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Privilegios - Capítulo 24

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24: Capítulo 24 24: Capítulo 24 Kaellid abrió los ojos lentamente.

A su izquierda, una ventana dejaba pasar la luz pálida de la madrugada.

El cielo aún no había decidido si amanecer o seguir siendo noche; calculó que debían rondar las cinco.

Se incorporó con el cuerpo todavía pesado, arrastrando esa somnolencia inevitable que deja una mezcla de viaje, caminata extensa y una noche demasiado intensa de aquel baile eufórico.

Entonces escuchó el sonido.

Tac.

Tac.

Un golpeteo seco contra el cristal.

Frunció el ceño y giró el rostro hacia la ventana.

Al principio pensó que se trataba de un ave común, pero cuando enfocó mejor, su respiración se detuvo apenas un segundo.

Posado en el alféizar había un cuervo de plumaje oscuro… con cuatro ojos.

Dos pares brillantes lo observaban con una quietud antinatural.

Entre el pico sostenía una pequeña bolsa de tela.

No percibió hostilidad.

Con cuidado, Kaellid se levantó y abrió la ventana.

El cuervo soltó la bolsa en su mano y, sin emitir sonido alguno, desapareció en el aire como si nunca hubiera estado allí.

El leve crujido despertó a los otros tres.

Kaellid cerró la ventana y abrió la bolsa.

El interior se estremeció, y la tela se deshizo entre sus dedos, transformándose en cuatro cartas que flotaron brevemente antes de caer.

Cada una llevaba un nombre escrito con tinta precisa.

Los gemelos se incorporaron de inmediato, aún despeinados, y se acercaron con curiosidad evidente.

—¿Cartas?

—murmuró uno.

Kaellid tomó las dos que correspondían a los hermanos y se las entregó sin dificultad.

Ambos las recibieron con un brillo expectante en los ojos.

Solo entonces leyó el último nombre.

Avel Redgol.

Alzó la mirada hacia la litera superior.

Aquel noble de cabello aqua ya estaba despierto, observando la escena con una expresión cargada de fastidio.

Kaellid lanzó la carta hacia arriba sin ceremonia; el papel golpeó el colchón antes de caer junto a Avel.

—Tch… —gruñó este, claramente irritado.

Se colocó las gafas que reposaban a su lado y tomó la carta.

A medida que leía, la tensión en su rostro se disipó… sustituida por una risa baja, contenida, casi satisfecha.

Kaellid recorrió la hoja con la mirada una sola vez.

No necesitó más.

La letra D estaba marcada con una claridad casi insultante.

La última clase de toda la academia.

Debajo, una justificación breve, impersonal, cruelmente administrativa: “Muy poco adherido a los fundamentos mágicos.

Linaje deficiente.

Clase D como única asignación posible.

Nulo dominio de la magia.

Ausencia total de instrumento canalizador: bastón o varita.

Advertencia: Kaellid Alek Corven.

De persistir en esta conducta, será expulsado sin derecho a réplica.” Kaellid exhaló despacio.

Alzó la vista hacia la ventana.

El sol comenzaba a asomarse, tiñendo el cielo de un naranja pálido, como si el mundo siguiera su curso sin importarle en absoluto lo que acababa de leer.

—Vaya día para empezar… —murmuró sarcásticamente.

Pensó, casi por inercia, en Ulvar y Holeid.

Seguramente estarían por encima de él.

No porque fueran mejores —eso lo sabía—, sino porque jugaban el juego como la academia quería: magia pura, estructuras limpias para un caballero, obediencia sistematizada, tonterías definidas por una regla general.

Pero el no.

Él insistía en mezclar cuerpo y ALCO, disciplina y ruptura, magia y cuerpo sintonizados.

El papel crujió entre sus dedos hasta quedar reducido a fragmentos.

Eleseo fue el primero en reaccionar.

—¿Tan mal te fue?

—preguntó, con una mezcla de sorpresa genuina y curiosidad imprudente.

Kaellid se encogió de hombros, llevándose una mano al abdomen aún marcado por el esfuerzo de la noche anterior.

—¿Qué puedo decir?

—respondió sin emoción—.

Mi linaje no es suficiente para ellos.

O para ustedes.

Ulise frunció el ceño, incómodo, pero no dijo nada.

Desde la litera superior, una risa seca cortó el aire.

Avel mirando aun su carta con una risa baja y sin siquiera mirarlo solo diría—.

Basura de Falleid.

Kaellid giró apenas la cabeza, lo justo para saber de dónde venía la voz.

No respondió.

No valía la pena.

Bostezó, más cansado que ofendido, y comenzó a buscar ropa entre sus cosas.

Prendas gastadas, sencillas, funcionales.

Se las puso con calma, como si nada de aquello tuviera peso real.

—Cuídense, Ulise… Eleseo —dijo mientras se recogía el cabello.

Abrió la puerta y salió, ya ajustándose la coleta, con la intención clara de entrenar.

Correr.

Mantener el cuerpo despierto.

Cuando la puerta se cerró, Eleseo soltó el aire.

—Qué tipo tan raro… Y ninguno de los tres supo explicar por qué, pero el silencio que quedó después fue incómodo, como si un aire de calidez se hubiera dispersado.

Kaellid salió del cuarto metiendo la mano en el bolsillo de su pantalón.

Sacó un pequeño dulce.

Recordó cómo se lo había “ganado” durante la jornada previa.

Algo simple, pero suficiente para borrar el mal sabor de boca de un día que apenas comenzaba.

El crujido bajo sus pies lo acompañó mientras avanzaba.

Madera vieja, viva, presente en cada rincón.

Aquella cabaña mágica seguía sorprendiéndolo: diminuta por fuera, inmensa por dentro.

El pasillo se alargaba más de lo esperado hasta detenerse frente a una placa marcada con el número 35.

Si esto es para los de primer año… pensó.

¿Cómo serán las demás?

¿Más grandes?

¿Más pequeñas?

Tal vez algunas ya no existan.

Retirados.

Expulsados.

Muertos.

No le importaba.

La Clase D seguía dando vueltas en su cabeza.

Lo más bajo de toda la academia.

Pero tampoco podía fingir sorpresa.

Era consciente de lo que hacía, de sus métodos, de sus pequeños altercados.

Aun así, una sonrisa leve se dibujó en su rostro.

Estaba preparado.

Incluso esperaba algo así.

Ahora solo quería saber dónde habían quedado sus amigos.

Si estaban con él, mejor.

Si no… bueno, habría diversión futura.

Llegó a unas escaleras y notó que no era el único despierto.

Tres estudiantes, como mucho.

El primero era bajo, corpulento, lleno de cicatrices.

Tan gastado que no parecía un alumno, sino un caballero cansado de la vida.

Masticaba carne con desgano, incluso a esa hora.

El segundo tenía los ojos rasgados y la cabeza rapada.

Delgado.

Leía un libro con calma.

A simple vista, más mago que soldado.

El tercero tenía el cabello negro cenizo, similar al suyo.

Estaba de espaldas, imposible identificarlo.

Kaellid no les dio mayor importancia.

Bajó las escaleras y salió al exterior.

Un nuevo día.

Lejos de casa.

Con problemas nuevos aguardándolo.

Y, por alguna razón, eso le bastaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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