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Privilegios - Capítulo 13

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13: Capítulo 13 13: Capítulo 13 Aquello fue observado por muchos nobles ajenos a la escena o que simplemente pasaban por el lugar.

Había personas de casi todo el mundo: hijos de condes, grandes casas de caballería, barones y príncipes de distintos reinos y etnias, todos abanderados por el sello de su casa.

Algunos vestían túnicas refinadas, propias de magos en formación o linajes dedicados al arte arcano; otros, en cambio, llevaban espadas al cinto y ropas más prácticas, marcadas por el camino del acero y la disciplina marcial.

No eran pocos los que combinaban ambos mundos, luciendo símbolos mágicos junto a armas nobles, dejando claro que la Academia no formaba solo hechiceros…

sino futuros pilares del poder.

Entre ellos destacaba una joven.

Rostro bien definido, una belleza sobria, digna de una princesa.

Su piel era pálida; sus ojos, de un tono grisáceo poco común.

El cabello, mayormente negro, dejaba ver raíces plateadas.

Vestía ropas de tela noble, simples pero costosas, pensadas para alguien que llevaba una espada al cinto.

No portaba joyas innecesarias.

Solo un broche metálico en el pecho, grabado con el emblema de su casa: un árbol.

Más insignia que adorno.

Sus botas, de cuero pulido y reforzado, estaban hechas para resistir largas caminatas…

o entrenamientos que nadie debía saber que realizaba.

Observó a Kaellid con expectación.

Incluso río por lo bajo, pensando que aquel chico no era más que alguien que había robado una túnica ajena.

Desde su perspectiva, aquel no era nada comparado con un verdadero mago.

Sus ojos descendieron brevemente a las manos de Kaellid, antes de que él las ocultara bajo la túnica.

Alcanzó a ver cicatrices.

No supo que eran fruto de años de trabajo con una enana…

ni del esfuerzo bajo la guía de un maestro.

Entonces, una figura apareció detrás de ella.

Un joven de cabello similar al suyo, aunque más corto.

Cara sencilla, no muy destacable además de aquel cabello y ojos similares.

De complexión marcada, algo más alto.

Vestía ropas parecidas, pero con un porte más masculino.

—¿Tú qué crees?

—preguntó, apoyando las manos en los hombros de la chica y acercándose por detrás—.

Por el porte, diría que usa una espada grande…

quizá de dos manos.

Silbó con diversión.

—Y vaya cara tiene.

Hasta parece un príncipe.

¿Y esos dos detrás?

Uno sí parece mago…

y ese otro —rió—, grande y con cara de pocos amigos, que horrible.

Seguro quiere unirse a los Caballeros de la Corte.

—Suéltame —dijo ella con frialdad—.

Y deja de tocarme.

Volvió a mirar a Kaellid.

—Es evidente que se ha esforzado para llegar hasta aquí —admitió—.

Pero qué más da.

Los que nacen abajo nunca son lo que aparentan.

Carne de cañón.

Nada más.

—Eso es verdad —diría el joven riendo.

Entonces, una voz fuerte cortó el ambiente.

Los nobles reconocieron de inmediato a su dueño.

El vice-rector de la academia.

Un mago refinado.

Un noble entre nobles.

Un héroe de guerra en los conflictos contra la especie Yuaner.

Nuestros plebeyos escucharían aquella voz, ajena y autoritaria, sin comprender qué estaba ocurriendo.

En un parpadeo, la puerta custodiada por dos caballeros desapareció; el espacio se distorsionó como si el mundo se doblara sobre sí mismo.

Cuando recuperaron el aliento, ya no estaban allí.

Se hallaban ahora en un campo cercano al castillo, como si la fortaleza tuviera vida propia y los hubiera engullido solo para escupirlos en un lugar más abierto.

Magos en formación y futuros caballeros escucharon entonces la voz de aquel sujeto: —¡FORMACIÓN!

El cielo respondió.

Imágenes inducidas con una magia surgieron sobre sus cabezas como emblemas vivientes, flotando y repartiendo el terreno en sectores definidos.

Un árbol dorado se alzó en uno de ellos; en otro, una espada cuyo mango estaba adornado con estrellas.

Más allá brillaban un sol radiante, una balanza perfectamente equilibrada y un arco tensado, cada símbolo reclamando a los suyos.

Las fuerzas comenzaron a agruparse de manera casi instintiva, guiadas por aquellos signos.

Kaellid, Ulvar y Holleid quedaron en el centro, entre el emblema del árbol dorado y el del sol, junto a su acompañante, los tres observando con desconcierto aquel despliegue imposible.

Entonces apareció un último símbolo destinado a ellos: una simple línea, sobria y sin adornos.

Así era como se marcaba a los representantes venidos de Falleid.

Con ello, Kaellid volvió la mirada hacia quien había hablado.

A su izquierda se encontraba el sujeto que había descendido del cielo para interrumpir la pelea entre él y aquel noble.

A su derecha, un elfo de oreja deformada.

Ahora, sobre un estrado, estaba ese mismo elfo que había aparecido junto a Enrir y el caballero que lo había puesto a prueba en aquella taberna.

Ulvar también lo notó.

Se limitó a mirar a Kaellid con el rostro serio.

Kaellid, por su parte, observó cómo el elfo recorría con la mirada a todos los presentes.

Justo después, sus ojos se fijaron en ellos.

Sin que nadie lo advirtiera, sonrió apenas, mientras pensaba: “Al parecer vienen con otro talento.

Varde Yester… me pregunto qué clase de suerte tienes, o si esto es una jugada del destino.

En cualquier caso, podrían morir jóvenes.

Da igual.” Sin perder tiempo, el elfo habló.

No gritó, pero su voz se escuchó clara y serena, como si estuviera sostenida por magia.

—Bienvenidos todos y todas, futuros magos de la corte, futuros caballeros… y algunos, futuros reyes.

Sean bienvenidos a la Academia de Vilei.

Es enriquecedor presenciar tantos talentos, y también…

bueno ver cómo otros simplemente no fluyen con ello.

Guardó silencio un segundo.

—Es bueno ver cómo, con cada generación, llegan rostros distintos, cargados de sueños y aspiraciones sobre su estatus.

Al final, son nobles.

Supongo que las bendiciones de sus casas los acompañan.

Aunque no prometo su supervivencia, sí prometo que esta academia les brindará nuevas enseñanzas, nuevas magias, estilos de lucha y combates entre ustedes.

Continuó, con el mismo tono sereno.

—A cada uno se le otorgará dinero, en grandes cantidades, para el comercio interno.

Mientras que a otros… Su mirada se dirigió al grupo de Kaellid.

—Apenas se les concederá un mísero Vilkar, utilizable únicamente fuera de estas puertas.

La mayoría de los estudiantes nobles estalló en risas.

—¡SILENCIO!

—gritó el hombre que se encontraba junto al elfo.

—Muchas gracias, maestro Valcob —respondió el elfo—.

Pero no se preocupen.

La región de Falleid puede ganar dinero realizando encargos o trabajando en la ciudad, rodeados del tipo de gente al que están acostumbrados.

Kaellid sonrió, aunque había rabia contenida en su expresión aun a sabiendas de que esto ya se lo habían contado.

—También podrán obtener ingresos mediante combates o buenas calificaciones otorgadas por los profesores.

En cuanto a los dormitorios, serán repartidos aleatoriamente entre magos y caballeros.

Dos literas para cuatro estudiantes.

Solo del mismo sexo.

No me interesa la morbosidad hereditaria de sus familias nobles.

Añadió, con una neutralidad incómoda: —Más tarde se realizará una prueba que determinará su rango y clase.

La tensión se extendió entre los presentes.

—Y para finalizar: esto es una academia de entrenamiento.

Si algo les sucede, serán curados.

Pero si no hay salvación posible… que sus dioses los reciban en sus reinos.

Eso es todo.

Elijan ahora a un representante de su casa.

Tienen diez minutos.

Ulvar habló en voz baja junto a Kaellid.

—¡Maldición, Kaellid!

¿Cómo que cuartos aleatorios?

Kaellid reiría, despreocupado.

—Amigo mío, ya sabías a lo que venías.

Aquí o impones respeto, o te dejan pasar por encima.

Aunque si alguien te toca, pelearé por ti… y quizá hasta gane algo de dinero.

Confía en ti mismo, Ulvar.

Creciste en uno de los lugares más lúgubres.

Ulvar lo miró con nerviosismo, pero finalmente asintió, aceptando la situación.

Holleid habló entonces, con voz insegura.

—Kaellid… sinceramente, tengo miedo.

Rió, nervioso.

Kaellid arqueó una ceja y se estiró.

—No te lo tomes a mal, pero tú eres el que da miedo aquí.

Solo levanta el brazo como si fueras a golpear a alguien o míralos mal, y te dejarán dormir en paz.

Holleid dudó un segundo y lo aceptaría, consecutivamente preguntaría.

—¿Entonces vas a representarnos?

—Claramente —añadió Ulvar con rapidez—, el que ya inició un altercado debería aceptar su castigo.

Kaellid rió por lo bajo, negando con la cabeza.

—Bien, bien… ese es mi castigo, señorito chillón.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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