Privilegios - Capítulo 3
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3: Capítulo 3 3: Capítulo 3 —Es algo curioso, Enrir —dijo Kaellid con una calma casi insultante—.
Vienes aquí a amenazar…
o mejor dicho, a declarar que este lugar es tuyo por derecho propio.¿Y todo por qué?
¿Por ser un noble?
Su sonrisa se ladeó apenas.
—Estás equivocado si crees que eso basta.
Se nota a simple vista que solo eres alguien secundario en todo esto.
En ese momento, Ulvar regresó con dos tazas: una de té y otra de café, colocándolas sobre la mesa con cuidado, aunque su mirada no se apartaba del caballero.
Kaellid continuó, sin bajar la voz.
—Dime, ¿hay algo en este lugar que realmente pertenezca a la nobleza a la que tanto te aferras?
¿O crees que no me doy cuenta de que quieren empezar por aquí para sofocar al submundo desde la raíz?
El ambiente se tensó de inmediato.
El caballero dio un paso al frente y comenzó a desenvainar su espada.
—Kedja.
La voz de Ulvar fue firme.
Un circuito se activó al instante y una fuerza similar a la de una cadena atrapó la mano del caballero a medio movimiento, deteniendo el acero antes de que saliera por completo de la vaina.
Enrir alzó una mano, molesto.
—Calma…
calma —dijo con una sonrisa forzada—.
Seamos civilizados.
Kaellid habló sin elevar la voz.
—No va a haber trato.
Y se acabó.
No hay nada que cambie eso.
Hizo una breve pausa, como si recién recordara algo trivial.
—Ah…
se me olvidó decirte algo.
Se llevó la mano al cabello atado y soltó la cuerda con un gesto despreocupado.
Su larga cabellera negra cayó sobre sus hombros antes de que tomara la taza de café de la mesa y diera un sorbo lento.
—Este lugar está protegido.
Y prácticamente adquirido por un gran noble de la casa Yester…
el señor Varde Yester —añadió con una sonrisa ladeada.
Uno de mis más grandes amigos, por así decirlo.
Ulvar le lanzó una mirada rápida de reojo, cargada de duda, antes de volver a fijar los ojos en el caballero retenido.
Enrir, en cambio, estalló en carcajadas.
—¿Tú?
¿Con Varde Yester?
—golpeó la mesa con fuerza, haciendo vibrar las tazas—.
Qué broma tan espeluznante…
y tan estúpida.
El impacto hizo que una presión invisible recorriera el ambiente; una señal clara de que su ALCO había reaccionado, aunque apenas lo suficiente para intimidar.
—Oye, chico idiota, deja de— —Cállate, gordo de mierda.
La interrupción fue seca.
Kaellid alzó una mano, no para atacar, sino para ordenar silencio, como si Enrir no fuera más que ruido de fondo.
—No estoy hablando contigo —continuó con calma—.Sus ojos dorados se deslizaron, por primera vez con verdadero interés, hacia el hombre de la túnica.
—Necesito hablar con el que de verdad quiere este lugar.
Luego sonrió apenas.
—Y hacerlo de forma cordial, con nuestro verdadero invitado.
El hombre de la túnica limpia y perfectamente ajustada, ni siquiera se molestó en mirar a Kaellid al principio.
Sus ojos se deslizaron hacia Enrir con una calma hiriente.
—Quítate del medio —dijo, sin elevar la voz—.
Gordo inútil.
Está claro que no sirves ni para negociar, al parecer al final tu familia si tendrá consecuencias.
Luego giró apenas la cabeza hacia Ulvar.
—Y tú, chico del cabello zanahoria…
suelta esa magia.
No la desperdicies.
El caballero ya no va a hacer nada.
El ambiente se tensó, pero el hombre continuó como si nada, ahora sí fijando la mirada en Kaellid.
—Bien —prosiguió—.
Kaellid Corven, ¿cuál es tu mayor deseo?
Se acomodó la túnica con un gesto elegante.
—Puedo darte dinero en cantidades que no sabrías contar, mujeres por montones, placeres reservados, artilugios que cualquier canalla solo vería en sueños.
Una sonrisa fina, calculada.
—Dime…
¿cuál es tu precio?
—¿Mi precio?
—Kaellid ladeó la cabeza, pensativo, llevando una mano al mentón—.
Hm…
Dejó pasar un segundo más del necesario.
No miró el dinero imaginario, ni las promesas, ni al noble humillado.
Sus ojos dorados se clavaron directamente en el hombre de la túnica.
—Mi precio es jugar contigo una partida de ajedrez.
Una pausa breve.
—Y que respondas una sola pregunta.
—¿Ajedrez?
—el hombre de la túnica rió, una risa baja, casi complacida—.
Bien.
Así será.Y en cuanto a la pregunta…
hazla.
Kaellid no apartó la mirada ni un segundo.
—¿Por qué?
—preguntó con determinación—.
¿Por qué alguien de su estirpe ahora está interesado en los negocios del bajo mundo?
Déjame adivinar…
¿quieren borrarnos definitivamente?
¿O esto no es más que un capricho?
El tipo no respondió de inmediato.
Sus dedos, largos y pálidos, solo tomaron la taza de té que había dejado Ulvar anteriormente —Peón a e4—dijo.
No respondió de inmediato a la pregunta de Kaellid; simplemente inició el juego.
Kaellid exhaló despacio.
Al final, aquella partida determinaría el rumbo de la negociación.
—Debo decir, tipo misterioso…
algo que me llama la atención es esto: ¿acaso debo regalar algo preciado a un completo extraño?
Sonrió de forma apenas forzada, pero con seriedad, y declaró: —Caballo g1 a f3.
El tipo misterioso respondió con frialdad: —El bajo mundo no se negocia…
se pisa.
Mientras hablaba, se quitó la capucha.
Un elfo noble.
Piel de porcelana, ojos color esmeralda, un rostro hermoso incluso para los estándares élficos.
Pero había algo que ni Kaellid ni Ulvar olvidarían jamás: una de sus orejas estaba deformada.
Kaellid afirmó con su siguiente movimiento.
—Alfil f1 a b5.
Luego añadió: —Ya veo.
Eres alguien con prisa.
No me vengas con rodeos: quieren eliminar poco a poco esta tierra humilde, arrancar los lugares donde aún se pelea y se es feliz, y remodelarlo todo a su gusto.
—Hm…
ya veo.
Eres observador, Corven —respondió el elfo—.
Muy bonitos ojos dorados, por cierto, y una cara bastante agradable.
Desearía tenerte trabajando para mí.
Te daría todo lo que quisieras.
Posiblemente la negociación habría tomado un rumbo mejor, ¿no crees?
Finalmente, declaró: —Caballo b8 a c6.
Kaellid rió por lo bajo.
—Interesante, debo admitirlo.
Buena defensa.
Y rechazo tu propuesta: además si fuera así, solo desearía trabajar para una hermosa mujer.
No tengo interés alguno en trabajar para otro hombre y menos uno que piensa como si todo lo ajeno fuera de el.
Declaró entonces: —Enroque corto.
La sonrisa del elfo se tensó.
—Alfil g6.
Kaellid cruzó las piernas con calma y respondió: —Torre f1 a e1.
—Los jaques no declarados son el dolor más grande, ciertamente —dijo—.
¿No es así, mi querido invitado?
Hizo un gesto con la mano, palma hacia arriba, dirigido al elfo.
En ese instante, este comprendió que Corven no era un joven cualquiera.
Por primera vez, sonrió…
y comenzó a reír.
Enrir y el caballero quedaron impresionados; no era común ver una reacción así en alguien como él.
—Rey e8 a f7—declaró el elfo, discreto y cauteloso.
El rey se mueve antes que las piezas grandes, pensó Kaellid.
Chasqueó los dedos.
—Alfil b5 a e8.
No era un jaque.
Era una advertencia.
El aire se volvió pesado.
El elfo frunció el ceño y liberó parte de su enorme magia para desestabilizar el ambiente.
Ulvar contuvo la respiración.
Kaellid disimuló su calma; internamente tuvo que recurrir al poco ALCO que sabía manejar en su mente para mantenerse firme.
El elfo habló de nuevo: —Torre h8 a g8.
Una defensa improvisada.
Kaellid se irguió.
—Te veo, gran elfo.
Proteges algo que no quieres mostrar.
Y declaró: —Reina d1 a e2.
Silencio absoluto.
El caballero apretó la empuñadura de su espada y desvió un poco la mirada.
Enrir tragó saliva.
Ulvar cerró los ojos.
El elfo había comprendido demasiado tarde.
Alzó la voz, tan fuerte que incluso la abuela de Kaellid tuvo que ir a revisar qué ocurría.
—¡Peón g7 a g6!
Un parche.
Un error.
—Alfil e8 a g6—respondió Kaellid—.
Ups…
te quedaste sin espacio.
El elfo apretó los dientes.
—Rey f7 a g7.
Kaellid exhaló lentamente.
—Torre e1 a e7.
Quienes entendían el juego abrieron los ojos con expectativa.
El elfo cerró los suyos.
No había defensa.
—Reina e2 a e7.
Jaque mate.
Kaellid se enderezó.
—Ahora respondo a mi manera —dijo, con una sonrisa tranquila y serena—.
No es un capricho, ¿verdad?
Tampoco es limpieza.
Lo miró fijamente.
—Es miedo.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier amenaza.
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