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PENTRIX "El camino del villano" - Capítulo 10

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10: Capítulo 9.

Ataque a la corporación 10: Capítulo 9.

Ataque a la corporación En el último piso del elegante edificio del Frente Unido, Víctor Kurikov se detiene junto a la amplia ventana de su oficina, contemplando el horizonte de la ciudad con una expresión de honda preocupación.

Su mirada se extravía en la distancia, como si aguardara —o temiera— la llegada de algo inevitable.

De repente, la puerta se abre con estruendo y Anya irrumpe corriendo, visiblemente alterada.

—¿A dónde lo mandaste, papá?

¡Dime!

—pregunta con urgencia, su voz cargada de ansiedad.

Víctor se gira, sorprendido por la repentina aparición.

—Yo no lo mandé a ningún lado.

Recibió un mensaje… y salió.

Sin añadir palabra, Anya se da la vuelta y abandona la oficina apresurada.

En la planta baja, Pentrix emerge del edificio.

Un distinguido auto se aproxima y se detiene frente a él.

Justo cuando está a punto de subir, ella lo alcanza y lo detiene, tomándolo del brazo.

—¿Puedo acompañarte?

—pregunta con los ojos llenos de inquietud.

Pentrix la observa con ternura.

Duda un instante y luego toma su mano con suavidad.

—Necesito hacer esto solo.

—Podría ser una trampa —insiste la joven, con voz temblorosa—, y podrías necesitar apoyo.

Él le dedica una sonrisa dulce, intentando calmar su preocupación mientras la mira directamente a los ojos.

—Estaré bien, Anya, no te preocupes.

En ese momento, el chofer se acerca e informa: —Su auto está listo, señor.

Antes de subir al vehículo, Pentrix percibe la intensa mirada de la chica.

Él asiente levemente, con una sonrisa, y ella responde con un susurro lleno de promesa: —Te estaré esperando.

El auto avanza por las calles, alejándose del edificio.

Lejos de ahí, una multitud se congrega frente a una sucursal de La Corporación.

Las pancartas de rechazo se alzan sobre las cabezas de los manifestantes, multiplicando el clamor contra la corporación.

Frente a la entrada, una fila de agentes nerviosos y tensos, equipados con escudos y equipos antimotines, forma una barrera; la tensión alcanza su punto máximo entre ambos bandos.

En medio de los gritos, las consignas, el descontento y la creciente hostilidad, un manifestante enciende y arroja una bomba molotov.

El artefacto estalla a los pies de los agentes, levantando una llamarada seguida de una densa columna de humo negro.

La respuesta es inmediata: los escudados dispersan gases lacrimógenos hacia la multitud; los ojos lagrimean, los pulmones buscan aire desesperadamente.

Las balas de goma surcan el aire, impactando contra los manifestantes; algunos huyen despavoridos, mientras otros, más decididos, lanzan de vuelta las granadas de humo contra los agentes, generando confusión y reduciendo su visibilidad.

Lo que comenzó como una protesta pacífica se ha transformado en un enfrentamiento violento.

La irrupción repentina de una camioneta negra de aspecto robusto marca un giro drástico en la confrontación.

De ella desciende con rapidez varios individuos de apariencia amenazante, conocidos como equipos de caza o recolección.

Se alinean junto a los agentes antimotines de La Corporación, y su sola presencia, reforzada por el equipamiento especializado, siembra el pánico entre los manifestantes.

Al advertir la llegada de los recolectores, quienes aún resistían comienzan a dispersarse, huyendo por las calles aledañas en busca de refugio.

En medio de la confusión y la estampida, un joven humano tropieza y cae al suelo.

Al girarse para intentar levantarse, percibe algo extraño en sus piernas: una cuerda delgada, firmemente atada a sus tobillos, ha provocado su caída.

Levanta la mirada y distingue a uno de los cazadores, a unos metros de distancia, sosteniendo un arma de aspecto tecnológico que acaba de lanzar la cuerda.

Un tenue hilo de humo aún se eleva del cañón, prueba de su reciente disparo.

El joven, ahora inmovilizado, contempla con terror cómo el amenazante cazador comienza a acercarse.

Con una sonrisa cruel en el rostro, se aproxima lentamente al joven indefenso.

—Ahora eres mío, pequeña basura —sisea, mientras extrae un bastón eléctrico y lo alza con la clara intención de usarlo contra el muchacho aterrorizado.

Justo cuando está a punto de inmovilizarlo, una mano firme se posa en su hombro, deteniéndolo en seco.

El agente gira bruscamente y se encuentra cara a cara con Pentrix.

—Ni siquiera lo pienses —advierte con voz grave y amenazante.

Acto seguido, lo derriba con fuerza y lo mantiene inmovilizado, presionando una rodilla contra su pecho.

—No me obligues a lastimarte —le advierte el chico.

El joven humano, aprovechando la oportunidad, se libera rápidamente de la cuerda que aprisionaba sus piernas.

Con la respiración entrecortada por el miedo y la adrenalina, se dirige a su salvador: —Hay evos y humanos dentro de la sucursal.

Mi hermano es uno de ellos, y lo tienen encerrado ahí desde hace días.

Esa es la razón por la cual nos manifestábamos.

Pentrix lo observa con comprensión, luego baja la mirada hacia el agente inmovilizado bajo su peso.

—Entiendo, busca un lugar seguro me hare cargo —ordena, con una determinación sombría en su voz.

Con la manifestación dispersada y los últimos inconformes huyendo por las calles, los agentes de “La Corporación” se reagrupan, aparentemente satisfechos con el resultado.

Poco después, arriba la camioneta negra del equipo de caza.

En la parte trasera se distinguen varias figuras encapuchadas, sometidas y esposadas.

Los cazadores, con expresiones de triunfo, introducen a más prisioneros dentro del vehículo.

Entre risas y comentarios jactanciosos celebran las “buenas capturas” que han logrado este día.

Uno de ellos, al notar la expresión seria y desanimada de uno de sus compañero pese al aparente éxito, le pregunta con curiosidad: —¿ Hey por qué diablos tienes esa cara larga, amigo, si logramos un buen número de arrestos?

El hombre serio responde con un tono apagado: —Solo me siento cansado, es todo.

Sin darle mayor importancia, todos suben nuevamente al transporte y se dirigen al interior de la sucursal, dejando la calle desolada.

Una vez dentro, los agentes bajan del vehículo y empujan al pequeño grupo de manifestantes capturados entre gritos y órdenes.

—¡Muevan los pies, maldita sea!

—vociferan sin piedad, acompañando sus palabras con patadas para obligarlos a avanzar más rápido.

Los sometidos son conducidos hasta un área donde se alinean varias celdas transparentes, construidas como jaulas de exhibición.

Allí son encerrados, convertidos en cautivos expuestos a la mirada de sus captores.

Un individuo con bata blanca se aproxima a las celdas.

Abren la primera y retiran la bolsa que cubría la cabeza de uno de los manifestantes.

Presa del pánico, el cautivo intenta huir, pero otro de los cazadores ahí presente lo intercepta con un bastón eléctrico, descargando una potente carga que lo inmoviliza y lo deja inconsciente al instante.

Sin mostrar emoción alguna, lo levantan y lo arrastran fuera de la vista.

En la segunda celda, repiten el procedimiento.

Al quitar la bolsa, el agente advierte con tono amenazante: —Si intentas algo, verás chispas y será muy doloroso.

Te lo juro.

Varias celdas más son abiertas y los prisioneros evos y humanos examinados brevemente.

Finalmente, se dirigen a la última celda.

El agente agresivo y el hombre de la bata blanca ingresan y retiran la bolsa del rostro del cautivo.

En ese instante, un sonido metálico y seco resuena: las esposas del prisionero se han roto.

Con agilidad sorprendente, el cautivo toma del cuello al de la bata blanca y lo estrella con fuerza contra el muro transparente de la celda.

El cazador reacciona de inmediato, intentando detenerlo, revelando que el prisionero es Pentrix.

Empuña su bastón eléctrico, pero al hacer contacto, el arma no surte efecto alguno.

El chico simplemente le sonríe con sorna, dejando al hombre con una expresión de total confusión y desconcierto.

Antes de que pueda reaccionar, es noqueado por un furioso puñetazo al rostro.

Momentos más tarde, Pentrix avanza por los pasillos de la instalación acompañado del cazador que había sometido durante la manifestación.

El hombre camina tembloroso, suplicando entre dientes: —Por favor, no quiero que me mate.

El chico lo observa con frialdad.

—Cállate y guíame —ordena con voz firme.

Llegan a una sala poco iluminada donde una computadora permanece encendida sobre un escritorio.

El joven obliga al aterrado hombre a utilizarla.

En la pantalla comienzan a reproducirse videos cortos que describen los poderes y habilidades de diversos evos.

A cada uno se le asigna un número, como si fueran simples prisioneros catalogados.

Abandonan la sala de la computadora y continúan avanzando por los pasillos.

Finalmente, llegan a una sala de operaciones improvisada.

Hay camas metálicas, instrumentos quirúrgicos brillantes y un aire frío, aséptico.

El lugar, que parece un cruce entre hospital y laboratorio clandestino.

Lo que le da ese toque sombrío y desesperanzador.

El agente, al ver el entorno, balbucea y comienza a temblar incontrolablemente, consciente del peligro en el que se encuentra y temiendo por su vida.

— Yo… yo nunca había estado aquí.

no tenía acceso a este lugar —intentando justificarse Finalmente, los dos llegan a una gran sala donde encuentran.

A los evos y humanos hacinados en jaulas metálicas, evocando la imagen de un zoológico.

También observa varias camillas con individuos en coma inducido, conectados a cables y aparatos médicos.

Al entrar, Pentrix les hace una señal clara para que guarden silencio.

El cazador que lo guía ya no pude ocultar su nerviosismo, consciente de que su destino está sellado.

Sin embargo, el joven lo sorprende con una pregunta inesperada: —¿Hay otra salida?

El Confundido hombre por la pregunta, tartamudea una respuesta afirmativa.

Sin perder un instante, es tomado por el uniforme y levantado del suelo como si no pasara nada.

Mirándolo directamente a los ojos, con una intensidad penetrante, le ordena: —Trae un transporte y sácalos de aquí.

¡Ahora!

El hombre comienza a tartamudear, intentando replicar: —Pe… pero… pe… pero… Es interrumpido con una frialdad escalofriante: —Igual ellos te matarán por traicionarlos.

¿Prefieres morir lenta y dolorosamente en sus manos o rápidamente en las mías?

—insiste el chico.

Aterrado al ver la determinación y la amenaza en los ojos de Pentrix, comprende que no tiene otra opción.

Sin dudarlo, sale corriendo en busca de un transporte.

Una vez liberados de sus jaulas, los evos y las demás personas, en completo silencio, comienzan a cargar cuidadosamente a quienes permanecen en coma inducido.

Finalmente, el hombre regresa, guiando al grupo hacia un transporte que ha conseguido.

Ya dentro del vehículo, el cazador se dirige a Pentrix: —Señor, todos a bordo.

Él lo mira con seriedad.

—Huyan de aquí.

El cazador, extrañado, pregunta: —¿Pero… y usted?

El chico sostiene su mirada.

—Llévalos a la ciudad más cercana y espérame ahí.

El hombre asiente con determinación, sube al transporte y éste se aleja rápidamente del lugar.

Apenas unos instantes después, las alarmas dentro de la instalación comienzan a sonar estridentemente.

En ese momento, el interior de la sucursal comienza a temblar y a desmoronarse desde dentro.

Dentro del transporte, el agente y los liberados observan con asombro cómo un haz de luz azul se eleva hacia el cielo desde el centro de la instalación.

A través de las ventanillas contemplan pedazos de la estructura desplomándose y cayendo al suelo.

Finalmente, un gigantesco domo de energía azul envuelve toda la instalación, mientras el transporte se aleja a toda velocidad rumbo a la ciudad más cercana.

En las calles de la ciudad, la gente se detiene, señalando con asombro la extraña luz azul que aún palpita en la distancia, donde se alzaban las instalaciones de La Corporación.

Un transporte destartalado se aproxima a gran velocidad y frena bruscamente.

Las puertas se abren y la multitud liberada comienza a descender.

El joven humano que fue salvado por Pentrix busca ansiosamente entre los que bajan.

Su rostro se ilumina al reconocer a su hermano.

Corre hacia él y lo abraza con fuerza, mientras las lágrimas recorren sus mejillas.

Escenas similares se repiten: otros liberados encuentran a sus familiares y amigos, fundiéndose en abrazos y llorando de alivio.

Otros más ayudan a bajar cuidadosamente a los evos que permanecen en coma.

El cazador desciende del transporte y contempla la conmovedora escena de los hermanos reunidos.

La magnitud de lo que ha presenciado, junto con el peso de su propia participación en la opresión, lo abruma.

Lentamente, se deja caer en la calle, llevando las manos a la cabeza en un gesto de desesperación y remordimiento.

De vuelta en el lugar donde se erguía la instalación, una intensa energía azul envuelve a Pentrix.

La energía se agita violentamente, como un mar embravecido en plena tormenta, anunciando un poder incontrolable.

Poco a poco, su energía comienza a disiparse.

Avanza entre el paisaje desolado.

Detrás de él no queda nada: lo que alguna vez fue una imponente sucursal de La Corporación ahora es solo un cráter de magma hirviente y rocas fundidas, con el suelo aún humeante.

Mientras se aleja del lugar, un auto se aproxima en la distancia.

El chico se detiene y espera.

El vehículo frena justo frente a él; una rampa se despliega y una silla de ruedas desciende lentamente.

Aparece Pretzelman, con su cuerpo retorcido y deforme, empujado por una persona que se detiene a una distancia prudente.

Pretzelman fija su mirada en él.

—Eres realmente aterrador —dice con voz débil, entrecortada, su respiración silbante.

Pentrix lo observa sin mostrar emoción alguna.

—Yo te envié el mensaje (Capitulo 6) —revela el hombre en silla de ruedas—, pero también tengo otro regalo para ti.

El chico, sin apartar la vista del hombre en la silla de ruedas, pregunta con voz grave: —¿Por qué?

La persona que acompaña a Pretzelman se acerca y le entrega un grueso expediente al chico.

—Tengo mis propios motivos, pero también quiero un trato contigo —dice Pretzelman con voz dificultosa.

—¿Qué clase de trato?

—pregunta el chico, con cautela.

—Sé que no puedo expiar los pecados de mi pasado —admite Pretzelman—, pero tú has visto con tus propios ojos lo horrores que ocurre en las sucursales y de lo que la Corporación y la Ordo Benedictorum son capaces de hacer.

Pentrix lo interrumpe bruscamente: —¿Qué es lo que quieres a cambio?

—Quiero que mi sufrimiento termine.

Haz lo que no quisiste hacer aquel día que nos conocimos —responde Pretzelman, su mirada llena de dolor.

El chico lo observa fijamente.

—Aún no.

Seguirás sintiendo el dolor que yo sentí.

Solo yo decidiré cuándo y cómo.

Hasta entonces, seguirás viviendo.

Sin añadir palabra, sigue impasible su camino y se marcha con el expediente en sus manos, dejando a Pretzelman inmóvil y confundido en su silla de ruedas.

Pentrix finalmente llega a la ciudad.

Ve al cazador que lo ayudó; este, al reconocerlo, solo alcanza a susurrar entre lágrimas: —Dios, perdóname.

El joven que fue rescatado lo reconoce y corre hacia el.

—Gracias por tu ayuda, mi hermano está a salvo.

Eres un héroe… ¿o algo así?

Pentrix responde con firmeza: —No, no lo soy.

El joven le estrecha la mano en señal de agradecimiento y se marcha.

Entonces dirige entonces su mirada al cazador, que baja la cabeza con vergüenza y miedo.

Lo toma del brazo y lo levanta, mirándolo directamente a los ojos.

Con voz grave y amenazante le advierte: —Podría matarte en este instante si así lo quisiera.

Ahora lárgate y escóndete; si la Corporación te encuentra, te matarán sin pensarlo.

El cazador, confundido por su misericordia pero entendiendo la seriedad de su mirada, asiente con la cabeza y se aleja, agradecido por haber sobrevivido.

✦ Fin de capítulo ✦

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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