Privilegios - Capítulo 18
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
18: Capítulo 18 18: Capítulo 18 En otro sector de la academia, donde las espadas rugían al chocar con el acero y el sudor era la única bebida de quienes aspiraban a convertirse en verdaderos caballeros, se encontraba Holeid Tranuar, observando en silencio la pelea de dos jóvenes nobles.
Sus estilos eran distintos, únicos a su parecer.
Resultaba especialmente atractivo ver cómo el roce de sus espadas arrancaba chispas del aire, destellos breves que parecían flotar antes de apagarse.
El ALCO de ambos se manifestaba con claridad: uno lo concentraba en las piernas, priorizando la velocidad; el otro lo canalizaba en los brazos, buscando fuerza bruta en cada golpe.
Era el reflejo de entrenamientos heredados, de linajes instruidos por caballeros de alto rango, de reinos donde la esgrima no solo era combate, sino identidad.
Cada noble parecía portar en su postura el legado de su casa.
Holeid, situado al fondo de la fila junto a otros aspirantes —unos treinta y ocho en total—, observaba con una mezcla de admiración y melancolía.
Fue arrancado de su trance por una presencia que imponía más que cualquier espada.
Un viejo caballero, encorvado por los años, se detuvo a su lado.
Tenía entradas marcadas, piel arrugada surcada por cicatrices, un ojo ausente y una barba rala que apenas sobrevivía en su rostro envejecido.
Sin embargo, lo más intimidante no era su aspecto, sino aquello imposible de describir con palabras: experiencia.
Una que no se enseñaba, no se compraba y no se perdonaba.
—¡Regordete, postura recta, ahora!
El golpe llegó acompañado de una herramienta de cuero corto, parecido a un látigo truncado, que chocó contra la espalda de Holeid.
—¡SÍ, MI SEÑOR!
—respondió de inmediato, enderezándose como pudo.
—Después de esta pelea, tú sigues —gruñó el anciano—.
¿Crees que por ser más grande que la mayoría de los inútiles aquí puedes permitirte soñar despierto?
¡RESPONDE!
—¡LO SIENTO, MI SEÑOR!
¡NO ERA MI INTENCIÓN PARECER DISTRAÍDO!
El viejo frunció el ceño con furia.
—¿QUIÉN TE DIO PERMISO PARA RESPONDERME DE ESA MANERA?
Otro golpe cayó sobre su espalda.
Apenas fue una molestia para Holeid, pero el mensaje estaba claro.
—¡CULPA MÍA, MI SEÑOR!
El anciano bufó.
A su alrededor se escucharon algunas risas apagadas.
—¿AH?
¿ESTOY ESCUCHANDO RISAS DE PEQUEÑOS MARICAS?
El silencio fue inmediato.
—¡TÚ!
—señaló—.
El de cabello color putrefacción.
Sigues con este sujeto.
—Sí, mi señor.
Con eso, Holeid ya tenía rival.
Se miraron apenas un segundo.
Holeid lo vio de espaldas y notó el arma: una espada ropera.
Aquello lo intrigó… incluso lo emocionó.
Podía ser torpe.
Podía ser tímido.
Pero amaba el combate.
El simple acto de tensar los músculos, medir distancias, sentir el peso del arma… todo eso despertaba en él una emoción imposible de definir.
Algo cercano al amor.
Algo que no encontraba palabras para describir.
La orden reventó en los oídos de ambos.
Holeid avanzó con pasos pesados y firmes, tomando la espada más grande y ancha entre las armas de práctica.
El metal parecía desproporcionado para un aspirante, pero él la sostuvo con ambas manos, como si ya le perteneciera.
Cada pisada hundía ligeramente la grava del campo; las piedras crujían bajo su peso.
Frente a él, el muchacho de la ropera aguardaba inmóvil.
Al levantar la vista, Holeid identificó el emblema en su pecho: una espada rodeada de estrellas.
Nobleza.
Disciplina.
Orgullo.
—¡IDENTIFÍQUENSE Y PREPÁRENSE!
—rugió el viejo instructor.
—¡HOLEID PAEN TRANUAR, MI SEÑOR!
Holeid se irguió torpemente, adoptando una postura recta que delataba inexperiencia, pero también nervios y determinación.
El instructor reparó en la espada: agarre deficiente, hoja pesada… —Corazón firme, cuerpo resistente… pero carne de cañón —pensó—.
Frunció el ceño un segundo—.
Tranuar… ¿por qué ese apellido me resulta familiar?
Bufó.
—Bah.
Ya estoy viejo.
El oponente dio un paso al frente con elegancia.
—Rokald Vaek Dufourd, monsieur.
Su postura era impecable: espalda erguida, ropera alineada, una mano relajada detrás de la espalda baja.
Sonrió con suficiencia.
—¿Qué pasa, Tranuar?
¿Te pesan las manos?
No tiembles… no es digno de un aspirante.
Holeid guardó silencio.
—YA SABEN LAS MALDITAS REGLAS —gruñó el instructor—.
EL QUE CAE O SUELTA EL ARMA, PIERDE.
USO LETAL DEL ALCO: DERROTA.
PROCUREN NO MORIR.
¡COMBATE, YA!
Rokald fue el primero en moverse.
Una estocada limpia, rápida, elegante.
Holeid apenas alcanzó a retroceder; el filo rozó su costado, dejando un ardor inmediato.
Dio dos pasos atrás, pesado, torpe.
—¿Eso es todo, tipo feo?
—se burló Rokald—.
Muévete, asqueroso.
Holeid alzó la espada con lentitud.
Demasiada.
Mal.
Las risas no tardaron en surgir.
Rokald atacó de nuevo, apuntando al mismo punto.
Esta vez, la hoja chocó contra el acero ancho de Holeid con un golpe seco.
Gracias, Kaellid… Aprendí de ti esto.
El noble retrocedió un paso y volvió a lanzarse al frente.
Sus piernas brillaban con ALCO; velocidad, precisión.
Atacó una y otra vez.
Estocadas rápidas.
Violentas.
Cada golpe empujado con fuerza creciente.
Pero Holeid no caía.
Absorbía.
Aguantaba.
Como un muro.
Los brazos de Rokald comenzaron a arder.
El sudor le corría por la frente; su rostro se enrojeció.
—¡MALDITO GORDO, CAE!
—¡HIJO DE PUTA, CAE!
Desde fuera, no parecía una humillación… Parecía algo peor: ineficacia.
Holeid pensó, incómodo: Esto es vergonzoso… para él.
Y para mí.
¿Qué hago ahora, señor Varde…?
Entonces lo vio.
La respiración forzada.
La nariz larga de aquel sujeto, expuesta.
El peso mal distribuido.
Holeid hizo un gesto simple, algo le había llegado de repente de alguna experiencia previa.
Uno de ven.
El rostro se le endureció.
Rokald estalló.
Cargó con rabia, sin técnica.
Holeid agarro la espada con la derecha en el último instante.
Su puño izquierdo impactó directo en el rostro.
El sonido fue seco.
Hueco.
Antes de que Rokald tocara el suelo, Holeid le agarró la cabeza y la estrelló contra la arena.
El cuerpo quedó inmóvil.
Sangre brotó de inmediato.
Manifestaciones mágicas se llevaron al noble inconsciente.
Silencio.
Algunos aspirantes de algunas casas distintas rieron.
Otros apretaron los dientes con rabia.
—¿Así… así se puede ganar?
—susurraron—.
¿Solo… aguantando?
El instructor observó un segundo más.
—Hm… —pensó—.
Usó la poca cabeza que tiene.
Y el cuerpo sin ALCO.
Nada mal para un pobre bruto.
—¡A SU POSICIÓN, TRANUAR!
—¡S-SÍ, SEÑOR!
Holeid corrió torpemente al fondo de la fila, siendo este objetivo de todos.
Allí, mirando su mano izquierda, sonrió apenas visible para algunas vistas.
Como un niño viendo su dulce favorito.
Sí… lo logré, amigos.
Señor Varde… lo logré, logré ganar.
Espero todos salgamos bien de esto, quiero ya hablar de esto con mis amigos.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com