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PENTRIX "El camino del heroe" - Capítulo 5

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5: Capítulo 29.

La tregua 5: Capítulo 29.

La tregua El día comienza de nuevo, con el sol apenas asomando en el horizonte y filtrándose cálidamente por las ventanas del dormitorio, dibujando esas características líneas de luz.

En el barracón, en cambio, el ambiente es tenso.

Todos se levantan con una seriedad inusual, preparados para iniciar la jornada.

El silencio se quiebra cuando Kage se acerca a la cómoda cama donde Elektrobyte aún duerme plácidamente.

Las repentinas y bruscas sacudidas la despiertan de golpe; Lía, confundida, observa a sus compañeros de pie frente a ella, con rostros severos y miradas acusadoras.

—¿Qué pasa ahora?

—pregunta, todavía aturdida, mientras se estira y bosteza.

Kage, con una expresión grave, exige a la líder: —Arréglalo de una vez.

Réflex y Rook se unen al reproche, alzando la voz al unísono: —La culpa fue tuya.

—¿De qué hablan?

—pregunta Lía, sin comprender del todo, tallándose los ojos.

—Dijiste que Pentrix no estaba listo para la misión —responde Rook con tono acusador—.

Ya viste todo lo que eso provocó.

Réflex añade, tajante: —Debes arreglar esto con Pentrix, de una vez por todas.

No queremos que nos haga sentir inútiles otra vez.

Lía, resignada, responde: —Está bien, chicos… lo intentaré, lo intentaré.

¡Santo Dios!

Kage, con una mirada fría de advertencia, agrega: —Si nos vuelve a humillar, te patearé tan fuerte que no podrás sentarte en una semana.

El coronel sale de su habitación, recién levantado, con el cabello alborotado y percibiendo el bullicio.

Se acerca con pasos pesados, uniéndose a la charla del grupo, aún con rastros de cansancio en el rostro.

—¿Qué pasa, chicos?

—pregunta, mientras su mirada se dirige hacia la ventana—.

¿Y qué hace Pentrix tan temprano en nuestro jardín?

Kage responde con su habitual desdén: —No es un jardín, solo son plantas y hierbas que crecieron ahí.

Todos giran la vista hacia la cama donde su compañero suele dormir y notan que se ha levantado muy temprano.

Sus miradas se clavan entonces en Lía, serias y expectantes.

—¡Arréglalo de una vez!

—le reprochan al unísono.

Un rato después, todos se encuentran en la mesa.

El desayuno transcurre en un silencio tenso; solo se escucha el sonido de las cucharas chocando contra los platos y, de vez en cuando, el estridente silbido de la tetera del coronel.

Kage, Réflex y Rook permanecen expectantes mientras comen en silencio.

Las miradas se concentran en Lía, que percibe claramente la acusación implícita en los ojos de sus compañeros.

Pentrix termina primero su desayuno.

Fiel a su carácter tranquilo, se levanta, deja su plato en la máquina lavaplatos y abandona el barracón sin pronunciar palabra.

El resto emite ruidos y gruñidos de impaciencia, como si la garganta les pesara.

Lía, con un suspiro resignado, murmura: —Bien, bien, ya voy.

Vaya que están muy sensibles hoy.

En el jardín improvisado, Pentrix trabaja sumido en sus pensamientos.

Una roca más grande, rodeada de otras pequeñas, se encuentra ordenada meticulosamente: un pequeño jardín zen que contrasta con el caos del mundo exterior.

De pronto, se da la vuelta y descubre a Lía, inmóvil, observándolo desde detrás.

Ella lo contempla, se pone nerviosa y no encuentra las palabras exactas; de repente, se siente vulnerable.

—Oye, yo… yo… ahhh… ammm —balbucea.

Pentrix la mira con esa expresión que lo caracteriza, una mezcla de vacío y comprensión.

—¿Qué sucede?

—pregunta.

La líder reúne valor y, con la voz más suave que puede, dice: —Lamento lo de ayer, sabes.

Nos sorprendiste a todos.

¡Wow, eso fue realmente increíble, vaya récord!

Y tienes razón, me molesté un poquito contigo por no esperarnos y dejarnos ahí.

Yo… En ese instante, Lía repara en el jardín donde Pentrix trabaja y un entendimiento profundo la invade.

Comprende que la roca y las hierbas no son un simple capricho, sino un reflejo de su mundo interior.

Recuerda la discusión del día anterior, cuando él tenía rastros de tierra en la mano.

Su tono se vuelve más sereno; toma aire y suspira: —Sé por lo que estás pasando… el incidente de aquella vez.

(Capítulo 24) Pentrix baja la mirada por un instante, pero pronto vuelve a fijarse en ella.

Lía continúa, con una sinceridad abrumadora: —Lamento profundamente lo que ocurrió.

Los demás chicos hicieron su máximo esfuerzo, pero yo no pude llegar a tiempo… y me sentí muy mal ese día.

Ella prosigue, su voz cargada de sinceridad: —Ese día en especial nos afectó a todos, incluso al coronel.

Él perdió a su mejor amigo y tú… tú… a ella… —Lía se detiene un instante; las palabras se le atragantan al recordar la pérdida de Pentrix—.

Sabes, nunca había visto al coronel tan devastado de esa manera, y lo conozco desde hace años.

—Cuando luchaste contra aquel héroe de la corporación —refiriéndose a Maxman (Capítulo 8)—, te vimos como algo más que un chico impresionante.

La forma en que lo contuviste, y verte así… aquel día nos hizo sentirnos realmente tristes y derrotados.

Lía hace una pausa, reuniendo fuerzas para expresar lo que de verdad siente: —Entiendo que estés molesto, y lamento no haber sido más fuerte ni más rápida para poder haberla ayudado.

Pentrix la observa, percibiendo la sinceridad y vulnerabilidad en la voz de la chica.

—Por favor, no te culpes —dice con un tono suavizado—.

Como la heroína que eres, sé que lo diste todo.

Hiciste mucho por intentar ayudarla.

Sé que te preocupas por tu grupo, y si estás aquí es porque seguramente te obligaron… Lía se sorprende.

—¿Por qué dices eso?

Pentrix señala la ventana, donde los demás espían.

Lía voltea y, al ser descubiertos, ellos se esconden torpemente.

—Escucha, Lía, te agradezco mucho tu esfuerzo.

No debes sostener esa carga pesada sobre tus hombros.

Sé que tú y ella eran rivales.

—Pentrix la mira y, por primera vez, le dedica una pequeña sonrisa, un gesto raro en él—.

También me disculpo contigo.

Sé que he sido un patán con ustedes y les agradezco la oportunidad que me han dado.

Todo esto es nuevo para mí, muy distinto a lo que conocía.

Pentrix le extiende la mano.

Lía, conmovida por su disculpa y su sonrisa, responde del mismo modo.

Ambos sellan la tregua, y justo en ese instante se escuchan gritos de júbilo dentro del barracón, celebrando el acercamiento.

—Y puedes decirles que todo está bien —agrega Pentrix.

Luego, se da la vuelta y regresa a su jardín, dejando a Lía con una sonrisa en el rostro y un peso menos en el corazón.

Ella se aleja, permitiendo que el silencio del jardín lo envuelva.

Sabe que él necesita ese espacio, esa soledad, para procesar emociones que el resto del mundo no puede comprender.

Se dirige al barracón.

Al entrar, se encuentra con la escena que anticipaba: todos sentados de manera forzadamente casual, evitando mirarla.

Kage, con una seriedad que casi lo hace irreconocible, rompe el silencio: —¿Te disculpaste con él o tendré que patearte como dije?

Lía asiente con la cabeza.

—Sí, lo hice.

Me pidió que les dijera que todo está bien.

—Antes de retirarse, añade con voz tranquila—: Solo denle un tiempo y espacio… de verdad lo necesita.

Todos comprenden a qué se refiere su líder y asienten en silencio.

Kage se abalanza hacia ella en un abrazo que la toma por sorpresa, un gesto inusualmente sincero para ella.

—¡Ahora sabes por qué eres la líder!

—exclama.

Lía vuelve la mirada hacia Pentrix a través de la ventana y, una vez más, las palabras que él le dijo la noche anterior resuenan en su mente: “De no haber dicho nada, ¿serías la líder que eres hoy?”.

Esa pregunta ya no la atormenta; ahora la fortalece.

Al día siguiente, Kage, Rook y Pentrix son seleccionados para una misión peculiar: ir a lavar ropa a un centro de lavado en un poblado cercano.

Dentro de la humilde pickup, Rook conduce mientras Kage planea a qué establecimiento será más conveniente.

—Vamos con el señor Shung, está más cerca y casi siempre hay lugares disponibles.

Nadie nos molestará —sugiere ella.

—De acuerdo, iremos con el señor Shung.

No quiero pasar horas esperando una máquina de lavado —responde Rook.

Kage se vuelve hacia Pentrix: —Te gustará el lugar, es bastante tranquilo.

Nadie nos reconocerá.

Pentrix, con su habitual perspicacia, replica: —Tú y yo no llamaremos la atención, pero… —señala a Rook, cuya playera deja ver su imponente físico.

Kage lo observa, evalúa su vestimenta y comenta con ironía: —Oye, ¿no tenías algo más discreto?

Rook, un poco a la defensiva, responde: —¡Heyyy!

¿Qué esperabas, niña?

Hace demasiado calor como para usar una sudadera.

Kage, con una mirada de exasperación, lo llama: —Tonto.

Dentro de la lavandería, el aire está impregnado con el olor a detergente y suavizante.

El ejército de máquinas blancas trabaja sin descanso, mientras algunas pocas personas, indiferentes, las alimentan con prendas coloridas.

Frente a la ruidosa máquina de lavado, Kage y Pentrix meten la ropa del equipo, mientras Rook carga las enormes bolsas, disimulando a duras penas la fuerza con la que las sostiene.

Una vez que las máquinas inician su ciclo, el trío sale a la calle para esperar.

Kage nota una tienda de 24 horas al otro lado de la calle.

—Ahí hacen un delicioso helado —dice, señalando con el indice—, de chocolate.

Para sorpresa de ambos, Pentrix, con una expresión casi nostálgica, comenta: —Es mejor el de doble chocolate amargo con galleta y chispas de nuez.

Rook y Kage lo miran, completamente sorprendidos por el comentario tan específico y personal.

Pentrix, notando su asombro, añade con un tono inusualmente espontáneo: —Vamos por unos, yo invito.

Dentro de la concurrida tienda de conveniencia, el trío disfruta de su helado, sentado en una de las pequeñas mesas bajo la luz brillante.

Rook y Kage, con los rostros iluminados por una alegría casi infantil, saborean cada cucharada.

Kage, casi gimiendo de placer, exclama: —¡Dios, este helado es buenísimo!

¿Cómo es que no lo había probado antes?

¿Qué opinas, Rook?

Rook, que ya ha lamido su vaso hasta dejarlo impecable, responde con entusiasmo: —¡Wow, es fantástico!

Esto es el verdadero paraíso en un vaso, tal como dijiste.

Pentrix, con su cucharita aún en mano, continúa saboreando su helado en silencio, disfrutando del momento con una calma inesperada.

Inmersos en sus helados, los chicos no notan la entrada de un hombre mal encarado, con barba descuidada y una gabardina.

El sujeto saca una metralleta oculta y apunta a los ancianos dueños de la tienda, gritando: —¡Denme el dinero de la caja fuerte!

¡Rápido!

El anciano, tembloroso, responde: —No tenemos caja fuerte.

Pero el maleante patea unas latas y, al caer, revelan una pequeña caja fuerte empotrada en la pared.

Con una sonrisa cruel, exclama: —¿Y eso?

¡Te mataré, anciano!

¡Rápido, no estoy jugando, ábrela y entrégame todo el dinero!

Un grito resuena en la tienda: —¡Hey!

Pentrix está de pie frente al ladrón.

Este logra disparar algunos tiros, pero las balas no lo alcanzan: quedan suspendidas en el aire gracias al escudo azul que se activa.

Por fortuna, el arma se atasca.

El ladrón, nervioso, con el sudor escurriéndole por la frente, intenta desesperadamente hacer funcionar su arma trabada.

De repente, Rook aparece como un rayo, toma la punta del cañón con sus enormes manos en un intento de doblarla.

Sin embargo, su fuerza es tal que, al hacerlo, empuja al maleante directo contra el suelo de manera violenta.

El hombre estrella la cara contra el duro piso del establecimiento y se desmaya al instante por el impacto.

Kage entra en escena, observando al ladrón inconsciente.

Con una mezcla de asombro y reproche, exclama hacia Rook: —¡Santo Dios, Rook, eso fue demasiado!

¿Qué pretendías hacer?

Rook, visiblemente apenado por la desmedida de su acción, responde: —¿Viste la película de Cybercop?

Esa increíble escena donde detiene al ladrón doblando la punta del arma… Kage se cubre el rostro con ambas manos, negando con la cabeza, avergonzada por la desternillante explicación de Rook.

Pentrix, con su habitual lógica fría e implacable, replica: —Para que eso funcionara, el ladrón tendría que tener tu misma fuerza y resistir el empuje.

Solo así la punta del arma se doblaría.

Pero como es un humano, simplemente perdió el equilibrio y, debido a la diferencia abismal de fuerza, terminó besando el piso.

Kage, sin levantar la cara, vuelve a llamarlo: —¡Tonto!

Con una mezcla de alivio y diversión contenida, el trío de héroes abandona la tienda.

Rook, sintiéndose como un niño regañado, es el primero en salir, con la cabeza gacha.

El dueño de la tienda, un anciano con expresión de alivio, sale apresuradamente y se dirige a Pentrix: —Muchas gracias, muchacho, por detener al ladrón —dice con voz temblorosa.

Pentrix responde con amabilidad: —No fue nada.

Pero el anciano lo detiene y le señala unas cubetas de pintura, ofreciéndolas como gesto de agradecimiento.

Pentrix intenta rechazar el obsequio: —No es necesario, señor.

El hombre, sin embargo, insiste con gratitud: —Sé que son héroes.

No es mucho, pero les servirá de algo.

Pentrix mira a Kage, quien observa la escena y asiente con la cabeza, dándole la señal para aceptar el regalo.

Un rato después, la humilde camioneta que usan para llevar la ropa del equipo avanza por la carretera.

En la parte trasera descansan varias cubetas de pintura, un botín inusual para un viaje de lavandería.

Dentro del vehículo, el ambiente es animado: Kage se divierte atormentando a Rook con bromas y comentarios sarcásticos, mientras Pentrix, con una sonrisa sutil, disfruta de la escena en silencio.

Cae la noche, un día más en el barracón de los héroes.

Todos doblan su ropa y sus uniformes, acomodándolos con meticulosa precisión.

Kage, sentada junto a Lía, la molesta con una sonrisa pícara: —Sabes, hoy le mostré toda tu ropa interior sexy.

—Haciendo referencia a Pentrix.

Lía, sonrojada e incómoda, replica: —Kage, ¿no tienes que doblar tu ropa también?

—Yo ya terminé —responde Kage con tono burlón.

De repente, Lía saca una prenda interior.

Kage se la arrebata y, riendo, exclama: —Será un buen regalo para él.

La ninja sale corriendo.

Lía la persigue furiosa, gritando: —¡Tonta niña, cuando te atrape te electrocutaré y dormirás varios días!

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