Privilegios - Capítulo 2
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2: Capítulo 2 2: Capítulo 2 —Hola, abue —dijo Kaellid levantando la mano derecha—.
Perdón por llegar tarde —añadió con nerviosismo y una risa torpe.
—Muchachito descarado, siempre llegas tarde —respondió la anciana con evidente molestia—.
¿Crees que yo, a esta edad, debería estar preocupándome por abrir el negocio y arreglar las cosas?
Hazte responsable.
Tú sabes que tienes un buen futuro por delante, y necesito que mi único nieto aprenda a ser responsable.
Su voz era dura, pero poco a poco se calmó.
Una sonrisa amable apareció en su rostro mientras se acercaba a él.
—Por favor, Kaellid, necesito que hagas cambios en tu vida, mi hermoso nieto —dijo mientras le limpiaba la camisa, manchada un poco por la comida que había llevado en el camino—.
Hoy vas a hacer esa tal negociación para conservar este lugar.
No entiendo por qué deseas preservar este sitio; no te juzgo, pero tampoco te apoyo del todo.
Ya es un lugar algo deteriorado.
—¡Ay, señora Corven!
Aquí están los recuerdos más preciados por los que pelearía.
Además, la gente ama este lugar; se siente la calidez incluso viviendo en estos suburbios.
Pero recuerde algo: siempre pelearé por usted y por este sitio.
Usted es mi familia —dijo Kaellid con una calidez sincera, mirándola a los ojos.
Entendía su razonamiento, claro que lo entendía, pero su corazón se negaba a dejar morir aquel lugar o permitir que fuera transformado por un noble cualquiera.
—Jajaja, Kaellid, qué buen niño eres —respondió la anciana entre risas suaves.
Alzó los brazos cuanto pudo para alcanzar las mejillas del muchacho, que rozaba ya el metro ochenta—.
En verdad eres igual a tu padre en ese aspecto…
tan atrevido con la vida.
Lamentablemente, él no está para ver en el gran hombre en el que te has convertido —añadió, con una mezcla de orgullo y nostalgia.
Luego giró ligeramente la cabeza, clavando la mirada en el joven pelirrojo que observaba la escena con cierta timidez.
—Por cierto, Ulvar —dijo con tono firme pero amable—, ¿por qué no saludas a esta anciana?
Habla, muchacho.
Eres como un nieto para mí también, y no quiero gente de pocas palabras…
que luego te toman por motivo de burla.
—Abuela Koal…
¿cómo has estado?
—dijo Ulvar con una risa nerviosa; había confianza en su voz, y también alegría genuina al ver a la anciana—.
Perdona, es que he estado pensando demasiado en el noble de hoy…
y en nuestro futuro.
Pronto tendremos que dejar muchas cosas atrás —añadió, dejando escapar un matiz de miedo y nostalgia—.
También tendremos que viajar a la región de Vilei, y es extraño ir a un lugar que no conocemos.
Koal resopló con suavidad, cruzándose de brazos.
—Muchachito miedoso —replicó con una sonrisa cansada—.
Confía en ti y deja de sobre pensar las cosas.
No todo lo desconocido viene a quitarte algo; a veces viene a probar si mereces lo que estás a punto de ganar.
—Kaellid te acompañará de igual manera —dijo Koal, claramente entretenida—.
Mira la genética que manejamos; los Corven han cortado montañas con un solo movimiento desde hace generaciones.Alzó el mentón, orgullosa.
—Tú también eres fuerte.
Has estado estudiando durante meses desde que te entregaron ese manual de magia para la academia.
Ustedes no son comunes…
son excepciones, de las que no se ven a menudo.
—Lo único que sé de los Corven es que son muy despreocupados en momentos de angustia —dijo Ulvar antes de soltar un suspiro—.
Confío en Kaellid y en todas sus habilidades.
Aun así, a veces me pregunto por qué quiso entrar a la academia de magia y no limitarse a usar el ALCO para convertirse en caballero…
o incluso algo más seguro.
No sé, un modelo quizá, para no tener que arriesgarse tanto.
Kaellid soltó una risa despreocupada, apoyándose con ligereza contra la pared.
—¿Qué puedo decir, amigo?
Me gusta acompañarte.
Al final somos el dúo entre los dúos —dijo con una sonrisa ladeada—.
Además, la magia me resulta más divertida.
Siempre veo algo en esos circuitos mágicos que lanzan los nobles…Se señaló los ojos con dos dedos.—Estos ojos son especiales, qué te puedo decir.
El ambiente era ligero, casi hogareño.
Entonces, alguien llamó a la puerta.
Ulvar se asomó por la ventana por puro reflejo…
y su expresión cambió.
—Oh…
Kaellid, llegó el señor Enrir.
Kaellid dejó escapar una breve sonrisa que no alcanzó a sus ojos y, con un tono más serio, se dirigió a su abuela.
—Abuela, por favor ve a la cocina un rato.
Necesito hablar con este noble de mierda.
Koal suspiró, negando con la cabeza.
—Al menos intenta contener las malas palabras —dijo mientras se alejaba—.
Suerte con esa bola que se hace llamar noble.
—Tranquila —respondió Kaellid, estirándose con despreocupación—.
Esto lo manejo como si fuera un cuento para niños.
Al final, todos tienen puntos donde no pueden atacar…
solo hay que saber dónde mirar.
La puerta fue abierta por un caballero de armadura plateada, llamativa incluso para los estándares nobles.
Una capa azul caía sobre su espalda y su estatura superaba ligeramente la de Kaellid.
Bastaba con escuchar su caminar para que incluso el más inexperto reconociera algo imposible de fingir: aquel hombre llevaba años viviendo de la experiencia.
Tras él apareció Enrir.
Un noble de cuerpo grueso, vestido con pulcritud calculada: capa oscura sin una sola mota de polvo, botas limpias pese al barro de la calle y un anillo de sello que brillaba más por costumbre que por orgullo.
No miró el local; apenas cruzó el umbral, su expresión se tensó con un dejo de asco mal disimulado.
Luego, como si todo lo demás dejara de existir, clavó la mirada en Kaellid.
Detrás de ellos llegó un tercero.
Incluso Kaellid quedó impresionado.
Era un enigma: un hombre envuelto en una túnica.
Por instinto, Kaellid intuyó que se trataba de un mago…
o algo cercano a ello.
No podía leerlo.
No como a los demás.
Del rostro apenas se distinguía la boca y parte de la nariz; aun en plena mañana, la luz parecía negarse a revelar más.
Aquello ya era extraño.
Pero lo que terminó de captar su atención fue algo más inquietante: no sentía su magia.
Ningún rastro, ninguna vibración.
Nada.
Y aun así, sus ojos no mentían.
Kaellid se estaba adaptando.
Podía percibirlo con mayor claridad ahora: había ALCO allí, comprimido, forzado a permanecer oculto.
No era ausencia…
era control.
Maldito gordo de mierda…
ni que fuéramos a matarlo, pensó Kaellid.
—Buenos días, señor Enrir.
Es un placer verlo por estos humildes suburbios —dijo con cortesía medida—.
¿Está listo para hablar?
Se inclinó brevemente, lo justo para cumplir con la formalidad, pero sin bajar la cabeza.
Sus ojos dorados permanecieron fijos en el noble, atentos, incisivos.
Había en su expresión una sonrisa leve, casi amable…
aunque demasiado precisa para ser sincera.
Luego se irguió con naturalidad.
—Ulvar, ¿podrías traernos algunas bebidas, por favor?
—añadió mientras les indicaba una mesa con un gesto abierto—.
¿Qué desean?
¿Té, café, agua?
Kaellid dio un paso al costado, invitándolos a pasar.
—No sean tímidos, señores —continuó con un tono ligero—.
Después de todo, todos somos seres con deseos…
y yo, en momentos como este, agradecería algo para beber.
—¿Deseas mi muerte ofreciéndome bebidas de este submundo?
—escupió Enrir con desdén—.
Agradece que siquiera me presente frente a ti.
Kaellid parpadeó una vez…
y luego sonrió.
—Oh…
qué pena con usted —respondió, dejando escapar una breve risa—.
Bien, señor Enrir, entonces vayamos a lo importante.—¿Cuál es su mayor deseo conminegocio?
El noble frunció el ceño, ofendido.
—¿Acaso te debo explicaciones?
—replicó con voz exaltada—.
Es mi derecho como noble reclamar lo que es justo para nosotros…
o para el orden, en general.
Pero claro, un mono como tú jamás lo entendería.
Naciste aquí, creciste aquí, y tus estudios son prácticamente nulos.
¿Qué vas a saber tú de derechos?
Kaellid no respondió de inmediato.
Empezó a reír.
Una risa sincera.
Casi divertida.
—Eres muy gracioso, Enrir.
El sonido metálico fue inmediato.
El caballero a su lado desenvainó la espada y la apoyó frente al pecho de Kaellid.
—Ni se te ocurra pronunciar el nombre del señor Enrir en tono de broma o confianza, estúpido.
Kaellid alzó ambas manos con calma, sin borrar la sonrisa.
—Bien, bien…
señor Enrir, mil disculpas —dijo con falsa sumisión—.
¿Mis derechos?
Bajó lentamente las manos y ladeó la cabeza.
—Solo sé una cosa —continuó— cualquier propiedad adquirida en estos sectores sigue rigiéndose por el orden general de bienes.
Y este lugar —tocó la mesa con los dedos— está a mi nombre.
Sus ojos dorados se alzaron, tranquilos.
—Así que, si hablamos de derechos…
empecemos por ahí.
Tras su declaración, Kaellid no bajó la guardia.
Sus ojos dorados recorrieron la escena sin prisa, como si nada de aquello representara una amenaza real.
El hombre de la túnica aquel “mago” mostraba una sonrisa apenas perceptible, invisible para cualquiera que no supiera dónde mirar.
No era burla…
era aprobación contenida.
Kaellid lo entendió de inmediato: esto le estaba resultando interesante.
Luego observó a Enrir.
El anillo de sello, símbolo de su supuesta riqueza, estaba desgastado.
No roto, no descuidado…
usado más de la cuenta.
Un detalle mínimo, pero discordante para alguien que proclamaba poder y abundancia a cada palabra.
Curioso, pensó Kaellid.
Finalmente, su atención volvió al caballero.
Bajo la armadura pulida, el hombre estaba tenso.
El peso de la espada sostenida de ese modo no era casual: era una postura aprendida, propia de alguien que había peleado demasiado como para bajar la guardia del todo.
Un veterano.
No impulsivo.
No allí por Enrir, sino por algo más.
Kaellid exhaló con calma.
Así que el gordo no manda…
el mago observa…
y el caballero protege lo que aún no se muestra.
Su sonrisa se ensanchó apenas.
Interesante.
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