Privilegios - Capítulo 12
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12: Capítulo 12 12: Capítulo 12 Ulvar reaccionó de forma muy similar a Kaellid.
Cuando se trataba de ropa, ambos compartían ese entusiasmo casi infantil; no por nada eran mejores amigos.
Holeid, en cambio, no recibiría nada parecido.
Él se especializaría como caballero, y a su clase solo se le otorgaba una insignia que delimitaba su función.
Aun así, no pudo evitar murmurar, con cierta timidez: —Qué bonita túnica…
Ulvar, aún observando los detalles de la prenda, levantó la vista hacia Yester.
—Hay algo que quiero saber.
¿Necesitaremos dinero…
o cosas para comprar?
Yester dejó escapar una risa corta.
—Ja.
Es una buena pregunta, y pensé que nunca la harían.
—Su tono se volvió más serio—.
Aunque sea una academia, no olviden que es otra región, en un continente distinto.
Y ustedes lo tendrán difícil.
Su estatus será visible desde la insignia que les entregaron.
Se acomodó la capa antes de continuar.
—La moneda allí es el Vilkar.
Normalmente, los estudiantes llegan con diez mil Vilkares académicos de plata; suficiente para dos meses.
Pero ustedes…
—hizo una pausa— lo máximo que tendrán serán cien y claramente no son los Vilkares académicos son los de uso para la gente comun.
El silencio pesó.
—Tal vez una semana.
Dos, si se saltan el almuerzo y la cena.
Kaellid chasqueó la lengua, lejos de desanimarse.
—Ya veo.
—Sonrió—.
No le veo problema.
De hecho…
me emociona más.
La economía de un nuevo lugar.
Miró a Ulvar y a Holeid.
—Tranquilos.
Ya veremos cómo conseguir plata.
—Pueden trabajar —añadió Yester—.
O aceptar encargos.
La región se sostiene por la clase media…
y por la academia.
—¿Encargos?
¿Como los gremios de las novelas?
—preguntó Kaellid.
—Llámalo así.
—¡ABORDAJE!
—rugió de pronto un hombre de barba larga y gris, vestido con ropas refinadas.
El capitán del barco.
Yester suspiró.
—Es hora de despedirnos.
Le estrechó la mano a cada uno.
—Cuídense.
Tengan una buena vida allí…
y no mueran.
En serio, no mueran.
Kaellid rió, disipando la tensión.
—¿Morir?
Si quisiera eso, ya me habría inmolado con mi propia magia.
Ulvar y Holeid lo miraron como si fuera un sol.
Ulvar alzó la voz hacia el cielo.
—¡NO MORIREMOS!
¡VAMOS, SUBAMOS!
Holeid asintió con firmeza.
Los tres abordaron.
El barco comenzó a prepararse para zarpar.
—¡ADIÓS!
—gritaron Ulvar y Kaellid al unísono.
Respondieron decenas de voces.
Agnes gritó hasta quebrarse en llanto.
El maestro de Kaellid levantó el brazo junto a su perro.
Los padres y la hermana de Ulvar gritaban con orgullo.
Vulgrar emitió aquel sonido propio de su especie: un grito ahogado, potente, lleno de esperanza.
Kaellid buscó una última vez con la mirada…
y la encontró.
Su abuela.
Su mano arrugada alzada en despedida.
Los ojos de Kaellid brillaron con un dorado hermoso.
El maestro lo notó, y sonrió para sí.
—Lograste avanzar, ¿eh…?
Desde un tejado lejano, otra figura observaba la escena.
Delgada.
De cuerpo ambiguo, casi elegante.
Sus ojos se estrecharon al ver ese brillo.
—Oooh…
interesante~—¿Quién eres, Kaellid?
—susurró—.
¿O de dónde vienes…?
Esa es la verdadera pregunta.
El navío avanzaba más rápido de lo esperado.
Era evidente que la magia estaba activa, impulsando el casco sobre el mar.
Ulvar, animándose, se acercó al capitán.
Desde lejos se notaba que era un noble, pero aun así decidió intentarlo.
—Hey, señor, ¿po— —No me hables, puta escoria de mierda —rugió el capitán con voz ronca, sin siquiera mirarlo.
Kaellid y Holeid lo vieron todo.
Ulvar apretó los puños, dispuesto a reaccionar, pero Kaellid lo detuvo con un simple gesto y una mano en el hombro.
No era miedo.
No valía la pena.
Ulvar chasqueó la lengua.
—Maldito pedazo de mierda…
—susurró.
—Tranquilo —dijo Kaellid—.
No tiene sentido discutir con un trozo seco que ya va de camino a su tumba.
Lo dijo lo suficientemente alto.
—¿Qué has dicho?
—gritó el capitán, girándose—.
¡Maldito esclavo!
Se acercó con pasos pesados.
—¿Crees que puedes hablarme así, niño bonito?
Kaellid alzó la cabeza, sonriendo con calma.
—¿Y qué vas a hacer?
¿Golpearme?
—Tú lo pediste, mocoso de— Holeid dio un paso al frente, pero Kaellid habló antes, con voz firme y tranquila: —¿Has pensado qué pasará si los directivos de la academia se enteran de que uno de sus trabajadores disfruta golpear a los estudiantes que transporta?
El capitán se detuvo.
—Además —añadió Kaellid, mirándolo desde arriba—, ni siquiera alcanzarías mi cabeza.
Apenas llegas a mi pecho.
Así que haz tu trabajo y sigue adelante.
El anciano, temblando de furia, escupió a sus botas.
—Al menos llévate eso, basura sin dinero.
Ulvar murmuró un “gracias”.
—Ya pregunté a uno de los tripulantes —dijo Kaellid mientras se colocaba la túnica y bajaba la capucha—.
Llegaremos cerca de las nueve.
Bostezó.
—Ahora es buen momento para dormir.
Vamos, aprovechen.
Y así dieron las nueve de la mañana.
El día se envolvía en un aire cálido y agradable, lejos de ser agobiante.
Desde la lejanía, Kaellid, Ulvar y Holeid contemplaron una estructura que parecía tocar el cielo con su punta: un castillo gigantesco, imponente más allá de toda lógica.
Aquella era la academia.
Ubicada en el continente de Ginta, en la región de Vilei, un territorio exclusivo, reservado únicamente para humanos y elfos.
Los tres quedaron en silencio.
Nunca habían visto algo semejante.
Hasta entonces, el mayor lujo que conocían era la mansión del noble que les había otorgado su confianza.
A su alrededor, decenas de barcos similares al suyo desembarcaban nobles provenientes de distintas regiones y continentes.
Sin embargo, cuando notaron que el navío de los protagonistas atracaba en el mismo puerto reservado para su “estirpe”, las miradas no tardaron en llegar.
Algunos nobles gruñeron con disgusto.
Otros se burlaron abiertamente.
Los pocos elfos presentes apenas mostraron interés, aunque alguno que otro observó con curiosidad quiénes descendían.
El barco tocó puerto.
Kaellid, Ulvar y Holeid bajaron.
Detrás de ellos, el capitán no dejó de maldecir en voz baja, deseándoles la muerte.
Kaellid se estiró, limpiándose una oreja con gesto despreocupado.
Holeid y Ulvar hicieron lo mismo, aliviando el cuerpo tras el viaje.
Cada uno cargaba su equipaje a su manera.
Kaellid mantenía la capucha puesta.
Ulvar se la colocó por vergüenza; no soportaba ser el centro de atención, y los murmullos lo confirmaban.
Kaellid, en cambio, caminaba con una sonrisa colmilluda, avanzando sin prisa.
Los otros dos lo siguieron.
Pasaron por un mercado cercano a la academia.
Comidas desconocidas, ropas lujosas, objetos imposibles.
Un mundo completamente ajeno para ellos.
Finalmente, llegaron a la entrada principal.
Caballeros custodiaban las puertas.
Decenas de nobles, magos novatos y aprendices armados aguardaban.
Al notar los símbolos que colgaban de las túnicas de Kaellid y Ulvar, los nobles se apartaron como si estuvieran frente a una enfermedad contagiosa.
Kaellid suspiró y cruzó los brazos.
Ulvar apretó su bastón.
Holeid cerró los ojos, intentando pensar en algo agradable.
Entonces, un noble se adelantó.
Vestía ropas lujosas y llevaba una espada al cinto.
—Oooh… miren quiénes están aquí —dijo con desdén—.
La pobreza intentando mezclarse con la belleza del dinero.
Qué asco me dan, perros migueros, devuélvanse de inmediato, marranos de poca clase.
Risas estallaron alrededor.
Kaellid lo observó en silencio.
Un leve brillo dorado cruzó sus ojos bajo la capucha.
—¿Ya terminaste de ladrar?
—respondió con calma—.
¿Perrito rabioso?
—¿Qué me has dicho?
Kaellid rió suavemente.
—¿Ahora los nobles tampoco escuchan bien?
Claro… siempre necesitan ayuda para todo.
El noble, furioso, avanzó y de un manotazo le saco la capucha.
—Veamos esa cara horrible que— Se quedó en silencio.
El rostro de Kaellid no tenía nada de monstruoso.
Era una belleza poco común, casi intimidante.
Ojos dorados formados como los de un lobo, sonrisa ladeada, atractiva mostrando uno de sus colmillos, facciones limpias y firmes.
Algunas mujeres quedaron incrédulas de que un bastardo pobre se viera así, era el hombre con quien soñaban tener a su lado tal como de un príncipe de los cuentos.
Incluso una elfa no pudo ocultar su sorpresa.
—¿Decías algo?
—preguntó Kaellid, acercándose—.
Cara de sapo.
El noble, rojo de ira, lanzó un puñetazo que apenas logró moverle la cabeza.
—Pegas como un bebé.
—¿Cómo…?
¡Eres un mago!
—Mi abuela pega más fuerte que tú.
Kaellid tensó el cuerpo.
Iba a responder.
—¡YA BASTA!
Una figura descendió del aire.
Piel pálida, ojeras profundas, túnica negra y cabello largo y desgastado por los años.
—Tú —dijo al noble—.
A tu lugar.
Luego miró a Kaellid.
—Y tú, compórtate como una persona civilizada en tu primer día.
Kaellid relajó la postura.
—Solo me defendí, señor.
—Hmph… bien.
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