma serenidad—.
Donde podamos llevar suficientes suministros para un tiempo.
No sabemos cuánto va a durar o si va a acabar.
Glenn la miró unos segundos, procesando.
Y entonces la idea comenzó a tomar forma en su mente con una rapidez que a ella le resultó interesante de observar.
No tardaba mucho en comprender una necesidad cuando esta estaba bien planteada.
No se resistía por orgullo.
Ajustaba.
Pensaba.
Se adaptaba.
—¿Un coche?
—dijo primero—.
¿O una camioneta?
Itachi evaluó en silencio.
—Una autocaravana —dijo al final—.
Moderna.
Mejor.
Glenn parpadeó.
No era la respuesta que esperaba, pero una vez dicha, le pareció obvia.
Más espacio.
Más almacenamiento.
Más autonomía.
Más discreción que un vehículo militar o demasiado grande.
Más posibilidades si la ciudad se cerraba o si había que dormir fuera.
—Podemos rentarla —dijo él.
—Sí —respondió Itachi—.
Si las cosas van como pienso, no habrá necesidad de devolverla después.
La frase cayó entre ambos con una gravedad simple, seca, sin dramatismo.
Glenn sintió el significado en el cuerpo.
No devolverla después.
No porque fuera una broma sobre no querer pagar.
No porque estuvieran improvisando una aventura.
Sino porque quizá el mundo ya no iba a conservar la estructura a la que se devolvían las cosas.
Respiró hondo.
—También combustible —añadió Itachi—.
Contenedores para combustible.
Comida.
Cajas.
Llenar la autocaravana y tenerla lista para partir en el estacionamiento del edificio.
Glenn asintió más lentamente esta vez.
—Me parece justo.
Y lo decía de verdad.
Porque aunque una parte de él seguía sintiendo que todo ocurría demasiado rápido, otra parte —la parte que ya había empezado a confiar en Itachi con una intensidad que no entendía del todo— sabía que ella estaba viendo con más claridad que él.
Y esa claridad empezaba a convertirse en algo indispensable.
Salieron juntos.
Itachi seguía vistiendo negro y rojo.
Seguía llevando su cabello recogido con la misma perfección elegante.
Seguía viéndose imposible para una mañana que pedía jeans, sudaderas, gorras, prisa y discreción.
Y, aun así, ni el contexto ni la tensión del mundo conseguían reducir su presencia.
Al contrario.
Mientras la ciudad se volvía más nerviosa, más sucia, más errática, ella parecía todavía más definida.
Más nítida.
Más ajena al deterioro.
Glenn la notó desde el primer momento.
La notaba siempre.
Pero ese día, en medio de calles más tensas y rostros más alterados, su belleza le parecía casi absurda.
Casi injusta.
No solo por lo perfecta que era.
Sino por lo entera que parecía.
Como si el miedo colectivo no pudiera adherirse a ella.
Como si el caos todavía no encontrara por dónde tocarla.
Y Glenn, por más preocupado que estuviera, seguía mirándola.
Seguía pensando en ella.
Seguía sintiendo esa división extraña dentro de sí: una mitad alerta por el mundo y otra mitad constantemente atraída hacia la forma en que Itachi caminaba a su lado, recta, silenciosa, serena, como si llevar la calma también fuera una disciplina.
Consiguieron la autocaravana antes del mediodía.
No fue completamente sencillo.
La ciudad ya estaba empezando a reaccionar.
Las líneas telefónicas se saturaban por momentos.
Algunas rentadoras no respondían.
Otras tenían colas.
Había gente pidiendo vehículos más grandes sin saber muy bien por qué.
Familias inquietas.
Hombres hablando demasiado fuerte por celular.
Mujeres preguntando por trayectos largos.
El pánico todavía no era abierto, pero ya había entrado en la fase previa: el presentimiento desordenado.
Glenn habló con el encargado.
Itachi observó.
Ella registraba todo: el temblor leve en la mano del hombre al firmar, la forma en que miró más de una vez el televisor de la oficina, la velocidad con la que aprobó el contrato cuando vio efectivo suficiente, la ansiedad latente en todo el lugar.
Si hubieran llegado unas horas más tarde, quizá habría sido más difícil.
Pero aún estaban dentro de la ventana exacta que ella había calculado.
Eligieron una moderna.
Discreta en lo posible.
Lo bastante grande para almacenar provisiones sin parecer monstruosa.
Con espacio de cama, armarios, un pequeño baño, zona de cocina, depósitos de agua, almacenamiento oculto y capacidad para viajar sin parecer un blanco inmediato de lujo extravagante.
Glenn la recorrió por dentro, todavía con cierta incredulidad.
—Nunca pensé que en mi semana libre iba a estar haciendo esto.
Itachi miró los compartimentos, midió espacios, calculó pesos, rutas, distribución.
—La mayoría de las personas no planifica según el colapso.
Él soltó una risa breve, sin humor completo.
—Sí.
Ese detalle.
Después empezaron las compras.
Atlanta ya no se movía igual a como se había movido tres días antes.
Los supermercados tenían más gente.
Los estacionamientos estaban llenándose antes de tiempo.
Había carros mal aparcados.
Discusiones menores en pasillos.
Empleados tensos.
Estantes vaciándose con rapidez inusual.
Miradas que se cruzaban demasiado entre desconocidos.
No era aún el saqueo.
No era todavía la estampida abierta.
Pero sí el preludio.
La parte del colapso donde la civilización intenta actuar ordenada mientras el orden ya no puede sostener las razones que lo justificaban.
Glenn empujó el carrito.
Itachi eligió.
Él siguió sus indicaciones con atención creciente.
—Agua primero —dijo ella.
Tomaron suficiente, pero no hasta llamar la atención absurda.
Varias cajas.
Garrafas adicionales.
Pastillas potabilizadoras.
Dos filtros compactos.
Glenn la miró cuando añadió los filtros.
—¿Crees que lo del agua va a ponerse mal también?
—Si falla la red eléctrica, falla más de una cosa.
Eso bastó.
Siguieron.
Alimentos no perecederos.
Latas, pero no solo latas.
Arroz.
Avena.
Pasta.
Frijoles secos.
Sopas preparadas.
Mantequilla de maní.
Barras energéticas.
Fruta seca.
Leche en polvo.
Sal.
Azúcar.
Café.
Té.
Algunas cosas sencillas que pudieran comerse frías.
Otras que rindieran si había calor y tiempo.
Glenn tomó por impulso algunos productos demasiado frágiles, refrigerados o dependientes de cocina prolongada.
Itachi los devolvió con calma.
—No eso.
—¿Por qué no?
—Ocupa espacio.
Se echa a perder.
Depende demasiado de condiciones estables.
Más adelante él quiso tomar varias botellas de vidrio.
—Tampoco.
—¿Porque pesan?
—Porque se rompen.
Lo dijo como si la respuesta fuera obvia.
Y, en realidad, lo era.
A medida que avanzaban, Glenn empezó a notar un patrón más profundo en la forma en que Itachi elegía las cosas.
No compraba desde el deseo inmediato.
No compraba “por si acaso” al azar.
Compraba por función, rendimiento, peso, duración, versatilidad, utilidad en distintos escenarios.
Elegía como si ya hubiera sobrevivido a una situación así antes.
Como si el caos, la huida y la necesidad fueran idiomas que conociera con fluidez.
Eso lo impresionó.
También lo inquietó un poco.
No porque desconfiara de ella.
Sino porque volvía a recordarle, una vez más, lo distinta que era.
Compraron botiquines.
Y luego completaron con: Vendas.
Antisépticos.
Medicamentos básicos.
Gasas.
Termómetro.
Guantes.
Tijeras pequeñas.
Cinta médica.
Analgésicos.
Antibióticos tópicos.
Vitaminas.
Mascarillas.
Después siguieron con: Linternas.
Baterías.
Cargadores portátiles.
Encendedores.
Cerillos.
Cinta americana.
Cuerda.
Navajas multiuso.
Mantas térmicas.
Mapas físicos.
Una brújula.
Ponchos.
Toallas pequeñas.
Productos de higiene.
Papel higiénico.
Jabón.
Cepillos de dientes.
Pasta.
Champú.
Toallas sanitarias.
Toallitas húmedas.
Luego tiendas de campaña.
Glenn la miró mientras las subían al carrito.
—¿Si ya tenemos la autocaravana, para qué las tiendas?
—Redundancia —dijo Itachi—.
Si perdemos una capa, necesitamos otra.
No dijo más.
No hacía falta.
Luego fueron por combustible y contenedores.
Esa parte ya estaba empezando a ponerse más tensa.
En las gasolineras había más coches de lo normal.
Más personas llenando tanques aunque quizá no lo habrían hecho un día cualquiera.
Glenn notó un pequeño empujón entre dos hombres.
Un empleado discutiendo con alguien por la cantidad permitida.
Un rumor corriendo de boca en boca: que una autopista estaba bloqueada, que un hospital había cerrado, que alguien había visto a la Guardia Nacional en otro punto de la ciudad, que un video mostraba a un hombre al que le dispararon y volvió a levantarse.
Todo eso se mezclaba sin forma clara, pero ya no sonaba a simple histeria.
Sonaba a transición.
Tomaron contenedores de combustible suficientes para sumar a la reserva de la autocaravana sin convertirla en una bomba móvil absurda.
Itachi limitó la cantidad con precisión.
—Dos meses —dijo—.
No un año.
Lo que podamos mover sin volvernos torpes.
Glenn asintió.
Cada vez discutía menos sus criterios.
No porque se rindiera.
Porque empezaba a ver que ella tenía razón con demasiada frecuencia.
También compraron ropa básica y funcional, aunque Glenn quiso llevar más de la necesaria.
—No demasiada —dijo Itachi—.
La ropa pesa más de lo que parece.
Mejor capas útiles que exceso.
Así que eligieron: Calcetines.
Ropa interior.
Pantalones resistentes.
Sudaderas.
Camisetas lisas.
Un par de botas adicionales.
Guantes de trabajo.
Chaquetas ligeras.
Nada llamativo.
Nada que gritara “estamos huyendo”.
Nada inútil.
Cargaron todo en la autocaravana poco a poco, organizando por tipo y acceso.
Glenn quedó impresionado con la forma en que Itachi distribuía el espacio.
No solo metía cosas; las componía.
Las ordenaba por prioridad, por peso, por frecuencia de uso, por necesidad de acceso rápido o diferido.
Agua y primeros auxilios a mano.
Comida seca bien sellada.
Herramientas separadas.
Ropa comprimida.
Tiendas en zona accesible.
Combustible aislado.
Mapas en compartimento fácil.
Dos mochilas de salida rápida ya semipreparadas.
—Piensas en todo —murmuró Glenn, más de una vez.
Itachi no respondió la primera.
La segunda dijo solo: —Intento evitar errores.
Pero Glenn, mientras la veía moverse por la autocaravana con esa disciplina silenciosa, sintió que la frase se quedaba corta.
Ella no solo evitaba errores.
Ella parecía construida para anticipar el desastre.
Y eso, aunque debía preocuparlo, lo hacía sentirse más seguro.
Más seguro con ella.
Más tranquilo a su lado.
Más convencido de que, si el mundo realmente empezaba a romperse, quería estar exactamente donde estaba ahora: siguiendo su voz, mirando sus manos, confiando en su criterio.
Cuando terminaron, regresaron al edificio.
La autocaravana quedó aparcada en el estacionamiento, cerrada, discreta, con las ventanas cubiertas lo suficiente para que no pudiera verse adentro.
Desde fuera, parecía un vehículo más.
Desde dentro, ya contenía una posibilidad real de salida.
Subieron a los apartamentos.
El cuerpo les pesaba con un cansancio distinto al de pintar paredes.
Ese había sido un cansancio doméstico.
Este era un cansancio nervioso, cargado de urgencia, de observación, de anticipación.
Glenn abrió la puerta de su apartamento y por un momento dudó.
Se sintió un poco tonto por la duda.
Un poco expuesto también.
Porque quería invitarla a pasar.
No solo por educación.
Quería seguir con ella un rato más.
Ver las noticias acompañado.
Confirmar que lo que estaban haciendo tenía sentido.
Escucharla hablar.
Tenerla cerca.
Y también había algo más pequeño y más íntimo: el deseo de que ella viera su espacio, aunque fuera sencillo, aunque no tuviera la compostura exacta del suyo.
—Si quieres… —empezó, y se corrigió enseguida para no sonar demasiado torpe— puedes pasar.
A ver las noticias, digo.
Itachi lo observó.
Vio la ligera tensión detrás de la invitación.
La forma en que Glenn trataba de hacerla parecer casual cuando no lo era del todo.
La pequeña vulnerabilidad de quien ofrece su espacio porque quiere compartir algo y, al mismo tiempo, teme parecer demasiado evidente en ese deseo.
—Bien —dijo.
Eso bastó para alterar el ritmo interno de Glenn otra vez.
Entraron.
El apartamento de Glenn era distinto al de Itachi en cada detalle.
Más vivido que diseñado.
Más práctico que compuesto.
Había en él señales claras de una vida en movimiento: libros y papeles en lugares razonables pero no perfectamente alineados, una manta doblada sobre el respaldo del sofá, tazas distintas, controles remotos, zapatos junto a la puerta, una energía más espontánea, menos contenida.
No estaba desordenado.
Estaba habitado.
Itachi lo registró todo sin juzgarlo.
Era coherente con él.
La televisión se encendió.
Las noticias ya no estaban intentando parecer neutrales.
Seguían mintiendo, sí.
Pero ahora mentían desde una evidencia mayor.
Y eso las volvía más brutales.
Mostraban más imágenes.
Más sangre.
Más cuerpos.
Más disparos.
Más carreteras detenidas.
Más gritos.
Más ciudades tensándose.
Más autoridades perdiendo el relato segundo a segundo.
Glenn se sentó.
Itachi también.
Ella recta.
Estable.
Impecable incluso después de toda la jornada.
Él con la tensión dividida entre la pantalla y ella.
Esa división ya se había vuelto parte de él.
Lo preocupaban las noticias.
Le inquietaban de verdad.
Sentía el pecho más apretado con cada nuevo informe, con cada video de personas que seguían moviéndose de formas imposibles, con cada declaración institucional incapaz de explicar nada sin contradicciones.
Y, aun así, parte de su atención seguía inevitablemente en Itachi.
En su perfil.
En la línea de su cuello.
En su voz cuando rompía el silencio.
En la manera en que sus manos descansaban quietas sobre el regazo.
En la belleza limpia e insoportable con la que parecía existir incluso mientras el mundo empezaba a sangrar por los bordes.
Era casi doloroso.
Y Glenn empezó a darse cuenta de que lo que sentía por ella ya no era solo atracción creciente.
Había una clase de necesidad emocional que se estaba formando debajo.
La necesidad de su presencia cuando las cosas se volvían demasiado grandes.
De su calma.
De su análisis.
De la certeza extraña que le producía.
La televisión mostró imágenes más crudas.
Un hospital saturado.
Un reportero corriendo mientras detrás alguien gritaba.
Una carretera bloqueada por coches detenidos.
Un video amateur donde una figura se alzaba sobre otra con movimientos antinaturales.
La palabra “infectados” usada ya con más frecuencia.
La palabra “fallecidos” seguida de frases que no cerraban del todo.
Itachi habló entonces, con la misma claridad de siempre.
—Debería tener mi espada.
Por si acaso.
Glenn apartó la vista de la pantalla y la miró de inmediato.
La frase lo atravesó por varias razones a la vez.
Primero, porque venía de ella.
Segundo, porque era lógica.
Tercero, porque le recordó de golpe que la espada no había sido nunca una fantasía estética.
Era real.
La había visto el primer día.
Había pensado que quizá era de exhibición.
Había dejado esa idea suspendida.
Ahora la realidad volvía por ella.
—Está bien —dijo, aunque la voz le salió un poco más baja.
Itachi se levantó.
Fue a su apartamento.
No iba a extraerla frente a él.
No todavía.
No era necesario exponer el sello, ni el almacenamiento, ni nada de lo que todavía pertenecía a capas más profundas de la verdad.
Así que cruzó el pasillo, cerró su puerta, sacó la katana negra con detalles rojos desde el sello con un movimiento limpio y silencioso, la ajustó a su costado y regresó como si simplemente la hubiera tomado de un sitio normal.
Cuando Glenn la vio volver con la espada, se quedó mirándola un segundo más de lo que habría querido.
La katana terminaba de reordenar su imagen.
No le añadía belleza.
Ya tenía demasiada.
Le añadía otra cosa.
Verdad.
La convertía menos en una figura hermosa y más en algo completo.
Como si la espada no fuera un accesorio, sino una extensión coherente de ella.
Como si el traje, la calma, la precisión, la distancia serena, los ojos, el modo de moverse… todo hubiera estado llevando naturalmente a eso.
—Así que sí es real —preguntó Glenn.
Itachi se sentó de nuevo.
—Sí.
Él observó la vaina negra, los detalles rojos, la forma en que descansaba junto a ella sin romper en absoluto la armonía de su postura.
—¿Y sabes usarla?
Itachi giró apenas el rostro hacia él.
—Sí.
Solo eso.
Ni falsa modestia.
Ni exhibición.
Ni explicación adornada.
Sí.
Y Glenn, al escucharla, sintió dos cosas al mismo tiempo.
La primera: un alivio extraño.
La segunda: una fascinación todavía mayor.
Porque algo dentro de él ya sabía que no estaba mintiendo.
Que esa respuesta breve no escondía torpeza ni improvisación.
Que si Itachi decía que sabía usarla, entonces saber era una palabra demasiado pequeña para lo que significaba en ella.
Se quedaron viendo las noticias durante el resto de la tarde.
Más horas.
Más canales.
Más horror.
La verdad, a medida que pasaba el tiempo, se volvía menos contenible.
Las autoridades seguían intentando administrarla, pero ya no podían darle forma limpia.
Había demasiadas grabaciones, demasiados puntos de conflicto, demasiada violencia para seguir diciendo que todo estaba bajo control.
Los presentadores empezaban a perder la compostura.
Los expertos no tenían respuestas.
Los gobiernos repetían recomendaciones contradictorias.
La palabra “cuarentena” aparecía cada vez más.
También “toque de queda”, “movilización”, “contención”, “Guardia Nacional”.
Glenn absorbía todo con el cuerpo tenso.
Cada nueva imagen parecía agrandar un poco más el miedo, pero no solo miedo por sí mismo.
Miedo por la ciudad.
Por lo que vendría.
Por lo que pasaría si las tiendas cerraban, si las carreteras quedaban bloqueadas, si la gente empezaba a atacarse no solo por infección sino por desesperación.
Y, otra vez, también por Itachi.
La miró varias veces mientras la televisión hablaba de muertos, hospitales, carreteras, violencia.
¿Cómo podía verse así de serena?
No vacía.
No fría.
Serena.
La admiración que sentía por ella empezaba a rozar otra clase de emoción.
Algo casi reverencial.
No porque la creyera inhumana, sino porque había en ella una forma de estabilidad que no se parecía a nada de lo que había visto antes.
Una especie de eje.
Un centro.
Algo que no se rompía ni bajo presión, ni bajo sangre, ni bajo noticias del fin del mundo.
Y Glenn, que hasta ese momento quizá había empezado a enamorarse de su belleza, de su misterio, de su compañía, empezó a darse cuenta de que también podía enamorarse de esa firmeza.
Itachi, por su parte, observaba y analizaba.
La pantalla.
Las rutas implícitas de expansión.
La velocidad con que el colapso narrativo seguía al colapso sanitario.
La degradación de la conducta colectiva.
El tiempo que quedaba antes del pánico abierto.
El estado emocional de Glenn.
Su nivel de fatiga.
Su tendencia a mirar la pantalla y luego a ella.
La forma en que su tensión se regulaba parcialmente al verla quieta, armada, presente.
Eso último le interesó especialmente.
Glenn estaba empezando a usar su sola presencia como ancla.
No de manera consciente, no todavía.
Pero cada vez que las noticias se volvían demasiado brutales, su mirada terminaba buscándola.
Como si necesitara verificar que Itachi seguía allí.
Que seguía serena.
Que seguía pensando.
Que todavía existía, en medio del horror creciente, algo estable a lo cual aferrarse.
Esa clase de vínculo naciente tenía implicaciones.
Y Itachi las comprendía todas.
El día fue cayendo hacia una tarde más oscura, más cargada.
Fuera del apartamento, Atlanta sonaba distinto.
Más sirenas.
Más coches acelerando de forma brusca.
Más gente hablando alto en pasillos.
Más puertas cerrándose.
Más televisores encendidos detrás de muros ajenos.
El colapso todavía no terminaba de entrar a través de la puerta.
Pero ya estaba presionando desde el otro lado.
Glenn pasó una mano por su nuca, cansado.
—No me gusta nada esto.
Itachi no apartó la vista de la pantalla.
—No tiene que gustarte.
Él soltó una respiración breve.
—A veces no sé si eso me calma o me pone más nervioso cuando hablas así.
Ella giró apenas hacia él.
—¿Y cuál ocurre más?
Glenn sostuvo su mirada.
La respuesta habría sido fácil si solo se tratara de estrategia.
Pero no se trataba solo de eso.
—Las dos —dijo al final—.
Supongo que me pones nervioso y me calmas al mismo tiempo.
La frase quedó en el aire.
No era una confesión completa.
Pero estaba muy cerca de serlo.
Itachi la recibió sin moverse.
Sin embargo, internamente, registró la verdad exacta detrás de esas palabras: Glenn ya no la estaba mirando solo como vecina, ni solo como mujer hermosa, ni solo como alguien útil en una crisis.
La estaba empezando a mirar como algo central dentro de su experiencia emocional del desastre.
Como refugio.
Como dirección.
Como presencia deseada.
Ella volvió los ojos a la televisión.
La pantalla mostró otra ciudad.
Otra sangre.
Otra mentira cayéndose.
Y mientras la tarde se consumía y el mundo avanzaba hacia la fase en que ya no podría volver a fingir normalidad, Itachi comprendió con una lucidez sobria que su misión acababa de entrar en una nueva etapa.
Hasta entonces había construido proximidad.
Ahora comenzaba la dependencia mutua del desastre.
Glenn aún no lo entendía con claridad.
Solo sabía que quería que ella siguiera allí.
Que su voz siguiera cortando el ruido.
Que su espada fuera real.
Que su calma no desapareciera.
Que, si el mundo de verdad estaba terminando, no quería atravesarlo lejos de ella.
E Itachi, sentada recta y serena en el apartamento de Glenn, con la katana negra y roja junto a su cuerpo y las noticias del mundo muriendo frente a ambos, aceptó internamente que eso ya no era solo una estrategia cumplida.
Era el principio de un lazo.
Y ese lazo, como todo lo que ahora importaba, tendría que ser protegido.
Sin fallar.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com