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Privilegios - Capítulo 14

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14: Capítulo 14 14: Capítulo 14 Pasando aquellos diez minutos, Kaellid, Ulvar y Holleid intercambiaban murmullos entre ellos, mientras a su alrededor se escuchaban discusiones cada vez más claras sobre quién sería el representante de cada casa.

En el sector marcado por el símbolo del sol se oían pequeñas disputas en un idioma distinto, ajeno para ellos tres.

En cambio, del lado del Árbol, varias palabras firmes surgían de un joven de cabello negro con raíces plateadas, acompañado por una chica de rasgos similares.

Pronto llegaron chasquidos de lengua e incluso algunos insultos velados; estaban claramente en desacuerdo.

Al final, tras una discusión tensa, la chica pareció imponerse y obtuvo el derecho de representarlos.

A la distancia, Kaellid alcanzó a oír palabras mínimas proveniente del sector de la espada adornada con estrellas.

Por alguna razón, todos allí mostraban respeto hacia un joven de cabello azul oscuro y piel pálida.

Portaba una espada ropera de aspecto elegante.

La lejanía no le permitió distinguir muchos más detalles, aunque sí notó a una chica de cabello castaño y piel algo más oscura a su lado, quizá curtida por el sol, vestida con una túnica de mago.

Tras analizarlo brevemente, Kaellid pensó para sí: “Posiblemente sea algo como un príncipe…” Aquello lo volvió serio por fuera, aunque por dentro se sintió entusiasmado.

Le intrigaba descubrir qué habilidades podía desarrollar alguien entrenado desde muy pequeño dentro de la nobleza.

De los otros sectores no logró ver ni escuchar mucho más; se encontraban demasiado lejos.

Solo alcanzó a distinguir, desde el área marcada por el símbolo del arco, algunas pocas orejas largas y puntiagudas.

Acabados los diez minutos, el elfo habló con voz firme: —Representantes de sus casas, suban al estrado.

Fueron avanzando uno a uno.

Primero, una chica morena vestida con túnica de maga, portando el símbolo de la balanza.

Luego, un elfo de cabello rojo que representaba al arco.

Tras él, el joven de cabello azul oscuro, emblema de la espada adornada con estrellas.

Después, la chica de cabello negro con vetas plateadas, representante del árbol dorado.

Kaellid Corven caminó detrás de ellos.

A su espalda lo siguió una chica de cabello blanco y ojos rasgados con el símbolo de aquel sol.

—Excelente —dijo el elfo, observándolos con atención—.

Es bueno ver promesas con características tan notables.

Desde ahora, ustedes serán los líderes de sus respectivas casas.

Su deber será crecer junto a ellas.

Hizo una pausa antes de continuar.

—Pero no olviden esto: cualquiera de los que los acompañan puede cambiar de casa cuando lo desee.

Si son líderes, deberán aprender a mantener unido a su equipo.

También pueden forjar alianzas…

o incluso fusiones, como un matrimonio real, para enfrentarse a otros.

Todo conlleva riesgos.

Añadió entonces, con una calma incómoda: —Y cualquiera que rete a un líder podrá reclamar lo que desee.

Incluso forzar su retiro de la academia.

Todos están invitados a retarlos.

La ventaja de los líderes es que pueden imponer la forma y las reglas del desafío.

Al oír eso, absolutamente todos giraron la mirada hacia Corven, como si fuera una presa expuesta.

Kaellid rió.

Les devolvió la mirada y, con un simple gesto del dedo, los invitó a acercarse, como diciendo “vengan por mí”.

¿Quién no subestimaría a alguien criado en lo más bajo?

Desde el estrado, la chica del cabello negro y plateado lo observó en silencio.

—Idiota arrogante —pensó.

Por otro lado, Ulvar y Holeid notaron las miradas clavadas en su amigo.

Ambos se mantuvieron alerta, aunque sabían que no había mucho —o eso creían— que pudieran hacer por él.

De pronto, Kaellid llamó a quien el elfo había presentado como maestro Valcob.

Se le oyó susurrarle algo al oído.

Valcob escuchó en silencio y asintió de mala gana.

Ulvar, con preocupación, habló en voz baja para que solo Holeid lo escuchara: —¿Qué demonios piensas decir ahora, Kaellid…?

El maestro Valcob se limitó a transmitir el mensaje de Kaellid al elfo.

Este cerró los ojos por un instante y pronunció un hechizo: —Översättning och Språk.

Algunos nobles parpadearon.

Otros se miraron entre sí, probando palabras en voz baja, sorprendidos de escucharse con claridad.

Uno soltó una risa corta; una maga llevó la mano a la garganta, como si el cambio le hubiese rozado la piel.

—Bien —dijo el elfo al abrir los ojos—.

Como pudieron escuchar, ahora todos poseen el idioma de este continente y pueden comunicarse correctamente.

Al parecer, el señor Corven se nos ha adelantado de manera apresurada… para hacer algunas declaraciones dirigidas a todos los aquí presentes.

Con eso, Kaellid dio un paso al frente y habló con voz firme para que todos los nobles lo escucharan.

—¡TODOS AQUÍ PUEDEN RETARME CUANDO QUIERAN!

—la voz de Kaellid rompió el murmullo—.

Pero entiendan algo… ustedes no van a jugar conmigo.

Yo voy a jugar con ustedes.

Se llevó un dedo al pecho.

—Desde hoy… ustedes son míos.

— Agregando un guiño muy característico — Un silencio breve.

Luego llegaron las risas incrédulas de aquellas declaraciones.

No fuertes.

No abiertas.

Risas de esas que se sueltan de lado, entre dientes.

Un noble murmuró algo a su compañero.

Otro negó con la cabeza.

Los representantes lo observaron como si intentaran decidir si era valiente… o simplemente tonto.

Solo dos no rieron.

Solo dos lo miraron con cuidado.

Para entonces el elfo carraspeó suavemente.

—Es bueno ver entusiasmo en la juventud —dijo con calma—.

Ahora, diríjanse a sus casas correspondientes.

La tensión se dispersó como humo.

Kaellid saltó del estrado con ligereza.

Al caer, el polvo se levantó apenas bajo sus botas.

Ulvar lo recibió con un suspiro largo.

—¿Amenazar a todos era tu plan?

—¿Amenazar?

—Kaellid sonrió de lado—.

Solo les toqué el orgullo.

Holeid miraba alrededor, incómodo.

—No sé si era buena idea hacerlo cuando estamos en medio de esto también… Ulvar lo tomó de la camisa.

—Kaellid, maldito.

¿Quieres que nos maten el primer día?

Kaellid alzó las manos en rendición teatral.

—¿Por qué todos quieren herirme?

Ni que fuera mi culpa, deja de actuar como tu madre cuando estas enojado.

El gesto era tan falso que Ulvar soltó la tela con fastidio.

Desde el estrado, el joven de cabello azul los observó unos segundos más… y luego se dio la vuelta, como si ya hubiera visto suficiente.

Aquel elfo se desvaneció tras pronunciar sus últimas palabras; no caminó, no giró… simplemente dejó de estar allí, como si el aire lo hubiese tragado.

Un murmullo recorrió el estrado.

El maestro Valcob dio un paso al frente, chasqueando la lengua con fastidio.

—Desde ahora yo me encargo de las reparticiones.

Caballeros a la derecha.

Magos a la izquierda.

El movimiento no fue inmediato.

Algunos dudaron.

Otros miraron a sus casas antes de obedecer.

—Bien —dijo Kaellid—.

Aquí nos separamos, Holeid.

—¡Cuídense!

—Nos vemos, grandote.

Holeid se unió al grupo de caballeros, aunque estos empezaron a alejar de él.

La chica del Árbol Dorado como insignia miró a Kaellid de reojo.

Frunció apenas el ceño.

—¿No va con él…?

—murmuró—.

¿Es mago?

Alzo una ceja.

—Qué desperdicio.

Kaellid no lo oyó.

—Bueno —le dijo a Ulvar—, volvemos a ser solo nosotros.

—Qué suerte la mía… —respondió Ulvar, apoyándose en su bastón.

Y caminaron hacia el grupo de magos.

Varias miradas los siguieron.

No eran burlas ahora.

Eran miradas que intentaban descubrir cuánto valía cada uno… y cuándo caerían.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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