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Privilegios - Capítulo 19

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19: Capítulo 19 19: Capítulo 19 Aquella tarde se vestía de un clima cálido, con un viento suave que refrescaba la piel.

El sol comenzaba a ocultarse, dejando tras de sí estelas de colores que surcaban el cielo, producto de aquel continente donde la magia no era excepción, sino origen.

La rotación del día daba paso a la noche, anunciando la llegada de una luna serena.

Eran cerca de las seis.

Los jóvenes se encontraban frente a la residencia que, por fuera, parecía una simple cabaña.

Estudiantes iban y venían: algunos rumbo al comedor, otros a las salas de estudio o simplemente a conversar.

Con los Vilkares proporcionados por la academia, la vida resultaba, al menos en apariencia, más sencilla.

Kaellid y Ulvar estaban sentados sobre el pasto, dentro del recinto destinado exclusivamente a los varones.

Desde allí vieron a Holeid aproximarse a la residencia, cruzando la enorme cerca encantada que impedía cualquier escapatoria nocturna.

Al notar su presencia, Holeid los reconoció y echó a correr hacia ellos.

—¿Qué pasa, Holeid?

—preguntó Kaellid, con la voz cansada—.

¿Cómo te fue?

Andabas desaparecido.

—¡Muy bien!

—respondió Holeid, aún agitado—.

¡Gané un combate!

Y… bueno, me quedé embobado viendo a unos elfos y elfas con arco.

Es increíble nacer con esos dones para la arquería.

Ulvar desvió la mirada, estirando el cuello con frustración.

—Me alegra por ti… de verdad —dijo—.

Aunque parece que fui el único que perdió.

Kaellid se dejó caer de espaldas sobre el césped.

—¿Todavía con eso?

—bufó—.

Ganó por pura suerte.

¿Viste cómo se desmayó al final?

Prefiero perder así que “ganar” de esa manera.

Además, sin esos hechizos de desviación, tú ya la habrías derrotado.

Hoy ganó la experiencia, no el talento.

—¡Ya, ya!

—replicó Ulvar, algo sonrojado—.

¿No puedo estar frustrado un rato?

Suspiró.

—Ahora solo queda ver en qué clase quedamos… espero no caer en la más baja.

—¿Desmayos?

¿Desviaciones?

—rió Holeid, rascándose la nuca—.

Ser mago suena complicado.

Luego miró a Kaellid.

—Pero tú te ves agotado… ¿Perdiste también?

Kaellid bostezó.

—Para nada.

Hice que los errores de Ulvar valieran la pena.

Usé todo a mi favor… aunque no logré recitar esa magia rara de energía.

Lo bueno es que ya sabíamos manifestar cadenas mágicas.

Nunca pensé que algo así me ayudaría en esa situación…

Suspiró, mirando el cielo.

—Aun así… fue demasiado agotador.

Pero dejé un mensaje.

Uno que nos servirá por un tiempo.

Guardó silencio un instante.

Sus ojos dorados reflejaban los últimos rayos del sol.

—Aún tenemos que aprender mucho de este mundo… —murmuró—.

¿Por qué Falleid terminó así?

Aislada.

Dominada.

Su voz se volvió tranquila, peligrosa.

—Maldigo al dios que permitió algo así.

Ulvar y Holeid lo miraron, atentos.

—Hay talento allí —continuó Kaellid—, pero muere por falta de ayuda.

Mujeres con sueños terminan como prostitutas o esclavas.

No viven: sobreviven.

Apretó los dedos.

—Hombres con valor se corrompen por lujurias, vanidades, adicciones.

¿Qué sentido tiene perder los privilegios que nos fueron otorgados?

Alzó la mano hacia el cielo, con una calma tan intensa que ambos quedaron inmóviles.

Sus ojos brillaban con el reflejo del atardecer.

—Yo cambiaré lo imposible.

Derribaré lo imbatible.

Exprimiré el talento de los olvidados.

Romperé este sistema… y ni siquiera los dioses podrán detenerme.

Bajó la mano lentamente.

—Seré la luz de un mundo dañado.

No todo puede arreglarse… pero muchas cosas sí pueden cambiarse.

¿Por qué no esto?

Se irguió levemente.

—Yo soy Kaellid Corven, habitante de Falleid.

Seré el señor de un nuevo mundo donde todos tengan algo que ganar.

Luego se sentó de nuevo y sonrió con descaro.

—Y ustedes me ayudarán.

Quieran o no.

Ulvar y Holeid se miraron… y estallaron en risas.

—Sí, claro, Kaellid —rió Ulvar—.

Seguro.

—Cuenta conmigo —añadió Holeid—.

Seré el escudo de un Corven.

Kaellid rió suavemente.

—¡Pero ahora, enfoquémonos en lo importante!

—¿Y eso sería…?

—preguntó Ulvar.

—El dinero.

Y la comida.

Ulvar suspiró, derrotado.

—Mierda… Ulvar añadió, con un dejo de desdén: —¿Y qué tienes planeado ahora, señor de las finanzas?

Kaellid sonrió de lado.

—¿Tú qué crees, chillón?

Lo que más te fastidia: tra-ba-jar.

—Uuugh… —se quejó Ulvar.

Holeid observó a Kaellid unos segundos, buscando la forma de aportar algo útil.

—Umm… yo puedo intentar buscar trabajo de inmediato —dijo con convicción—.

Es más, Kaellid, Ulvar, vamos.

Busquemos trabajo.

Necesitamos comer decentemente.

Sin darles tiempo a responder, agarró a ambos por la camisa y empezó a arrastrarlos.

—¡Hey, hey, hey!

¡HOLEID!

—protestó Ulvar, irritado—.

¡AÚN TENEMOS DINERO PARA SOBREVIVIR!

Kaellid estalló en risa ante la escena, como si viera a un niño grande arrastrando a otros dos.

—¡SÍ, VAMOS, ¡HOLEID!

—gritó—.

¡HAGAMOS QUE ESTE HOLGAZÁN VUELVA A VER UN PICO DESPUÉS DE MUCHO TIEMPO!

La escena no pasó desapercibida.

Directivos, estudiantes de primer, segundo y tercer año, e incluso algunas especies mágicas, observaron cómo los tres se alejaban entre gritos y risas.

Y así, se dirigieron a la ciudad de Vilei, rumbo a nuevas personas y futuras anécdotas.

Con el tiempo, Holeid finalmente los soltó.

—¡Maldita sea, Holeid!

—refunfuñó Ulvar—.

Al menos yo dejé todo en mi habitación.

Lo miró de arriba abajo.

—Pero tú, grandulón… parece que te fueras a mudar a la calle con todo lo que trajiste de casa.

Ni siquiera lo dejaste en tu habitación designada.

Holeid se rascó la cabeza, apenado.

—Lo siento, Ulvar… no pensé en eso.

Pero es hora de buscar trabajo.

Aprovechemos esto.

La ciudad era grande.

Las calles, bien pulidas.

Puestos de comida, cantinas, restaurantes cerrando o transformándose en tabernas.

A lo lejos se alzaba una estatua: un mago levantando un bastón junto a un caballero empuñando una espada.

En ciertos puntos aún se alcanzaba a ver el mar que los había traído hasta allí.

Pero Vilei no era solo belleza.

Había callejones oscuros, vagabundos rondando, figuras cubiertas con túnicas completas.

Los 3 no pasarían desapercibidos, eran visto por mujeres, hombres, niños.

Los ojos y rostro de Kaellid contrastaban con aquel día, la piel casi pálida de Ulvar era muy bien vista y la altura de Holeid era algo temida.

Caminando un poco más, llegaron a un lugar distinto: un parque amplio y bien decorado, iluminado por cristales mágicos del color del fuego.

Había un evento en marcha.

Puestos, risas de padres e hijos, un suelo de ladrillos anaranjados… y un bardo cantando para todos.

Parecía relatar hazañas de caballeros legendarios y antiguas historias de los dioses.

—¡Y DE UNA HORDA SALIÓ AQUEL QUE REINA HOY!

—¡LOS DIOSES LO AMARON A ÉL!

—¡SIN TAPUJOS VIVIÓ Y SU DESCENDENCIA SURGIÓ!

—¡AHORA VIVE COMO UN VERDADERO REY!

Aplausos, chiflidos y gritos estallaron.

Los tres habían llegado tarde; solo escucharon un fragmento.

—¿De quién estará hablando?

—preguntó Kaellid.

—No lo sé —respondió Ulvar—, pero ese tipo canta y toca increíble… y eso que oímos solo un pedazo.

—Ciertamente —añadió Kaellid.

Mientras observaba el lugar, algo llamó su atención.

A un costado, un hombre estaba sentado, visiblemente preocupado, con una prenda extraña doblada entre las manos.

Kaellid entrecerró los ojos.

—Bueno, chicos… me separo un momento de ustedes —dijo—.

Creo que encontré algo de lo que podría beneficiarme.

Ulvar y Holeid lo miraron con duda mientras Kaellid se alejaba, dándoles la espalda y alzando una mano en señal despreocupada.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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