Privilegios - Capítulo 9
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9: Capítulo 9 9: Capítulo 9 Un noble de cabello rubio, con algunas entradas marcadas por la edad, se encontraba frente a ellos.
A simple vista debía rondar los cuarenta y cinco años.
Llevaba una barba abundante y bien cuidada, un cuerpo algo robusto, algo regordete, pero brazos que aún conservaban músculo y fuerza.
Sus cejas eran espesas, sus labios normales, y sus ojos…
sus ojos tenían la mirada de un águila, atentos, penetrantes, evaluadores.
Ese hombre era Varde Yester, el noble que había elegido a Kaellid y a Ulvar, otorgándoles su voto de confianza.
—¡Niños míos!
Pasen, pasen —aclamó Yester con entusiasmo—.
Tenemos muchas cosas que discutir.
Su voz era cálida, pero firme.
Varde Yester era carismático, rudo cuando la situación lo exigía, y profundamente protector con los suyos.
Apreciaba a la gente humilde y ayudaba a los necesitados siempre que podía.
Kaellid entró primero sin dudar.
Ulvar intercambió una breve mirada con el grandulón que los había acompañado y ambos ingresaron detrás de él.
La casa de Yester era imponente: una mansión en toda regla.
Pasillos largos decorados con pinturas antiguas —probablemente retratos de sus antepasados— los condujeron hasta una amplia sala con sofás acolchados en tonos rojos y dorados, elegantes sin resultar excesivos.
Kaellid, Ulvar y el sujeto desconocido tomaron asiento, aunque el espacio resultó algo estrecho.
El grandulón lo notó de inmediato y decidió permanecer de pie, detrás de Yester, quien se sentó frente a los dos jóvenes.
—¡Bien!
Kaellid, Ulvar —dijo Yester con una sonrisa—.
¿Qué se siente estar dentro de la academia?
¿Preparados para partir mañana?
Kaellid, relajado, recostado con comodidad en el sofá, respondió con calma: —Claro que sí, señor Yester.
Un mundo nuevo, vida nueva, caras nuevas…
¿qué más podría pedir?
Ulvar, con los ojos cerrados, añadió en voz baja: —Discriminación.
Yester soltó una carcajada.
—Ulvar, por favor, no arruines el ambiente de Kaellid.
¿Quién sabe?
Tal vez consiga una hermosa chica noble…
o una elfa orgullosa.
No lo veo imposible para este chico.
Podrías crear el primer semielfo registrado en la historia.
—Hey, hey, hey —interrumpió Kaellid—.
¿Ya estamos hablando de hijos?
¿En serio?
—Qué aburrido eres, Kaellid —respondió Yester con una sonrisa que pronto se tornó nostálgica—.
Mírame a mí…
un noble sin hijos ni pareja, por pensar demasiadas tonterías en mi juventud.
El ambiente quedó en silencio durante unos segundos.
—Pero bueno —continuó, sacudiendo la cabeza—.
Ustedes son como mis hijos ahora.
Me representarán.
Y hablando de eso…
¿quieren té?
Kaellid asintió con un suspiro.
Ulvar hizo lo mismo.
El grandulón, detrás, mantenía la mirada baja.
—Bueno, señor…
—Yester con un grito y una palmada diría—.
¡Señora Dolly!
Por favor, tráiganos cuatro tazas de té.
Un destello azul cruzó la sala.
Una figura etérea, casi fantasmal, apareció sosteniendo una bandeja con las tazas.
Kaellid y Ulvar apenas reaccionaron; estaban acostumbrados a esas vanidades propias de quienes manejaban dinero y magia.
En cambio, el hombre de atrás se tensó visiblemente.
—Gracias, Dolly —dijo Yester.
La figura desapareció al instante.
Yester giró la cabeza hacia atrás.
—Relájate, chico.
Es magia.
Bueno, más bien una manifestación mágica proveniente de una piedra, no un fantasma.
El único fantasma aquí es mi soledad.
Se reiría con ganas.
—Bien, comencemos.
Kaellid, Ulvar…
¿qué tal fue la prueba?
Kaellid tomó la taza con elegancia y respondió con los ojos cerrados: —Hubiera sido genial que me hubieras advertido algo así.
—Pero escuché que te fue excelente —replicó Yester sonriendo—.
Y que Ulvar incluso se atrevió a usar magia contra un caballero.
—¿Oh?
—respondió Kaellid—.
¿Vino a visitarte?
Era de esperarse.
—Pero ¿qué fue eso de usar mi nombre para una negociación?
—preguntó Yester.
Kaellid bebió un sorbo de té y suspiró con firmeza.
—Para que no llegaran a obtener lo que era mío simplemente tuve que usar tu nombre.
Además, usted es nuestro representante.
No me culpe por algo que sabía que iba a hacer tarde o temprano.
Yester acarició su barba pensativo.
—Ciertamente…
así eres tú, Kaellid.
Un arrogante dispuesto a usar cualquier medio para proteger lo suyo.
Eso me gusta.
Se inclinó hacia adelante.
—Ahora pasemos a otro tema.
Kaellid respondió de inmediato: —¿Quién es él?
¿Cuál es su nombre?
Ulvar también miró expectante.
—Este grandulón detrás de mí es un noble —dijo Yester.
Ambos fruncieron el ceño al instante.
—No son muy amantes de los nobles, lo sé —continuó—.
Es un noble caído que recogí por ahí.
Vamos, chico, preséntate.
El hombre dio un paso al frente.
Se irguió, manos atrás, postura recta.
—Buenas tardes.
Mi nombre es Holeid Paen Tranuar.
Se acercó con cierta torpeza y extendió la mano algo nervioso, intentando sonreír…
aunque claramente no estaba acostumbrado a hacerlo.
Kaellid y Ulvar aceptaron el gesto.
El prejuicio se les había caído de golpe.
A pesar de su tamaño y expresión seria, Holeid parecía tímido y educado.
—Espero que seamos buenos amigos y compañeros, señor Kaellid, señor Ulvar —dijo, soltando una pequeña risa nerviosa.
—¡Claro que sí, Holeid!
—respondió Kaellid animado—.
Y no me llames “señor”.
Supongo que tenemos la misma edad.
Ulvar parpadeó sorprendido.¿La misma edad?No lo aparentaba en absoluto.
—S-sí…
un gusto conocerte, Holeid —añadió algo avergonzado.
Desde el otro extremo, Yester observaba la escena con satisfacción.
He reunido un buen trío, pensó.
Aplaudió con fuerza para llamar la atención.
—Bien.
Me alegra ver que ya se presentaron.
Holeid los acompañará como representante de mi familia, al igual que ustedes.
—¿Va a ser un mago?
—preguntó Kaellid.
—¿No te lo conté?
—respondió Yester—.
La academia no es solo para magos.
También hay una extensión para caballeros.
Magos y caballeros se asignan mutuamente.
Se puso al lado de Holeid y le dio una palmada en el brazo.
—Y este tipo es un maldito escudo.
Aguanta como si de un barco de guerra se tratara.
Sonrió con entusiasmo.
—Vamos al patio.
Tendremos una pelea de práctica.
Kaellid, te pondremos a prueba.
Ulvar…
tú irás contra mí.
Kaellid parpadeó, completamente desconcertado.
—¡Hey, hey, hey!
¿Cómo que hay una extensión de caballeros?
¿Y que nos asignarán?
¿A uno cualquiera?
Se llevó la mano a la frente.
—Eso lo verás luego, Kaellid.
No puedo darte toda la información de golpe.
—Sí…
ya olvídalo —murmuró.
Kaellid se levantó y golpeó su puño contra la palma.
—Bien, Holeid.
Veamos si lo que dice este tipo es cierto.
—¡Sí!
—respondió Holeid, visiblemente emocionado.
Ya en el patio de la mansión, un amplio terreno cubierto de pasto se extendía en todas direcciones.
Era un espacio abierto, pensado tanto para el descanso como para el entrenamiento.
Kaellid y Holeid se preparaban allí.
Holeid empuñaba una espada larga e inmensa, hecha de un material básico, claramente destinada a prácticas y ejercicios.
No era extraño ver armas de ese tipo en la propiedad de Varde Yester; el noble estaba bien abastecido y también era practicante del combate con espada.
Holeid observó de reojo a Kaellid.
El muchacho se quitó la vestimenta con la que había entrado, quedándose solo con los pantalones.
Al hacerlo, dejó al descubierto su torso.
Varias cicatrices cruzaban su piel, algunas viejas, otras no tanto.
Eso bastó para poner nervioso a Holeid.
Kaellid no solo parecía tener experiencia:la llevaba marcada en el cuerpo.
Sin embargo, lo que más le llamó la atención no fueron las cicatrices, sino el hecho de que Kaellid caminara hacia el centro del patiosin arma alguna, sin espada, sin bastón, sin nada.
Holeid alzó la voz, ya que la distancia entre ambos era considerable.
—Señor Kaellid… ¿y su arma?
¿No va a usar una espada?
Kaellid se detuvo y lo miró con tranquilidad.
—Voy a ser un mago.
Tal vez use una espada en el futuro, para… no sé, inventarme cualquier cosa.
—Pero por ahora —añadió encogiéndose de hombros—, ¿qué mejor arma que mi propio cuerpo?
Holeid parpadeó, sorprendido.
—Oh… claro.
Lo que ninguno de los dos sabía —a excepción de Yester— era que las disciplinas de combate sin armas estaban desapareciendo en ese mundo.
La magia y el acero se habían vuelto prioridad.
Muy pocos seguían usando su cuerpo como arma.
Kaellid era uno de ellos.
Y su maestro también lo había sido.
Holeid avanzó hasta quedar frente a él.
Kaellid alzó la vista: el contraste era evidente.
Holeid era mucho más alto, más ancho, más pesado.
Desde arriba, el caballero observaba al muchacho con una mezcla de respeto e incertidumbre.
Kaellid sonrió.
—Vamos, tipo grande —dijo con calma—.
Veamos cuánto aguantas.
Holeid infló el pecho y respondió con una sonrisa nerviosa pero decidida.
—¡Daré lo mejor de mí!
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