Privilegios - Capítulo 22
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22: Capítulo 22 22: Capítulo 22 Nobles, ciudadanos y guardias permanecían en silencio.
El hombre que durante años había ofrecido el baile anual del evento conmemorativo hacia sus proclamados dioses les había regalado algo distinto aquella noche.
No fue una presentación.
Fue un recuerdo.
Uno que, con el tiempo, se convertiría en leyenda.
Los jóvenes lo contarían.
Los viejos lo exagerarían.
Y todos recordarían el momento en que una noble fue superada en algo tan simple como un baile ante los ojos de la ciudad.
Algunos estudiantes de la academia —especialmente los pertenecientes a la casa de la joven que aún descansaba en el suelo— observaban con tensión contenida.
¿Cómo se atrevió?
¿Cómo pudo jugar con alguien de sangre tan pura?
Kaellid lo sabía.
Había ido hacia ella deliberadamente.
Desde el momento en que la vio.
No fue azar.
Fue elección.
Avanzó un paso al frente, buscando mejor vista del público.
—Queridos ciudadanos —dijo con voz clara—, ha sido un honor participar en un evento tan aclamado por ustedes.
Pero esta noche… tengo noticias.
Un murmullo recorrió la plaza.
—Esta noche marca el retiro de este traje que ha pasado décadas con ustedes.
Alzó ligeramente las manos.
—O mejor dicho… el retiro de un buen amigo que merece un descanso más que digno.
Se apartó, señalando a Dair, que permanecía cerca con las bolsas de Vilkares.
—El hombre que muchos conocen como el bailarín de cada año… es él gran señor Dair.
Yo solo fui su intérprete esta noche.
Gracias a él tuve esta oportunidad.
Hubo confusión.
Susurros.
Entonces, sin prisa… Kaellid llevó la mano al rostro.
Y retiró la máscara.
El silencio fue inmediato.
No apareció un veterano consumido por el arte.
No apareció un maestro envejecido.
Apareció un joven.
Ojos dorados que brillaban bajo la luz nocturna.
Cabello negro, largo, reflejando la luna.
Rasgos definidos, casi esculpidos, un joven alto.
Una presencia que no pedía permiso.
Algunas mujeres quedaron inmóviles.
Algunos hombres fruncieron el ceño.
Los estudiantes de primer año de la academia lo reconocieron al instante.
Y eso cambió el ambiente.
Con una leve reverencia, dijo: —Yo fui quien los acompañó esta noche.
Nada más.
No se justificó.
No pidió aprobación.
Los nobles jóvenes intercambiaron miradas tensas.
Lo conocían.
Desde que lo vieron por primera vez sabían que no era obediente.
Y ahora, frente a todos, se había impuesto sobre una noble.
Un plebeyo.
Desafiando el orden sin alzar alguna rebelión o alguna espada.
En algún lugar, la idea comenzó a tomar forma: Esto no debía repetirse.
La joven mujer salió del trance de aquel baile lentamente.
El murmullo del público aún vibraba en el aire cuando él se retiró la máscara.
Ella no apartó la mirada.
Esperaba ese momento.
Esperaba ver el rostro del insolente que se atrevió a humillarla.
Y entonces lo vio.
El mismo joven que esa mañana se había marchado junto a los magos.
Alto.
Tez trigueña.
Ojos dorados que no parecían pedir disculpas.
Como si le hubiese sentido la mirada, él giró apenas el rostro.
Y le guiñó el ojo.
No fue un gesto exagerado.
Fue peor.
Fue natural.
El pecho de la joven se tensó.
Inquietud.
Ofensa.
Algo más que no sabría describir en palabras sencillas.
¿Cómo era posible?
¿Cómo alguien que provenía del lugar más despreciado podía moverse así?
¿Hablar así?
¿Imponerse así?
Un idiota, pensó.
Un plebeyo insolente.
Apretó los dientes.
Kaellid se alejó de la gente y caminó con calma.
Al pasar junto a ella, no redujo el paso.
No inclinó la cabeza.
No ofreció palabra, ni unas disculpas.
Ni siquiera la miró, tal como si no fuera nada.
Siguió de largo.
Se dirigía hacia el hombre que había estado recogiendo monedas durante el espectáculo.
Ella quedó inmóvil.
¿Ignorarla?
¿A ella?
¿A alguien de sangre real, bendecida y amada por los dioses?
Por primera vez en años, no sabía si lo que sentía era furia… o desafío.
Kaellid se detuvo frente a Dair.
El bullicio seguía detrás, pero entre ellos el aire parecía más quieto.
—Bueno, viejo —dijo con ligereza—.
Luego paso por mi paga.
Dair lo miraba como si aún intentara entender lo que había ocurrido.
—No te preocupes por lo que pueda pasar —añadió Kaellid—.
Dudo que te hagan algo, al final estamos en la misma academia así que vendrán siempre a por mí.
El hombre parpadeó, todavía conmocionado.
Luego soltó una risa breve, incrédula.
—Chico… no sé si eres idiota o demasiado inteligente.
Sacaste a una noble frente a todos y la dejaste en el suelo.
—bajó la voz—.
Y ahora nos mira como si quisiera atravesarnos con la espada.
Kaellid no giró.
Sabía que ella miraba.
—Da igual —respondió con calma—.
Ya sembré algo que no va a olvidar.
Dair negó con la cabeza.
—En todas mis décadas… nunca pensé que vería a alguien hacer eso.
Pensé que quizá eras uno de esos héroes que aparecen cuando el mundo— —¿Héroe?
—lo interrumpió Kaellid, soltando una risa breve—.
No.
Eso no va conmigo.
Lo miró de reojo.
—Los héroes arreglan cosas.
Yo… solo las muevo.
Dair quedó en silencio.
—Nos vemos en una hora —añadió Kaellid—.
Encárgate del dinero.
Y sin esperar respuesta, se perdió entre la multitud.
Un impulso leve de ALCO recorrió su cuerpo cuando apoyó el pie en un muro y saltó hacia el tejado más cercano.
Desde lo alto, miró la plaza.
La gente seguía señalando.
Comentando.
Susurrando.
Alzó una mano.
Un gesto simple.
Desapareció.
Las campanas marcaron las nueve.
La luna brillaba con una claridad casi indulgente, bañando la ciudad con una luz suave.
El aire era fresco; un viento sereno recorría las calles mientras las tiendas comenzaban a desmontarse lentamente.
Risas.
Anécdotas nuevas.
Recuerdos que, con el tiempo, crecerían en exageración.
El evento se apagaba.
Desde un tejado cercano, apoyado contra una vieja chimenea, Kaellid tarareaba una melodía que había escuchado durante la noche.
Desde allí podía ver el mar que lo trajo a ese continente.
Algún barco zarpaba en silencio.
Más abajo, la ciudad mostraba su otro rostro: niños durmiendo en callejones, hombres ebrios saliendo de tabernas, un piano lejano mezclado con risas ásperas.
La belleza y la miseria compartiendo calle.
Kaellid observaba sin juicio.
Entonces lo vio.
Un hombre alto, con maleta y bolsa en mano, avanzaba por la calle casi vacía.
Dair.
Kaellid se levantó y descendió del tejado con un impulso ligero de ALCO, aterrizando con naturalidad frente a él.
Dair soltó un suspiro.
—Joven… es usted demasiado animado.
A veces me pregunto qué razón tuvo para acercarse a un viejo que ya no sabía qué hacer con su vida más que cuidar de su propia familia.
Kaellid rió con suavidad.
—A veces me gusta ayudar… —se encogió de hombros—.
Aunque admito que el dinero llamó mi atención primero.
Dair negó con la cabeza, divertido.
—Fue un gusto conocerte, Kaellid Corven.
Yo, Dair Rockalt, te agradezco el gesto.
Ayudaste mucho a mi familia.
—No hay de qué —respondió Kaellid, restándole importancia con la mano—.
Yo también saqué provecho.
Antes de extender la mano por la bolsa de monedas, Kaellid le entregaría aquel traje con el cual había hecho brillar la noche.
Lo sostuvo unos segundos.
La tela aún conservaba el calor del espectáculo.
Se lo ofreció a Dair.
—Esto nunca fue mío.
Dair tomó el traje con más cuidado del que había mostrado en toda la noche.
Sus dedos recorrieron la costura.
Había décadas allí.
—Lo hiciste sentir joven otra vez —murmuró.
Kaellid sonrió apenas.
—No.
Solo le hice acordar lo que siempre fue.
Entonces aquel joven extendió la mano para la paga, casi de una forma descarada.
Dair dejó la bolsa de monedas sobre ella.
—Si alguna vez necesitas algo, dejé una dirección dentro.
Kaellid ladeó la sonrisa.
—Curioso… justo quería pedirte algo.
—¿Ah?, ¿sí?
—Necesito trabajo.
Dair soltó una carcajada baja.
—Lo suponía.
Tengo algo para ti.
O mejor dicho… una amiga mía podría necesitar a alguien como tú.
Ven a mi negocio cuando puedas.
Kaellid asintió.
—Entonces te veo pronto viejo, cuídate y disfruta el dinero, te lo mereces.
Se separaron.
Kaellid se alejó tarareando la melodía, las monedas tintineando suavemente.
Dair lo observó marcharse, con una expresión pensativa.
—Qué interesante joven eres, Kaellid Corven… —murmuró para sí—.
Ojalá hubiera sido así en mi juventud.
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