Privilegios - Capítulo 23
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
23: Capítulo 23 23: Capítulo 23 La ciudad se sumergía en esa calma densa de las horas tardías.
Bajo una luna que bañaba las calles con claridad serena, la mayoría ya se había refugiado tras la calidez de sus ventanas.
Por los resquicios de las puertas escapaban risas lejanas y el eco sordo de la vida cotidiana, sonidos que se mezclaban con el golpeteo rítmico de los pasos de Kaellid.
Llevaba la bolsa de Vilkares sujeta con firmeza.
—Primer día… y ya hay cosas muy interesantes por ver—susurró para sí, repasando mentalmente cada jugada.
A su paso, algunos ciudadanos de origen humilde lo reconocieron.
No hubo saludos forzados ni la rigidez de la etiqueta; solo un respeto sincero que él devolvió con una leve inclinación de cabeza.
Era una ironía curiosa: las calles eran nuevas, los rostros distintos… pero el círculo social seguía siendo el mismo.
Gente trabajadora.
Gente olvidada.
Lo único que cambiaba era la región.
A lo lejos, la academia se alzaba como un coloso imponente.
Sus torres iluminadas rasgaban el cielo nocturno mientras estudiantes entraban y trabajadores salían en un flujo constante.
Entre los jardines y las columnas, pequeñas criaturas mágicas centelleaban antes de ocultarse.
Algunas se posaban en los techos, observando el panorama; otras eran demasiado veloces para que Kaellid lograra distinguirlas.
Avanzó sin prisa hasta la cabaña masculina.
Sintió el peso de algunas miradas clavadas en su nuca, alfileres de curiosidad que no merecían respuesta.
No se detuvo.
Al llegar a la habitación 22, empujó la puerta.
El silencio lo recibió al inicio… junto a un caos inesperado.
Las literas de madera, cubiertas con sábanas blancas impecables, contrastaban con el desorden evidente: una corbata colgaba descuidadamente de la manilla, ropa esparcida por el suelo, cuatro zapatos bien pulidos y nuevos estaban desperdigados como si hubieran sido lanzados con urgencia.
Kaellid recorrió la escena con una mueca apenas divertida.
¿Aristócratas… o ladrones con pretensiones?, pensó, conteniendo una risa.
Fue entonces cuando escuchó voces en el interior.
Dos jóvenes idénticos, de cabello castaño y rasgos finos, examinaban con curiosidad algo que sostenían entre las manos parecía una daga.
Desprendían una energía ligera, casi contagiosa, esa despreocupación natural de quienes aún no comprenden del todo el peso del mundo.
En la litera superior —justo encima de la que le correspondía—, un tercer joven de cabello azul aqua cerraba lentamente una novela.
Emergió de la lectura con parsimonia, fijando en él unos ojos acuosos y atentos.
El murmullo se apagó apenas Kaellid aclaró la garganta.
El silencio que siguió no era casual.
Con una tranquilidad calculada, se apoyó en el marco de la puerta.
—Buenas noches —dijo, como si nada en el mundo estuviera fuera de su control—.
Supongo que seremos compañeros.
Espero que podamos llevarnos bien… nobles.
La reacción fue inmediata.
Los gemelos se pusieron de pie de un salto y, con una sincronía casi teatral, hicieron una reverencia exagerada.
—¡Un representante…!
—¡…de Falleid!
Kaellid alzó una ceja, más sorprendido que divertido.
El joven del cabello azul dejó el libro a un lado, ahora totalmente atento.
Con una sonrisa leve —apenas insinuada—, extendió la mano.
—Solo Kaellid está bien.
—¡Un gusto!
—dijo animadamente uno de los hermanos mientras avanzaba para estrecharle la mano—.
Soy Ulise Nearjarl.
Antes de que Kaellid pudiera responder, el otro se adelantó con una sonrisa amplia, casi desafiante.
—¡Y yo soy Eleseo Nearjarl!
Un gusto, plebeyo.
El comentario no duró ni un segundo en el aire.
Ulise giró el rostro con rapidez y le dio un leve golpe en el brazo, más correctivo que violento.
—Idiota —susurró con fastidio—.
No le digas así.
¿No recuerdas lo que dijo padre?
A los que no son nobles no les agrada ese término… y además, hay que saber cuidar los contactos.
Eleseo chasqueó la lengua, molesto consigo mismo, y carraspeó antes de corregirse.
—Ah… sí, cierto.
Perdón —dijo, esta vez con un tono mucho más medido—.
Kaellid Corven, ¿verdad?
Un gusto conocerte.
Extendió la mano de nuevo, ahora con una sonrisa más diplomática.
Kaellid observó la escena con atención, sin perder la calma.
Aquello le resultó… interesante.
Conocía nobles rectos y sinceros como Varde, pero también era evidente que existían otros que veían el mundo como un tablero de conveniencias.
No sabía aún en cuál de esas categorías caían los Nearjarl… o si simplemente estaban intentando sacar provecho de los rumores que ya giraban a su alrededor.
Con una leve sonrisa, aceptó el saludo.
—El gusto es mío.
Hasta entonces, el tercer ocupante había observado en silencio.
El joven de cabello azul descendió lentamente la mirada tras los cristales de sus gafas.
Sus ojos, del mismo tono que su cabello, eran fríos, afilados.
No había en ellos sorpresa ni curiosidad abierta, solo una evaluación constante, casi hostil.
Tenía los labios tensos, marcados por pequeñas grietas, como si estuviera acostumbrado a apretarlos cuando algo no salía como esperaba.
Primero observó a los gemelos.
Apenas un segundo.
Luego, sus ojos se posaron en Kaellid.
Kaellid lo notó de inmediato.
Esa mirada no era nueva para él: una mirada que juzgaba, que medía, que se asumía por encima de los demás sin necesidad de palabras.
Un tipo de noble distinto a los ruidosos… más peligroso.
El chico de cabello azul bajó de la litera con movimientos controlados.
No era tan alto como Kaellid, pero sí lo suficiente como para no quedar en desventaja frente a los gemelos.
Se detuvo frente a él y, por pura cortesía, extendió la mano.
—Solo procura no hacer ruido —dijo con voz firme—.
Como estos idiotas.
Ulise abrió la boca para protestar, pero Eleseo lo detuvo de inmediato.
El chico no se presentó.
No lo consideró necesario.
Tras el saludo, retiró la mano casi al instante y sacó un pequeño trapo del bolsillo para limpiarse los dedos, sin disimulo alguno.
No había desprecio teatral en el gesto, sino una frialdad práctica, como si el contacto le resultara simplemente molesto.
Kaellid entendió mucho más de lo que parecía.
Cabello ligeramente desordenado, postura rígida, marcas tenues en el cuello —no de combate, sino de tensión—.
Alguien que se exigía demasiado, que odiaba perder el tiempo y se frustraba cuando las cosas escapaban a su control.
Analítico.
Cerrado.
Peligrosamente observador.
Kaellid soltó un suspiro suave y no dijo nada.
El aire de la habitación se volvió incómodo, denso.
Los gemelos, incapaces de sostener aquella tensión silenciosa, regresaron a murmurar entre ellos, como si eso pudiera devolver algo de normalidad al ambiente.
Kaellid se dirigió a su litera y comenzó a acomodar sus pertenencias en los cajones inferiores.
Sin embargo, todos lo sintieron.
Algo había cambiado.
Sin que ninguno lo dijera en voz alta, los cuatro comprendieron lo mismo: Esa habitación no sería un lugar tranquilo.
Tres casas distintas.
Tres formas de ver el mundo.
Y Kaellid, justo en el centro.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com