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Privilegios - Capítulo 11

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11: Capítulo 11 11: Capítulo 11 —Mal, mal, mal…

—dijo Yester, clavando la espada en el pasto con un golpe seco.

Ulvar levantó apenas la vista.

—¿Qué pasó, Ulvar?

Estás muy distraído.

Estos pasos ya los habíamos superado hace mucho tiempo.

—Suspiró—.

Aunque debo admitir que tu idea de amontonar fuego y descomponer el aire a mi alrededor fue llamativa…

pero no es práctica a largo plazo.

¿Qué sucedió?

Ulvar mantuvo la cabeza gacha, apoyándose en su bastón.

—Perd— —¿Para qué te vas a disculpar?

—lo interrumpió Yester con voz firme—.

Aprende mejor que si tienes la mente ocupada en otras cosas, ocurren errores.

Y esos errores hacen que mueras tú…

o que mueran tus amigos.

El silencio pesó unos segundos.

Yester suspiró al ver a Ulvar agotado.

—Ven.

Vamos a tomar agua.

Le extendió la mano y comenzaron a caminar de un lado a otro del patio, acercándose a Kaellid y Holeid.

En el trayecto, Yester le revolvió el cabello a Ulvar de forma molesta, como solo un maestro experimentado haría.

—Despreocúpate —le susurró—.

Ustedes van a ser de los mejores en esa academia, ya te lo digo yo.

Hay un montón de idiotas sin talento que llegan solo por el apellido de su madre o su padre.

Es un privilegio, sí, pero no cambia el hecho de que muchos solo pierden el tiempo.

Cambien la forma de ver ese lugar.

Ulvar dejó escapar una pequeña risa.

—Sí, señor.

Al llegar, vieron a Dolly curando a Holeid.

La herida en su rostro, causada por Kaellid, comenzaba a desaparecer bajo la magia.

—Después de esto me voy directo a casa a bañarme —dijo Kaellid, estirándose—.

Usar magia así te hace sudar como cerdo.

—Ciertamente —respondió Yester antes de reír estrepitosamente—.

Pero es bueno ver a la juventud moverse y no quedarse estancada en un mismo lugar.

Ulvar se sentó frente a Kaellid, apoyando el bastón sobre su regazo.

—¿Ese fue el regalo de Agnes?

—preguntó Kaellid.

—¡Sí!

—respondió Ulvar con orgullo—.

Es muy bueno, incluso tiene más funciones para el combate cercano.

— Podría enseñarte a usarlo de forma más efectiva.

Ulvar arqueó una ceja.

—No estarás pensando en usarlo como bastón de pelea, ¿cierto?

Kaellid rió nervioso.

—Ah…

me atrapaste.

Pero dime, ¿no sería efectivo?

Incluso Agnes pudo haber pensado algo así.

—Como sea —respondió Ulvar—.

Ya sabes que no me gusta mucho el contacto físico…

y que tengo poco talento en eso.

Kaellid lo miró con seriedad tranquila.

—Ulvar, en esta vida todo es necesario de aprender.

Lo útil siempre lo será, sin importar el ámbito.

Holeid observaba la escena con una leve sonrisa.

Le resultaba gracioso ver esa dinámica: Ulvar, el mago clásico, metódico y reservado; Kaellid, impulsivo, ruidoso, pero siempre dispuesto a ayudar a quien se ganara su respeto.

Tal como Yester lo había dicho.

Durante el transcurso de aquel mediodía hasta cerca de las tres de la tarde, los tres permanecieron en la mansión de Yester, conociéndose poco a poco.

Las conversaciones fluían con naturalidad, pasando de temas triviales a recuerdos y expectativas, volviéndose cada vez más entretenidas.

Aun así, Holeid encontraba dificultad para integrarse del todo; escuchaba más de lo que hablaba, observando con atención, como si todavía estuviera aprendiendo a encajar en aquella nueva compañía.

Finalmente, cada uno tomó su camino de regreso a su hogar, esperando el día siguiente con una mezcla de ansiedad y anticipación.

Mientras caminaban por las calles conocidas de la región de Falleid, los pensamientos se llenaban de memorias ligadas a esas casas, a esos callejones y a una vida que pronto quedaría atrás, al mismo tiempo que un futuro incierto comenzaba a tomar forma en sus mentes.

Kaellid pasó el resto del día junto a su abuela, compartiendo la calma del hogar y el peso silencioso de los recuerdos.

Ulvar, por su parte, permaneció la mayor parte del tiempo con su madre, aprovechando su compañía, mientras su padre y su hermana continuaban con sus labores habituales, ajenos —o quizá no del todo— al cambio que se avecinaba.

Las primeras luces del amanecer apenas comenzaban a asomarse en el cielo cuando el reloj marcaba las cinco de la mañana.

El puerto ya estaba despierto: una pequeña cantidad de gente se agolpaba para trabajar, el murmullo del viento rozando los rostros, el crujir constante de la madera, cajas destinadas al transporte y a la supervivencia de la región amontonadas sin orden aparente.

Rostros cansados, pero con sonrisas firmes pese a las adversidades.

Aquel día, sin embargo, había algo distinto.

Un barco especial aguardaba desde la noche anterior.

Provenía de aquella región académica donde magos y guerreros se alineaban para convertirse en generales o cabezas al mando del reino a cuál representaban —o simplemente ser un mago o caballero errante— este estaba cubierto de runas y cristales que parecían cumplir múltiples funciones.

Era imposible no mirarlo: magia incrustada en cada tablón, pulsando con una luz tenue, expectante.

Ese navío aguardaba a los tres seleccionados por el noble Varde Yester.

El primero en llegar fue Ulvar, acompañado por su familia.

Venían corriendo: vivían lejos y no querían llegar tarde, aunque terminaron llegando antes de lo acordado.

Vendrían con varias maletas y aquel bastón que le pertenecía a Ulvar.

Poco después apareció Holeid, con Varde a su lado.

El noble se mostraba curiosamente feliz, más de lo habitual.

Llegaron Agnes y algunos trabajadores.

Luego se vio a un perro moviendo la cola, junto a aquel hombre moreno que había sido el maestro principal de Kaellid.

También apareció Vulgrar, el semihumano de rostro ictioide, acompañado de su hija Solde.

Finalmente, entre carreras y risas, llegó Kaellid, con aquel tubo en la espalda y una maleta algo grande mientras estaba cargando a su abuela en brazos.

La anciana le golpeaba la frente sin parar mientras desde lejos se la escuchaba gritar todo tipo de reproches.

Aun así, Kaellid se veía animado.

Alrededor, la gente comenzó a reunirse por curiosidad.

Algunos reconocían a Kaellid, unos pocos a Ulvar; casi nadie a Holeid.

Pero al ver a Varde junto a ellos, comprendieron.

Sonrieron.

Se alegraron por los chicos.

Ese navío era leyenda, algo que se mencionaba de boca en boca desde generaciones atrás.

Muy pocos se atrevían a subir a algo así.

El miedo siempre vencía.

Pero estos tres eran distintos.

Eran genuinos.

Kaellid bajó con cuidado a su abuela.

—Muchachito, espero que cambies esa pereza para levantarte —gruñó Koal.

—Perdón, abuela.

Es que la emoción no me dejó dormir bien.

—Menos mal que yo tengo la mente altamente configurada para los horarios.

—Ja.

No sabía que tener un mini reloj al lado de la cama contaba como configuración horaria.

—Serás mocoso malcriado… Koal suspiró y negó con la cabeza.

—Ya, como sea.

Estoy muy vieja para pelear con un niño.

Kaellid rió, y la escena fue observada por todos.

Más de uno soltó una carcajada.

—Abuela Koal, cuando tenga tiempo vendré a visitarte.

—Conociéndote, te olvidarás de esta pobre anciana.

Kaellid negó con una sonrisa y besó su frente.

—Nunca olvidaría a la mejor mujer que he conocido.

Gracias por todo, abuela.

Me convertiré en el mejor.

El ambiente, antes cargado de preocupación, se alivianó.

—¡Oigan!

—gritó Kaellid—.

¡Todos tienen que ayudar a mi abuela, entendido!

Las risas estallaron al unísono.

—Me haces pasar vergüenza —rezongó Koal—.

Ya estoy muy vieja para esto se cuidarme sola.

—Abuela espero sepas que esto no es un adiós —dijo Kaellid con suavidad—.

Es un hasta pronto.

Koal lo miró de reojo antes de abrazarlo.

—Cuídate, Kaellid.

Eres el mejor nieto que una abuela podría tener.

Que nuestro Dios te acompañe.

—Sí, sí… Tras el abrazo, Kaellid se dirigió hacia donde estaba Varde, cerca del barco.

Ulvar, mientras tanto, se despedía de su familia.

Su madre y su hermana lloraban abiertamente; el padre se mantenía firme, aunque la melancolía se le notaba en los ojos al ver partir a su campeón.

—Por favor, no lloren más… ya pasamos por esto —murmuró Ulvar.

—Pero eres mi niño… —Amor, deja que el chico vaya —intervino el padre.

Ulvar se alejó y se reunió con los demás.

Desde atrás, su hermana gritó con todas sus fuerzas: —¡KAELLID, MÁS TE VALE CUIDAR A MI HERMANO!

¡Y TÚ TAMBIÉN, GRANDULÓN!, ¡SE QUIEN ERES ULVAR ME CONTO AYER SOBRE TI!

¡SI LE PASA ALGO, LOS BUSCARÉ HASTA EN LOS CONFINES DEL UNDERJORDEN!

Holeid palideció.

Kaellid rió, nervioso.

—Sí, sí… solo deja de gritar, por favor.

Ulvar llegó al grupo, algo agitado.

—Buenos días… Yester observó la escena con una sonrisa amplia.

—Vaya espectáculo… —comentó—.

Tan conmovedor verlos rodeados de la gente que los vio crecer.

De manera exagerada, el noble se llevó una mano al rostro y fingió limpiarse unas lágrimas inexistentes.

—Ah… la juventud, los sueños, las despedidas —suspiró—.

Luego carraspeó y su tono cambió, más grave, más solemne.

—Pero basta de sentimentalismos.

Niños míos, es hora de entregarles sus cartas.

Sacó dos sobres de su abrigo.

—Al parecer decidieron enviármelas a mí.

Supongo que el mensajero no tuvo el valor de acercarse a sus casas.

Extendió las cartas.

—Tomen.

Ábranlas.

Kaellid y Ulvar las recibieron y, casi sin mirarse, rompieron los sellos al mismo tiempo.

Las cartas se deshicieron entre sus dedos, disipándose como ceniza llevada por el viento.

De la nada, surgieron dos túnicas.

Eran prendas de excelente confección: pecho abierto, telas firmes pero ligeras, con capucha incluida para el uso mágico.

En el pecho brillaba un pequeño pin de la academia, pero con un símbolo que daba a denotar entre su estatus lo que eran simples recomendados por un noble, apenas una línea estilizada… Kaellid silbó, impresionado.

—Vaya… —dijo con una sonrisa ladeada—.

Qué calidad de ropa.

Tomó la túnica entre los dedos, evaluándola con ojo crítico.

—Me encanta.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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