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Privilegios - Capítulo 20

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20: Capítulo 20 20: Capítulo 20 Kaellid se acercó a aquel hombre de complexión delgada, ya entrado en años.

Las canas se le manifestaban sin pudor, el cuerpo desgastado, la postura vencida.

Había en su rostro una angustia silenciosa, una nostalgia tan evidente que resultaba casi dolorosa de observar.

—Buenas noches, buen señor —dijo Kaellid con un tono tranquilo, sereno, casi cuidadoso.

El hombre alzó la vista.

Sus ojos, apagados y cansados, intentaron forzar una chispa de alegría.

—Oh… muy buenas noches, joven —respondió con una voz ronca, gastada—.

¿Qué desea de mí?

¿En qué puedo ayudarle?

Kaellid no rodeó demasiado el asunto.

—¿Qué es lo que le preocupa, buen señor?

El hombre soltó una breve risa vacía.

—Es extraño hablar de mis tristezas con un desconocido que apenas y salude… y más aún contigo, que pareces tan joven.

—No se preocupe —respondió Kaellid con suavidad—.

Me gusta escuchar las dolencias de quienes cargan melancolía.

Y si no me equivoco… —añadió señalando con discreción— eso que le preocupa está relacionado con ese traje.

El hombre miró el atuendo que sostenía entre sus manos.

Era un traje de tonos negruzcos con predominio del blanco y detalles en rojo.

Refinado, elegante.

Junto a él, un sombrero que recordaba a los mosqueteros de las viejas novelas.

—Veo que tienes buen ojo —dijo el hombre con otra risa hueca—.

Supongo que eres nuevo en esta región.

Nadie que conozca estas tierras preguntaría por algo tan… famoso.

—Así es, buen señor —asintió Kaellid—.

Llegué hoy mismo.

Aún desconozco las tradiciones locales… y este evento.

—Oh… ya veo.

—El hombre pareció relajarse un poco—.

Esta celebración honra a los dioses que ayudaron a forjar esta región: la diosa Hécate y el dios Hermes.

¿Eres comerciante… o solo estás de paso?

Kaellid sonrió con elegancia, las manos entrelazadas tras la espalda.

—Nada de eso.

Soy estudiante de la academia.

—Entonces… un noble —murmuró el hombre.

Kaellid negó con calma, apoyando una mano en la cintura, la sonrisa ladeada.

—No, señor.

Vengo de Falleid.

El hombre abrió los ojos, sorprendido.

—¿Un habitante de Falleid… en la academia?

Hace décadas que no escuchaba algo así.

Espero que resistas más que los anteriores.

Reiría suavemente por tal comentario—Volvamos a usted, señor —dijo Kaellid con amabilidad—.

Ahora que hay más confianza entre nosotros, dígame qué sucede.

El hombre suspiró.

Su postura se relajó visiblemente.

—Cada noche, a las ocho en punto, este traje tiene su momento.

Es tradición.

Desde que tenía dieciocho años bailo para la gente, gano algunas monedas… pero ahora… —miró sus piernas— ya no responden igual.

Me tambaleo, pierdo la elegancia.

Este traje ya no brilla conmigo.

Supongo que… se acabó para mí.

Kaellid dio un paso al frente y extendió la mano.

—Si quiere, puedo ayudarle.

El hombre lo miró incrédulo.

—¿Hablas en serio?

—Claro —respondió Kaellid sin titubear—.

Por una compensación justa, ambos ganamos.

Le aseguro que no decepcionaré al público.

El hombre dudó… y luego asintió.

—Es mejor eso que no presentarse.

No puedo fallarles.

Acepto, joven.

¿Cuál es tu nombre?

—Kaellid.

Kaellid Corven.

—Un gusto.

Soy Dair.

Dair levantó el traje con más ánimo ahora.

—Este es el atuendo que he usado todos estos años.

Las mangas caían con elegancia, adornadas con pequeños detalles que recordaban ramas de rosas.

Los pantalones negros contrastaban con la camisa blanca, cruzada por un accesorio rojo sobre el pecho.

Una pequeña capa refinada descansaba sobre el hombro izquierdo.

Del bolsillo sacó una máscara: cubría solo la parte superior del rostro, con el pico de la nariz en punta, negra, con bordes rojos que le daban carácter.

—Ya me queda grande… —dijo con una sonrisa cansada—.

Pero a ti podría sentarte bien.

Eso sí, las botas tendrás que usar las tuyas.

Las últimas palabras de Kaellid aún resonaban en la cabeza de Ulvar cuando él y Holeid se separaron del grupo para rondar el evento.

Terminaron en una zona iluminada por cristales, donde varias bailarinas se movían al ritmo de la música.

Llevaban vestidos largos y blancos, con adornos en forma de alas sobre la cabeza, danzando en perfecta sincronía mientras los músicos tocaban con entusiasmo.

A su alrededor, la gente aplaudía, reía y caminaba entre jarras de cerveza y bebidas comunes.

—¡Qué emoción esto!

—exclamó Holeid, claramente contagiado por el ambiente—.

¡No entiendo por qué Kaellid se iría!

Ulvar suspiró.

Ya sabía cómo era su amigo.

—Probablemente ya pensó en algo… o encontró algo de lo que sacar provecho —respondió—.

A veces no entiendo cómo puede ser tan arriesgado y descarado.

Holeid bajó un poco los hombros.

—¿Y si vio algún lugar para trabajar?

—dijo, con un dejo de tristeza—.

Y nosotros aquí, sin un mísero Vilkar, paseando como si todo estuviera bien.

Ulvar negó con la cabeza.

—Vamos, relájate.

¿Qué necesidad hay de conseguir trabajo tan rápido?

Miró a su alrededor, buscando distraerlo… hasta que vio un pequeño puesto apartado.

—Mira —añadió—.

Dice “videncia”.

Para calmarte, podríamos intentarlo.

Sin esperar respuesta, tomó a Holeid por una parte de la camisa y lo guio entre la gente.

Al llegar, Ulvar notó al joven que atendía el puesto.

Su aspecto era inquietante: llevaba una túnica rota, un parche cubría uno de sus ojos, y en su mano derecha faltaban varias uñas.

Partes de su cabeza parecían calcinadas, con mechones de cabello dispersos, hacia movimiento raros con la cabeza.

El muchacho los observó con su único ojo visible y esbozó una sonrisa incómoda.

—Buenas noches —saludó Ulvar sin titubeos, sin fijarse en su apariencia.

Holeid, en cambio, sintió un nudo en el estómago.

Había algo en la forma en que aquel ojo recorría su cuerpo, como si lo evaluara pieza por pieza.

—Oooh… visitantes, qué emoción —rió el vidente, con un tono extraño, mientras apartaba rápidamente algunos objetos sobre la mesa de madera.

—Pasen, pasen… que yo no muerdo —diría aquel sujeto intrigante a los dos jóvenes que se acercaban a su puesto, aislado del resto del evento.

Ulvar, entusiasmado por la curiosidad, respondió: —Bueno, es mi primera vez en uno de estos lugares, pero he escuchado mucho sobre lecturas de manos, cartas y cosas así… ¿no?

El sujeto sonrió.

Era una sonrisa ronca, cansada, sin fuerza.

—Sí, joven.

Hay muchos con esos “trucos”.

Para mí, simples estafadores.

—Hizo una breve pausa antes de añadir—.

Pero ustedes tienen suerte.

Encontraron al vidente correcto.

Sin tapujos, señaló a Ulvar.

—Préstame tu cabeza, chico de cabello naranja.

Ulvar lo miró desconcertado.

Detrás de él, Holeid frunció el ceño.

—¿Mi… cabeza?

—Quiero decir… acércate —Aclaro aquel hombre con una sonrisa torcida—.

Déjame tocar tu cabeza.

Un leve nerviosismo comenzó a trepar por el pecho de Ulvar, pero aun así aceptó.

En el fondo, con ingenuidad, dudaba que aquello fuera algo grave.

Al inclinarse hasta quedar casi a la misma altura del sujeto, este le tomó el rostro por debajo de la mandíbula.

Sus manos eran ásperas, llenas de callos.

—Eres un niño interesante… ¿acaso será este tu destino?

Qué hermoso es este mundo dándome este goce.

Rió de inmediato, de forma maniática, sin apartar los ojos de Ulvar.

—Iniciemos, chico de Falleid.

Ulvar tragó saliva.

Sintió el roce sucio de aquellas manos y el miedo le apretó el estómago.

Entonces, el vidente recitó palabras desconocidas: —Völva, gef mér sýn þína, gef mér krapt þinn…

El aliento del hombre golpeó el rostro de Ulvar: un olor intenso a humo, como de una hoguera recién encendida.

El ambiente cambió.

El ruido del festival desapareció, como si aquellas palabras los hubieran arrastrado a un lugar oscuro y frío.

—…seg mér þat er eigi sést, rjúf hringinn ok mæl fyrir mér.

El silencio fue total.

—¡JO, JO, JO!

—Estallo en una colera de éxtasis— ¡AH, AH!

¡CHICO DE FALLEID, ERES TAN INTERESANTE!

El hombre parecía excitado.

Ulvar se soltó de golpe y retrocedió hasta quedar junto a Holeid, adoptando una postura defensiva.

Por un instante incluso pensó en usar magia, aunque no tuviera bastón; cualquier hechizo serviría si debía defenderse.

Entonces lo escuchó.

—¡TU CAMINO ESTÁ VACÍO, CHICO!

La risa del vidente se volvió desquiciada.

—TU CAMINO ESTÁ LLENO DE VOCES QUE TE TORTURARÁN.

MATARÁS A LOS QUE NO LO MERECEN Y TE SENTIRÁS FELIZ POR ELLO.

ERES UN PECADOR DE ESTE MUNDO.

LA MUERTE SUSURRA AL QUE NO TENÍA QUE VIVIR.

Holeid reaccionó de inmediato.

Tomó a Ulvar del brazo y lo arrastró lejos del puesto.

—¡ESCUCHA, CHICO DE FALLEID!

VIVIRÁS CON PENAS, Y TODO SERÁ POR TU ESTUPIDEZ.

¡ESCORIA!

¡TE MALDIGO POR HACERME VER ESO!

¡NOS CONDENASTE AL VENIR CON QUIEN NO MERECÍA ESTAR EN EL HILO DEL DESTINO!

Ambos salieron a prisa rápida.

Ya a cierta distancia, Holeid respiró hondo.

—¿Qué demonios fue eso?

—No lo sé —respondió Ulvar, aún intranquilo—.

Pero quiero largarme de este lugar.

¿Dónde demonios está Kaellid?

En ese momento, un grito femenino atravesó el aire.

Ciudadanos y miembros de la academia— Que llegaban recientemente para explorar a las afueras o algunos ya de años avanzados rondaban en aquel lugar —se agolpaban alrededor de un amplio círculo.

Desde la lejanía, vieron algo que los dejó en shock.

Un hombre con sombrero de mosquetero bailaba en el centro.

Vestía de negro y blanco, con detalles rojos.

Su máscara cubría la parte superior del rostro, dándole un aire misterioso.

La música parecía obedecerle.

Ulvar se fijó en sus manos.

En su cabello negro y largo.

Lo reconoció.

Sonrió con cansancio.

—Maldición, Kaellid… yo pasando traumas con un lunático y tú bailando para un público.

—Vámonos, grandote —dijo Ulvar a Holeid—.

Kaellid va a estar ocupado hasta tarde.

—¿Eh?

¿Cómo lo sabes?

—¿No lo ves?

Holeid observó, impresionado.

¿Ese era Kaellid Corven?

bailaba con una elegancia hipnótica, sacando a mujeres de todas las edades, cada una cautivada por su presencia por su masculinidad, hasta cuando las apretaba con su pecho, un tipo de coquetería que desquiciaba a cualquiera de aquellas damiselas.

—Está bien —rió algo fuerte Holeid—.

Luego buscamos trabajo.

Esto valió la pena verlo.

—Agradece a Varde y a su maestro —respondió Ulvar mientras se alejaban—.

Ellos le enseñaron todo eso.

—Tendré que pedirle ayuda algún día para aprender a cautivar damiselas.

—Yo le digo por ti, grandote.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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