Ojos Del Vacío-Camino del Invencible - Capítulo 3
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- Capítulo 3 - 3 CAPÍTULO 3 EL PRIMER PASO EN EL CAMINO EQUIVOCADO
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3: CAPÍTULO 3: EL PRIMER PASO EN EL CAMINO EQUIVOCADO 3: CAPÍTULO 3: EL PRIMER PASO EN EL CAMINO EQUIVOCADO Los fragmentos del *Caminos Sin Raíz* eran exactamente eso: fragmentos.
Dieciséis páginas escritas con letra pequeña y urgente, como alguien copiando contra el tiempo.
Algunas líneas estaban tachadas, otras incompletas, otras directamente ilegibles.
Pero lo que Wei pudo leer en los veinte minutos que el Boticario Chen le concedió antes de guardarlos fue suficiente para que algo en su mente se reorganizara de una forma permanente.
El autor del texto original —un cultivador llamado solo como “el Hereje Sin Nombre” en las notas del boticario— había propuesto una teoría radical: que el Qi del cielo y la tierra no distinguía entre cuerpos con Raíz y sin ella.
El Qi era fundamentalmente indiferente.
La Raíz Espiritual era simplemente el mecanismo que la mayoría de los cultivadores usaba para establecer el primer contacto, la primera resonancia.
Pero no el único mecanismo posible.
El Hereje Sin Nombre había investigado casos históricos de cultivadores que, tras perder su Raíz Espiritual por heridas o accidentes, habían continuado cultivando a través de métodos alternativos.
Métodos que él describía como “cultivo por comprensión directa” —no absorber el Qi pasivamente a través de la Raíz, sino comprender su naturaleza lo suficientemente profundo para interactuar con él de forma activa.
Era exponencialmente más difícil.
Requería una comprensión teórica que la mayoría de cultivadores con Raíz nunca necesitaban desarrollar porque su Raíz hacía el trabajo automáticamente.
Requería también algo que el autor llamaba “Voluntad del Vacío” —una calidad mental específica que él no describía con precisión pero que Wei, leyendo entre líneas, interpretó como: la capacidad de mantener el foco absoluto sin los atajos que la intuición espiritual de la Raíz proporcionaba.
Y había una nota al margen, escrita con letra diferente —probablemente añadida por el Boticario Chen cuando copió el texto— que decía simplemente: *”El autor afirmó haber encontrado tres casos documentados de cultivadores Sin Raíz que habían alcanzado el segundo reino.
Todos muertos antes de poder ser estudiados más.”* Muertos antes de poder ser estudiados.
Wei cerró mentalmente ese dato en una caja separada.
Era información relevante que procesaría más tarde.
Lo que importaba ahora: el camino que intuía no era teóricamente imposible.
Solo era brutalmente difícil y aparentemente peligroso.
Bien.
— El cargamento del Boticario Chen resultó ser más interesante de lo esperado.
Cuatro cajones de madera sellados, cargados en un carro pequeño que Wei empujaría solo por los caminos del bosque hacia Meishan.
El boticario le había dado instrucciones específicas: ruta del norte, evitar el cruce del río Kan porque estaba controlado por inspectores del Clan Zhou, llegar antes del anochecer del tercer día.
Wei pasó el primer kilómetro de camino catalogando lo que podía deducir sobre el contenido de los cajones a través de los sentidos disponibles: el peso distribuido sugería objetos sólidos y compactos, no líquidos.
El olor que se filtraba por las juntas de madera era medicinal —hierbas secas, algo más agudo que podría ser mineral.
Nada ilegal por sí solo, probablemente.
Pero tampoco algo que el boticario quisiera que inspeccionaran.
Recursos médicos de contrabando, quizás.
O ingredientes para refinamiento de píldoras.
No era su problema.
Su problema, en el primer día de viaje, fue el lobo.
No el mismo lobo cuyos rastros había identificado cerca de su cueva —este era diferente, más grande, con el pelaje ligeramente más oscuro que los lobos comunes de la región.
Wei lo detectó primero por el sonido: una ausencia de sonido, para ser exactos.
Los pájaros en un radio de cincuenta metros a su derecha habían dejado de cantar de golpe.
Se detuvo.
Miró.
Sus ojos plateados barrieron el bosque con esa calidad particular que tenían —no la mirada humana normal que busca formas completas, sino algo más analítico, que descomponía el entorno en patrones: dónde el follaje se movía sin viento, dónde las sombras tenían profundidades incorrectas, dónde el suelo mostraba la compresión de un peso reciente.
Ahí.
Detrás del grupo de tres robles a cuarenta metros.
Una forma oscura, quieta, esperando.
Wei evaluó la situación en segundos.
El carro era demasiado lento para huir.
El lobo, si atacaba, llegaría antes de que pudiera sacar ventaja de distancia.
No tenía armas —el boticario no le había dado ninguna, probablemente asumiendo que el camino sería sin incidentes.
Tenía sus manos.
Su velocidad de reacción.
Y tres horas de práctica de esquiva que llevaba aplicando en situaciones cada vez más complicadas desde que tenía ocho años.
El lobo salió de detrás de los robles.
Era grande —llegaba a la cadera de un adulto— y se movía con esa economía de movimiento que distingue a los depredadores verdaderos de los meramente grandes.
No gruñía.
Los depredadores confiados no necesitaban advertir.
Wei soltó los mangos del carro.
Dio dos pasos al lado del camino, poniéndose entre el lobo y el carro.
No por instinto protector hacia el cargamento —sino porque si el lobo volcaba el carro, perdería el trato con el boticario.
El lobo lo evaluó.
Los animales tienen una percepción calibrada para detectar el nivel de presa de lo que enfrentan —tamaño, postura, respuesta de miedo.
Wei era pequeño.
Pero su postura era incorrecta para una presa: no huía, no se encogía, no temblaba.
El lobo ladeó la cabeza.
Wei ladeó la cabeza también.
Mantuvieron ese contacto visual durante quince segundos.
Wei contaba en su mente, calculando el ángulo de las orejas del animal, la distribución de su peso, si los músculos de las patas traseras estaban cargando para el salto o no.
No lo estaban.
Todavía.
—Hay una familia de conejos a doscientos metros al sur —dijo Wei en voz baja y estable.
Hablándole al lobo.
—El suelo allá está menos comprimido que aquí.
Más fácil de rastrear.
El lobo no entendía lenguaje humano.
Obviamente.
Pero la calidad de la voz —el volumen, el tono, la ausencia de los indicadores sonoros del miedo— sí comunicaba algo.
El animal giró la cabeza hacia el sur.
Una fracción de segundo de distracción.
Wei dio un paso lateral lento.
Luego otro.
Rodeando al lobo en un arco amplio, manteniéndose fuera de su radio de ataque natural, reposicionándose hacia el carro.
El lobo lo siguió con los ojos pero no se movió.
Tres minutos después, Wei había reanudado el camino con el carro y el lobo había desaparecido de vuelta al bosque.
No había sido heroico.
No había habido pelea.
Había sido evaluación, cálculo y paciencia.
Exactamente el tipo de resolución que Wei Wugen prefería sobre todas las demás.
— La noche del primer día la pasó bajo un árbol grande, con el carro asegurado con las cuerdas que había encontrado en uno de los cajones exteriores.
Durmió tres horas —su capacidad de funcionar con poco sueño era algo que había desarrollado durante años de práctica nocturna— y usó las otras horas para continuar el ejercicio de la noche en la cueva: buscar el Qi.
Era más fácil en el bosque.
El libro sin portada tenía razón en algo: lejos de los asentamientos humanos, donde el Qi del cielo y la tierra no estaba perturbado por la actividad de cultivadores ni contaminado por las emanaciones de la ciudad, era más puro y quizás más perceptible.
Wei encontró la sensación en dos horas en lugar de cuatro.
Y esta vez, en lugar de solo observarla, intentó algo diferente.
El Hereje Sin Nombre había hablado de “comprensión directa” —no absorción pasiva sino interacción activa.
Wei interpretó esto como: no esperar a que el Qi viniera a ti; ir tú hacia él.
¿Cómo ibas hacia algo que no podías ver ni tocar?
Con la mente.
Cerró los ojos.
Mantuvo la percepción de esa pequeña presencia de Qi en el aire a su alrededor.
Y luego, muy lentamente, intentó proyectar…
no pensamiento, exactamente.
Sino atención.
La misma calidad de atención que usaba sus ojos para descomponer el movimiento de un oponente en sus componentes geométricos.
Nada ocurrió.
Durante hora y media, nada ocurrió.
Luego, a las dos de la mañana, cuando el cansancio hacía sus pensamientos extrañamente precisos de esa forma que ocurre en los límites: Algo respondió.
No fue grande.
Fue minúsculo, absurdo, casi risible en comparación con lo que los libros describían como una verdadera Apertura Espiritual.
Pero en la palma de su mano derecha —siempre la mano derecha, donde estaba la cicatriz— el pequeño punto de calor de la noche anterior creció.
Solo un poco.
Apenas perceptible.
Pero creció.
Wei Wugen abrió los ojos.
Miró su mano en la oscuridad del bosque.
No había luz visible.
No había emanación de Qi que un cultivador pudiera detectar.
Si alguien lo hubiera examinado en ese momento, habría dicho que no había ocurrido nada.
Pero Wei sabía la diferencia entre imaginación y dato.
Lo que acababa de ocurrir era un dato.
Sacó el libro sin portada y, en la oscuridad —sus ojos eran excepcionalmente buenos en poca luz, otra peculiaridad que nunca había podido explicar— escribió en el único espacio en blanco disponible, en el interior de la contraportada trasera: *”Día 4.
Contacto confirmado por segunda vez.
Respuesta a atención directa.
Punto de calor en palma derecha.
No medible, pero real.
Hipótesis: la interacción sin Raíz es posible pero requiere concentración activa en lugar de pasiva.
Próximo paso: buscar el ‘Punto Espiritual’ que los textos ubican en el centro de la palma y determinar si puede activarse sin la Raíz como intermediario.”* Luego cerró el libro, se recostó, y durmió exactamente tres horas.
— Llegó a Meishan al final del segundo día, un día antes del plazo.
La ciudad era considerablemente mayor que Lincheng —dos mercados, cuatro gremios principales, una sucursal menor de la Secta del Pico Eterno que controlaba las formaciones de seguridad de la ciudad.
Wei entregó el cargamento en una dirección específica que el boticario le había dado: una tienda de medicamentos en el barrio sur, cuyo dueño lo recibió con la eficiencia sin palabras de alguien acostumbrado a transacciones discretas.
Le dio a Wei un papel sellado para devolver al boticario como confirmación.
Wei pasó esa noche en Meishan.
Y fue en Meishan donde vio, por primera vez en su vida, a un cultivador combatir de verdad.
No fue un duelo formal.
Fue un altercado en el mercado nocturno —dos jóvenes con las insignias de sectas diferentes que comenzaron con palabras y terminaron con técnicas de Qi.
Wei se detuvo entre la multitud que se apartaba.
Y sus ojos observaron.
El primero lanzó lo que los textos llamarían una “ola de Qi externo” —energía proyectada hacia el exterior del cuerpo como un golpe amplificado.
El segundo respondió con una técnica de desvío, usando su Qi como escudo deflector.
Wei los vio pelear durante cuatro minutos.
Para cuando los guardias de la secta llegaron a separarlos, Wei había descompuesto ambas técnicas en sus componentes estructurales, identificado tres ineficiencias en las ejecuciones de cada uno, y tenía una comprensión teórica de cómo se construían esos métodos de combate que probablemente superaba la de los propios combatientes.
No podía replicarlas todavía —no tenía el Qi necesario.
Pero las había guardado.
Completamente.
Con la misma fidelidad con que guardaba el movimiento del esquive o el salto de ángulo del perro del mercader.
Su memoria no era perfecta.
Su comprensión sí lo era.
Y algún día, cuando tuviera el Qi que ahora no tenía, sabría exactamente qué hacer con él.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Kamilo_gonz ¿Tienes alguna idea sobre mi historia?
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