Ojos Del Vacío-Camino del Invencible - Capítulo 4
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- Capítulo 4 - 4 CAPÍTULO 4 LO QUE CUESTAN LAS SEMILLAS
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4: CAPÍTULO 4: LO QUE CUESTAN LAS SEMILLAS 4: CAPÍTULO 4: LO QUE CUESTAN LAS SEMILLAS Regresó a Lincheng al tercer día como había prometido.
El Boticario Chen lo esperaba en su callejuela con el gesto de alguien que no estaba completamente seguro de que el chico fuera a regresar pero había apostado a que sí.
Cuando Wei apareció y le entregó el papel sellado, el viejo lo examinó, asintió con algo parecido a la satisfacción, y sacó de bajo del mostrador un paquete de cuero marrón.
—Los fragmentos —dijo.
Wei los tomó.
Los abrió ahí mismo, con el boticario mirando, y comenzó a leer.
—¿No vas a irte a leerlos en privado?
—preguntó Chen después de un minuto.
—Ya los leí en privado cuando me los mostraste.
Ahora los estoy memorizando con más detalle porque los tendré disponibles durante menos tiempo.
El boticario tardó un momento en procesar esto.
—¿Vas a devolvérmelos?
—Usted dijo que era peligroso tenerlos.
—Wei no levantó la vista de las páginas.
—Si la Secta del Dragón Carmesí supiera que existen, tendría problemas.
Yo no quiero la atención de la Secta todavía, así que devolverlos es la opción más práctica.
—¿*Todavía*?
—Todavía.
El Boticario Chen se sentó en su taburete con la expresión de alguien siendo testigo de algo que no sabe bien cómo clasificar.
Wei leyó durante dos horas.
Cada página, cada línea, cada nota al margen.
Cuando terminó, dobló los fragmentos cuidadosamente y los devolvió.
—Una pregunta —dijo.
—Pregunta.
—El Hereje Sin Nombre.
¿Llegó a probar su teoría personalmente?
¿Él mismo era Sin Raíz?
El boticario Chen lo consideró.
—No lo sé con certeza.
Las notas que copié no lo especifican.
Pero hay algo en cómo describió el proceso —algo demasiado específico para ser puramente teórico.
—Hizo una pausa.
—Si tuviera que apostar, diría que sí.
Que lo intentó.
Y que llegó bastante lejos antes de que la Secta decidiera que era un problema.
Wei asintió.
—Gracias.
—Espera.
—El boticario lo detuvo antes de que se fuera.
—Tengo curiosidad.
¿Por qué quieres cultivar tan desesperadamente?
La mayoría de los Sin Raíz eventualmente aceptan su condición.
Viven vidas mortales.
No es tan terrible.
Wei Wugen se detuvo.
Se giró hacia el viejo.
Y el Boticario Chen, que había vivido sesenta años y había visto muchas miradas en mucha gente, notó algo en los ojos plateados del chico que no esperaba: no furia.
No ambición en el sentido usual.
Algo más frío.
Más permanente.
—Cuando tenía siete años —dijo Wei—, vi cómo el padre de Cao Feng, el administrador del Clan Zhou, decidió que un granjero de la aldea había estado robando semillas del almacén.
El granjero negó el robo.
El administrador lo golpeó hasta que admitió algo que no había hecho, le confiscó la tierra, y lo expulsó de la aldea con su familia.
En invierno.
Pausa.
—El granjero había estado guardando semillas propias.
Semillas que había cultivado con su propio trabajo.
El administrador las tomó porque podía.
Porque él tenía el poder del Clan Zhou detrás y el granjero no tenía nada.
Otro silencio.
—No quiero poder para atacar a otros —continuó Wei—.
Quiero poder para que nadie pueda hacer eso conmigo o con alguien delante de mí.
Para estar en un punto donde la pregunta de si alguien tiene permiso de pisotearme no tenga sentido.
—Sus ojos miraron directamente al boticario.
—No es desesperación.
Es dirección.
El Boticario Chen no respondió por un momento.
—Vuelve en un mes —dijo finalmente—.
Habrá otro trabajo.
— El mes que Wei Wugen pasó en Lincheng fue el mes más productivo de su vida hasta ese punto.
No porque ganara dinero —ganó algo, trabajando en los muelles dos días a la semana, suficiente para comer y comprar una muda de ropa usada.
No porque acumulara recursos —no tenía acceso a hierbas espirituales ni a ninguno de los materiales que los textos de cultivo recomendaban para acelerar el progreso.
Fue productivo porque tuvo tiempo.
Tiempo para practicar.
Sus mañanas eran movimiento físico: el esquive de cuarenta grados que había perfeccionado, más variaciones que iba desarrollando sobre ese principio base.
Caídas y levantadas.
Carreras cortas en el callejón detrás de los almacenes.
Ejercicios de equilibrio sobre la viga de madera que atravesaba el techo de su espacio de dormir —había negociado el uso de un cobertizo en desuso a cambio de limpiar el patio de un comerciante de telas.
Sus tardes eran teoría: releer el libro sin portada, conectar lo que había memorizado de los fragmentos con la base teórica disponible, construir un sistema de comprensión del cultivo que partiera de sus propias observaciones en lugar de de las instrucciones de algún maestro.
Sus noches eran meditación: buscar el Qi, hacer contacto, intentar dirigir su atención hacia el Punto Espiritual de la palma.
El progreso era microscópico.
En un mes, el punto de calor en su palma no se había expandido.
No había Apertura Espiritual.
No había nada que ningún examinador de raíces espirituales hubiera podido detectar.
Pero.
Wei había desarrollado algo que no existía en ningún libro de cultivo que hubiera leído, porque ningún libro de cultivo necesitaba describirlo para su audiencia normal: una percepción consciente del Qi exterior.
Los cultivadores con Raíz percibían el Qi de forma instintiva —su Raíz lo hacía automáticamente.
Wei no tenía ese acceso automático.
Pero llevaba semanas forzando su percepción hacia esa dirección con el tipo de concentración que pocas personas pueden mantener, y había comenzado a desarrollar algo diferente: no instinto, sino comprensión consciente.
Podía sentir variaciones en el Qi del ambiente.
No siempre, no perfectamente, pero de forma creciente.
Podía sentir cuando un cultivador pasaba cerca —había un patrón diferente en el aire a su alrededor, como la presión diferente que precede a una tormenta.
Podía sentir dónde el Qi era más denso en su entorno inmediato —generalmente cerca de plantas viejas, de ciertas piedras, del agua corriente.
Esto no era útil para pelear todavía.
No era útil para prácticamente nada tangible.
Pero era información.
Y la información, en las manos correctas, eventualmente se convierte en ventaja.
— La primera prueba real llegó al final del tercer mes en Lincheng.
Había un torneo.
No un torneo de sectas —esos eran asuntos de otro nivel, organizados entre organizaciones establecidas.
Este era el tipo de torneo informal que las ciudades de tamaño medio organizaban periódicamente: una competencia abierta para jóvenes cultivadores menores de dieciséis años, con un premio en monedas de plata y la atención potencial de los reclutadores de sectas que invariablemente venían a observar este tipo de eventos.
Wei tenía prohibida la participación, técnicamente.
El torneo requería demostrar afiliación con alguna familia cultivadora o al menos una Raíz Espiritual certificada por un examinador.
Pero había una categoría que no requería ninguna de esas dos cosas: la competencia física.
Artes marciales sin Qi, para mortales.
Una reliquia de torneos más antiguos que se mantenía más por tradición que por interés real —nadie esperaba ver nada emocionante en la categoría mortal cuando los cultivadores peleaban en la pista principal.
Wei se inscribió en la categoría mortal.
— Había once participantes además de él.
Ocho eran hijos de comerciantes o artesanos que habían tomado lecciones de artes marciales como actividad de estatus.
Dos eran guardias jóvenes de familias sin cultivo que habían desarrollado técnicas de combate real por necesidad profesional.
Y uno era un muchacho de catorce años con la constitución de alguien que había pasado su vida entera cargando cosas pesadas —brazo más largo que el promedio, espalda ancha, centro de gravedad bajo.
Wei evaluó a todos en el tiempo que tardaron en organizarse para el primer combate.
El sistema era eliminación directa.
Wei quedó en el tercer combate.
Los dos primeros los observó con cuidado.
El muchacho corpulento, que resultó llamarse Duan, ganó su primer combate en cuarenta segundos con una eficiencia brutal: no perdía tiempo en fintas ni maniobras elegantes, simplemente absorbía el primer golpe, cerraba la distancia con rapidez sorprendente para su tamaño, y su agarre era imposible de romper para alguien de peso normal.
Wei reformuló mentalmente su plan.
Su tercer combate fue contra uno de los hijos de comerciante.
Duró doce segundos: el chico atacó con una técnica de puños que había aprendido formalmente pero que aplicaba con los errores de alguien que solo había peleado en condiciones controladas.
Wei esquivó el primer golpe con su movimiento de cuarenta grados, el segundo con una variación que había desarrollado en las semanas anteriores, y el tercero no llegó porque ya había aplicado suficiente presión en el codo del oponente para que desistiera.
No lo golpeó.
Solo lo controló.
El árbitro lo miró con una expresión difícil de descifrar y declaró el punto.
En la semifinal, Wei enfrentó a uno de los guardias jóvenes.
Este fue diferente: tenía experiencia real, no finaba, y su lectura de las intenciones del oponente era buena.
El combate duró dos minutos —un tiempo significativo en artes marciales sin Qi.
Wei perdió la primera maniobra.
El guardia leyó el esquive de cuarenta grados correctamente y ajustó su posición para cortarle la ruta de salida.
El segundo golpe rozó el costado de Wei —no golpe completo, pero suficiente para que doliera.
Wei recalibró.
El guardia tenía un patrón: después de cada golpe exitoso, desplazaba su peso hacia la pierna trasera para preparar el siguiente desde posición estable.
Era una fracción de segundo de vulnerabilidad que un combatiente sin esa percepción de cálculo no habría notado.
En el tercer intercambio, Wei dejó deliberadamente que el golpe lo rozara de nuevo, y en ese momento —exactamente en ese momento de desplazamiento de peso— aplicó una técnica que había observado en el combate de los cultivadores en Meishan y adaptado para uso sin Qi: una redirección de impulso que usaba el movimiento del oponente contra sí mismo.
El guardia joven terminó en el suelo con más confusión que dolor.
Wei ganó su puesto en la final.
Contra Duan.
— La final fue lo que Wei había estado calculando desde el primer combate.
Duan era superior en fuerza, superior en resistencia, superior en experiencia de pelea real.
Su centro de gravedad bajo lo hacía difícil de desequilibrar.
Sus brazos largos le daban ventaja de alcance.
Y había algo en su forma de pararse —un equilibrio instintivo que Wei reconocía como el tipo de competencia que se desarrolla cuando has tenido que pelear de verdad, no en entrenamientos.
Wei tenía velocidad.
Tenía cálculo.
Y tenía tres horas de haber observado a Duan pelear.
El combate comenzó.
Duan fue directo —no desperdició movimientos.
Avanzó con un golpe de mano abierta dirigido al hombro de Wei, intentando establecer agarre.
Wei lo esquivó.
Duan ajustó y repitió.
Wei esquivó de nuevo, esta vez por un margen más estrecho.
Era un juego de erosión: Duan probando sistemáticamente las defensas, Wei esquivando y catalogando la información que cada prueba generaba.
Treinta segundos.
Sesenta.
Noventa.
El público, que había estado en la indiferencia habitual de la categoría mortal, comenzaba a prestar atención.
Wei había notado algo en el segundo intercambio: el brazo derecho de Duan tenía un rango de movimiento ligeramente inferior al izquierdo.
No una lesión —probablemente congénito, o una vieja herida ya sanada que había dejado la articulación con un grado menos de rotación.
Invisible a simple vista.
Pero cuando Duan extendía el brazo derecho en su máximo alcance, había una fracción de segundo donde su hombro creaba una compensación que desplazaba su peso hacia la derecha.
Una fracción de segundo donde su equilibrio no era perfecto.
Wei esperó el momento preciso.
Duan lanzó su golpe más fuerte del combate —un empuje de dos manos que habría terminado la pelea si conectaba.
Wei se movió hacia la derecha de Duan en lugar de alejarse, entrando en su zona muerta momentánea, y aplicó presión en el punto exacto donde el hombro de Duan estaba compensando.
No fue un golpe.
Fue una palanca.
Duan giró con el movimiento —no porque Wei fuera más fuerte, sino porque la física del momento no le daba otra opción— y un instante después estaba de rodillas con el brazo de Wei detrás de su nuca y su propio brazo atrapado en un ángulo que no podía romper sin lastimarse.
Silencio.
Luego el árbitro dijo algo que Wei no escuchó de inmediato porque su mente estaba todavía procesando los datos del combate, buscando qué había podido hacer mejor.
—¿El chico Sin Raíz ganó la final de mortales?
—¿Cuántos años tiene?
—¿Es de alguna familia cultivadora?
Las preguntas del público llegaron como ruido de fondo mientras Wei soltaba a Duan y se ponía de pie.
Duan también se levantó, sacudió el brazo, y lo miró con una expresión que Wei tardó un segundo en identificar.
No era hostilidad.
Era…
algo más complejo.
—¿Dónde aprendiste eso?
—preguntó Duan.
—Lo calculé viendo tus combates anteriores.
Duan lo miró durante un momento.
Luego asintió, solo una vez, y se fue.
El premio era doce monedas de plata.
Más dinero del que Wei había tenido en su vida en un solo momento.
Mientras lo recibía, notó que entre los observadores había tres personas con túnicas que no eran de mercaderes ni de familias locales.
Llevaban el emblema discreto de reclutadores —personas cuyo trabajo era identificar talento para sus respectivas organizaciones.
Los tres lo estaban mirando.
Wei guardó las monedas, recogió su libro sin portada del lugar donde lo había dejado, y salió del área del torneo sin mirarlos.
No estaba listo para que ninguna secta lo encontrara todavía.
Había demasiado que aprender primero.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Kamilo_gonz Gracias por acompañar esta historia.
Si disfrutas el viaje de nuestro protagonista, no olvides dejar tu Power Stone, comentar y seguir la novela.
Si llegamos a 100 Power Stones esta semana, subiré capítulos extra
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com