PENTRIX "El camino del villano" - Capítulo 15
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15: Capítulo 14.
Humanidad 15: Capítulo 14.
Humanidad Una mujer mayor camina con pasos lentos pero firmes por las calles de la ciudad.
Aferrado cerca de su corazón, lleva un libro de portada desgastada.
Tras avanzar un buen tramo, llega a un templo religioso.
Sube las escaleras con esfuerzo y atraviesa la gran puerta de madera.
Dentro, el templo se revela como un lugar inmaculadamente decorado, con amplios vitrales y frescos en las paredes.
Bellas figuras de santos se alzan en lo alto, protegidas detrás de cristales.
Un silencio profundo, donde el eco convive con la paz y la serenidad, se acompaña de las tenues luces de veladoras encendidas por doquier, creando un espectáculo de ensueño.
La mujer avanza hasta el frente del recinto, donde se erige una imponente estatua de un ángel con las alas extendidas y las manos juntas en señal de oración.
Detrás de la figura, un ventanal deja pasar la luz del sol, iluminando la escultura desde atrás.
La mujer busca un sitio y se sienta en una de las bancas.
Con un suspiro de alivio, abre su libro.
Su voz, como un murmullo, rompe el silencio entre oraciones y cánticos.
Después de un tiempo de recogimiento, cierra su desgastado libro, se levanta de su lugar y agacha la cabeza frente al gran ángel.
La mujer sale del templo, caminando nuevamente por las mismas calles por las que había llegado.
El sol comienza a descender en el horizonte, tiñendo el cielo con tonos naranjas y morados.
Las personas llenan las calles, regresando a casa después de un largo día de trabajo.
Al doblar una esquina, un vagabundo se cruza en el camino de la devota anciana.
El hombre permanece sentado en el suelo, junto al umbral de una puerta cerrada, con la mirada perdida.
Aunque no bloquea directamente el paso, su presencia incomoda a la mujer.
Ella se detiene bruscamente y, con el rostro crispado por el disgusto, lo increpa: —¡Sucio vago!
¡Vete a otra parte o llamaré a la policía!
Su voz se eleva con insultos y vejaciones, atrayendo las miradas curiosas de algunos transeúntes que pasan por el lugar.
El desafortunado hombre, visiblemente intimidado por las duras palabras de la mujer y por el temor de ser detenido, se incorpora con dificultad, apoyándose en la pared.
Con la cabeza gacha y la vergüenza marcada en su rostro, decide marcharse sin pronunciar palabra.
Busca un refugio para pasar la noche, internándose en una serie de callejones oscuros y estrechos.
Mientras avanza con paso lento y cansado, un golpe seco en la espalda lo derriba de bruces contra el suelo.
Se gira lentamente, adolorido, y alcanza a ver a cuatro jóvenes de rostros endurecidos y sonrisas crueles.
Lo habían estado aguardando ocultos en las sombras; ahora se abalanzan sobre él y comienzan a patearlo sin compasión.
El hombre apenas logra gritar, desesperado, mientras las patadas le doblan el cuerpo: —¡No, por favor!
¡Ayuda!
¡Ayuda!
¡Nooo!
Intenta cubrirse la cabeza con los brazos, pero los golpes siguen cayendo, dolorosos y humillantes.
Los jóvenes se burlan de su sufrimiento, ríen a carcajadas ante su impotencia e incluso lo escupen con desprecio: —Estúpido vagabundo, solo eres basura.
—Qué patético.
—Lárgate a otro lugar.
Finalmente, tras una paliza brutal, el vagabundo queda inmóvil en el suelo, inconsciente.
Al ver que no se mueve, los jóvenes intercambian miradas nerviosas y, sin decir una palabra más, huyen, perdiéndose rápidamente entre las laberínticas calles.
Calles más adelante, en una zona apenas concurrida, un ladrón se prepara para asaltar una tienda de conveniencia abierta las 24 horas.
Se arma de valor, respira hondo varias veces, empuña su pequeño revólver y entra de manera brusca, disparando un tiro al techo.
El estruendo provoca que las pocas personas que compraban se arrojen al suelo, presas del pánico.
El ladrón, con la voz entrecortada por la adrenalina, grita al encargado que se encuentra detrás del mostrador: —¡Dame todo el dinero de tu caja registradora!
El encargado, un hombre de mediana edad con gafas, visiblemente nervioso y tembloroso, obedece sin vacilar.
Abre la registradora con manos que apenas le responden, extrae un puñado de billetes y se los entrega al ladrón con los ojos cerrados por el miedo.
Ya con el botín en mano y la adrenalina recorriendo sus venas al máximo, da la vuelta y huye torpemente de la tienda.
De pronto, el vidrio de la puerta estalla en mil pedazos, y una mano poderosa lo arrastra violentamente hacia afuera.
El maleante cae al duro suelo de la acera, soltando los billetes que se dispersan por el pavimento y arrastrados por el viento.
Frente a él se alza un “héroe”: un Neoevo cuya apariencia dista mucho de la imagen pulcra que otros héroes suelen mostrar.
En su cabeza se distinguen tumores visibles bajo la piel, y sus manos exhiben cicatrices entrelazadas con venas moradas y abultadas, señales de que su cuerpo lucha por contener su propio poder.
Sin pronunciar palabra, el héroe levanta al ladronzuelo del suelo como si fuera un muñeco de trapo y lo arroja con fuerza al interior de la tienda.
El impulso lo hace impactar contra los anaqueles, que caen con estrépito.
Frascos, botellas y latas ruedan por el suelo, rompiéndose y derramando su contenido.
Aturdido por el golpe, intenta levantarse y escapar, pero nuevamente la mano del héroe, deformada y cubierta de cicatrices, lo sujeta por la ropa.
Sin darle oportunidad de reaccionar, lo lanza con brutalidad contra la vitrina de enfrente.
El impacto no solo destroza el grueso vidrio, sino que también derriba un letrero luminoso que pendía sobre la entrada, provocando un cortocircuito y una lluvia de chispas.
Los líquidos inflamables derramados en el interior de la tienda prenden rápidamente, y las llamas comienzan a lamer las paredes y el techo.
Solo entonces el héroe se da cuenta de su error… y se detiene.
Finalmente, la policía llega al lugar, aturdida por el caos.
Logran rescatar al lamentable atracador de la furia descontrolada del “héroe” y comienzan a evacuar con urgencia a los compradores de la tienda, que permanecían tirados en el suelo, petrificados por el miedo.
El encargado, viendo su negocio en ruinas y envuelto en llamas, reclama airadamente al heroe: —¡Imbécil!
—grita con el rostro enrojecido por la furia—.
¡Mira lo que le has hecho a mi negocio, a mi fuente de trabajo!
La gente curiosa, atraída por el humo y las sirenas, se aproxima mientras la policía intenta crear un perímetro.
El tumulto se transforma en una turba indignada.
Vociferan, increpan y arremeten contra el Neoevo.
La anciana del templo, que había salido de rezar, aparece entre la multitud.
Recoge una fruta caída de la tienda y la arroja contra el “héroe” mientras lo insulta con voz temblorosa: —¡Tonto héroe!
—le grita—.
¡Lárgate de aquí!
¡No te necesitamos!
Un par de jóvenes, los mismos que habían atacado al vagabundo, se acercan al tumulto.
Ven la oportunidad y, entre risas, comienzan a lanzar más fruta y basura contra el héroe.
El Neoevo simplemente se retira, cabizbajo, mientras la multitud lo insulta y le arroja todo tipo de objetos, dejándolo completamente humillado.
✦ Fin de capítulo ✦
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