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Privilegios - Capítulo 15

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15: Capítulo 15 15: Capítulo 15 Kaellid y Ulvar en aquel grupo de magos, bajo decenas de miradas que harían titubear a cualquiera.

Frente a ellos apareció una manifestación mágica.

Un destello cegó el lugar por un instante.

Varios alumnos alzaron los brazos por puro instinto; otros no fueron tan rápidos y la luz blanca les golpeó de lleno, arrancándoles un quejido y dejándolos medio ciegos por unos segundos.

Cuando la luz se disipó, la figura tomó forma: rostro humano, cabello rubio flotando suavemente, y unos ojos llenos de energía mágica que brillaban demasiado para ser naturales.

Con un simple gesto de su mano, el entorno se distorsionó.

El mundo volvió a acomodarse.

Ahora estaban en otro sector de la academia.

Frente a ellos había dos casas sencillas, pequeñas por fuera.

Más de un estudiante frunció el ceño.

A lo lejos, si giraban la cabeza, todavía podían ver el gigantesco castillo que resaltaba en aquella academia.

—Es bueno ver tantos estudiantes reunidos —dijo la manifestación con una sonrisa perfecta… demasiado perfecta—.

Bienvenidos.

Estos serán sus dormitorios, compartidos también con los caballeros.

La convivencia fortalece las casas.

Su voz rebosaba alegría, pero algo en ella sonaba ensayado, como una melodía repetida demasiadas veces.

Algunos nobles intercambiaron miradas.

Nadie sonreía de vuelta.

Señaló a cada lado.

—A mi derecha, la casa de los hombres.

A la izquierda, la de las mujeres.

Una chica con el emblema del sol alzó la voz: —¿Cómo vamos a vivir ahí?

¿No es demasiado pequeño?

La manifestación la miró con una calma casi burlona.

—Niña…

para eso existe la magia.

El interior posee espacio dimensional.

Por fuera es simple, por dentro es más que suficiente.

Algo que, supongo, deberían conocer ya que han sido criados con esos lujos ¿No?

La chica bajó la mirada, avergonzada, algunos voltearon a ver a la chica como por tal pregunta idiota.

Nadie se rió.

Pero el silencio a su alrededor fue suficiente para hacerla sentirse expuesta.

Kaellid y Ulvar se miraron en silencio.

Los ojos de ambos brillaban con asombro.

¿Magia así de avanzada existía?

Entonces…

¿cuánto desconocían aún?

El recorrido continuó: baños, zonas de práctica, salones, talleres de ingeniería mágica…

Hasta que una puerta llamó la atención de Kaellid.

Era sencilla.

Sin adornos.

Pero algo en ella no encajaba.

—¿Qué hay ahí?

—preguntó señalándola.

La manifestación giró la cabeza lentamente hacia él.

—Kaellid Alek Corven, ¿verdad?

—sonrió—.

No es nada importante.

Kaellid no apartó la mirada de la puerta.

—¿Sucede algo, señor Corven?

—añadió juntando las manos de forma amable—.

¿O seguirá interrumpiendo?

Kaellid sostuvo su mirada un segundo más…

y luego cedió.

—Perdón.

Sigamos.

Pero al reanudar la caminata, miró la puerta una vez más.

Como si esta lo estuviera mirando de vuelta.

Finalizando el recorrido —tan extenso que dejó a varios exhaustos— la manifestación los condujo a un último lugar.

—Este es nuestro destino final: la Sala de los Tres Áuricos.

El salón era oscuro.

Demasiado.

La guía se desvaneció de pronto, como si nunca hubiera existido.

Su luz fue absorbida por la penumbra.

Entonces la vieron.

Una mujer de alrededor de cuarenta años los esperaba en aquella zona exclusiva.

Piel oscura, arrugas apenas marcadas y ojos hetero crómicos: uno verde y otro azul.

Pero lo primero que imponía no era su apariencia.

Era su mirada.

No observaba a los estudiantes, los evaluaba.

Como si ya hubiera decidido cuánto valía cada uno.

Su cabello rizado caía hasta los hombros, tan oscuro como la noche, y la túnica que vestía no tenía adornos, rangos ni emblemas…

como si no necesitara demostrar nada a nadie.

Esperó a que llegara el último estudiante.

Nadie habló.

Nadie se atrevió.

Entonces chasqueó los dedos.

El mundo pareció doblarse.

Un murmullo nació entre los alumnos, pero murió al instante cuando ella alzó levemente la vista.

Su voz llegó después, firme y fría: —Buenos días.

Bienvenidos a la Sala de los Tres Áuricos.

No alzó el tono.

No lo necesitaba.

—Mi nombre es Elaine Lejida, encargada de la sección mágica.

Runas comenzaron a brillar en paredes, pilares…

incluso en el aire.

Estanterías infinitas flotaban en distintas direcciones; algunas invertidas.

Libros se deslizaban solos de un lugar a otro.

Magos caminaban por el techo como si fuera el suelo, y sus túnicas obedecían a otra gravedad.

Ulvar quedó maravillado.

Para alguien que amaba la magia, aquello era como asomarse al mismo Himmel.

Kaellid, en cambio, observó las runas.

No entendía su significado, pero intuía que eran instrucciones.

Su emoción crecía en silencio.

Elaine continuó: —Para su prueba inicial, combatirán entre sí.

Voluntariamente…

preferiblemente.

Chasqueó los dedos.

Una esfera de energía colosal apareció flotando detrás de ella.

—No pelearán físicamente.

El Orbe de Palalea transmitirá su energía y los sumergirá en un “sueño” de combate.

Evaluaremos su desempeño mágico.

Eso definirá su rango y sus clases.

Una ligera sonrisa apareció en su rostro.

—Quienes queden en rangos bajos tendrán menos acceso al conocimiento de este lugar.

El silencio se volvió pesado.

Las miradas de cada uno se volvieron entre ellos, no esperaban que ya estuviera tal prueba al frente de ellos.

—¿Voluntarios?

Decenas de manos se alzaron al instante.

Dos jóvenes avanzaron: uno con el símbolo de la balanza y otro con el del árbol.

—Toquen el orbe.

Ambos apoyaron sus manos en la esfera.

Sus cuerpos quedaron inmóviles.

El orbe brilló.

Sobre su superficie comenzaron a formarse imágenes.

Un campo inmenso apareció ante todos.

Árboles altos.

Viento moviendo la hierba.

Los dos jóvenes estaban allí.

El combate iba a comenzar.

Kaellid acomodó la correa de su maleta al hombro con aquel tubo encima mientras observaba las imágenes que manifestaba aquel orbe.

Había magias que no aparecían en aquel libro que Ulvar y Kaellid habían comprado con sus ahorros cuando aún estaban en casa.

Por un instante incluso se sintieron estafados.

Los hechizos que veían ahora parecían otra cosa.

No eran simples fórmulas: venían acompañados de técnicas, maniobras, estilos.

En verdad…

era todo un espectáculo, tener un linaje con esa experiencia sí que daba demasiada ventaja en cuanto a tener nuevos ases en la manga.

En el campo ilusorio, la riña fue inmediata.

El joven del Árbol tomó la iniciativa desde el inicio.

Sus hechizos fluían con naturalidad, como si siguieran un patrón ya practicado cientos de veces.

Kaellid lo notó.

No eran simples conjuros aprendidos… Tenían identidad.

Los trazos de energía recordaban la forma del árbol de su insignia, como si su magia estuviera ligada a su origen, a su tierra.

Magia de aquel continente.

Aquello despertó su curiosidad.

El enfrentamiento no duró demasiado.

El portador de la balanza terminó superado, sus defensas cediendo ante raíces de energía que lo inmovilizaron.

El orbe se apagó.

Los cuerpos de ambos jóvenes reaparecieron frente al grupo.

El del Árbol respiraba agitado… pero consciente.

El de la balanza cayó al suelo.

Inerte.

Un murmullo inquieto recorrió a los estudiantes.

Los miembros de la casa de la balanza mostraron orgullo herido, algunos incluso fruncieron el ceño hacia su compañero derrotado.

Entonces Elaine habló, con un tono casi aburrido: —Ah… cierto.

Olvidé mencionar un detalle.

Sonrió apenas.

Una sonrisa sin calidez.

—Quienes pierdan o sufran heridas letales dentro del Orbe de Palalea pueden quedar en estado de desmayo por…

varios días.

El ALCO se altera cuando el daño es extremo.

Hizo una pausa breve.

—Pueden llamarlo castigo —continuó—.

Yo lo llamo preparación.

Sus ojos hetero crómicos recorrieron al grupo.

—Bienvenidos al mundo real.

—Solo quienes posean un control avanzado del ALCO pueden salir ilesos, incluso en la derrota.

Varias manifestaciones mágicas aparecieron y se llevaron el cuerpo del joven inconsciente.

Algunos estudiantes tragaron saliva.

Otros fingieron confianza.

Pero la presión ya estaba ahí.

Kaellid sonrió con ligera seguridad.

Sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, sentía el peso de una prueba real sobre sus hombros.

Dominaba el ALCO.

Eso lo sabía.

Pero la magia… Ese era un territorio nuevo.

Recordaba la sensación de los hechizos, la forma de manifestarlos, pero su mente aún no estaba moldeada para ejecutarlos al máximo y su cuerpo tampoco era la excepción como con aquella pelea con Holeid.

Ulvar, en cambio, estaba tenso, algo emocionado.

Sus manos sudaban.

Talento no le faltaba.

El muchacho de piel pálida tenía una afinidad mágica notable.

Si lograra dominar sus nervios… Quizá incluso podría sobrepasar a Kaellid en lo que se trata de magia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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