Privilegios - Capítulo 26
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26: Capítulo 26 26: Capítulo 26 Un golpe directo y seco de una espada de madera impactó contra el muñeco de entrenamiento.
¡Tac!
Dos brazos se movían en perfecta sincronía.
Una estocada al cuello artificial del muñeco.
Luego un golpe al pecho.
Los impactos resonaban con fuerza en el campo vacío de aquella hora temprana.
El sudor corría por los brazos de porcelana de la joven, mientras pequeños chasquidos de lengua escapaban de sus labios, clara señal de frustración.
Velenala Vularis se encontraba exhausta.
No parecía estar entrenando realmente.
Parecía estar castigándose.
Su cabello negro, atravesado por vetas plateadas, caía sobre un rostro cansado.
Lo llevaba algo corto para una guerrera, lo que hacía que sus facciones se marcaran aún más.
Había empezado antes que todos.
Aunque lo único que parecía hacer… era desahogarse.
A cierta distancia, una joven de cabello café observaba la escena.
Vestía un vestido sencillo, claramente improvisado para una mañana como esa.
Finalmente habló: —Señorita… por favor, deténgase.
Está excediéndose.
Su energía se consume ferozmente.
Velenala ni siquiera dejó de respirar con fuerza antes de responder: —Mi ALCO aún me sostiene, Selena.
Hizo girar la espada en su mano.
Su expresión era confusa… alterada.
—Soy la hija de aquella reina demente.
Debería hacer todo lo posible para estar a la altura de una princesa… y no convertirme simplemente en una mujer usada para reforzar alianzas.
Su mirada se endureció.
—Así que procura no abrir tu estúpida boca.
Selena bajó la cabeza de inmediato, en sumisión.
El campo de entrenamiento se extendía abierto cerca de la cabaña femenina.
Más allá, a la distancia, el gran castillo de la Academia dominaba el horizonte.
Velenala se tomó un breve respiro.
Pero cuando volvió a levantar sus espadas, algo llamó su atención.
Miró de reojo.
Y entonces lo vio.
Aquel muchacho de ojos dorados y cabello negro.
Corría.
Corría como si su vida dependiera de ello.
Como si estuviera siendo perseguido por algo.
Una chispa de rabia apareció en los ojos carmesí de la princesa.
El recuerdo de la noche anterior regresó de golpe.
—Maldito mago de mierda… Apretó la empuñadura de la espada.
—Te haré ver lo que pasa por meterte con una representante de la Casa Vularis.
Activó su ALCO y volvió a atacar el muñeco.
Aunque aquella energía no era visible para cualquiera.
Solo los verdaderos expertos podían percibirla… e incluso distinguir su naturaleza y color según su manifestación.
A lo lejos, Kaellid corría.
Sintió una leve incomodidad, como un cosquilleo extraño en la espalda.
No se detuvo.
Su ritmo era anormalmente rápido, pero constante.
Controlado.
Esa era la forma en la que había aprendido.
“Si vas a hacerlo… hazlo bien”.
La frase resonó en su mente.
Diez años escuchándola.
Diez años sin excusas.
No solo en combate.
También en el arte.
En el baile.
En los juegos.
En el ALCO.
Nada de eso se tomaba a la ligera.
Kaellid exhaló lentamente mientras corría.
Y entonces, el recuerdo lo alcanzó.
Este solo rió por lo bajo al acordarse de aquellos momentos, ahora convertidos en anécdotas para reír.
Pero, tras la risa, algo más le llegaría a la mente.
Los 4 fundamentos básicos del ALCO.
La Intención: donde todo lo que dudes te va a hacer fallar.
El Flujo: donde si no tienes el ritmo, tu cuerpo se romperá.
La Percepción: donde el instinto fluye más que tu propia vista.
La Manifestación: donde toda su presencia da a relucirse.
Nada de eso se tomaba a la ligera.
Y entonces, el recuerdo lo alcanzó.
Un golpe seco resonó.
Un palo de madera impactó contra la cabeza de un niño.
—¿Es que acaso eres tonto?
—la voz era dura—.
¿O simplemente no sabes moverte?
El niño, de unos nueve años, rodó por el suelo con lágrimas en los ojos y las manos sobre la cabeza.
Frente a él, un hombre moreno, cubierto de cicatrices, sostenía un bastón.
Aquel palo no solo le servía para caminar.
También era la herramienta con la que corregía cada error.
El mismo hombre que le había enseñado todo.
Su maestro.
Sin embargo, decidió soltar el pasado y anclarse al presente.
Se detuvo a estirar los músculos, centrando la atención en sus piernas y el tronco.
Fue entonces cuando un sonido quebró el silencio: el golpe seco y algo torpe de una espada de madera contra un muñeco.
Kaellid buscó el origen del estruendo.
Con agilidad, trepó a un árbol cercano para obtener una mejor perspectiva de la zona.
Desde la altura, la inmensa área de entrenamiento se extendía ante él.
Arqueó las cejas con genuina sorpresa; le resultaba fascinante que alguien entrenara con semejante fervor a esas horas.
Pero lo que más le intrigó fue el ALCO de aquella persona.
Desde la distancia, se percibía…
curioso.
Estaba cargado de una tristeza punzante y una rabia eléctrica.
Puro coraje en su estado más bruto.
Al reconocer de quién se trataba, una sonrisa se dibujó en su rostro.
Saltó de la rama con entusiasmo, decidido a probar la capacidad de alguien de cuna noble.
Aquella mujer a la que parecía haber alterado la noche anterior era la prueba perfecta para sus habilidades.
Kaellid llegó a la entrada de la zona de entrenamiento y, con un gesto casi travieso, asomó la cabeza para observar.
Selena fue la primera en reaccionar.
Sus ojos se abrieron de par en par al encontrarse con aquellas pupilas doradas que la observaban desde el umbral.
Velenala, mientras tanto, se secaba el sudor con el trapo que Selena le había entregado.
Notó la parálisis de su asistente y la miró con extrañeza, antes de seguir su mirada hacia la puerta.
Allí estaba él.
Kaellid Alek Corven, asomado a medias, observándola.
El silencio duró apenas tres segundos.
Entonces, la princesa estalló.
Sin mediar palabra, soltó la madera y buscó acero real.
Ignoró el filo y se hizo con un arma capaz de atravesar un estómago o hundirse en un corazón.
Con la espada en mano y el juicio nublado por el odio, se lanzó directamente contra Kaellid.
Kaellid, leyendo las intenciones de la mujer, entró de lleno en la zona de entrenamiento, buscando el campo abierto.
Desde allí vio cómo ella se abalanzaba hacia él a toda velocidad, con el ALCO rugiendo en su interior.
La observó con una extrañeza que nada tenía que ver con su energía; de hecho, su despliegue de poder le parecía prodigioso.
Lo que le desconcertaba era su técnica.
Velenala no parecía saber cómo usar una espada.
Su postura era rígida, sus pies carecían de un centro de gravedad definido y su agarre era peligrosamente dudoso.
Ante tal despliegue de inexperiencia, Kaellid se limitó a cruzarse de brazos y ladear la cabeza, esperando el impacto.
Imbuyó una de sus piernas con ALCO y, con un movimiento seco, bloqueó el primer tajo de la princesa.
Sin prisa, descruzó los brazos.
Con la calma de quien aparta una rama molesta, usó sus palmas para desviar el acero que, en teoría, atentaba contra su vida.
Velenala estaba desesperada.
Ninguno de sus ataques lograba rozarlo.
Su rostro era una máscara de rabia y confusión absoluta.
Kaellid, cansado de la repetición monótona de sus embestidas, decidió terminar el encuentro.
Se arremetió contra ella con la velocidad de un rayo.
Le propinó un golpe seco en el brazo izquierdo, obligándola a soltar una de las manos de la empuñadura.
Antes de que Velenala pudiera siquiera intentar un contraataque, Kaellid aprovechó su propia inercia.
La volteó en un giro de trescientos sesenta grados contra el suelo.
El impacto fue sordo.
Velenala terminó en el piso, desarmada, viendo cómo su espada se alejaba de ella.
—¿Ya?
—preguntó Kaellid.
Su voz sonaba genuinamente confusa.
Mantenía un gesto arrogante, como si todo lo ocurrido no hubiera sido más que un pequeño juego de niños.
Desde el suelo, Velenala lo observó.
Sus ojos se abrieron de par en par, presos de una sorpresa que rápidamente se transformó en una tristeza profunda.
Se mordió el labio con fuerza, luchando por contener las lágrimas de rabia.
—¿Qué es esta maldita broma?…
Maldición —susurró, con la voz rota.
Selena, que había permanecido como una espectadora inmóvil, corrió hacia su princesa.
—¡SEÑORITA!
—gritó, arrodillándose a su lado.
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