Privilegios - Capítulo 21
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21: Capítulo 21 21: Capítulo 21 El dulce gozo del baile sostenía los cuerpos de las mujeres que aquel hombre envolvía entre sus brazos.
Su danza era atractiva y macabra, elegante y precisa, ejecutada con una firmeza imposible de ignorar.
A veces se quitaba el sombrero con un gesto teatral, dejando ver su cabello negro, largo y cuidadosamente peinado, provocando susurros y miradas hambrientas.
Esposos, novios e incluso hijos observaban en silencio cómo aquellas mujeres —jóvenes, adultas, ancianas— ansiaban ser elegidas, deseosas de convertirse en el centro de atención de ese sujeto imposible de apartar de la vista.
Y aunque el orgullo les ardiera en el pecho, ninguno podía negarlo: aquel hombre los tenía hipnotizados.
Su sonrisa, la forma en que tomaba las manos, la seguridad con la que guiaba cada paso… todo evocaba una sola palabra que flotaba en la mente colectiva como una verdad incuestionable: realeza.
Kaellid encarnaba lo que muchos soñaban ser.
Explotaba cada línea de su traje, cada destello de color, cada giro del tejido al moverse.
Dair, observando desde un costado, no podía ocultar su asombro.
Había pensado que aquel muchacho de orígenes humildes bailaría como cualquier joven… pero aquello era distinto.
No era solo baile: era una danza diseñada para someter voluntades.
Moneda tras moneda caía en sus manos mientras giraba alrededor del círculo formado por la multitud.
Todo por una oportunidad de bailar con él.
En la mente de Dair surgió una confesión amarga, inevitable: Ha hecho en una sola noche más de lo que yo logré en todos mis años de juventud.
La música comenzaba a apagarse cuando Kaellid alzó la vista y la vio.
La recordaba de aquella mañana: la joven de vetas plateadas en el cabello oscuro, acompañada por quien parecía su hermano, idéntico en rasgos.
Él aplaudía con entusiasmo, firme, visible entre todos.
Kaellid alzó la voz, clara y cautivadora, proyectándola sobre la multitud: —Hermosas damas y nobles caballeros… ha llegado el momento de mi espectáculo final.
La danza macabra.
Un murmullo recorrió el círculo.
—Esta danza —continuó— tomará a una princesa y la llevará al centro del escenario, donde será absorbida… no por mí, sino por la esencia misma de su feminidad.
La mirada de Kaellid se posó en ella: la portadora de la insignia del árbol dorado, representante de primer año de su casa.
La joven retrocedió un paso, confundida.
¿Absorbida?
¿Corrompida?
Intentó apartarse, pero Kaellid ya estaba frente a ella.
Sonriendo, tomó su mano y se arrodilló con una elegancia impecable.
—Hermosa princesa —dijo—, concédeme esta última pieza.
Permitamos que el amor, la codicia ajena y la danza derritan este momento.
Te lo suplico… bailemos la danza más macabra de todo el continente.
El hermano, divertido, la empujó suavemente con una sonrisa burlona, ansioso por ver el desastre.
Ella frunció el ceño, atrapada entre el temor y el orgullo.
—No sé bailar —dijo con frialdad—.
Mi cuerpo sirve para la espada, no para esto.
Y aprende tu lugar… no eres noble.
Kaellid respondió sin perder la sonrisa, como si aquel comentario no tuviera peso alguno.
—Oh, mi hermosa princesa… cualquier espada puede ser conquistada por el espíritu.
No seré noble en títulos, pero lo soy en palabras.
Esta noche, conquistaré a la espada con danza.
Algo en su voz la desarmó.
Tragó saliva.
Contra todo instinto, aceptó, preparándose para el ridículo… para el desastre… quería descubrir quién era realmente aquel hombre que se había arrodillado ante ella.
Kaellid chasqueó los dedos dos veces.
—¡Músicos!
El piano y el violín tomaron protagonismo, alzándose como fuerzas opuestas ante los dos jóvenes.
La pregunta flotó en el aire, invisible pero punzante: ¿Dominaría la música… o el baile?
¿Y quién, al final, vencería a quién?
La música no comenzó.
Nació desgarrándose.
Primero fue un murmullo: notas largas, tensas, como si afilaran su filo antes de entrar en combate.
El aire se volvió más pesado.
El murmullo del festival se desdibujó hasta quedar en un eco distante.
Kaellid la condujo al centro de la pista.
La multitud retrocedió sin darse cuenta.
No hubo orden ni gesto alguno: fue instinto.
Él la tomó del brazo y, con deliberada lentitud, la yema de sus dedos recorrió la piel hasta el hombro.
El contacto fue leve… pero preciso.
Ella contuvo el aliento.
¿Así se siente perder el control?
Kaellid sonrió, como si lo supiera.
Le tomó el mentón y elevó su rostro, obligándola a mirarlo a los ojos.
La máscara ocultaba parte de su expresión, pero no la intención.
—Entrégame tu cuerpo y tu alma en este baile —susurró—.
Yo seré tu caballero… y tú, mi espada.
Yo te guiaré.
El corazón de la joven golpeó con fuerza.
No por miedo.
No por deseo.
Por algo peor: anticipación.
Asintió.
Y entonces comenzó.
Kaellid la llevó en un recorrido que, en cuestión de segundos, se volvió imposible de ignorar.
Cada paso tenía peso.
Cada giro tenía propósito.
La noble —acostumbrada a la rigidez de la espada, al control absoluto de su cuerpo— empezó a perder ese dominio.
Sus cuerpos se cruzaban con firmeza: adelante y atrás, de lado a lado, un giro cerrado que la llevaba directo a su pecho.
Las piernas se sincronizaban con una exactitud inquietante.
Ella dejó de pensar.
Su cuerpo ya no respondía a su voluntad… respondía a él.
Al desconocido que la guiaba como si conociera cada límite, cada temor, cada resistencia oculta.
No la forzaba…
la convencía.
El silencio cayó sobre el público.
Los músicos tocaban con los ojos cerrados.
Si los abrían, lo sabían, algo se rompería.
Aquella melodía —aprendida durante años— ya no les pertenecía.
Los estaba usando.
Algunos poco lloraban.
Era como observar a un dios danzar con la vida de una humana… y, aun así, no había lujuria.
No había culpa.
No había impureza.
Solo danza.
Una danza macabra que absorbía el mundo entero.
Kaellid se desplazaba de un extremo al otro, utilizándola con una maestría que rozaba lo inhumano.
Aquellas manos endurecidas por la espada ya no empuñaban acero: ahora temblaban, suaves, obedientes.
Una rosa floreciendo demasiado rápido.
En más de una ocasión, ella terminó aferrándose a su pecho.
No porque lo deseara… sino porque su cuerpo entendía que ahí estaba el equilibrio.
Ahí estaba el centro.
Por un instante, creyó ver algo extraño en sus ojos.
Un brillo apenas perceptible.
Como oro bajo la sombra.
La música comenzó a descender.
El ritmo se suavizaba… se rendía… Pero los músicos no lo aceptaron.
El piano se alzó de nuevo, recorriendo el aire con violencia controlada.
El violín respondió, agudo, casi desesperado.
Un estallido de folclor.
De éxtasis.
Kaellid lo sintió.
Sonrió.
—Prepárate —murmuró.
Ella no preguntó.
No pensó.
Solo asintió, sonriendo, perdida… feliz.
Todo se aceleró.
Los cuerpos se separaban y volvían a encontrarse en una sucesión vertiginosa.
Kaellid rozaba su cuello con el aliento cada vez que la encorvaba hacia atrás.
Cada contacto era breve, preciso, cargado de una intimidad que no necesitaba palabras.
Un paso.
Otro.
Otro más.
La música comenzó a perder terreno frente a ellos.
El cuerpo de la joven se soltó por completo.
El final llegó en una única figura: Kaellid la sostuvo mientras ella descendía casi hasta el suelo, una pierna elevada cerca de su cadera.
El violín exhaló su último lamento.
El piano cerró el círculo.
Silencio.
Durante unos segundos, el mundo dejó de existir.
Luego, el estallido.
Aplausos.
Gritos.
Risas ahogadas.
Dair permanecía inmóvil, incapaz de procesarlo.
Kaellid lo miró de reojo y le mostró un colmillo con aquella sonrisa descarada, peligrosa.
Ambos respiraban agitados.
Ella tuvo que sentarse, temblorosa, como si acabara de despertar de un sueño que no quería olvidar.
Kaellid cerró el espectáculo con una reverencia impecable, de derecha a izquierda, sombrero en mano.
Elegante.
Macabro.
Inolvidable.
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