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Privilegios - Capítulo 17

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17: Capítulo 17 17: Capítulo 17 Dentro de aquella cúpula, Kaellid hizo exactamente lo mismo que Ulvar había hecho antes saltó una vez, luego otra, probando el peso del suelo bajo sus pies.

Dio un pequeño trote, breve, controlado.

El entorno respondía igual que antes: el aire, el contacto, la gravedad.

Todo era real.

Su oponente ya estaba preparada, bastón en mano.

Desde el otro extremo del campo le gritó con un acento muy marcado y una sonrisa ladeada: —Hey, ¿primera vez?

Qué lástima… entonces esto va a terminar rápido.

Kaellid giró apenas el cuello, mirándola con calma.

—Bueno, ¿qué te puedo decir?

—respondió con un tono atrevido, casi burlón—.

No son precisamente los lujos que tenía en casa.

Hizo una breve pausa antes de añadir: —Pero te aseguro que esto no va a terminar rápido.

La chica frunció el ceño.

—Ni siquiera tienes nada para canalizar tu magia.

Ni bastón, ni varita.

Kaellid ladeó la cabeza.

—Aprovecho el cuerpo, querida.

Entonces, sin apuro alguno, se quitó la túnica.

Desde fuera del orbe, la reacción fue inmediata.

El físico de Kaellid quedó expuesto: bien formado, trabajado, fuerte.

Ya no era solo su rostro lo que llamaba la atención.

Ahora su presencia entera imponía.

Los susurros comenzaron a recorrer la sala.

—¿Qué hace un caballero ahí…?

—¿Deberíamos decirle a la señorita Elaine que detenga esto?

—¿Cómo es posible que no sea un noble…?

Hombres y mujeres observaban con abierta sorpresa.

La piel cuidada, el porte, los ojos, el cabello… todo en él desentonaba con la idea que tenían de alguien “sin linaje”.

Algunos miraron de reojo a Ulvar, que seguía sentado, visiblemente cansado, concentrado en la imagen proyectada, ajeno a las miradas.

—¿Cómo es posible que esos dos sean tan llamativos…?

—susurró alguien—.

Qué injusticia… pobres de míe… El comentario no llegó a terminar.

Elaine chasqueó los dedos.

Una onda mágica recorrió el lugar, haciendo retumbar los oídos de todos.

Varios estudiantes se tambalearon; otros llevaron una mano a la cabeza, aturdidos.

Incluso quienes estaban en silencio sintieron el impacto.

Con voz fría, cortante, ordenó: —Silencio.

La atención volvió de inmediato al orbe.

Kaellid dio otro salto, esta vez más alto.

Su oponente abrió la boca, desconcertada.

—Oye… ¿qué hace un caballero aquí?

Creo que te equivocaste de lugar— —Para nada —la interrumpió Kaellid—.

Es mi estilo.

Sonrió apenas.

—Diferente al de mi amigo.

Él sí es un mago hecho y derecho.

Alzó una mano, invitándola a avanzar.

—Así que prepárate.

Vamos a bailar.

La chica apretó el bastón con fuerza.

—Bien —escupió—.

Prepárate para ser torturado hasta rogar por tu simulada muerte.

Para sorpresa de muchos, Kaellid no atacó de frente.

En el instante en que inició el combate, giró sobre sus talones y corrió hacia los árboles más cercanos, internándose en el bosque artificial generado por el orbe, alejándose del claro abierto donde ambos habían aparecido.

Desde dentro, pensó con frialdad: No estamos obligados a pelear en terreno abierto.

Ulvar pensó lo mismo… solo que estaba demasiado cansado para ejecutarlo.

La chica observó aquello y soltó una carcajada.

—Ja.

Cobarde.

Mucho músculo y cara bonita, pero al final el cerebro —que es lo más importante— es lo que más te falta.

Sin dudarlo, comenzó a seguirlo, como una cazadora persiguiendo a su presa.

El bosque era denso.

Silencioso.

No se escuchaba nada.

Frunció el ceño.

—Olov och Utvidga dig.

Varios árboles se incendiaron de inmediato, el fuego expandiéndose entre las copas.

—Chico de Falleid… veeen.

No me tengas miedo.

Tengo mucho que mostrarte~ Sonrió con burla.

—Eres guapo.

Haré una excepción contigo.

Desde lo alto de un árbol, una voz respondió con calma: —Oh, cariño… no necesito nada tan sermoneador viniendo de ti.

La chica alzó la vista de golpe.

—¡OLOV!

Un orbe de fuego se formó frente a ella y lo lanzó hacia la copa.

Cuando el fuego disipó las hojas… no había nadie.

Chasqueó la lengua, molesta.

—¿Qué pasa, chico de Falleid?

¿Te faltan bolas para pelear conmigo o vas a salir con la tontería de que no peleas contra mu— No terminó la frase.

Un sonido seco a su derecha.

Kaellid emergió desde detrás de un árbol, corriendo a toda velocidad, y le asestó un golpe directo en el estómago.

El impacto le robó el aire.

Cayó de rodillas, jadeando.

—Soy fan de las peleas —dijo Kaellid con voz baja—.

Solo que me aburre pelear de frente contigo.

La miró desde arriba.

—Ambos somos magos… en cierta manera.

Pero yo soy mejor que tú.

La chica reaccionó por instinto.

—¡Vind och knuffa!

Una ráfaga de viento lo lanzó hacia un lado.

Kaellid rodó y, antes de incorporarse, alzó la mano.

—Olov.

Pequeñas llamaradas salieron disparadas, una tras otra, del tamaño de una pelota de juguete.

Ella las observó con incredulidad y levantó una muralla de tierra.

—¡Jordvägg!

Las llamas chocaron y se disiparon.

¿Qué clase de broma es esta…?

pensó.

Entonces lo entendió.

—Ja… ahora lo veo.

Sonrió.

—No puedes usar hechizos de alta potencia.

Te desgastas moviéndote y recitando.

Alzó el bastón.

—Bien.

Entonces… revolvamos el ambiente.

—Tornado och Olov.

Desde la lejanía, Kaellid observó cómo un enorme tornado de fuego se alzaba, devorando el bosque.

Árboles cayendo, llamas elevándose, el suelo colapsando.

—¿Qué pasa ahora?

—gritó ella—.

¿No sabes qué hacer?

Rió.

—Aprende de tu amigo.

Al menos él pudo levantar un escudo de tierra.

El fuego arrasó el entorno.

Entonces, ella usó otro hechizo.

—Vindgolv.

Su cuerpo se elevó con el viento, permitiéndole ver el campo desde arriba.

Al final, ese tipo lleno de músculos ni siquiera se entrenó bien, pensó.

Ese golpe fue pura suerte.

Descendió.

Kaellid estaba de pie, rodeado por un círculo de fuego, sin escapatoria visible.

Ella sonrió.

—Bueno.

Supongo que todo se acabó.

—Ríndete.

Saldrás desmayado.

Es una pena que dos de ustedes perdieran.

Kaellid encogió los hombros, mostrando las palmas de las manos.

—Técnicamente Ulvar iba ganando.

Sonrió apenas.

—Nuestra ignorancia en este mundo sigue siendo grande.

Ella rio.

—Eres débil, chico de Falleid.

Kaellid levantó la mirada.

—¿Sabes qué me cansa de ustedes?

Su voz se volvió fría.

—Que siempre se ciegan por una victoria que no han ganado.

—¿Qué intentas d— —Y agradécele a mi amigo por esto.

—Olov Vågor.

Una llamarada inmensa brotó desde el cuerpo de Kaellid.

Ondas de calor deformaron el aire.

El fuego rodeó el espacio.

Antes de que ella pudiera recitar otro hechizo— —KEDJA.

Cadenas de energía surgieron a su alrededor, aprisionando su cuerpo.

Sus brazos comenzaron a arder.

El aire le faltaba.

Kaellid desapareció de su vista.

—Olov och jord.

Apareció frente a ella.

—Y eso que esto es solo una prueba.

Su brazo estaba cubierto de piedra.

—Bienvenida al mundo real.

Maldice a ese ALCO tan mediocre que manejas en tu cabeza.

El puño descendió.

Todo se volvió negro.

El impacto no fue explosivo, fue seco.

Se escuchó un crujido antinatural, como piedra quebrándose bajo presión húmeda.

El cuello de la chica se dobló hacia un lado.

Abriendo una hendidura roja que se extendió desde el mentón hasta la clavícula.

Su cuerpo quedó rígido un instante.

Luego cayó.

La piedra que antes estaba formada en el brazo y mano de Kaellid se resquebrajó y cayó en fragmentos.

El orbe reaccionó al instante.

Desde fuera, varios estudiantes se quedaron helados.

Algunos tragaron saliva.

Otros dieron un paso atrás sin darse cuenta.

Cuando la simulación terminó, la chica fue expulsada del orbe y cayó de rodillas en el mundo real, jadeando, con las manos temblando y la garganta enrojecida.

Un minuto después perdió el conocimiento.

Elaine estaba sorprendida.

No lo admitiría en voz alta, pero aquel golpe había hecho algo que no debía ser posible.

El daño del orbe no solo se había instaurado en aquella simulación si no que una parte lo había seguido hasta el mundo físico.

El ALCO de la chica… había sido tocado.

No fracturado de manera visible, no destruido como una herida común, sino alterado desde lo más profundo, como si alguien hubiera metido la mano donde no debía y hubiera forzado algo que no estaba listo para ceder.

Elaine observó en silencio cómo el cuerpo de la muchacha era transportado por las manifestaciones mágicas, su cuello aún enrojecido, su respiración irregular.

Aquello no era normal.

Aquello no debía ocurrir.

Por otro lado, Kaellid ya fuera del orbe, se giró apenas lo suficiente para buscar con la mirada a Ulvar.

Lo encontró entre los estudiantes, todavía cansado, todavía recuperándose.

Le alzó el pulgar.

Nada más.

Ulvar parpadeó, y luego soltó una risa breve, sincera, devolviéndole el gesto con exageración infantil, como si no acabaran de presenciar algo que había puesto nerviosa incluso a la academia.

Como si nada de eso hubiera pasado.

Elaine los vio.

Y por primera vez desde que habían llegado, no supo si lo que sentía era interés… o una alarma.

Y sin que nadie lo supiera el orden natural con esa acción cambiaria muchas cosas a futuro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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