Privilegios - Capítulo 10
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10: Capítulo 10 10: Capítulo 10 Kaellid adoptó una postura relajada de calentamiento, estirando principalmente las piernas mientras balanceaba su cuerpo de izquierda a derecha.
Cada movimiento era controlado, preciso.
No tenía prisa.
Ya estaba listo.
Holeid también calentó un poco, aunque de manera mínima.
Para él, tanto estiramiento carecía de sentido; en su cabeza, el combate empezaba cuando el arma se alzaba.
Kaellid tomó posición.
Su pierna izquierda permanecía firme y recta, mientras la derecha se alzaba, flexionada, en una clara postura de amenaza.
Los brazos se acomodaron en guardia, su cuerpo ligero, casi flotante.
Una mínima porción de ALCO fluyó hacia sus piernas.
El ALCO —energía interna presente en todos los seres, pero dominada solo por quienes entrenaban cuerpo o su mente con disciplina durante años— se dispersó por sus músculos.
Y entonces, estalló.
En un parpadeo, Kaellid apareció frente a Holeid y lanzó una patada frontal directa, impactando con la planta del pie en el torso del caballero.El golpe resonó en todo el patio, seco, contundente, como si alguien hubiera golpeado una pared de piedra.
Holeid apenas se movió.
—¿Eh…?
—pensó Kaellid, sorprendido.
No hubo retroceso.
No hubo queja.
Apenas un cosquilleo.
Kaellid sonrió.
Este chico es una maldita bestia del aguante.
Sin retroceder, reajustó su postura, descargando el peso sobre la pierna trasera y lanzando golpes rápidos a los costados.
Holeid se cubrió como pudo, dando un paso atrás mientras levantaba su enorme espada.
El caballero llevó el arma hacia atrás y, con un movimiento pesado, lanzó un tajo frontal.
Kaellid alzó la mirada.
—Ljus och glimt.
Un destello amarillo explotó frente al rostro de Holeid, cegándolo por completo.
El tajo cayó…
pero no encontró a nadie.
Desorientado, Holeid comenzó a atacar en círculos, moviéndose con fuerza bruta, casi como una bestia embistiendo a ciegas.
Su postura se volvió extraña, pesada, similar a la de un rinoceronte furioso.
Esperaba recuperar la vista.
Deseaba contraatacar correctamente.
Cuando por fin volvió a ver…
Kaellid no estaba.
La confusión lo golpeó.
Lo que Holeid no sabía era que Kaellid había invadido su percepción con un hechizo elemental de apenas unos segundos.
—Vindgolv.
Fue lo último que escuchó antes de oír una voz burlona: —¡Hey!
¡Arriba!
Holeid alzó la mirada.
Demasiado tarde.
El empeine del pie de Kaellid impactó de lleno contra su rostro.
El golpe le sacudió la cabeza, haciéndolo retroceder con lágrimas involuntarias brotando por el dolor en la nariz.
Sin embargo, no fue furia lo que despertó en Holeid.
Fue adrenalina.
Aquel dolor, olvidado durante años, lo puso en alerta máxima.
Arremetió de inmediato, avanzando con una velocidad inesperada, su espada describiendo un arco mortal.
Kaellid lo notó.
Viene más rápido a pesar de tener un gran cuerpo.
La espada era larga.
Si no se movía ahora, el golpe lo alcanzaría.
Pero Kaellid no retrocedió.
Esperó.
Cuando el ataque llegó, simplemente ajustó su cuerpo y se deslizó a un lado, fluido, natural, como agua esquivando una roca.
Holeid falló.
El mundo pareció ralentizarse.
Kaellid extendió los dedos, palma abierta, postura firme, piernas bien ancladas al suelo.
Concentró ALCO en su brazo.
Primero, la punta de los dedos señalo con precisión el abdomen de Holeid.
Luego, el puño.
El sonido fue seco, brutal, como un látigo rompiendo el aire.
Ulvar y Yester observaron sin pestañear.
—Eres una maldita máquina de aguante, seamos amigos —dijo Kaellid con una sonrisa ladeada.
Holeid escucho esto para al segundo salir despedido varios metros atrás, rodando por el césped hasta quedar tendido en el suelo, mirando al cielo.
¿Qué pasó…?
¿Cómo fue posible…?
Se incorporó con dificultad.
El dolor apareció justo donde había recibido la primera patada…
y luego el golpe final.
Kaellid ya estaba frente a él, extendiéndole la mano.
—¿Estás bien?
Holeid respiró hondo, aún aturdido, y aceptó la ayuda para levantarse.
Ulvar y Yester se acercaron.
—¡Señora Dolly!
—exclamó Yester—.
Curación para Holeid, por favor.
Ulvar miraba de uno a otro, confundido.
—Espera…
espera —dijo—.
¿Cómo aguantaste eso?
—señaló a Holeid—.
¿Y tú qué fue eso?
Parecía una palma…
y luego un puño.
Dolly apareció, examinando a Holeid.
Al retirar parte de su vestimenta, quedó al descubierto un cuerpo robusto, musculoso.
En su abdomen se formaba un moretón que pasaba del rojo al morado.
—Eso te lo explico luego —dijo Kaellid—.
Mejor pregúntale a nuestro nuevo amigo cómo soportó esos golpes sin usar ALCO.
Ulvar abrió los ojos.
Yester soltó una carcajada.
—Te lo dije.
Este chico es una máquina de aguante.
Lástima que sea inexperto con ALCO y con la espada…
apenas sabe usar los puños.
Kaellid se sentó en el pasto, riendo.
—Nació con el cuerpo de un golem.
—De igual manera al final, si no puedes romper un muro de un golpe…
empújalo hasta que caiga.
Holeid lo miró, aún confundido, pero sonriendo.
Así que a esto se refería el señor Yester con talento nato…Es maravilloso.
Ulvar frunció el ceño, aún mirando a Holeid.
—Pero no entiendo algo…
—pensó en voz alta—.
Si es inexperto, si apenas sabe usar ALCO, ¿por qué tiene un cuerpo tan robusto?
Yester respondió sin rodeos: —Eso no puedo responderlo yo por el momento.
Pregúntale al grandulón.
Kaellid giró el rostro hacia Holeid.
El muchacho se rascó la nuca, algo incómodo.
—Es…
algo privado, en parte —dijo—.
Pero estoy seguro de que algún día se lo contaré, Kaellid, Ulvar.
Kaellid volvió a hablar, serio: —¿Hay gente así en la academia?
—Sí —respondió él Yester, seco.
Kaellid sonrió.
—Excelente.
Ulvar dio un paso al frente.
—Bueno…
supongo que ahora es mi turno contra el señor Yester.
Kaellid se rascó la nuca y se dejó caer con cansancio en unas escaleras de la mansión.
A un lado había botellas de agua; tomó una sin pensarlo.
Usar ALCO junto con artes marciales lo agotaba más de lo que admitía.
Su mente entendía el proceso, pero su cuerpo aún no se alineaba como deseaba.
Holeid se sentó cerca.
—Kaellid…
¿cómo es posible usar magia mientras peleas como un guerrero usando tus piernas?
Kaellid soltó una risa baja.
—En teoría no creo que muchos puedan hacer algo así o quien sabe.
Un mago debería estar quieto, concentrado, recitando hechizos con calma.
Holeid asintió.
—Pero…
—continuó Kaellid— ¿y si entrenas la mente como un músculo?
Con el ALCO.
Según lo poco que sé —y algunos libros que Yester me prestó—, el lóbulo frontal, el temporal y la médula espinal están ligados a la magia.
Yo entreno eso…
y mis ojos me ayudan a procesarlo junto con el cuerpo.
Aunque aún no me adapto del todo.
—Oh…
ya veo.
—murmuró Holeid.
Se quedaron observando el patio.
—Oye, Kaellid…
—dijo Holeid de pronto—.
¿Puedo ser amigo tuyo y de Ulvar?
Kaellid rió por debajo.
—En la pelea ya te lo dije.
Te considero un amigo desde ahora.
Y espero que nos ayudemos mucho en el futuro.
—Mis primeros amigos…
—pensó Holeid.
Kaellid lo miró de reojo y, por primera vez, vio una sonrisa sincera en aquel rostro severo.
Eso le sacó una expresión de genuina felicidad.
Mientras tanto, Ulvar estaba frente a Yester.
El noble empuñaba una espada de caballero.
A pesar de su físico, su presencia imponía respeto.
Ulvar sostuvo el bastón que Agnes le había regalado.
Sin aviso, Yester atacó.
Corrió hacia él.
—Olov Vågor.
Una llamarada masiva brotó del bastón, tan intensa que habría sofocado un salón cerrado.
Ulvar golpeó el suelo con el bastón.
—Jordbävning.
La tierra tembló, desestabilizando a Yester por un instante.
Pero el noble se recompuso con rapidez y volvió a arremeter.
Con ambas manos en el mango de la espada, lanzó un tajo desde la izquierda.
Ulvar movió el bastón para bloquear y, al hacerlo, presionó un botón oculto.
De la base del arma emergió una hoja corta.
Kaellid rió desde las escaleras.
Ulvar retrocedió para ganar espacio.
—Vind och knuffa.
Una ráfaga de viento lo impulsó lejos.
Luego, recitó varias veces Olov Vågor, acumulando chispas de fuego a su alrededor.
Yester observaba, satisfecho, pero no se detenía.
Ulvar gritó y liberó toda la magia acumulada.
El patio se llenó de fuego sofocante.
El propio Ulvar quedó exhausto.
Cuando el humo se disipó…
Yester estaba frente a él.
La espada apoyada suavemente en su cuello.
Había ganado.
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