Privilegios - Capítulo 25
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25: Capítulo 25 25: Capítulo 25 Muerte, vida, risas, sueños, deseos y lujuria.
La vida misma avanzando inevitablemente hacia el destino final: la muerte.
Dos certezas acompañaban a cada mortal en el mundo de Olvegor.
Pero incluso entre esas verdades existía algo más.
Un umbral.
Y ese umbral podía destruirlo todo.
En un lugar lejano, tan abrasador como un desierto infinito, se manifestaba lo que parecía ser un cuerpo gigantesco.
Su forma era deforme, antinatural, como si hubiera sido armado de manera incorrecta.
Desde la distancia, lo único que destacaba eran sus ojos blancos… vacíos… como los de una marioneta sin voluntad.
A lo lejos, una figura caminaba hacia él.
Un hombre cubierto con una túnica que lo protegía del sol avanzaba lentamente, como si no le importara ser aplastado por aquella criatura colosal.
Pero el gigante no atacó.
El monstruo… suplicaba.
Sus enormes manos temblaban mientras se inclinaba ante aquel hombre, como si él fuera quien realmente movía los hilos de aquella marioneta.
Entonces el hombre se detuvo.
Giró lentamente la cabeza.
Y miró directamente al espectador.
Con un solo parpadeo… apareció frente a él.
Una risa desgastada, burlona y rota resonó en el aire.
Chasqueó los dedos.
Y el mundo cambió.
Ahora lo único visible eran unos pies desgastados, cubiertos de uñas horribles y carne podrida.
Gusanos se retorcían entre la piel abierta.
La arena ardiente quemaba con violencia.
Pero ya no quemaba al observador.
Quemaba a quien acababa de ser cortado.
Ulvar se levantó de golpe de la cama.
Su respiración era irregular mientras miraba a todos lados, desorientado.
Giró la cabeza hacia su derecha.
Allí había tres personas.
Entre ellos estaba Holeid, al parecer estos dos quedaron en la misma habitación, aquel chico de alta estatura estaría revisando lo que parecían ser unas cartas.
Holeid levantó la mirada al notar el estado de Ulvar, empapado en sudor.
—¿Estás bien?
Ulvar se llevó una mano al cuello.
Todavía sentía la sensación de que su cabeza podía rodar por el suelo de madera en cualquier momento.
Pero aun así respondió, en voz baja.
—Sí.
Holeid simplemente asintió.
Para ser honestos, no se conocían demasiado.
Supuso que Ulvar solo había tenido una pesadilla, algo común para cualquier persona.
Entonces le extendió una carta.
Ulvar frunció el ceño, confundido.
—Es la carta de las clases —explicó Holeid—.
Yo quedé con los caballeros en la Clase C.
Ulvar abrió la suya.
Sus ojos se iluminaron al leerla.
A pesar de haber fallado en la prueba, había sido asignado a la Clase B.
Se levantó de golpe, incapaz de ocultar su alegría.
Los otros dos compañeros lo observaron.
Uno era un chico de cabello rojo con trenzas a los lados, piel pálida y una sonrisa llena de dientes afilados.
El otro era un elfo de cabello dorado y mirada tranquila.
El elfo lo observó de reojo, expectante por saber el resultado.
Después de todo, Ulvar también era un mago.
En realidad, no le importaba demasiado de dónde viniera.
Los elfos crecían con un orgullo firme respecto a su raza.
Sabían que, biológicamente, eran superiores a los humanos.
Por ello, en cierta medida los menospreciaban.
Aun así, reconocían algo curioso en ellos.
Su corta vida.
Aquella brevedad obligaba a los humanos a pensar más rápido, a experimentar, a crear ideas nuevas en la magia y en otros campos más tradicionales.
Ese joven elfo había sido educado con esas ideas desde su reino, Alfheim.
Con serenidad y una mirada tranquila, preguntó: —¿En qué clase quedaste?
—En la B —respondió Ulvar.
El elfo lo observó un momento más.
Nada mal para ser humano.
Y más aun viniendo de Falleid.
Según los rumores, aquel lugar era poco más que una prisión ignorante, una tierra esclavizada por los dioses.
Un sitio donde las personas vivían como hormigas, atrapadas sin ninguna posibilidad real de escapar.
Por eso le había sorprendido verlos.
Ulvar tenía rasgos finos, casi delicados, como los de una dama.
Holeid, en cambio, era robusto y bien formado.
Muy lejos de las imágenes que él tenía en mente: humanos flacos, enfermos y ojerosos.
Pero quien realmente lo había sorprendido era Kaellid.
Era… majestuoso.
Los ojos dorados, la boca marcada, las cejas finas y pobladas.
Incluso siendo joven, poseía una presencia imposible de ignorar.
Sin decir más, el elfo volvió a mirar a Ulvar.
Veria como aquel joven se alejaba hacia el baño con tranquilidad.
Ulvar, entró a la ducha.
El agua fría golpeó su piel sudorosa.
Estaba acostumbrado a bañarse así, especialmente después de despertarse empapado por una pesadilla.
Mientras el agua caía, comenzó a tararear suavemente.
Aun así, seguía confundido.
¿Por qué había soñado algo así?
Tal vez las palabras de aquel extraño vidente de la noche anterior lo habían afectado más de lo que quería admitir.
Sacudiendo la cabeza, terminó de bañarse.
Cuando salió del baño compartido, llevaba solo ropa interior limpia.
Sus brazos todavía estaban mojados y algunos pequeños vellos anaranjados se pegaban a la piel.
La habitación estaba casi vacía.
Solo Holeid permanecía allí.
Estaba mirando algo que al parecer le habian dejado uno de sus compañeros de habitacion.
Parecían… pinturas.
Pero eran increíblemente realistas.
Ulvar se acercó con una sonrisa.
—Espero que estés preparado para ver la cara de Kaellid cuando descubra que estoy en un rango alto.
Tal vez me superó… o quizá estamos en la misma clase —Diria este con una gran sonrisa — Pero no voy a decepcionarlo.
Holeid guardó las pinturas en un cajón compartido y se rascó la nuca con una pequeña risa nerviosa.
—Bueno… es curioso ver que aquí sí recompensan el esfuerzo.
Aunque parece que los demás son bastante hostiles con nosotros.
Se quedó pensando un momento antes de añadir: —A excepción los de segundo y tercer año.
Pero aun así no sé por qué, pero me dan miedo.
Es como si hubieran vivido demasiadas cosas.
Luego sonrió levemente.
—Pero me alegra que hayas quedado en la B.
Ulvar lo miró con comprensión algo arrogante entre una amistad.
—Ay, Holeid… así son las cosas.
A veces unos quedan más arriba que otros.
Luego añadió con una sonrisa: —Además, estamos aquí para protegerte.
Y seguro Kaellid está en mí misma clase.
Si no… eso podría ser un problema.
Holeid alzó una ceja, confundido.
—¿Problema?
Bueno… entiendo que sería triste no estar juntos.
Parecen hermanos bastante unidos.
Ulvar lo miró entonces con una expresión entre cómica y preocupada.
—No, no es ese tipo de problema.
Suspiró.
—El problema es Kaellid.
Holeid parpadeó.
—¿Cómo?
Ulvar comenzó a vestirse mientras hablaba.
—Si queda en una clase más alta que nosotros, se relajará.
Y eso es bueno.
Incluso podría ayudarnos a subir.
Ajustó sus ropas de mago mientras continuaba.
—Pero si queda en una clase más baja… Se detuvo un momento.
—Entonces intentará arrasar a todas las clases para subir desde abajo.
Holeid lo miró en silencio.
—Oh… Según las explicaciones que habían recibido el día anterior, las clases podían subir de rango si derrotaban a otras.
Incluso una Clase D podía ascender si superaba a las demás.
Y eso significaba más beneficios… para unos.
Y más problemas para otros.
Por eso Ulvar tenía una sola esperanza que esperaba ser recibida por algún Dios que lo escuchara.
Que Kaellid, su amigo de ojos dorados estuviera en la Clase B, A o S.
Al final aquel joven era muy competitivo cuando se trataba de personas cercanas hacia él y claro Ulvar sería su mayor objetivo.
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